Un lugar donde convive el tiradero de basura municipal, una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol de tierra sobre los camellones. Un lugar que huele a esfuerzo y a precariedad. No es un lugar al que se llegaba por elección en los años 80. Se llegaba por necesidad económica y esa fue la necesidad de la familia Hernández Valentín.
Grábate esto. El entrenamiento más importante que Noé Hernández tuvo en su vida no fue ningún centro deportivo oficial, no fue ninguna instalación de alto rendimiento con pista sintética y equipamiento técnico de última generación. Fue en esas calles de Chimaluacán, cuando no tenía dinero para el pasaje del microbús y muchas veces no lo tenía.
Tenía que caminar 17 km desde su barrio hasta el metro Pantitlán. 17 km atravesando la avenida bordo de Sochaca, un tiradero de basura municipal, una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol de tierra sobre los camellones. Eso era el entrenamiento de Noé Hernández antes de que nadie supiera quién era.
17 km de ida porque no tenía lo que costaba el pasaje del microbús. No te digo eso para construir una narrativa de inspiración fácil que se olvidará mañana. Te lo digo porque ese origen específico, esa geografía física y económica, explica quién era Noé Hernández y por qué lo que le pasó después resulta tan difícil de procesar.
Para cualquiera que entienda lo que ese hombre tuvo que superar para llegar donde llegó. Desde los 8 años Noe fue apasionado del fútbol. Le gustaba la portería. Tenía velocidad y buena condición física desde pequeño. Sus compañeros de equipo le cooperaban para los guantes y el uniforme porque él no tenía dinero para comprárselos.
El fútbol fue su primer amor deportivo y llegó a pertenecer a las fuerzas básicas de los Toros Nesa, el equipo de fútbol del Estado de México. Era joven, tenía talento natural y tuvo la oportunidad real de debutar en un nivel formal, pero alguien le pidió dinero para que lo dejaran debutar. La vieja práctica corrupta del fútbol mexicano que ha destruido a tantos jóvenes con talento genuino que no tienen los recursos para pagar para jugar donde merecen jugar.
Y Noé, que no tenía ni para comer, claramente tampoco tenía para pagarle a nadie. Así lo contó él mismo en una entrevista para TV Azteca semanas antes de los Juegos Olímpicos de Londres, 2012. Jugaba en las fuerzas básicas de toros nesa. Tuve la oportunidad de debutar, pero unos gañanes me pidieron dinero. Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa frase lo resume todo.
Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa es la realidad del deporte popular en México para los jóvenes que vienen de familias sin recursos. Esa es la razón por la que tantos niños con talento real desaparecen antes de que el mundo llegue a conocerlos jamás. Esa fue la primera gran puerta que se cerró en la cara de Noé Hernández, violentamente sin apelación posible.
Y la segunda, la que sí se abriría tiempo después, cambiaría su vida por completo y para siempre. Un profesor de educación física en la secundaria vio en él las cualidades necesarias para dedicarse a la marcha atlética. Fue ese profesor quien le enseñó los fundamentos de la caminata atlética, quien le explicó la técnica, quien detectó que ese muchacho tenía algo especial en la forma de moverse.
La marcha atlética no es un deporte intuitivo que cualquier persona puede comenzar a practicar viendo un par de videos. No es como el fútbol que cualquier niño entiende en 5 minutos. Tiene reglas técnicas muy específicas que regulan cada paso, que determinan si estás marchando correctamente o si en realidad estás corriendo de manera disfrazada.
Un pie debe estar siempre en contacto con el suelo. La pierna de apoyo debe estar completamente extendida en el momento del contacto con el suelo. Esas dos reglas parecen simples hasta que intentas mantenerlas durante 20 km a ritmo competitivo, mientras un juez te mira desde el borde de la pista y puede descalificarte en cualquier momento.
Noé aprendió esas reglas, las internalizó, las convirtió en movimiento automático y lo hizo en las calles de terracería de Chimalhuacán, sin pista oficial, sin equipamiento específico, con la ropa que tenía y el calzado que podía conseguir. Y los vecinos del barrio lo miraban caminar de esa manera tan extraña y tan rítmica, esa manera de moverse que no es correr ni es el paso normal de una persona.
Y no entendían qué demonios estaba haciendo ese muchacho. Lo miraban con curiosidad, con extrañeza, a veces con burla directa, y él seguía marchando kilómetro tras kilómetro, día tras día. Para esa época, Noé tenía que trabajar para vivir. No era un estudiante que entrenaba a tiempo completo en un centro de alto rendimiento con beca, comidas cubiertas y equipo médico disponible.
Era un adolescente que necesitaba generar ingresos para mantenerse y para ayudar en casa. A los 14 años vendía figuras de unicel de personajes animados en los semáforos de la Ciudad de México. También trabajaba de albañil. Me daban 50 pesos por colado”, dijo en múltiples entrevistas a lo largo de su vida.
50 pesos por jornada de trabajo en la construcción y con ese dinero tenía que mantenerse, comprar lo mínimo que necesitaba para entrenar y contribuir al hogar familiar donde había cinco hijos que alimentar. Escucha esto con atención. Al mismo tiempo que vendía figuras de unicel en los cruceros y mezclaba cemento en las obras de construcción, no entrenaba.
Después de la secundaria se inscribió en la vocacional 10, aunque eventualmente tuvo que abandonar los estudios porque las demandas del entrenamiento y las competencias se volvieron incompatibles con el horario escolar y con la necesidad de trabajar. Esa es otra de las decisiones imposibles que los atletas de escasos recursos tienen que tomar y que los atletas con sistemas de apoyo sólidos nunca necesitan enfrentar, estudiar o entrenar.
Para Noé, el deporte ganó esa batalla y el resultado fue una medalla olímpica. Pero también fue un hombre que llegó a la vida adulta sin título universitario, dependiendo exclusivamente de lo que el atletismo pudiera darle mientras durara su carrera y sin formación académica de respaldo para cuando el atletismo terminara.
Grábate. Esto es importante. El hombre que subiría al podio olímpico en el año 2000 ante 80,000 personas. entrenaba en terracería, se alimentaba con lo que podía, se pagaba sus primeras competencias con dinero de albañilería y no contaba con un sistema de apoyo institucional sólido. No había beca significativa, no había nutricionista asignada, no había médico de equipo en sus primeras competencias internacionales.
Había voluntad, talento natural y ese instinto de movimiento que el profesor de la secundaria había sabido detectar a tiempo. En 1994, cuando Noé tenía 16 años, participó en una prueba de fondo en los reyes La Paz. Ese dato es inquietante cuando conoces el final de la historia. Los Reyes La Paz es exactamente el municipio donde 18 años después recibiría el balazo que lo mataría.
