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De Llenar Estadios A M0rir Solo Con SIDA: La Verdad Sobre Héctor Lavoe tl

De Llenar Estadios A M0rir Solo Con SIDA: La Verdad Sobre Héctor Lavoe

¿Qué se siente saber que vas a morir? No hablo de una corazonada, no hablo de un presentimiento, hablo de saberlo  con certeza absoluta. Mirarte al espejo y ver la muerte reflejada en tus propios ojos hundidos. Sentir como tu cuerpo se apaga lentamente, célula por célula, mientras el mundo sigue girando afuera sin importarle una  Es 29 de junio de 1993, Hospital  Sa Claire en Nueva York.

Un hombre de 46 años yace en una cama de hospital. Pesa apenas 40 kg. Su piel amarillenta se estira sobre huesos que parecen querer atravesarla. Las enfermeras entran y salen con esa mirada que ya conoces. Esa mirada que dice, “Pobre hombre, ya no hay nada que hacer. Ese hombre que se está muriendo es Héctor Juan Pérez Martínez, pero tú lo conoces como Héctor Laboe, el cantante de los cantantes, el sonero mayor, la voz que definió toda una generación de salsa, el hombre que podía hacer llorar a miles con una sola nota, que podía hacer bailar a un estadio

completo con su sabor único, inconfundible, irreemplazable  y ahora está muriendo. Solo destruido por dentro y por  fuera. El sida está ganando la batalla final. Su sistema inmunológico colapsó hace meses. Cada respiración es una agonía. Cada latido del corazón un milagro doloroso. Pero lo peor no es el dolor físico, lo peor es la soledad.

¿Dónde están las multitudes que coreaban su nombre? ¿Dónde están los productores que se peleaban por grabar con él? ¿Dónde están los amigos que bebían con él hasta el amanecer? Se fueron. Todos se fueron. Porque cuando eres una estrella brillante,  todos quieren estar cerca de tu luz. Pero cuando esa luz se apaga, ah, cuando te conviertes en un recordatorio incómodo de la mortalidad,  de las consecuencias, del precio que se paga por vivir rápido y sin frenos, desaparecen y te quedas solo  con tus demonios, con tus adicciones,

con tus arrepentimientos, con los fantasmas de todas las personas que amaste y perdiste, con el eco de tu propia voz cantando el cantante como una profecía que nunca quisiste. que se cumpliera. Yo soy el cantante y hoy vengo a cantar. El pueblo ya sabe de antemano lo que voy a decir. Señores, me van a disculpar, pero así es mi sino y así voy a terminar.

¿Cómo supo? ¿Cómo pudo predecir su propio final con tanta precisión? Estamos a punto de descubrirlo. Porque para entender por qué Héctor Laboe muere solo en una cama de hospital a los 46 años, destruido por las drogas, el  alcohol y el sida, la necesitas conocer toda la historia. Y te advierto, no es una historia bonita,  es una historia de gloria y caída, de éxito meteórico y destrucción absoluta, de talento divino desperdiciado en las calles más oscuras de Nueva York, de amor y traición, de fama y soledad, de

música que nunca morirá y un hombre que nunca debió morir tan joven.  Es la historia de cómo el cielo y el infierno pueden existir en la misma vida. Es la historia de como un niño pobre de Puerto Rico conquistó el mundo con su voz y luego lo perdió todo, absolutamente  todo.

Pero antes de llegar aquí, a este cuarto de hospital donde Héctor cuenta sus últimas horas, necesitas regresar conmigo al principio,  al verdadero principio, antes de la fama, antes de las drogas, antes del dolor, cuando todavía había esperanza. Es 30 de septiembre de 1946, barrio Machuelo Abajo, Ponce, Puerto Rico.

Una mujer llamada Francisca [ __ ]  Martínez Pérez da a luz a su octavo hijo. Es un varón. Lo nombran Héctor Juan Pérez Martínez. No hay dinero para celebrar. La familia Pérez es pobre, muy pobre. El padre Luis Pérez trabaja como puede. A veces hay comida, a veces no. Así es la vida en los barrios pobres de Ponce en los años 40.

Pero hay algo que esta familia sí tiene en abundancia. Música. Música por todas partes. El padre  canta, la madre canta, los hermanos cantan. La casa humilde de los Pérez vibra constantemente con bolos, plenas, aguinaldos. La música no paga las cuentas, pero hace más llevadero el hambre. hace que la pobreza duela un poco menos y el pequeño Héctor absorbe todo. A los 3 años ya está cantando.

No son balbuceos infantiles. Es cantar de verdad, con sentimiento,  con algo que no puede explicarse, algo que simplemente está ahí. Inato, un regalo del cielo. Su voz es diferente, todos lo notan. Cuando Héctor canta en las fiestas del barrio, la gente deja de hablar, deja de beber.

Se quedan callados escuchando a ese niño flaco que canta como si llevara cantando 100 años, como si su voz conociera dolores que su corta edad no debería conocer aún. “Ese niño va a ser alguien”, dicen los vecinos. Ese niño tiene un don de Dios, dice su madre con los ojos brillantes de orgullo. Y tienen  razón, pero lo que no saben, lo que nadie puede saber aún, es que ese mismo don que lo elevará a las estrellas será también la maldición que lo destruirá.

Porque el talento excepcional viene con un precio siempre. Héctor crece rápido. A los 14 años ya está cantando profesionalmente en conjuntos locales.  Gana algunos pesos, no muchos, pero es algo. Su voz se desarrolla, se fortalece. Tiene un timbre  único, una forma de frasear que nadie más tiene.

Cuando canta boleros, las mujeres lloran. Cuando canta salsa, todo el mundo baila. Es magia pura, pero Ponce se le queda chico. Puerto Rico se le queda chico. En su mente  adolescente comienza a crecer un sueño, un sueño loco, imposible para un muchacho pobre del barrio. Pero es sueño y lo alimenta cada noche antes de  dormir.

Nueva York, la gran ciudad, la capital  del mundo, donde las oportunidades caen del cielo como la nieve, donde un puertorriqueño talentoso  puede convertirse en estrella, donde está pasando algo increíble en la música latina, algo nuevo,  algo que están empezando a llamar salsa. Si y Héctor quiere estar ahí, necesita estar ahí.

En 1963, a los 17 años, Héctor Pérez toma la decisión más importante de  su vida. Se va. Su familia no quiere. A Nueva York solo. A tu edad. Su madre llora, su padre protesta, pero Héctor tiene esa mirada, esa determinación que no acepta un no  por respuesta. Voy a triunfar, mami. Te lo prometo. Voy a ser alguien.

No sabe que está diciendo la verdad, pero tampoco sabe el precio brutal que pagará por ese triunfo. Sube al avión con $ en el bolsillo y una maleta vieja. Ni siquiera sabe inglés, solo sabe cantar. Solo sabe que su voz es especial y que Nueva York es el lugar donde las voces especiales se convierten en leyendas.

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