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Ella discutió con un millonario desde el primer encuentro… y al final se enamoró de él.

Ella solo intentaba sobrevivir a su primer día de trabajo, sin escándalos, sin desastres, sin pasar vergüenza, pero bastaron un estacionamiento, un mal momento y un hombre insoportablemente arrogante para convertir la mañana en un caos total. Lo que ella todavía no sabía era que algunos encuentros comienzan en el peor momento posible y justamente por eso se vuelven imposibles de ignorar.

 La maleta golpeó el escalón de la entrada con un ruido seco. Renata Peinado empujó la puerta con el hombro, arrastrando consigo el olor a protector solar que se había puesto en el coche y el peso de 11 meses sin un solo día libre. 31 años. Abogada. Tres casos ganados en el último trimestre y ni un solo recuerdo de haber visto una película entera en el último año. Pero eso se acababa hoy.

 Había organizado aquellas vacaciones con la misma precisión que usaba para preparar un juicio. La maleta llevaba la ropa doblada por categorías, los libros ordenados por orden de lectura y hasta las toallas de playa iban dentro de una bolsa con cierre hermético. Su amiga Claudia le había dado el contacto de la hija de un señor que alquilaba una casa frente al mar en la costa de Cádiz, dos habitaciones, piscina, cocina amplia, terraza con vistas al océano.

 Renata cerró el trato sin pensarlo dos veces. Semanas de silencio, lectura, descanso. Ese era el plan. El salón estaba bañado por una luz dorada que entraba desde la terraza. Olía a sal, a madera caliente y a algo dulce que no supo identificar de inmediato. Todo parecía perfecto. La brisa movía las cortinas blancas con una suavidad que casi le arrancó un suspiro hasta que vio el sofá.

 Había un hombre tumbado en él, sin camiseta, descalso, con unos pantalones de chándal grises que parecían haber sobrevivido a mil lavados. comía una barra de chocolate con la calma de quien lleva toda la vida en ese lugar. Era alto, incluso acostado se notaba. Hombros anchos, piel bronceada, brazos que no cabían en aquel cojín y la miraba con una tranquilidad ofensiva, como si ella fuera la visita inesperada.

 Levantó la barra de chocolate en el aire como un brindis silencioso y dijo, “Creo que te has equivocado de casa.” Renata soltó la maleta. No me he equivocado de nada. Sacó el móvil, buscó el contrato y se lo puso delante de la cara con la pantalla a 5 cm de la nariz. Él entrecerró los ojos, leyó por encima y frunció el ceño.

 Se levantó del sofá, de pie. Era peor, mucho peor. Le sacaba casi dos cabezas y el espacio entre los dos se encogió de golpe. Olía a jabón y a chocolate. Si te está gustando esta historia, no olvides dejar tu like, suscribirte al canal y compartir con tus amigos. Eso nos ayuda a seguir trayendo historias increíbles para ti.

 Yo también tengo contrato, dijo. Y la voz le salió más grave de lo que ella esperaba. Imposible. tan posible como el tuyo. Se llamaba Iván Sepúlveda, 37 años. Cada verano el dueño de la casa le reservaba esas mismas semanas. Llevaban años con ese acuerdo, pero el Señor no le había dicho nada a su propia hija y la hija, sin saberlo, le había alquilado la casa a Renata.

 dos contratos, el mismo periodo, la misma dirección y dos desconocidos en medio del salón mirándose como si el otro fuera un error administrativo con patas. Renata llamó a la hija del dueño. La chica respondió al segundo tono y, en cuanto oyó la situación empezó a deshacerse en disculpas. Le ofreció un reembolso completo, pero no tenía otro inmueble disponible con las mismas condiciones.

 Le aseguro que es una persona de total confianza. dijo la chica con voz nerviosa. Mi padre lo conoce personalmente desde hace muchos años. No tiene que preocuparse. Renata colgó y miró la terraza. La vista era absurda. El mar se extendía hasta el horizonte con ese azul profundo que solo existe cuando no hay nadie alrededor.

 La brisa le movía el pelo y la casa entera parecía respirar con ella. No iba a irse. Miró a Iván. Él estaba apoyado en el marco de la puerta de la terraza con los brazos cruzados y la barra de chocolate todavía en la mano. Tampoco parecía tener la menor intención de moverse. “Yo llegué primero”, dijo él. “yo tengo contrato firmado por la propietaria legal y yo tengo un acuerdo con el dueño real.

” Se miraron en silencio. Afuera, una gaviota gritó como si quisiera intervenir. “Puedo vivir contigo sin matarte, si tú puedes vivir conmigo sin intentarlo.” dijo Iván con media sonrisa. “Tengo mis dudas. Entonces es un buen momento para probar.” Hicieron un acuerdo. Cada uno en su habitación, cada uno en su espacio, sin invadir la zona del otro.

Renata puso las condiciones. Horarios para la cocina, turnos para la terraza, nada de ruidos después de las 11. Iván escuchó cada punto asintiendo despacio con esa sonrisa que parecía decir que ninguna de esas reglas iba a durar ni tres días. “La habitación grande”, preguntó ella, “es la suite. ¿Tiene bañera?” “Perfecto, esa es mía.

” Él la miró con los ojos entrecerrados. Renata no parpadeó. Había ganado negociaciones más difíciles que aquella contra hombres con traje de 3,000 € Iván inclinó la cabeza como si la estuviera evaluando. Algo brilló en su mirada durante un segundo. Después se encogió de hombros y sonrió. Toda tuya. Renata arrastró la maleta hasta la suite con la sensación de haber ganado una batalla.

La habitación era preciosa, sábanas blancas, una ventana enorme que daba al jardín y una bañera profunda junto a la pared de cristal. Deshizo la maleta en 15 minutos exactos, colocó cada cosa en su lugar y se sentó en la cama con un suspiro. Afuera oyó sus pasos descalzos alejándose por el pasillo. Silencio.

Después el crujido de un envoltorio de chocolate, Renata cerró los ojos. Iba a ser un verano muy largo, tres golpes en la puerta, secos, seguros, espaciados, como si quien llamaba tuviera todo el tiempo del mundo. Renata abrió los ojos en la oscuridad. La brisa del mar entraba por la ventana y las sábanas olían a la banda.

 Tardó un segundo en recordar dónde estaba la casa, la playa, el hombre del chocolate, otros tres golpes. Se levantó descalza, se puso la bata y abrió la puerta con el ceño fruncido. Iván estaba apoyado en el marco con una toalla colgada del hombro y el pelo revuelto. Llevaba una camiseta vieja que le quedaba demasiado ajustada en los brazos.

 La miraba como si fueran las 4 de la tarde y no la 1 de la madrugada. El baño de mi habitación no tiene bañera, Renata Parpadeo. Y necesito un baño decente. Tienes ducha. No es lo mismo. Es agua. Cumple la misma función. Él inclinó la cabeza y la miró con una paciencia exagerada, como si ella fuera una niña que no entendía algo muy sencillo.

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