Pero en 1994, los Reyes La Paz fue el lugar donde ganó sus primeros 300 pesos en una competencia deportiva. 300 pesos de premio. Ese fue uno de sus primeros estímulos económicos en el deporte. Al año siguiente, en 1995, quedó segundo en la carrera José Pedraza, un circuito de marcha local y ese resultado le mereció una beca en la escuela mexicana de caminata.
Parecía que el sistema finalmente lo estaba viendo. Parecía que había una estructura institucional que iba a recibirlo y a desarrollarlo de manera sostenida. Pero meses después esa escuela desapareció y con ella la beca, sin explicaciones claras de por qué cerró, sin alternativa inmediata para los atletas que estaban en ella. Simplemente dejó de existir.
Así era el deporte mexicano en los años 90 en muchos aspectos. Y así sigue siendo en demasiados casos hoy. Estructuras que aparecen y desaparecen según los ciclos políticos y presupuestarios. Becas que se crean y se eliminan. Atletas que quedan en el limbo sin que nadie asuma responsabilidad por lo que ocurre con su desarrollo.
En 1997 participó en la Olimpiada Juvenil y fue descalificado en esa ocasión. Pero en ese torneo ocurrió algo que cambiaría el rumbo de su carrera. Conoció al entrenador Pedro Aroche. Ese encuentro fue determinante. Aroche vio lo que los demás no veían todavía en ese joven que se había pasado años caminando por las calles de Chimaluacán sin dinero para el pasaje.
Lo ayudó a ingresar al centro deportivo Olímpico Mexicano, que era una de las pocas rutas reales que tenía un atleta sin recursos para acceder a Termitan a entrenamiento de calidad en México. El CDM era ese espacio donde los atletas que el sistema había identificado podían desarrollarse de manera más profesional, con instalaciones, con técnicos, con estructura.
Y para Noé entrar ahí fue un salto cuántico respecto a entrenarse en terracería mientras los vecinos lo miraban sin entender. También en 1997 en Apodaca, Nuevo León, Noe tuvo su primera oportunidad para competir a nivel internacional. El resultado fue suficientemente bueno. Consiguió su boleto al Campeonato Centroamericano y del Caribe de atletismo que se celebraría en 1999 en Bridgetown en la isla de Barbados.
Y en ese campeonato, frente a la competencia regional más fuerte del continente americano en marcha atlética, Noé Hernández se colgó la medalla de oro en los 20 km. Medalla de oro en el Caribe. Para un joven que había entrenado en terracería y se había pagado los primeros gastos trabajando de albañil, eso era un salto al universo.
Pero el camino hacia Sydney no fue lineal ni cómodo. recibía la beca, el compromiso integral de México con sus atletas, pero era de los atletas que menos percibían dentro de ese programa porque sus resultados, todavía en proceso de consolidación, no alcanzaban los umbrales mínimos que el sistema exigía para los apoyos más generosos.
El sistema deportivo mexicano tiene esa lógica perversa y bien documentada que mencioné antes. Te financia mejor si ya ganaste, pero no te ayuda lo suficiente cuando todavía estás en el proceso de llegar a ganar. Y muchos atletas se pierden en ese hueco exacto entre el talento sin resultados confirmados y los resultados que justifican el apoyo pleno.
Noé no se perdió en ese hueco, pero pagó el costo de esa ausencia de apoyo de múltiples maneras a lo largo de su carrera. Antes de viajar a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, Noé compitió en Bolivia, donde se lesionó y no contaba con un médico que lo atendiera en esa competencia internacional. Eso no es un detalle anecdótico, ese es el nivel de precariedad con el que muchos atletas mexicanos viajan a competencias internacionales, incluso estando a un año de los Juegos Olímpicos, sin respaldo médico en el sitio, dependiendo
de que el cuerpo aguante solo, de que la lesión no sea grave, de que la suerte esté de su lado. Así era el atletismo mexicano para los que venían de donde venía Noé. Para los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, Noé Hernández llegó como el tercer miembro del equipo mexicano de marcha atlética. La jerarquía estaba clara.
Primero, Bernardo Segura, medallista de bronce en Atlanta 1996 y figura respetada en el circuito mundial. Segundo, Daniel García, que se había colgado el oro en el mundial de atletismo de Atenas 1997. Y tercero, Noé Hernández, el desconocido, el que nadie citaba en los análisis previos, el que no aparecía en los pronósticos de los expertos del atletismo internacional, el tercer hombre del equipo, el que había llegado a los juegos prácticamente como un complemento de la representación fuerte.
Y nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que estaba por pasar esa noche del 21 de septiembre de 2000 en el estadio olímpico de Sydney. Esta es la primera revelación que te prometí. Escucha esto con atención porque cada detalle importa. La noche del 21 de septiembre del año 2000, en horario mexicano, más de 80,000 personas llenaron el estadio Olímpico de Sydney para ver la prueba de 20 km de marcha atlética.
Era primavera en el hemisferio sur. Una noche australiana perfecta para el atletismo de largo aliento. Los favoritos del evento eran el polaco Robert Corseniowski, que era en ese momento el mejor marchador del mundo en la distancia olímpica, y algunos otros atletas europeos y asiáticos con largo recorrido internacional. del equipo mexicano.
Las esperanzas estaban sobre Bernardo Segura, el veterano con experiencia olímpica y resultados previos en el circuito. De Noé Hernández, el tercer hombre, nadie esperaba absolutamente nada que no fuera a completar la carrera dignamente. Necesito que entiendas bien qué son los 20 km de marcha atlética, porque eso es fundamental para comprender en toda su dimensión lo que ocurrió esa noche.
No es correr, pero tampoco es caminar en el sentido cotidiano del término. Es una disciplina técnica extremadamente exigente, donde dos reglas absolutas rigen cada uno de los pasos del atleta a lo largo de toda la competencia. Primera regla, al menos un pie debe estar siempre en contacto con el suelo, lo que significa que el atleta nunca puede estar en el aire simultáneamente con los dos pies, como ocurre naturalmente cuando se corre.
Segunda regla, la pierna de apoyo. En el momento en que el pie toma contacto con el suelo y hasta que el cuerpo pasa sobre esa pierna, debe estar completamente extendida sin doblar la rodilla. Estas dos reglas deben cumplirse en cada paso de los 20 km, con jueces ubicados a lo largo de todo el recorrido monitoreando el movimiento de cada competidor.
