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Vicente Fernández: El ASQUEROSO Secreto que lo Unía a Antonio Aguilar… Nadie Debía Saberlo Jamás

El año siguiente, 1955, Aguilar Filma La cucaracha. Para 1960, cuando Vicente apenas empieza a cantar en televisión local, ganando 35 pesos por aparición en la calandria musical, Antonio Aguilar ya es una figura nacional con cartel propio. Dos hombres en el mismo género, en el mismo país, con el mismo traje de charro. La diferencia era de 21 años y de un mundo entero de distancia.

Pero en 1960 algo cambia en la historia de Vicente Fernández. Ese año decide que Guadalajara ya no alcanza. Se va a la ciudad de México con lo que tiene, que no es mucho. Trabaja como mesero, como lavaplatos, como bolero, como cajero, lo que salga. Canta por las noches en el restaurante El amanecer tapatío, mientras de día hace cualquier cosa que pague la renta.

Y ahí, en ese circuito de cantinas y mariachis de la Ciudad de México, Vicente empieza a conectar con algo más grande. Se une al mariachi amanecer de Pepe Mendoza, después al mariachi de José Luis Aguilar. llega a las emisoras de radio y la voz empieza a abrirse camino, lo que vendría después mostraría una cara del personaje que no aparece en ningún homenaje oficial.

Y la persona que más influyó en ese giro todavía no había aparecido directamente en su historia, porque en 1965 CBS México le ofrece a Vicente Fernández su primer contrato discográfico. El primer álbum se llama El fabuloso Vicente Fernández. Sale en 1965. Al año siguiente, en 1966, ocurre algo que ninguno de los dos planeó, pero que los dos van a sentir.

Javier Solís muere el 19 de abril de 1966, a los 34 años en una operación de vesícula en la ciudad de México. Solís era uno de los pilares del bolero ranchero. Su muerte deja un hueco, un hueco que la industria busca llenar de inmediato. Y Vicente Fernández está ahí con voz, con contrato, con hambre. El hueco lo jala hacia arriba como si fuera una corriente.

En 1972, con el álbum Arriba Wen Titán y la canción Volver, Volver, Vicente deja de ser una promesa, se convierte en un fenómeno. Y ahí, exactamente ahí es cuando el problema con Antonio Aguilar empieza a tomar forma, porque los dos eran charros, los dos cantaban ranchero, los dos usaban sombrero, traje bordado, mariachi atrás.

Y los dos querían el mismo título, el que Antonio Aguilar ya tenía, el Charro de México, el que Vicente Fernández estaba a punto de reclamar con otro nombre, el suyo propio, el charro de Wen Titán, dos charros, un solo trono y un sastre en el medio que nadie esperaba. Sin que nadie lo supiera todavía, esa disputa tenía un costo que ninguna de las dos familias ha terminado de pagar.

Hay algo que la gente no entiende del todo cuando habla de la música ranchera de los años 70. No era solo un género, era una declaración de identidad nacional. México llevaba una década en plena crisis de modernidad. Las ciudades crecían, los jóvenes se iban al norte, el campo se vaciaba y en ese momento de fractura, la música ranchera era el cordón umbilical que unía al mexicano con lo que había dejado atrás.

El polvo, el rancho, el padre trabajando la tierra, la madre rezando. Quien cantara eso con verdad, quien lo hiciera sonar auténtico y no folclórico de escenario, tenía al pueblo entero en la palma de la mano. En 1972, Vicente Fernández lo entendió mejor que nadie. El álbum Arriba Went Titán sale ese año y cambia la conversación. Volver, volver no es una canción, es un diagnóstico.

Es el México migrante, el México que recuerda, el México que perdió algo y no sabe exactamente qué. La canción pega de una manera que la industria no había visto en años. Empieza en los Palenques del Bajío. Llega a las cantinas de la Ciudad de México, cruza la frontera hacia los mexicanos de Los Ángeles, de Chicago, de Houston y un día, sin que nadie lo haya planeado exactamente así, se convierte en la canción que todo el mundo canta.

sin saber por qué le duele. Guarda esta fecha, 1972. Porque ese año Vicente Fernández deja de ser un intérprete y se convierte en un fenómeno cultural. Y ese año, Antonio Aguilar lleva 20 años de carrera, más de 100 películas filmadas, una familia construida junto a flor silvestre y el título que más le importa bien plantado en el pecho, el charro de México.

Pero, ¿qué significaba ese título? En la música ranchera de aquella época, el charro era mucho más que un atuendo, era una postura ante el mundo, era jinete, era cantor, era el hombre que domaba el caballo y la emoción al mismo tiempo. Antonio Aguilar había construido ese personaje con una precisión que nadie más podía igualar.

Cantaba arriba del caballo. En sus shows, los animales cruzaban el escenario mientras él interpretaba corridos. Sus pantalones tenían gamusa por dentro para resistir el rose de la montura durante horas. Había una autenticidad en todo eso que era difícil de fingir. No era utilería, era su vida. Y en esa vida tan específicamente construida, había un detalle que parecía menor, pero que Antonio cuidaba con una atención casi obsesiva. Su sastre.

No era un sastre cualquiera. Era un artesano que conocía las necesidades particulares de Aguilar como nadie. Trajes que aguantaran el trote, el galope, el polvo del escenario y el peso de la actuación. Trajes con gamuza en los pantalones, con bordados que no se descoscían con el movimiento. Trajes que se veían impecables desde la primera fila y que sobrevivían el uso brutal de los show secuestres.

Antonio Aguilar había construido con ese hombre una relación de años, un lenguaje entre el cuerpo del artista y la aguja del sastre, una complicidad que no se explica y no se reemplaza. Lo que ocurrió después con ese sastre es el primer indicio de algo que los dos hombres nunca hablaron en público directamente.

Y lo que revela ese episodio sobre el carácter de Vicente Fernández no aparece en ningún homenaje oficial. Vicente Fernández se entera de quién hace los trajes de Aguilar. La calidad habla sola en los escenarios, en las fotos, en cada presentación donde Antonio sale montado con ese traje que brilla y no se arruga.

Vicente quiere eso y cuando Vicente Fernández quería algo, lo buscaba con la misma terquedad con la que a los 16 años se fue de Wentitán al alto sin un peso. La diferencia es que en 1972 ya tiene con qué pagar. le hace una oferta al sastre, una oferta que incluye trabajo fijo, pago garantizado y el detalle que Pepe Aguilar contaría décadas después con una mezcla de indignación y humor, una casa en Guadalajara, al lado de la suya, literalmente al lado, el sastre acepta y se muda a Jalisco.

Piensa en eso un momento. El hombre que hacía los trajes de Antonio Aguilar, el artesano que conocía cada medida de su cuerpo, cada necesidad de sus show secuestres, cada detalle de gamusa y bordado que hacía única la imagen del charro de México. Ahora vive al lado de la casa de Vicente Fernández en Guadalajara y trabaja para él.

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