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NOÉ Hernández: un BALAZO lo retiró… La SÓRDIDA muerte del medallista que sobrevivió al INFIERNO

Un lugar donde convive el tiradero de basura municipal,  una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol de tierra sobre los camellones. Un lugar que huele a esfuerzo y a precariedad. No es un lugar al que se llegaba por elección en los años 80. Se llegaba por necesidad económica y esa fue la necesidad de la familia Hernández Valentín.

Grábate esto. El entrenamiento más importante que Noé Hernández tuvo en su vida no fue ningún centro deportivo oficial, no fue ninguna instalación de alto rendimiento con pista sintética y equipamiento técnico de última generación. Fue en esas calles de Chimaluacán, cuando no tenía dinero para el pasaje del microbús y muchas veces no lo tenía.

Tenía que caminar 17 km desde su barrio hasta el metro Pantitlán.  17 km atravesando la avenida bordo de Sochaca, un tiradero de basura municipal, una academia de policía, un reclusorio, un tianguis de autos y canchas de fútbol  de tierra sobre los camellones. Eso era el entrenamiento de Noé Hernández antes de que nadie supiera  quién era.

17 km de ida porque no tenía lo que costaba el pasaje del microbús. No te digo eso para construir una narrativa de inspiración fácil que se olvidará mañana. Te lo digo porque ese origen específico, esa geografía física y económica, explica quién era Noé Hernández y por qué lo que le pasó después resulta tan difícil de procesar.

Para cualquiera que entienda lo que ese hombre tuvo que superar para llegar donde llegó. Desde los 8 años Noe fue apasionado del fútbol. Le gustaba la portería. Tenía velocidad y buena condición física desde pequeño. Sus compañeros de equipo le cooperaban para los guantes y el uniforme porque él no tenía dinero para comprárselos.

El fútbol fue su primer amor deportivo y llegó a pertenecer a las fuerzas básicas de los Toros Nesa, el equipo de fútbol del Estado de México. Era joven, tenía talento natural y tuvo la oportunidad real de debutar  en un nivel formal, pero alguien le pidió dinero para que lo dejaran debutar. La vieja práctica corrupta del fútbol mexicano que ha destruido a tantos jóvenes con talento genuino que no tienen los recursos para pagar para jugar donde merecen jugar.

Y Noé, que no tenía ni para comer, claramente tampoco tenía para pagarle a nadie. Así lo contó él mismo en una entrevista para TV Azteca semanas antes de los Juegos Olímpicos de Londres, 2012. Jugaba en las fuerzas básicas de toros nesa. Tuve la oportunidad de debutar, pero unos gañanes me pidieron dinero. Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa frase lo resume todo.

Si no tenía para comer, menos para pagar a alguien que me debute. Esa es la realidad del deporte popular en México para los jóvenes que vienen de familias sin recursos. Esa es la razón por la que tantos niños con talento real desaparecen antes de que el mundo llegue a conocerlos jamás. Esa fue la primera gran puerta que se cerró en la cara de Noé Hernández, violentamente sin apelación posible.

Y la segunda, la que sí se abriría tiempo después, cambiaría su vida por completo y para siempre. Un profesor de educación física en la secundaria vio en él las cualidades necesarias para dedicarse a la marcha atlética. Fue ese profesor quien le enseñó los fundamentos de la caminata atlética, quien le explicó la técnica, quien detectó que ese muchacho tenía algo especial en la forma de moverse.

La marcha atlética no es un deporte intuitivo que cualquier persona puede comenzar a practicar viendo un par de videos. No es como el fútbol que cualquier niño entiende en 5 minutos. Tiene reglas técnicas muy específicas que regulan cada paso, que determinan si estás marchando correctamente o si en realidad estás corriendo de manera disfrazada.

Un pie debe estar siempre en contacto con el suelo. La pierna de apoyo debe estar completamente extendida en el momento del contacto con el suelo. Esas dos reglas parecen simples hasta que intentas mantenerlas durante 20 km a ritmo competitivo, mientras un juez te mira desde el borde de la pista y puede descalificarte en cualquier momento.

Noé aprendió esas reglas, las internalizó, las convirtió en movimiento automático y lo hizo en las calles de terracería de Chimalhuacán, sin pista oficial, sin equipamiento específico, con la ropa que tenía y el calzado que podía conseguir. Y los vecinos del barrio lo miraban caminar de esa manera tan extraña y tan rítmica, esa manera de moverse que no es correr ni es el paso normal de una persona.

Y no entendían qué demonios estaba haciendo ese muchacho. Lo miraban con curiosidad, con extrañeza, a veces con burla directa, y él seguía marchando kilómetro tras kilómetro, día tras día. Para esa época, Noé tenía que trabajar para vivir. No era un estudiante que entrenaba a tiempo completo en un centro de alto rendimiento con beca, comidas cubiertas y equipo médico disponible.

Era un adolescente que necesitaba generar ingresos para mantenerse y para ayudar en casa. A los 14 años vendía figuras de unicel de personajes animados en los semáforos de la Ciudad de México. También trabajaba de albañil. Me daban 50 pesos por colado”, dijo en múltiples entrevistas a lo largo de su vida.

50 pesos por jornada de trabajo en la construcción y con ese dinero tenía que mantenerse, comprar lo mínimo que necesitaba para entrenar y contribuir al hogar familiar donde había cinco hijos que alimentar. Escucha esto con atención. Al mismo tiempo que vendía figuras de unicel en los cruceros y mezclaba cemento en las obras de construcción, no entrenaba.

Después de la secundaria se inscribió en la vocacional 10, aunque eventualmente tuvo que abandonar los estudios porque las demandas del entrenamiento y las competencias se volvieron incompatibles con el horario escolar y con la necesidad de trabajar. Esa es otra de las decisiones imposibles que los atletas de escasos recursos tienen que tomar y que los atletas con sistemas de apoyo sólidos nunca necesitan enfrentar,  estudiar o entrenar.

Para Noé, el deporte ganó esa batalla y el resultado fue una medalla olímpica. Pero también fue un hombre que llegó a la vida adulta sin título universitario, dependiendo exclusivamente de lo que el atletismo pudiera darle mientras durara su carrera y sin formación académica de respaldo para cuando el atletismo terminara.

Grábate. Esto es importante.  El hombre que subiría al podio olímpico en el año 2000 ante 80,000 personas. entrenaba en terracería, se alimentaba con lo que podía, se pagaba sus primeras competencias con dinero de albañilería y no contaba con un sistema de apoyo institucional sólido. No había beca significativa,  no había nutricionista asignada, no había médico de equipo en sus primeras competencias internacionales.

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