Un atleta que viola la primera regla está flotando, lo que técnicamente equivale a correr. Un atleta que viola la segunda está doblando la rodilla en el momento incorrecto. Una infracción detectada por un juez genera una advertencia de tarjeta amarilla cuyo registro queda en el sistema. Tres advertencias acumuladas equivalen a la descalificación del atleta, sin importar en qué posición cruce la meta.
Ese sistema hace que la marcha atlética sea uno de los deportes más técnicamente crueles del atletismo olímpico. Puedes terminar primero delante de 80,000 personas y quedar descalificado unos minutos después cuando el tablero electrónico confirma las tres advertencias. Con ese contexto completamente claro en la mente, pasó lo que pasó en Sydney.
Noé Hernández. ejecutó una carrera perfecta desde el punto de vista técnico y táctico, con perfil bajo, sin llamar la atención de los jueces, sin intentar lanzarse al frente en los primeros kilómetros para hacer un show visual, fue introduciéndose progresivamente en el grupo de los punteros kilómetro a kilómetro.
No era el más vistoso, no era el que las cámaras seguían con preferencia, pero tenía algo que los años de caminata por las calles de Chimaluacán le habían forjado en el cuerpo y en la mente de manera involuntaria. Resistencia. Resistencia física para mantener el ritmo cuando el ácido láctico te quema las piernas y la fatiga se acumula.
y resistencia mental para seguir cuando todo tu cuerpo te dice que ya llegaste al límite absoluto. En los últimos kilómetros, Noé estaba en el grupo de los punteros. El grupo selecto de atletas con opciones reales de podio, entró al estadio olímpico como parte de ese grupo reducido con 80,000 personas de pie.
Cruzó la meta en tercer lugar detrás de Bernardo Segura, que había marchado en primera posición durante los últimos kilómetros, y del polaco Robert Kzenovski en segunda. Su tiempo fue de 1 hora 19 minutos y 3 segundos. En ese momento, México parecía haber conseguido un resultado histórico extraordinario, primero y tercero en la misma prueba olímpica.
La euforia en México era total y desbordante. Los medios de comunicación ya estaban calculando el tamaño del festejo nacional, pero entonces vino la noticia que lo cambió todo. Bernardo Segura fue descalificado por acumulación de tres advertencias durante la competencia. Los jueces habían detectado infracciones en su técnica de marcha a lo largo del recorrido.
Tres tarjetas amarillas, tres advertencias oficiales y la regla era la regla descalificación. Esto se anunció después de que Segura ya había cruzado la meta en primer lugar con miles de personas aplaudiéndole en el estadio y con los medios mexicanos ya celebrando lo que creían que era un oro histórico. Cuando la decisión fue oficial y definitiva, el marcador cambió completamente.
El polaco Robert Korseniovski, que había cruzado segundo, pasó al primer lugar y al oro. El ruso Vladimir Andrelleev, que había cruzado tercero, subió al segundo lugar y a la plata. Y No Hernández, que había cruzado la meta en tercer lugar, ascendió automáticamente al segundo puesto, a la medalla de plata.
El desconocido era subcampeón olímpico de los Juegos de Sydney 2000. Lo que ocurrió en los minutos siguientes tiene capas de significado que van más allá del simple resultado deportivo y que definen quién era Noé Hernández como persona. Noé, en su primera reacción pública registrada no celebró de manera incondicional ni automática.
Dijo lo que pensaba. dijo lo que sentía realmente sin calcular el impacto, sin pensar en las cámaras. No merezco la plata. Lo que gané fue el bronce. Es injusta la calificación de Bernardo Segura y hay una persecución en contra los marchistas de México declaró en los momentos inmediatamente posteriores al cambio de resultado olímpico.
Piensa en lo que eso significa en su contexto real. Acaba de ganar una medalla olímpica. El momento más grande de su vida, sin ninguna duda posible. Y su primera reacción pública es defender a su compañero de equipo, que acaba de ser descalificado y decir que la medalla que le están poniendo no la merece. Eso no es lo que dice alguien que está calculando su imagen pública en tiempo real.
Eso es lo que dice alguien que es brutalmente honesto, incluso cuando la honestidad no le favorece personalmente. Minutos después, más tranquilo, añadió palabras que tocaron a México entero. Dedico esta medalla a mi técnico y a mi familia de la que estoy alejado desde hace un año. Todo lo que quiero es volver a estar con ellos. Y entonces llegó la llamada telefónica, la llamada que emocionó a un país completo esa noche desde Sydney.

En esa noche australiana donde acababa de ocurrir algo que nadie había pronosticado, Noé habló con sus padres. El enlace telefónico llegó a los hogares mexicanos. La voz de doña Felipa Valentín, la madre de Noé, se quebró para decirle, “Estoy feliz porque se te ha hecho realidad tu sueño. Con mucho esfuerzo, con los 5 o 10 pesos que te daba para tu pasaje, saliste adelante con la miseria que yo te daba.
” Y don José Hernández, el padre, con la voz entrecortada por la emoción. “Lo que prometiste lo cumpliste, hijo. Dale gracias a Dios. Noé no pudo contener las lágrimas y México entero tampoco las contuvo. Todo Chimaluacán estaba reunido para escuchar esas palabras. Los vecinos que durante años habían visto con extrañeza a ese joven que caminaba de manera tan peculiar por las calles de terracería que se preguntaban por qué marchaba con ese movimiento tan específico mientras iba y venía, ahora entendían
perfectamente por qué lo hacía y se sentían orgullosos de ser parte de ese lugar que lo había visto nacer y crecer. En mi barrio se hizo la medalla, aquí se hizo todo el trabajo”, decía Noé con esa humildad que era su marca registrada en todo momento. El niño que caminaba 17 km porque no tenía para el microbús.
El albañil de 50 pesos por colado, el que vendía figuras de unicel en los semáforos de la Ciudad de México, el que ningún experto ponía en su quiniela para Sydney, el tercer hombre del equipo mexicano. Ese era el subcampeón olímpico de los Juegos de Sydney 2000 en los 20 km de marcha atlética.
Y esa medalla de plata, ese tiempo de 1 hora 19 minutos y 3 segundos, esas lágrimas en la llamada telefónica a sus padres desde Australia se convirtieron en uno de los momentos más recordados y más emotivos del olimpismo mexicano en toda su historia moderna. Y en ese momento, sin que nadie lo supiera todavía, comenzaba la cuenta regresiva hacia uno de los finales más tristes que haya tenido jamás un atleta olímpico mexicano.
