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Pedro Infante oyó cómo Tin Tan lo imitaba… al entrar, todos se quedaron en silencio

 La voz dentro era de Tin Tan Germán Valdés. En ese México, de mediados de los 50, no había forma de no conocerlo. 40 minutos llevaba ya frente al micrófono de planta y 40 minutos llevaba haciendo de ese martes algo que la gente que estaba dentro no iba a olvidar con facilidad.  Tin Tan tenía esa cualidad extraña de los cómicos que nacen sabiendo lo que hacen.

 No necesitaba texto preparado para que la gente riera. Le bastaba una pausa puesta en el lugar correcto, una inflexión que nadie esperaba, un giro de frase que cambiaba  de sentido a mitad del camino. Era el mejor de su generación en eso y él lo sabía y el público lo sabía. Y eso creaba entre él y quien lo escuchara una especie de complicidad que no necesitaba explicación.

 Esa mañana había empezado con la nota del periódico, la misma nota que la mujer del reboso guinda había leído cuatro veces en la banca de afuera, Tin Tan la había visto la noche anterior y había llegado al estudio con el recorte en el bolsillo del saco. lo sacó frente al micrófono, lo leyó en voz alta con tono de locutor solemne y luego bajó el papel muy despacio y dijo, “Con ese aire suyo que mezclaba inocencia y malicia en proporciones perfectas, que claro que Pedro Infante tenía que interpretar a tres hombres distintos en una sola película, que, cómo no, que

para cubrir todas las responsabilidades que le atribuía la prensa del  corazón, un solo hombre definitivamente no alcanzaba.” Las risas del pequeño público que asistía a la transmisión llenaron el estudio. Tintan esperó exactamente el tiempo correcto antes de seguir. De afuera, amortiguadas por la puerta metálica y el muro de concreto, esa risa llegaban hasta la mujer en la banca como un sonido sin cuerpo.

 Ella no sabía de qué reían, solo escuchaba el murmullo de la voz que iba y venía como las olas subiendo y bajando. Y entre esas olas, de vez en cuando, el nombre de Pedro Infante fue entonces cuando llegó. Él no llegó en automóvil, aunque hubiera podido hacerlo. Llegó caminando por la acera desde la esquina con el paso tranquilo de quien no tiene prisa o de quien aprendió hace tiempo que la prisa no cambia las cosas importantes.

 Llevaba pantalón oscuro, camisa blanca sin corbata y un saco café que no era nuevo, pero estaba limpio y bien puesto,  sin sombrero, sin traje de charro, sin nada que lo distinguiera de cualquier otro hombre de 40 años que caminara por esa calle ese martes en la mañana.

 se detuvo frente a la puerta lateral, miró a través del vidrio al guardia que estaba dentro y luego, antes de tocar el vidrio, vio a la mujer en la banca.  Se quedó mirándola un momento, luego se sentó a su lado sin decir nada. La mujer levantó la vista. Él le sonrió apenas con esa sonrisa que no pide nada y no promete nada.

 Del interior del edificio, la voz de Tin Tan seguía fluyendo y ahora hacía la imitación de alguien que cantaba con demasiado sentimiento, alguien cuya voz se quebraba en exactamente los momentos en que más convenía que se quebrara. Las risas eran más fuertes que antes. El hombre en la banca escuchó eso y no dijo nada.

 Le preguntó si llevaba mucho tiempo esperando. Ella dijo que desde las 8, eran casi las 10:30. Él asintió sin expresión de sorpresa, como si eso le pareciera una respuesta completamente razonable para una mañana de martes, como si fuera una de esas cosas que la gente hace cuando algo importa de verdad. Luego le preguntó a quién esperaba.

 La mujer tardó un momento antes de responder como si la pregunta fuera más complicada de lo que sonaba. Luego dijo que esperaba a  Pedro Infante, que sabía que los martes venía a la X a grabar, que solo quería verlo un momento, decirle una sola cosa, que su marido había muerto en la primavera en marzo de una enfermedad que duró casi 2 años y que fue larga y difícil.

 que en esos 2 años, mientras su marido ya no podía trabajar ni levantarse de la cama, lo único que le daba algo de alivio cuando el dolor era muy fuerte era escuchar las canciones de Pedro Infante en la radio, que se las ponían con el volumen bajito para no molestar a los vecinos. Pero su marido le pedía que lo acercara más al aparato, que antes de morir, en una de las últimas noches en que todavía podía hablar con claridad, le había pedido que si alguna vez podía le diera las gracias a Pedro Infante de su parte, porque sus canciones lo habían

acompañado cuando ya nada más podía hacerlo. El hombre en la banca escuchó todo esto sin interrumpir. Cuando la mujer terminó, guardó silencio un instante. Luego dijo que eso era muy bonito con la voz de siempre, sin que nada en su tono cambiara de manera perceptible. Del interior llegó una carcajada colectiva,  seguida de un aplauso largo y luego la voz de Tin Tan más clara ahora, diciendo que aquel cantante tenía también  otra debilidad conocida por toda la República Mexicana, que si no lo encontrabas en un set de filmación, lo

encontrabas parado frente a un aeroplano que si no estaba cantando estaba volando, que prefería el cielo porque ahí arriba nadie le pedía autógrafos  ni le cobraba el boleto de entrada. que algún día iba a aterrizar directo en el escenario del Blanquita a ver si así llegaba puntual a sus compromisos con el público.

 Las risas fueron las más fuertes de toda la mañana. Alguien aplaudió. El hombre en la banca se inclinó  ligeramente hacia delante con los codos apoyados sobre las rodillas, mirando el piso de concreto entre sus zapatos. La mujer no supo interpretar ese gesto.  No sabía que ese hombre acababa de escuchar una broma sobre sí mismo.

 En ese momento se abrió la puerta y apareció un hombre de lentes redondos y cara de quien lleva horas calculando cada minuto de su día. Era el productor de la emisión. Salió, vio al hombre en la banca y se detuvo en el umbral con la puerta sostenida con una mano. Los dos se miraron.  El productor hizo un gesto muy discreto con la cabeza, casi imperceptible, como preguntando si ya era el momento de pasar.

 El hombre en la banca no respondió de inmediato, miró al productor, luego miró a la mujer que tenía sentada a su lado con su reboso color guinda y su periódico apretado entre las manos. Luego volvió a mirar al productor y señaló a la mujer con un movimiento apenas perceptible de la cabeza. El productor entendió en el instante.

 El hombre en la banca se volvió hacia la mujer y le dijo con calma que si quería podía entrar con él, que ya la iban a dejar pasar. La mujer lo miró con desconcierto. Él señaló al productor que ya sostenía la puerta completamente abierta. La mujer se levantó despacio, alizándose el reboso con ambas manos sin soltar el periódico. Entró primero.

 El hombre entró detrás de ella. El guardia de la puerta los vio pasar. No dijo nada. No era su trabajo cuestionar lo que el productor decidía. Volvió a colocarse frente al vidrio con los brazos cruzados mirando hacia la calle vacía de la mañana. Nadie, pero nadie en ese estudio, sabía  lo que estaba a punto de ocurrir en los siguientes minutos.

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