Ana aprendió desde joven que para llegar a donde quería ir a tener que pelearlo todo, que el sistema deportivo mexicano no estaba diseñado para ayudarte a ganar, estaba diseñado para sobrevivir a sí mismo. Eso lo cargó durante toda su carrera como atleta y lo cargó cuando llegó al poder, aunque de manera completamente diferente a lo que cualquiera hubiera esperado.
años 90 en el atletismo mexicano, Ana Guevara empezó a construir su nombre en la pista de manera metódica y constante. No fue una revelación de un día para otro, fue una acumulación de resultados que año a año la fueron poniendo en el radar de los mejores atletas del mundo. Los 400 m planos es una de las pruebas más brutales del atletismo.
No es un sprint puro como los 100 m. No es una carrera de resistencia como los 800 o los 15, es algo en el medio. El esfuerzo de una distancia donde el cuerpo tiene que dar velocidad máxima durante más de 40 segundos, lo que en términos fisiológicos significa que los músculos empiezan a acumular ácido láctico antes de que la carrera termine.
Los últimos 100 met de un 400 no son de atletismo, son de voluntad pura. Ana Guevara era extraordinaria en esos últimos 100 met. Mientras otras atletas llegaban a la recta final con el cuerpo comenzando a cerrarse, Ana encontraba algo que los entrenadores no saben exactamente cómo explicar. Una reserva.
Un segundo aire que no debería existir fisiológicamente, pero que en ella aparecía cuando más se necesitaba. Para el año 2000, Ana Guevara era ya una de las mejores del mundo en su categoría. Para el 2003 era la mejor, pero antes del podio hay algo que Ana Guevara vivió en el camino que explica todo lo que vino después. 27 de agosto del 2003.
Stad de France, París, el campeonato mundial de atletismo. Ana Guevara cruzó la línea de meta en los 400 m planos con un tiempo de 48,89 segundos. Campeona del mundo, la primera mexicana en ganar un título mundial en atletismo de pista en la historia. Piensa en ese número, 48,89 segundos.
En ese tiempo tú puedes ir al refrigerador, servir un vaso de agua y volver. En ese tiempo, Anevara corrió 400 m más rápido que cualquier otra mujer en el planeta. Ese día México celebró y por primera vez en mucho tiempo el atletismo mexicano tenía un nombre que resonaba en el mundo. Pero lo mejor estaba por llegar. Atenas, agosto del 2004.
Juegos Olímpicos. La final de los 400 m femeninos. Ana Guevara contra lo mejor del mundo. Contra atletas de Estados Unidos, Jamaica, Bahamas, con tradiciones olímpicas que México nunca había tenido en el atletismo. La favorita no era Ana. Ana era la campeona mundial vigente, pero en los Juegos Olímpicos las etiquetas del año anterior no significan nada.
Cada 4 años el mundo empieza de cero. Ana lo sabía y corrió de la misma manera que siempre había corrido, con la certeza de alguien que sabe exactamente lo que tiene que hacer y que no necesita que nadie se lo confirme. Medalla de plata, 47,63 segundos.
El tiempo más rápido que una mexicana había corrido en la historia del atletismo nacional. México explotó. Una mujer de Nogales, Sonora, había llegado al podio olímpico. Había estado a menos de un segundo de ganar el oro en la prueba más competida del atletismo femenino mundial. Esa noche, Ana Guevara fue el nombre más repetido en México y con razón, porque lo que había logrado no era solo deportivo, era una declaración, era decirle al país entero que de aquí también se puede, que una mujer mexicana, sin los recursos de las potencias deportivas mundiales, puede
pararse en un podio olímpico y colgar una medalla al cuello. Esa medalla de plata valía más que el oro de muchos países, pero había algo que Ana Guevara cargaba desde antes de subir al podio, algo que las cámaras no captaron y que ella nunca dijo en voz alta en esos días de celebración.
Una rabia, una rabia acumulada durante años de pelear contra un sistema que prometía apoyo y entregaba la mitad, que celebraba a los campeones después de ganar, pero los dejaba solos durante los años de construcción, que usaba el éxito de los atletas para validar una burocracia que en realidad nunca había puesto el hombro cuando más se necesitaba.