Pero lo peor aún no había llegado. Cuando Noé regresó a México después de Sydney 2000, llegó como héroe reconocido a nivel nacional. La medalla de plata olímpica en marcha atlética era un logro de primer nivel para un país que lleva décadas buscando figuras en este deporte específico. La marcha atlética ha sido históricamente uno de los deportes donde México ha cosechado más éxitos en el olimpismo moderno, con 10 medallas a lo largo de toda su historia olímpica en diversas distancias y en hombres y mujeres.
Y la de Noé era especialmente significativa porque se trataba de la continuación de una tradición que venía de la medalla de bronce de Bernardo Segura en Atlanta, 1996 y del oro de Daniel García en el mundial de 1997. En los días y semanas posteriores a Sydney, los medios lo buscaron. Los programas deportivos lo llamaron para entrevistas.
El municipio de Chimaluacán celebró a su hijo más famoso. Los vecinos que durante años habían visto con extrañeza a ese joven que marchaba de manera tan peculiar por las calles de terracería, ahora entendían perfectamente por qué lo hacía y se sentían parte legítima del logro, porque de alguna manera profunda y real lo eran.
Pero la celebración duró lo que duran las celebraciones en México, cuando no hay estructuras de apoyo institucionales y sostenidas detrás de los medallistas. Poco, muy poco. Grábate esto. Es importante para entender todo lo que vino después. El sistema deportivo mexicano celebra a sus medallistas olímpicos el día que ganan. les pone cámaras, les organiza desfiles, los lleva a eventos oficiales, los presenta como el orgullo del país y luego, cuando las cámaras se apagan y los micrófonos se guardan y la siguiente competencia internacional acapara la atención, los
deja solos con su medalla y sin mucho más. No siempre ocurre así. Hay casos de atletas que recibieron apoyo real y sostenido, pero con demasiada frecuencia los deportistas que vienen de los estratos más bajos de la sociedad mexicana, los que no tienen redes de contactos en las esferas del poder, los que no saben moverse en los pasillos de la burocracia deportiva, terminan solos.
Y Noé Hernández fue uno de los casos más documentados y más claros de esa realidad estructural. El problema empezó con su entrenador. En Sydney, Noé había sido entrenado por Pedro Aroche, el mismo que lo había descubierto en 1997 y lo había ayudado a ingresar al sistema olímpico mexicano. Pero después de la medalla, el binomio Hernández Aroche dejó de funcionar juntos.
No se conocen con certeza los motivos de la ruptura. Nunca quedó claro públicamente qué ocurrió exactamente entre ellos, pero el hecho concreto es que se separaron y sin un entrenador de referencia establecido, Noé tomó una decisión que generó una tormenta de comentarios en el ambiente deportivo mexicano. Decidió que su esposa Vianey Pedraza, fuera quien dirigiera sus entrenamientos.
Esa decisión fue criticada duramente y de manera generalizada. Se dudó abiertamente de la capacidad técnica de Bian para dirigir a un atleta de alto rendimiento en marcha atlética. Los comentarios en el circuito deportivo fueron intensos y en gran parte negativos. Y según los propios análisis de dirigentes deportivos de la época y de personas que conocían el circuito de marcha en México, ese cambio constante de entrenadores que continuó durante los años posteriores a Sydney fue uno de los factores principales que explicaban por
qué la carrera de Noé después de la medalla fue una montaña rusa de altibajos en lugar de una progresión ascendente hacia nuevas victorias. En 2002, Adrián Navarro se integró al equipo como entrenador titular tras un acuerdo entre la Federación Mexicana de Atletismo, la Comisión Nacional de Marcha y el programa Sima.
Navarro tenía experiencia real en el circuito de marcha. Había entrenado también a Bernardo Segura, el medallista de Atlanta 96. El acuerdo parecía una oportunidad concreta de estabilizar la preparación de Noé y encaminarlo hacia los siguientes Juegos Olímpicos con una base técnica sólida y coherente. Y en 2003 ese trabajo pareció dar fruto de la mejor manera posible.
En el Campeonato Mundial de atletismo de París, Francia, Noé marchó los 20 km en un tiempo de 1 hora 18 minutos 14 segundos horas. Su mejor marca personal de toda la carrera. Una mejora de casi un minuto completo respecto al tiempo con el que había ganado la plata en Sydney. Con esa marca quedó en cuarto lugar mundialmente rozando el podio del campeonato del mundo.
Cuarto en el mundo con el mejor tiempo de su vida. Ese era el Noé Hernández, que podía haber existido con más apoyo y más estabilidad durante los años posteriores a la medalla de Sydney. Ese era el atleta que llevaba dentro el niño que entrenaba en terracería y se esperaba que ese nivel fuera el trampolín natural hacia los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde Noé iba a tener otra oportunidad de subir al Podio olímpico.
Las expectativas estaban completamente justificadas por los números. Un cuarto lugar mundial con el mejor tiempo de su carrera era exactamente el tipo de resultado que augura una medalla olímpica al año siguiente si se mantiene la forma. Pero no fue así. En Atenas 2004, Noé Hernández fue descalificado por flotar durante la competencia la misma infracción técnica que había afectado a Bernardo Segura en Sydney 4 años antes.
Tres advertencias de los jueces a lo largo de la carrera. descalificación, sin medalla, sin podio, sin nada de lo que se esperaba después del cuarto lugar en París. Esa es la brutalidad de la marcha atlética como deporte. Puedes tener el mejor tiempo de tu carrera un año antes en el mundial y quedar descalificado en los Juegos Olímpicos al año siguiente.
Eso ya era un golpe importante para una carrera que buscaba consolidarse, pero lo que vino después fue peor todavía. En 2006, Noé se operó de una lesión en la rodilla. La operación lo mantuvo fuera de las pistas de atletismo durante un tiempo prolongado, más de un año fuera del circuito de competencia, más de un año sin los estímulos físicos y mentales del alto rendimiento.
Y cuando intentó volver, el ritmo ya no era el mismo. El cuerpo había cambiado de maneras que las operaciones no podían revertir completamente. Las rodillas no respondían igual. La capacidad de recuperación no era la misma. En marzo de 2009, en un intento de regreso al circuito competitivo, participó en el circuito de marcha de Chihuahua, quedó en el lugar 24.
El mismo hombre que 6 años antes había hecho el cuarto mejor tiempo del mundo en un campeonato mundial de atletismo en París, terminó en el lugar 24 de un circuito local en México. Esa fue la señal definitiva. No había vuelta. no iba a poder clasificar a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, que ya habían pasado durante su periodo de recuperación postoperatoria.
