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El guía turístico hereda el palacio de la Alhambra por un testamento misterioso y los herederos reales lo persiguen

El guía turístico hereda el palacio de la Alhambra por un testamento misterioso y los herederos reales lo persiguen

PARTE 1

A Álvaro Castañeda le habían pasado muchas cosas raras trabajando como guía turístico en Granada, pero hasta aquella mañana ninguna incluía heredar la Alhambra por culpa de un testamento escrito con una letra que parecía hecha por una araña con ansiedad.

Le habían preguntado si la Alhambra cerraba cuando llovía, como si fuera un chiringuito de playa. Le habían pedido indicaciones para llegar “al castillo rojo ese de los árabes” estando ya dentro del Patio de los Leones. Una señora de Valladolid le había dicho, con total seriedad, que el Generalife sonaba a compañía de seguros. Y un turista australiano, muy educado, le había preguntado si podía tocar una columna “solo un poquito, por sentir la historia”, como quien acaricia un jamón antes de comprarlo.

Pero recibir una carta certificada, con sello antiguo, lacre granate y olor a armario cerrado desde la posguerra, eso era nuevo.

La mañana empezó, como casi todas las de Álvaro, con una discusión amistosa con su cafetera.

—Venga, bonita, hoy no me hagas esto —murmuró, golpeando el lateral del aparato—. Que tengo grupo de jubilados de Murcia y vienen con ganas de preguntar.

La cafetera respondió con un sonido que parecía el último aliento de una moto de reparto subiendo el Albaicín.

 

Álvaro vivía en un piso pequeño cerca de Plaza Nueva, de esos donde si abrías el frigorífico y la puerta del baño a la vez tenías que pedir permiso al universo. Tenía treinta y seis años, una barba siempre a medio decidir, ojos oscuros de dormir poco y una colección de camisetas negras que, según su amiga Bea, eran “el uniforme oficial del autónomo con dignidad”.

Se ganaba la vida haciendo visitas guiadas por la ciudad. Sabía contar la historia con gracia, sabía cuándo meter una pausa dramática y cuándo soltar un chascarrillo, y tenía un talento especial para distinguir al turista que escucha del turista que solo ha venido a hacerse una foto fingiendo que escucha.

Aquella mañana, mientras intentaba convencer a la cafetera de que expulsara algo parecido al café, sonó el telefonillo.

—¿Sí?

—Cartero.

—¿Para mí?

—No, para Isabel la Católica. Abra, hombre.

Álvaro sonrió y apretó el botón.

Dos minutos después, un cartero con cara de haber visto demasiadas comunidades de vecinos subía resoplando hasta el tercero sin ascensor.

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