Ana Guevara ganó esa medalla de plata a pesar del sistema. No, gracias a él. Y eso es importante porque esa rabia que de atleta la mantuvo hambrienta y enfocada iba a transformarse en algo completamente diferente cuando llegara el poder. ¿Conoces esa transformación? La del hombre o la mujer que peleó toda su vida contra algo y que cuando llega arriba no sabe qué hacer con la rabia que lo llevó hasta ahí.
La rabia que te salva cuando no tienes nada, te destruye cuando lo tienes todo. Después de Atenas, la carrera de Anagevara continuó, pero nunca volvió a tener la misma altura. Lesiones, el desgaste natural de un cuerpo que había corrido al límite durante más de una década. La dificultad específica de mantener el pico de rendimiento en una prueba tan demandante físicamente como los 400 m.
Para el 2008, Ana Guevara ya no era la misma atleta que había ganado en París y había estado a un segundo del oro en Atenas. Y en el 2009, con 32 años inició un camino diferente. La política, candidata del PR de a la jefatura delegacional de Miguel Hidalgo en la Ciudad de México, luego senadora por Sonora con el Partido del Trabajo, diputada federal que hace una campeona olímpica en la política mexicana.

La respuesta obvia es que usa su nombre y su credibilidad para impulsar causas relacionadas con el deporte, para pelear por los atletas que están donde ella estuvo, para cambiar desde adentro el sistema que ella conoció desde afuera. Eso era lo que México esperaba. Eso era lo que Ana Guevara prometía. Y entonces llegó diciembre del 2018.
Andrés Manuel López Obrador la nombró directora de la CONADE, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, el organismo que controla todo el presupuesto federal destinado al deporte en México. México aplaudió. ¿Quién mejor que una campeona olímpica para dirigir el deporte mexicano? ¿Quién mejor que alguien que había vivido desde adentro lo que significa ser atleta en este país para proteger a los atletas que vienen detrás? La lógica parecía perfecta, pero la lógica no tomó en cuenta algo, que el
poder cambia a las personas, no a todas, no siempre. Pero cuando llega sin la preparación correcta, cuando llega a alguien que lleva décadas acumulando una rabia que nunca procesó del todo, el poder puede convertir exactamente lo contrario de lo que prometía ser. El primer año en la CONADE, Ana Guevara llegó al cargo con una energía que convencía, con declaraciones de que iba a transformar el deporte mexicano, con la autoridad de alguien que había estado en las pistas y sabía lo que necesitaban los atletas. Pero casi de
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inmediato llegaron las primeras señales. Febrero del 2019. Se modificaron los estatutos de la CONADE para que el director o directora no necesitara tener estudios de licenciatura para ocupar el cargo. ¿Por qué se cambió esa regla? Porque Ana Gabriela Guevara tenía preparatoria inconclusa. Piensa en eso un momento.
La directora del deporte mexicano. La mujer con control sobre miles de millones de pesos destinados al desarrollo del atletismo, el boxeo, el nado, la lucha y decenas de disciplinas más. No tenía título universitario. Cuando los periodistas le preguntaron, Ana Guevara respondió con la misma frontalidad que siempre la caracterizó.
Mi preparatoria trunca es suficiente para este cargo. Esa respuesta dividió al país entre los que la aplaudieron por su honestidad y los que se preocuparon por lo que implicaba. Pero eso era solo el principio. 2019. La clavadista Adriana Jiménez ventila que la CONADE tiene retrasos en los depósitos de las becas para atletas.
La respuesta de Ana Guevara fue rápida y brutal. Le quitó la beca. No hubo proceso, no hubo explicación detallada, no hubo el tipo de diálogo que uno esperaría de alguien que prometió defender a los atletas. Adriana Jiménez tuvo que recurrir a instancias legales para recuperar su beca y la recuperó, pero el mensaje había quedado claro.
No se cuestiona a la directora. ¿Recuerdas lo que sentía Ana Guevara cuando el sistema la ignoraba de atleta? Cuando las becas llegaban tarde o no llegaban, cuando nadie en la burocracia escuchaba las quejas de los deportistas, ahora ella era el sistema y estaba haciendo exactamente lo mismo que había odiado.