No había futuro en el alto rendimiento olímpico. Noé Hernández Valentín se retiró del atletismo de alto rendimiento sin haber vuelto a ganar nada grande después de la plata de Sydney. 9 años de carrera postolímpica, 9 años intentando volver al nivel de aquella noche australiana y no pudo. Y ahí fue cuando empezó la otra parte de la historia, la más oscura.
Sin el atletismo como centro de su vida, sin el deporte que había sido su identidad completa desde los 15 años, Noé buscó un lugar desde donde seguir conectado a ese mundo que lo era todo para él. Se incorporó al Partido Revolucionario Institucional, el PRI, en el Estado de México, donde fungió como secretario del deporte del PRI estatal.
Según quienes lo conocían en esa etapa, su labor real era promover el deporte entre los jóvenes de Chimaluacán, orientarlos, darles lo que a él nadie le había dado cuando era joven y lo necesitaba. Visibilidad dentro del sistema deportivo institucional, orientación sobre las rutas para acceder a becas y competencias y el ejemplo vivo y concreto de que alguien que empezaba desde exactamente donde ellos empezaban podía llegar al podio olímpico si encontraba la disciplina y el apoyo necesarios.
Era una labor que Noé asumía con genuino compromiso, según todos los testimonios de personas que lo conocieron en esa época. No era un cargo de poder real ni de grandes recursos económicos. Era, en muchos sentidos, la única manera disponible que tenía Noé Hernández de mantenerse útil dentro del mundo que había sido su vida entera.
Pero el sistema político tampoco lo recibió como a una figura de primer nivel. Según las crónicas de la época, no fue considerado para los grandes puestos burocráticos. era la figura pública de un medallista olímpico que podía ser utilizada en ciertos eventos y actos oficiales para dar credibilidad o para la foto, pero sin el peso político real, sin la influencia institucional que alguien con ese historial deportivo debería haber tenido dentro de la estructura.
El héroe de Sydney estaba 12 años después de su medalla de plata en un cargo menor dentro de la burocracia deportiva de un partido político estatal, sin el apoyo económico que correspondía a alguien que había puesto el nombre de México en el Podio olímpico durante los años más productivos de su vida, viviendo en el mismo Chimaluacán de siempre, en el barrio de Shochiaca, cerca de donde había aprendido a caminar de manera extraña siendo niño, mientras los vecinos lo miraban sin entender por qué. y lo que vino después lo destruyó
todo. Esta es la segunda revelación que te prometí. Necesito que prestes mucha atención a lo que viene ahora. Cada detalle que voy a contarte está documentado y verificado. 30 de diciembre de 2012. Falta un día para el fin de año. Noe Hernández tiene 34 años. 12 años han pasado desde la medalla de plata en Sydney.
12 años en los que el mundo deportivo mexicano siguió girando. En los que llegaron nuevos héroes olímpicos y nuevas tragedias. En los que el nombre de Noé Hernández pasó de estar en todos los titulares a aparecer solo de vez en cuando como referencia histórica. Ese sábado por la noche, en algún momento que se convierte en la madrugada del domingo, no está en el bar La Reina de los Reyes.
El establecimiento estaba ubicado sobre la carretera México Texcoco en el municipio de los Reyes La Paz, en los Reyes Axaquilpan, Estado de México. Lo que hacía Noé esa anoche en ese bar tiene varias versiones que él mismo intentó reconstruir días después, aunque con memoria fragmentada y muy incompleta por el trauma craneal que sufriría.
Según sus propias declaraciones posteriores, esa noche iba a tener un encuentro con excompañeros de la escuela que finalmente no se realizó. También declaró que su escolta, la persona que le prestaba servicios de protección y seguridad personal, estaba de vacaciones esa noche. Fue al bar solo, sin protección y que su chóer le dijo que antes de ir al bar le había hablado para que le llevara dinero porque iba a hacer unos gastos.
Alrededor de las 03:30 horas de la madrugada del 30 de diciembre de 2012, tres hombres ingresaron al bar La Reina de los Reyes portando armas de fuego. Lo que vino después fue una masacre corta y absolutamente brutal. Tras una discusión que escaló rápidamente hasta un intercambio de disparos en el interior del establecimiento, dos personas murieron en el lugar de manera instantánea.
Otras dos resultaron heridas graves, entre ellas un hombre llamado Mauricio Martínez, que recibió un disparo en la cintura. El otro herido era Noé Hernández Valentín, el subcampeón olímpico de Sydney 2000. El proyectil le impactó en la frente, en el cráneo, en la región frontal del cráneo, una de las zonas más críticas del sistema nervioso central, donde el daño al tejido cerebral puede ser devastadora e irreparable y donde la muerte en el lugar es la consecuencia más estadísticamente probable de un impacto
de arma de fuego. Escucha esto. No fue trasladado primero al hospital vivo estar del municipio de Nesaualcoyot para atención de emergencia inicial. Dada la gravedad extrema de la lesión craneal, fue remitido de inmediato al hospital de neurotraumatología en Bosques de Aragón, el centro especializado con la capacidad técnica real para atender este tipo de catástrofes craneales.
Lo que encontraron los cirujanos fue una situación de extrema gravedad. El proyectil había causado daño masivo en la región frontal del cráneo y había afectado las órbitas oculares. Los médicos comenzaron una serie de intervenciones quirúrgicas de reconstrucción que se extendieron durante los días siguientes.
En total, Noé Hernández fue sometido a tres operaciones de reconstrucción ósea en la base frontal del cráneo y en las dos órbitas oculares. Se colocaron siete placas de titanio en el cráneo, siete placas de metal en el cráneo de un ser humano que había sobrevivido a lo que debería haberlo matado en el lugar. Las consecuencias físicas inmediatas fueron devastadoras e irreversibles.
Perdió el globo ocular izquierdo completamente. No recuperación posible con ningún tratamiento disponible entonces ni ahora. pérdida total e irreversible del ojo. Y en el ojo derecho, el daño por el impacto y las operaciones fue tal que los médicos estimaron que había perdido más del 70% de la visión.
El hombre que había pasado su vida mirando hacia adelante, midiendo distancias en pistas olímpicas, calculando ritmos y posiciones en competencias internacionales, prácticamente ciego, con el cráneo reconstruido con metal en coma inducido en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Neurotraumatología de Aragón.
El 2 de enero de 2013, exactamente 3 días después del tiroteo, los médicos tomaron la decisión de sacarlo del coma inducido. El Dr. Carlos Castillo Rangel, quien dirigía su atención médica, informó públicamente que Hernández movía perfectamente las extremidades de su cuerpo y obedecía las indicaciones de los especialistas que lo atendían.
