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“GATO” ORTIZ: el “CÁRTEL” en la portería… De ídolo millonario a SECUESTRADOR despiadado

Los Rayados de Monterrey representan algo que va más allá de los resultados del fin de semana. Representan la pertenencia a algo grande, algo que trasciende el barrio, la colonia, la clase social. Cuando un chico de las colonias de Monterrey pone los ojos en el uniforme de rayados, no está mirando una camiseta, está mirando una posibilidad de transformación total.

Omar Ortiz nació en ese Monterrey, en el Monterrey de los barrios que no aparecen en los folletos turísticos, donde el fútbol no es un pasatiempo, sino una forma concreta de escapar de un destino que ya está escrito si no haces algo para cambiarlo. Donde un chico que tenga habilidad suficiente puede convertirse en algo más grande que su colonia, que  su calle, que la historia de su familia.

Su historia en el deporte no comenzó en ningún momento de revelación cinematográfica. No hubo un entrenador que lo vio jugar en la calle y supo de inmediato que estaba ante un fenómeno extraordinario. La de Omar Ortiz fue la historia más común del fútbol de base mexicano. Trabajo constante dentro de un sistema, competencia con otros chicos, igualmente hambrientos por una oportunidad  y una habilidad que fue creciendo con los años y con los partidos.

Lo que sí tenía desde muy joven era ese instinto físico particular del buen portero, esa capacidad de anticipar el peligro antes de que se concrete, esa disposición a lanzarse, a estirarse, arriesgar el cuerpo sin calcular el costo físico. Esa actitud de que ningún balón está perdido hasta que cruza la línea.

Los reflejos no se fabrican. Se tienen o no se tienen. Y Omar Ortiz los tenía. Las fuerzas básicas de Rayados lo tomaron y eso ya era una declaración sobre su nivel. Rayados es el equipo grande de la ciudad, el que exige más a sus juveniles y el que a la vez les ofrece la plataforma más importante para dar el salto al profesionalismo en Nuevo León.

Estar en las fuerzas básicas de Rayados en los años 90 significaba que alguien te había visto y había apostado por ti con el peso institucional del club más importante del norte del país. Significaba entrenamientos más serios que en cualquier otra categoría menor. Competencia más feroz con jugadores de igual nivel.

El primer sabor real de lo que podía ser una carrera de largo aliento. Los años de formación en las categorías juveniles son los que definen no solo al jugador, sino a la persona. Son los años en que aprendes a ganar y a perder dentro de un sistema con reglas que no cambian para complacerte.  Los años en que el fútbol deja de ser juego y se convierte en trabajo profesional.

Los años en que empiezas a entender que el talento solo no alcanza, que hace falta disciplina real, capacidad genuina de aguantar la frustración, resiliencia para levantarte cuando el técnico decide que no eres el titular en ese torneo específico. Y es también en esos años cuando algunos jugadores empiezan a construir una relación complicada con la presión.

Cuando el ego  crece más rápido que el talento, cuando la certeza de ser especial choca contra la realidad de que hay otros 10 chicos en el vestuario que también se creen especiales, el fútbol juvenil está lleno de esa tensión y no todos la manejan de la misma  manera ni con las mismas consecuencias.

En 1997 con 21 años, Omar Ortiz debutó como portero profesional en el primer equipo de Rayados de Monterrey. Ese debut fue el cumplimiento de todo lo que había trabajado, la confirmación de que el camino elegido era el correcto y aunque no se convirtió de inmediato en el portero titular indiscutido, porque en Rayados siempre hay competencia seria en todas las posiciones, el hecho de estar ahí en primera división con el uniforme de los rayados en la espalda ya era una victoria que la mayoría de los chicos que entrenaron con él en las fuerzas

básicas  no consiguieron. Grábate esto. El debut en primera división no es el final del camino. Es apenas el comienzo de una segunda carrera más dura que la primera, con reglas más crueles y con menos espacio para el error. Porque en primera división ya no compites contra chicos de tu barrio o de tu estado.

Compites contra hombres formados en toda la República, contra porteros con años de experiencia acumulada, contra un sistema que te evalúa semana a semana y que no tiene tiempo para la paciencia. sentimental con nadie. En ese ambiente, Omar no encontró la regularidad que necesitaba en Rayados, la competencia interna, el nivel de los porteros titulares del equipo, su propia juventud y la falta de experiencia acumulada para ese nivel.

Todo eso hizo que sus oportunidades fueran limitadas. Y en el fútbol, si no juegas, si no acumulas minutos reales, si semana tras semana te encuentras en el banco mirando cómo otro guarda el arco que debería ser tuyo, la carrera se congela de una manera que ninguna promesa de futuro puede compensar del todo. En 2001, Omar pasó al Celaya.

No era el gran salto que un jugador sueña cuando está en las fuerzas básicas del equipo más importante de su ciudad. Era la ruta lateral que toman muchos porteros que terminan siendo figuras de la liga. Ir a un equipo de menor perfil mediático, conseguir los minutos que el equipo grande no puede darte.

demostrar que puede ser el número uno de un proyecto, aunque no sea el proyecto más glamoroso del fútbol mexicano.  Y en Celaya funcionó, tuvo buenas actuaciones. Demostró que sus reflejos no eran un accidente de una noche buena, sino una constante, que cuando le daban la responsabilidad completa del arco, la asumía con solvencia.

Eso le permitió regresar a Monterrey, aunque el segundo stint con los rayados  tampoco fue largo. Un par de semestres más, seguido de un breve paso por el club Necaxa. Piensa en eso un momento. Cuando Omar Ortiz tenía 26 años, en 2002 ya había estado en tres equipos diferentes. había probado la frustración de no ser el portero titular fijo, de moverse de un lado a otro del mapa del fútbol mexicano, de no encontrar el lugar donde su talento se asentara definitivamente y le diera la regularidad que necesitaba.

En el fútbol mexicano eso no es necesariamente una señal de fracaso. Es el recorrido normal de muchos porteros que terminan siendo grandes figuras de la liga con las cicatrices del camino para probarlo. Pero es también un camino que genera ansiedad acumulada, que genera la presión constante de demostrar que perteneces a este nivel, que no eres uno de los que llegaron a primera división y se quedaron a medias.

Ese mismo año 2002, Javier el Vasco Aguirre, seleccionador nacional de México, lo convocó para la Copa Oro. Grábate ese momento porque importa. Omar el Gato Ortiz llegó a la selección nacional, pudo ponerse la playera verde. Jugó un partido en ese torneo, el partido ante Guatemala, que México ganó 3 a 1. No fue el portero que se consolidó como primera opción del tri, no repitió en torneos siguientes, no construyó dentro de la selección la carrera que algunos esperaban,  pero estuvo ahí.

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