2020, la Secretaría de la Función Pública detecta irregularidades en el manejo del Fondo para el deporte de alto rendimiento, facturas falsas, empresas fantasmas, gastos que no correspondían con los servicios declarados, el daño patrimonial inicial detectado, más de 50 millones de pesos.
¿Sabes cuántas becas anuales son 50 millones de pesos? Las de más de 200 atletas. 200 atletas que ese año entrenaron sin saber si iba a llegar el dinero. 200 personas que pusieron su cuerpo y su tiempo al servicio de México sin saber si México iba a responderles. Pero eso era solo lo primero. Las auditorías siguientes fueron revelando más. 68 millones sin justificar en 2019.
377 millones en observaciones por mal manejo en la revisión de las cuentas de 2019, 2020 y 2022. Para 2025 el número total de observaciones llegó a 598 millones de pesos. ¿Sabes cuánto es eso en términos concretos? 598 millones de pesos es el equivalente a las becas anuales de cientos de atletas mexicanos. Es equipamiento, viajes a competencias, preparadores físicos, instalaciones.
Es todo lo que un sistema deportivo necesita para producir campeones. Ese dinero desapareció. No todo se puede atribuir directamente a Guevara. Las investigaciones siguen, pero las auditorías encontraron contratos directos a empresas sin capacidad para cumplirlos. pagos a universidades por servicios que nunca se entregaron y un patrón de irregularidades que la ASF calificó como reiterado.
Pero de todos los episodios de la gestión de Ana Guevara, hay uno que Juan va a recordar mucho después de que este documental termine. Junio del 2023. El equipo mexicano de natación artística, las ondinas, como se les conoce popularmente, lleva meses sin recibir sus becas. Son campeonas mundiales, son campeonas panamericanas, son atletas que representan a México en los escenarios más importantes del deporte mundial y no tienen dinero para entrenar, viajar ni competir.
Ante la desesperación, algunas empezaron a vender productos por catálogo para pagar sus competencias, trajes de baño, ropa deportiva, lo que pudieran. Cuando un periodista le preguntó a Ana Guevara sobre la situación de estas atletas, su respuesta fue la siguiente: “Por mí que vendan calzones, trajes de baño, Avon o Topperwear”. Esa frase recorrió México en cuestión de horas. Las redes explotaron.
Los deportistas de todas las disciplinas reaccionaron con una mezcla de indignación y dolor que era difícil de procesar, porque esa frase no la dijo cualquier funcionario burocrático que nunca entendió lo que es ser atleta. La dijo la mujer que de joven luchó exactamente contra ese abandono. La que sabe lo que se siente cuando el sistema te dice que te arregles como puedas.
la que ganó su medalla de plata en Atenas, a pesar de no gracias a Y ahora era ella la que le decía a otras atletas que se arreglaran como pudieran. ¿Qué le pasa a un ser humano en ese camino? ¿Qué transforma a alguien que peleó contra la injusticia en alguien que la reproduce? No es una pregunta retórica, es la pregunta más importante de esta historia.
Agosto del 2024, de regreso a París, los Juegos Olímpicos, el evento más importante del deporte mundial, el escenario donde México envía a sus mejores atletas a competir con lo mejor del planeta. Mientras los atletas mexicanos competían, Ana Guevara fue fotografiada en restaurantes de lujo, cenando, disfrutando de la ciudad, mientras los deportistas que ella debía cuidar sudaban en las pistas.
El vuelo de regreso a México, primera clase, costó aproximado entre 140 y 160,000 pesos. Cuando le preguntaron, su respuesta fue la que ya conoces. Todo lo que gano me lo trago, me lo unto y me lo visto como me da mi chingada gana. México la calificó en encuestas como la funcionaria más corrupta del sexenio de AMLO, no la más incompetente, la más corrupta de todos los funcionarios del gobierno, de todos los secretarios, subsecretarios, directores, coordinadores.
Ana Gabriela Guevara, la campeona olímpica. encabezó esa lista. ¿Cómo se llega ahí desde una medalla de plata en Atenas? Hay una respuesta que incomoda, pero que es necesario decir. El poder no cambia a las personas, el poder revela lo que ya estaba ahí. Ana Guevara no se corrompió porque llegó a la CONADE.