El cerebro, a pesar del trauma masivo que había sufrido, estaba funcionando. Los nervios motores respondían. La conciencia estaba presente. Comenzó a recuperarse de una manera que los propios médicos describieron como sorprendente y que los medios de comunicación cubrieron con la palabra milagrosa.
Comía por sus propios medios, se bañaba solo. Caminaba por los pasillos del hospital. El marchista que había pasado su vida marchando volvía a caminar, esta vez por los pasillos de un hospital de neurotraumatología con siete placas de titanio en el cráneo. El 3 de enero articuló sus primeras palabras desde el ataque.
El médico las describió como coherentes pero incongruentes, lo cual era completamente esperable dado el trauma craneal de esa magnitud que había sufrido. El cerebro necesita tiempo para reorganizarse después de un daño de esa dimensión. El 8 de enero de 2013, 9 días después del tiroteo que estadísticamente debería haberlo matado en el lugar, Noé Hernández salió del hospital de neurotraumatología caminando, hablando, sin asistencia visible y dio una conferencia de prensa que fue transmitida por todos los medios deportivos de México. Esta es
la tercera revelación que te prometí. Las palabras que dijo Noé Hernández en esa conferencia de prensa del 8 de enero de 2013 son las palabras que más pesan cuando uno conoce el final que vendría 8 días después. Con siete placas de titanio en el cráneo, con el ojo izquierdo perdido, con casi sin visión en el derecho, frente a los micrófonos y las cámaras de todos los medios de comunicación deportivos de México, Noé dijo, “Todos ustedes fueron el motor de mi recuperación.
En serio que fue muy difícil. Y a pesar de que lo de la medalla fue hace mucho tiempo, darse cuenta que hay mucha gente que le intereso, familia, vecinos, medios de comunicación, es lo que me hace darme cuenta que sigo siendo parte de la historia. Que sigo siendo parte de la historia. Eso dijo. Un hombre con siete placas de titanio en el cráneo medio ciego que acababa de sobrevivir a lo que estadísticamente debería haberlo matado, dijo que seguía siendo parte de la historia del deporte mexicano y el 9 de enero dio su primera declaración pública
detallada sobre los hechos ocurridos la madrugada del 30 de diciembre. Dijo que no recordaba los detalles del ataque, que el proyectil le había borrado toda la línea usando sus propias palabras. No recuerdo lo que pasó de verdad ni cómo fui agredido y trasladado”, declaró ante los medios y añadió que ese día había ido al bar solo porque su escolta estaba de vacaciones y el encuentro que tenía previsto con excompañeros no se había concretado, así que fue solo y luego dijo algo que cambió completamente el tono de toda
la interpretación de lo que había ocurrido esa noche. En una entrevista con el noticiero Primero Noticias transmitida el 9 de enero de 2013, Noé declaró públicamente, “Ciento que tal vez iban por mí. Tiene mucho tiempo que me hablan por teléfono para decirme que me van a secuestrar. Me han estado vigilando. Grábate ese detalle.
Es fundamental para entender la historia completa. Noé Hernández, el subcampeón olímpico de Sydney 2000, el secretario del deporte del PRI en el Estado de México, afirmaba públicamente haber recibido amenazas previas al ataque del bar, llamadas telefónicas con amenazas directas de secuestro, vigilancia a su persona y, en su percepción el ataque del bar.
La reina de los reyes en la madrugada del 30 de diciembre no era el resultado de haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. Era, según él creía, un ataque dirigido hacia él de manera específica y deliberada. Si esas amenazas eran reales y Noel las afirmó públicamente como reales en una entrevista formal con un noticiero nacional, hay preguntas muy incómodas que el sistema político y deportivo debía haberse hecho desde mucho antes del ataque.
¿Por qué no había protección adecuada para alguien que ocupaba un cargo político en el PRI estatal y que afirmaba recibir amenazas de secuestro? ¿Por qué su escolta no estaba con él esa noche? ¿Qué se investigó sobre esas amenazas previas? ¿Quién estaba detrás de ellas y por qué razón? Esas preguntas nunca recibieron respuesta pública satisfactoria en ninguno de los medios que cubrieron el caso.
Lo que Noé dijo después, en los días del periodo entre el alta hospitalaria y su muerte, quedó registrado en los testimonios de personas cercanas a él que hablaron con los medios. Y esas palabras son las más difíciles de escuchar en toda esta historia. Noé les dijo a sus amigos y a las personas que lo visitaron en ese breve periodo, “Prefiero morirme antes de quedar ciego.
” No era una amenaza de suicidio. Era la expresión viseral, honesta y aterradora de un hombre que había vivido para el movimiento, para el cuerpo, para la competencia, para la marcha. un hombre cuya identidad entera había sido construida alrededor de lo que su cuerpo podía hacer, de la precisión y la potencia de cada paso en la pista, y que ahora, a los 34 años, se encontraba sin un ojo, casi ciego del otro, con siete placas de titanio en la cabeza, dependiente de los demás para moverse por el mundo que antes había atravesado a velocidades olímpicas. Esas
palabras dicen todo sobre la clase de hombre que era Noé Hernández y dicen todo sobre la crueldad absoluta de lo que le había ocurrido. El 16 de enero de 2013 a las 11:44 horas de la mañana, Noé fue encontrado inconsciente en su casa del barrio de Chochiaca en Chimaluacán, en el mismo barrio donde todo había comenzado 34 años antes.
La policía estatal llamó al hospital 90 camas del municipio para solicitar el traslado urgente. El director del nosocomio, Santiago Hurtado Arévalo, confirmó que lo recibieron sin signos vitales y que llevaba ya 10 minutos en pérdida del estado de alerta cuando llegaron. El paramédico que lo atendió inicialmente, Ricardo del Valle, declaró a los medios que cuando llegó a él, Noé estaba consciente.
Esa contradicción entre los testimonios del paramédico y del hospital sobre el estado exacto de Noé en los minutos finales de su vida nunca se aclaró completamente de manera pública. A las 12:15 horas del 16 de enero de 2013, el medallista olímpico de Sydney 2000 fue declarado muerto. El diagnóstico oficial, paro cardiorrespiratorio. No Hern Nández había sobrevivido a una bala en la frente.
Había sobrevivido a tres operaciones de reconstrucción craneal con siete placas de titanio. Había sobrevivido al coma inducido de varios días. Había caminado por los pasillos del hospital 9 días después de recibir el disparo. Había dado una conferencia de prensa hablando con claridad y emoción frente a todas las cámaras de México.
