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Javier Milei pregunta a José Mujica: “Por qué regalas tu dinero?” — Su reacción SILENCIA al Congreso

 Pagué por esos errores con mi juventud, pero esa experiencia me enseñó algo que quizás no se aprende en las universidades de economía. Mi ley, conocido por interrumpir a sus contradictores, escuchaba con un respeto inucitado, aprendí que la felicidad humana no está en acumular, no está en tener más y más. Eso es una carrera sin fin que nos convierte en esclavos del trabajo para comprar cosas que no necesitamos, para impresionar a gente que no nos importa.

 Mujica caminó unos pasos acercándose inconscientemente a mi ley. Usted me pregunta por qué regalo mi plata. Y yo le respondo, porque descubrí que con muy poco se puede vivir bien. Mi casa es modesta, mi auto es viejo, pero tengo tiempo para cultivar mis flores, para estar con mi compañera de vida, para pensar, para disfrutar de un mate al amanecer.

 Las cámaras captaban ahora el rostro de mi ley que mostraba una mezcla de fascinación y desconcierto. No condeno a quienes buscan la riqueza, presidente. Cada uno tiene su camino. Pero sí cuestiono una sociedad que mide el éxito por lo que se tiene y no por cómo se vive. Una sociedad que llama desarrollo a la acumulación desenfrenada que está destruyendo el único planeta que tenemos.

 Mujica tomó un sorbo de agua antes de continuar. Mi decisión de vivir con lo necesario y donar el resto no fue un acto de caridad, fue un acto de coherencia. ¿Cómo podría yo hablar de desigualdad mientras vivía como un privilegiado? Los uruguayos me eligieron para servir, no para enriquecerme. En ese momento, Mujica miró directamente a los ojos de mi ley.

 Usted habla de libertad, presidente, y yo respeto eso. La libertad es un valor sagrado, pero permítame preguntarle, ¿quién es más libre? ¿El que necesita poco o el que necesita mucho? El que dedica su vida a acumular riquezas o el que tiene tiempo para disfrutar de las cosas simples. ¿No es acaso la verdadera libertad poder vivir sin estar encadenado a las necesidades que nosotros mismos creamos? Un murmullo recorrió la sala.

 Varios congresistas asintieron involuntariamente. La austeridad que predico no es pobreza, es sobriedad. es entender que cuando compramos algo no lo pagamos con dinero, lo pagamos con el tiempo de vida que invertimos en ganar ese dinero. Y el tiempo, presidente, es el único recurso verdaderamente no renovable que tenemos.

Mujica hizo otra pausa, esta vez más larga. Su mirada recorrió toda la sala antes de continuar. Le contaré algo personal. Cuando salí de la cárcel, después de tantos años, lo primero que hice fue tenderme en el pasto y mirar el cielo, sentir el viento, escuchar los pájaros. Y lloré como un niño presidente.

 Lloré de gratitud por estar vivo, por poder experimentar esas cosas tan simples que había añorado durante años. La emoción era palpable en el ambiente. Varios asistentes, incluso algunos conocidos por su dureza política, tenían los ojos húmedos. Esa experiencia marcó mi vida para siempre. Me enseñó que la verdadera riqueza está en la libertad, en el tiempo, en los afectos, en poder vivir de acuerdo con lo que uno predica.

 No necesito tres autos, ni trajes caros, ni cenas en restaurantes lujosos para ser feliz. Y lo que no necesito, ¿por qué habría de acumularlo? Mujica se acercó aún más a mi ley en un gesto que las cámaras captaron perfectamente. Usted me preguntó por qué regaló mi plata. Como si fuera una excentricidad, casi una tontería.

 Yo le pregunto a usted con todo respeto, ¿para qué quiere uno más de lo que necesita para vivir dignamente? El tiempo que pasamos trabajando para comprar lo superfluo es tiempo que no dedicamos a vivir. El expresidente uruguayo hizo un gesto con sus manos señalando a su alrededor, no me malinterprete.

 No estoy en contra del mercado ni de la prosperidad. Uruguay creció económicamente durante mi gobierno, pero el crecimiento económico debe ser un medio para el bienestar humano, no un fin en sí mismo. ¿De qué sirve un PIB que crece si la gente vive estresada, endeudada, sin tiempo para sus hijos, para el amor, para simplemente estar? Mi ley escuchaba con atención, con el seño fruncido en una expresión de concentración intensa.

 La economía, presidente mi ley debe estar al servicio de la felicidad humana, no al revés. Y la política debe buscar que todos, no solo unos pocos privilegiados, puedan vivir con dignidad. Eso no es comunismo, es humanismo. Mujica sonrió con cierta nostalgia antes de continuar. Tengo casi 90 años.

 He visto mucho en esta vida. Fui guerrillero, preso político, senador, presidente y lo que he aprendido es que lo único que nos llevamos de este mundo son los momentos vividos, los afectos compartidos, la sensación de haber sido fieles a nuestros valores. La sala seguía en absoluto silencio. Incluso los fotógrafos habían dejado de disparar sus cámaras, absortos en las palabras del viejo líder: “Mi chakra no tiene rejas.

Mi puerta está siempre abierta, no tengo custodia. Vivo como un vecino más. Y esa, presidente, mi ley. Esa es mi verdadera riqueza. No la cambiaría por ninguna cuenta bancaria, por ningún lujo, por ningún privilegio. Mujica hizo una última pausa, respirando profundamente antes de su conclusión. Así que no, presidente, no regalo mi plata, invierto en coherencia, en tiempo libre, en paz mental.

 Invierto en vivir de acuerdo con mis convicciones. Y esa, permítame decirle, es la inversión más rentable que he hecho en mi vida. Cuando Mujica terminó de hablar, el silencio permaneció unos segundos más y entonces, como una ola que comienza suavemente y crece hasta convertirse en un tsunami, los aplausos estallaron.

 Primero tímidos, luego ensordecedores, congresistas de todos los partidos políticos, incluso aquellos que habían sido férreos opositores a Mujica durante su presidencia, se pusieron de pie. La ovación duró más de 5 minutos. Miley permaneció sentado inicialmente, visiblemente impactado por las palabras de Mujica.

 Luego, en un gesto que sorprendió a todos, se levantó también y aplaudió. No era un aplauso entusiasta, pero era un reconocimiento al poder de las palabras que acababa de escuchar. Las cámaras captaron ese momento. Dos hombres ideológicamente opuestos, unidos brevemente por el respeto mutuo que solo puede surgir del diálogo honesto.

 Lo que nadie podía prever era cómo ese intercambio cambiaría la percepción pública de ambos líderes y cómo desencadenaría una serie de eventos que culminarían en un encuentro aún más íntimo y revelador. Anoche, mientras los canales de televisión reproducían incansablemente el discurso de Mujica y los analistas políticos debatían sus implicaciones, mi ley permanecía en silencio en su habitación de hotel, contemplando la ciudad de Montevideo desde su ventana, con la mente llena de pensamientos contradictorios.

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