Ana Guevara llegó a la CONADE con herramientas que el atletismo le había dado: determinación, resistencia, capacidad de ignorar la presión. y las usó para algo completamente diferente a lo que prometió. Las mismas características que la hicieron gran atleta la hicieron funcionaria impune. La misma capacidad de no escuchar el dolor de los últimos 100 met la hizo incapaz de escuchar el dolor de los atletas sin becas.
La misma certeza de que ella sabía lo que hacía, que la llevó al podio olímpico, la llevó a declarar que su preparatoria trunca era suficiente para dirigir el deporte de un país entero. Eso no es una explicación, no es una justificación, es un diagnóstico. El talento sin carácter es una bomba de tiempo en el atletismo y en la vida.
¿Conoces a alguien así? alguien extraordinario en algo que lo hace sentir que las reglas normales no aplican para él. Alguien que confunde la excelencia en una área con la autoridad en todas las demás. El mundo está lleno de esas personas y a veces llegan al poder. En diciembre del 2024, Ana Gabriela Guevara dejó la CONADE al terminar el sexenio de López Obrador.
La FG tiene carpetas de investigación abiertas. La ASF ha presentado tres denuncias formales. Los procesos legales siguen su curso. Hasta el momento de este documental, Ana Guevara no ha sido formalmente sentenciada por ningún cargo. Ella niega las acusaciones. Dice que ninguna auditoría derivó en sanciones durante su gestión. Las investigaciones siguen, pero hay algo que ninguna investigación puede cambiar.
Las atletas que se quedaron sin becas ya perdieron temporadas que no regresan. Los años de preparación que se perdieron por falta de recursos no se recuperan. Los sueños olímpicos que se truncaron porque el sistema falló no tienen reposición. Eso es permanente. Y eso lo hizo la mujer que más que nadie en México debería haber entendido lo que significa perder una oportunidad por culpa de un sistema que no cumple.
Ana Gabriela Guevara tiene hoy 48 años. Sigue apareciendo en entrevistas, sigue defendiendo su gestión, sigue con la misma frontalidad que siempre la caracterizó. No hay señales de arrepentimiento público. No hay el momento de humildad que algunos esperaban de una campeona olímpica que prometió servir al deporte mexicano.
Solo la misma certeza de siempre. La certeza que la hizo grande en las pistas, la certeza que la hizo impune en el cargo. ¿Y qué queda de todo esto? Una medalla de plata en Atenas que nadie puede quitarle. Eso es suyo para siempre. Eso es real y es extraordinario. Y ninguna investigación puede borrar lo que significó esa noche de agosto del 2004 para millones de mexicanos.
Pero también queda algo más. La imagen de un restaurante de lujo en París mientras los atletas vendían productos por catálogo para poder competir. Las dos imágenes existen. Las dos son Ana Gabriela Guevara. Y eso es lo más difícil de procesar porque queremos que nuestros héroes sean héroes hasta el final.
Queremos que la medalla de plata y el restaurante de París no puedan ser la misma persona, pero son la misma persona. Y eso nos dice algo sobre los héroes. nos dice que ningún logro pasado protege a nadie del poder presente, que la grandeza en un área no garantiza la integridad en otra, que el carácter que necesitas para ganar una medalla olímpica y el carácter que necesitas para servir al público con honestidad son cosas completamente diferentes y que confundir los dos es uno de los errores más caros que puede cometer una
sociedad. ¿Cuántos héroes deportivos has visto llegar al poder y decepcionarte de una manera que todavía duele? La respuesta dice algo sobre ellos, pero también dice algo sobre lo que esperamos de ellos y sobre si esa expectativa es justa o no. Ana Gabriela Guevara corrió los 400 met más rápido que cualquier mexicana en la historia y también decepcionó al deporte mexicano de una manera que va a tardar años en cicatrizar.
Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Aprender a sostener esa contradicción sin resolverla fácilmente en ninguna dirección es quizás la lección más madura que esta historia tiene para ofrecer. Si este documental te hizo pensar en alguien, compártelo. A veces la historia que necesitamos escuchar llega desde donde menos la esperamos. M.