Había regresado a su casa en Chimalhuacán y 17 días después de salir del hospital, su corazón se detuvo. Tenía 34 años. Le faltaban exactamente 2 meses para cumplir los 35. Las preguntas que nadie respondió con claridad entonces siguen sin responderse hoy. ¿Por qué le dieron el alta médica tan pronto? Apenas 9 días después de un trauma craneal de esa magnitud extraordinaria.
Los propios médicos habían estimado públicamente que su rehabilitación física y neurológica llevaría de dos a 3 meses y la del ojo derecho más de un año de tratamiento. ¿Qué monitoreo médico tenía en su domicilio después del alta? ¿Qué seguimiento concreto estaba recibiendo un hombre con siete placas de titanio en el cráneo, prácticamente sin visión y con el cerebro todavía en proceso de reorganización una vez que salió de las paredes del hospital, tenía acceso a la medicación adecuada, a los controles neurológicos
necesarios. El paro cardiorrespiratorio puede ser consecuencia de múltiples factores en un cuerpo con el historial de trauma extremo que tenía Noé. El cerebro dañado puede afectar las funciones autonómicas del organismo, incluyendo la regulación cardíaca y respiratoria, el estrés extremo de los últimos meses, la falta de sueño, la medicación postquirúrgica, el impacto emocional devastador de haber perdido la visión, todo eso puede confluir en un cuerpo que ya estaba al límite absoluto de su resistencia. Pero lo que es un hecho
verificable e incontestable es que el sistema médico que había celebrado su recuperación milagrosa, no tenía los recursos, el protocolo específico o la voluntad institucional suficientes para asegurar que esa recuperación llegara a buen puerto fuera de las paredes del hospital. El sistema que lo había aplaudido en el podio de Sydney, el sistema que lo había celebrado como héroe nacional, el sistema que lo había incorporado como figura en la burocracia deportiva de un partido político.

Ese mismo sistema no estaba ahí para garantizarle lo básico, el seguimiento médico necesario para sobrevivir a las consecuencias de una bala que él ya había superado. Esta es la cuarta revelación que te prometí. En el mundo del deporte, cuando un atleta muere en circunstancias violentas y el proceso judicial comienza, la espera para la sentencia es invariablemente larga.
Los casos se extienden en el tiempo, los testimonios se recopilan, las investigaciones avanzan a su ritmo, las sentencias llegan cuando la atención pública ya pasó a otros temas y la memoria sobre los detalles específicos se ha erosionado. En el caso de Noé Hernández, el proceso llevó 4 años completos. El 15 de febrero de 2017, 4 años y aproximadamente un mes y medio después del tiroteo del 30 de diciembre de 2012 en el bar La Reina de los Reyes.
La Fiscalía General del Estado de México anunció la sentencia definitiva contra los responsables del ataque armado. Los condenados fueron Diego Román Medina Martín y Gregorio Alonso Pérez Ceron. Los hechos por los que fueron sentenciados se registraron en el interior del bar ubicado en la carretera federal México Texcoco en los Reyes Azaquilpan en el municipio de La Paz.
Los dos sentenciados habían ingresado al lugar portando armas de fuego y luego de una discusión dentro del establecimiento dispararon contra las personas que se encontraban en el interior. Dos personas murieron de manera instantánea por los disparos. No Hernández fue herido de gravedad y murió semanas después a consecuencia directa de las lesiones que recibió esa madrugada.
Ambos recibieron una sentencia de 70 años de cárcel por el homicidio de dos hombres y por herir con arma de fuego al medallista olímpico, cuyas lesiones determinaron su muerte posterior. 70 años de cárcel. Justicia documentada en papel, pero justicia que llegó 4 años después. si Noé para verla, sin que sus padres, doña Felipa y don José, los de la llamada telefónica desde Sydney, pudieran escuchar esa sentencia con su hijo vivo.
Lo que quedó después de su muerte fue primero un silencio incómodo en el deporte mexicano durante varios días y luego los homenajes institucionales llegaron. La Asociación de Medallistas Olímpicos de México, la MOM, anunció la creación de un galardón que llevaría el nombre de Noé Hernández Valentín, diseñado específicamente para estimular a deportistas que surgieran de estratos socioeconómicos difíciles.
El presidente de la MOM, Daniel Acéz Villagrán, hizo el anuncio tras conocer la noticia de su fallecimiento a través de Juana Hernández, la hermana mayor del marchista. La CONADE, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, emitió un comunicado oficial lamentando el fallecimiento. Lo describió como un atleta que dedicó su vida al deporte y cuya entrega, disciplina y humildad han sido recordadas como un referente entre las generaciones de marchistas que lo sucedieron.
Palabras hermosas en un comunicado de prensa institucional. Palabras que no fueron acompañadas de ninguna revisión pública de cómo fue que un medallista olímpico terminó en esas condiciones específicas sin el seguimiento médico que necesitaba después de salir del hospital. En Chimaluacán, el municipio que lo vio crecer y que lo vio convertirse en héroe olímpico.
Una alberca olímpica lleva su nombre. El complejo Noé Hernández fomenta el deporte con clases de natación, buceo, clavados y waterpolo al alcance de la comunidad. Un homenaje físico y permanente ubicado en los mismos límites geográficos donde él aprendió que caminar con disciplina y constancia podía llevarte al otro lado del mundo y ponerte en un podio olímpico ante 80,000 personas.
Pero el homenaje más significativo y al mismo tiempo el más doloroso es lo que la historia completa de Noé Hernández representa dentro del deporte mexicano como institución y como sistema. Grábate esto porque es lo más importante de todo lo que escuchaste hoy en este video. La medalla de plata de Noé Hernández en los 20 km de marcha en Sydney 2000 sigue siendo hasta el día de hoy la última medalla olímpica que México ha ganado en esa disciplina exacta y en esa distancia para los varones. Han pasado los juegos de Atenas
2004, Pekín 2008, Londres 2012, Río 2016, Tokio 2020 y París 2024. Seis ediciones completas de los Juegos Olímpicos posteriores a Sydney y ningún marchista mexicano masculino en los 20 km ha vuelto a subir al podio olímpico. La última huella de México en ese podio fue la de Noé Hernández Valentín con un tiempo de 1 hora 19 minutos y 3 segundos horas.
El 22 de septiembre del año 2000 en el estadio Olímpico de Sydney, Australia, con 80,000 personas de pie aplaudiéndole con sus padres llorando de emoción al otro lado del teléfono desde Chimaluacán, con el mundo entero descubriendo quién era ese joven que había caminado 17 km sin dinero para el microbús y que ahora estaba en el podio olímpico con una medalla de plata colgando del cuello y México dejó morir al hombre que puso esa huella a los 34 años.
en la pobreza relativa de un cargo político menor con siete placas de titanio en el cráneo sin los recursos médicos necesarios para sobrevivir a las consecuencias de una bala que él paradójicamente ya había superado físicamente en el hospital. Piensa en eso un momento. De verdad, piénsalo con toda su crudeza. También merece ser mencionado el contexto específico de los Juegos Olímpicos de Sydney.
2000 que Noé compartió con otra atleta cuyo destino fue igualmente trágico, Soraya Jiménez, la pesista que ese mismo año ganó la medalla de oro en levantamiento de pesas, convirtiéndose en la primera mujer mexicana en toda la historia en ganar un oro olímpico en la modalidad de levantamiento de pesas. Soraya también murió en 2013, el mismo año que Noé, a los 35 años de edad, víctima de un infarto fulminante después de años de luchar con los problemas de salud derivados de su carrera deportiva y con el abandono institucional del
sistema después de su momento de gloria en Australia. El año 2013 se llevó a dos de los protagonistas más emotivos y más recordados de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 para México. Dos atletas que lo habían dado todo por el país. Dos historias que terminaron de manera prematura, dos muertes que dejaron preguntas sin respuestas sobre cómo el deporte mexicano trata a sus héroes olímpicos cuando las cámaras ya no están.
Esa coincidencia no es solo una tragedia personal, es una acusación sistémica. El deporte elevó a Noé Hernández desde las calles de terracería de Chimaluacán hasta el podio olímpico más famoso del mundo. Y el mismo sistema que lo elevó lo dejó caer no de un solo golpe, sino lentamente durante 12 años, a través de la falta de apoyo económico sostenido después de la medalla, a través de la inestabilidad en el sistema de entrenamiento que nunca encontró equilibrio después de Sydney a través de una carrera política menor que no reflejaba el tamaño real de su legado
deportivo, a través de la ausencia de un sistema de protección y seguridad adecuado para alguien que afirmaba públicamente ente recibir amenazas de secuestro y finalmente a través de la incapacidad del sistema para garantizarle el seguimiento médico que necesitaba cuando su cuerpo ya no podía más solo.
No Hernández Valentín marchó hasta el último metro de sus fuerzas disponibles. Lo hizo en las calles de terracería de Chimaluacán cuando nadie lo miraba y nadie sabía su nombre. Lo hizo en los 17 km a pie hasta el metro Pantitlán, porque no tenía para el pasaje del microbús. Lo hizo en las competencias regionales de 1994 por 300 pesos de premio.
Lo hizo en el Campeonato Centroamericano de Barbados, donde se colgó el oro en 1999. Lo hizo en el Estadio Olímpico de Sydney con 80,000 personas de pie el 22 de septiembre de 2000. Lo hizo en el Mundial de París de 2003, donde marcó una hora 18 minutos y 14 segundos, el mejor tiempo de su vida. Lo hizo en Atenas 2004 hasta que los jueces lo descalificaron.
Lo hizo en el circuito de Chihuahua de 2009 cuando ya no le daban las piernas y quedó en el lugar 24 porque intentó de todas formas. Lo hizo en los pasillos del hospital de neurotraumatología con siete placas de titanio en el cráneo caminando de nuevo, diciéndole al mundo que seguía siendo parte de la historia.
Marchó siempre hacia delante. Esa fue su naturaleza desde los 15 años. Eso fue lo que lo hizo medallista olímpico desde las calles sin pavimento de Chimalhuacán. Y eso fue lo que lo hizo seguir caminando cuando ningún cuerpo humano con ese daño craneal debería haber podido seguir caminando. Y en la última vuelta, cuando más lo necesitaba, el sistema no estaba ahí para ayudarlo a cruzar la meta.
Eso es lo que le pasó a Noé Hernández Valentín. Eso es lo que el deporte mexicano ha preferido olvidar o recordar solo a medias, solo con la parte bonita de la medalla y la llamada a los padres. Y eso es exactamente por qué tienes que saber su historia completa, no la versión resumida de la medalla y el llanto en la llamadan a sus padres desde Australia.
La historia completa con el balazo en el bar de madrugada, con las siete placas de titanio, con la conferencia de prensa, con las palabras que le dijo a sus amigos antes de morir, con los 70 años de cárcel para sus asesinos, 4 años después, con el complejo deportivo en Chimalhuacán, que lleva su nombre, y donde los jóvenes del mismo barrio donde él entrenaba en terracería aprenden ahora a nadar y a hacer deporte con todo eso, porque Noé Hernández no fue solo el hombre que lloró en La llamada se a sus padres desde Australia la noche del 22
de septiembre de 2000. Fue el hombre que sobrevivió a una bala en el cráneo y siguió hablando, caminando y diciéndole al mundo que seguía siendo parte de la historia. Y fue el hombre al que el sistema que lo había levantado no sostuvo cuando ya no pudo caminar solo. Mientras el atletismo mexicano siga sin ganar una medalla olímpica en los 20 km varoniles de marcha, la última huella en ese podio seguirá siendo la de Noé Hernández Valentín con su tiempo de 1 hora 19 minutos y 3 segundos con su llanto en la llamada
telefónica Doña Felipa y don José con sus 50 pesos de albañil y sus 17 km a pie hasta el metro y con su medalla de plata, que él mismo dijo que no merecía porque sentía que la real era la de bronce marchó hasta el final y en la última vuelta nadie lo estaba esperando. Si la historia de Noé te enseñó algo que no sabías, si ahora entiendes que detrás de una medalla olímpica puede haber 12 años de abandono y una muerte que pudo evitarse con los recursos y el seguimiento que cualquier medallista olímpico merece. Si
ahora ves que el problema no fue solo la bala, sino el sistema que no lo sostuvo cuando más lo necesitaba, entonces haz algo por mí. Dale like a este video y suscríbete al canal. No por mí, por Noé, para que su historia completa. No solo la medalla de plata y el llanto emotivo en la llamada a sus padres desde Australia llegue a más personas que necesitan entender el precio real de la gloria deportiva en México.
Para que la próxima vez que alguien diga Nueva Hernández, el de la medalla de Sydney, alguien más pueda decir, “No, Nueva Hernández, el hombre al que México celebró un día y abandonó el resto de su vida. Yeah.