Posted in

El Ejército llega a la iglesia para DETENER al Padre Pistolas pero éste responde con un….

Bajo el cielo de Chucándiro, un sacerdote con un carácter tan fuerte como su fe, está a punto de enfrentar la prueba más difícil de su vida. Lo que nadie espera es que cuando las puertas de la iglesia se abran de golpe, el padre Alfredo revelará un lado que cambiará para siempre el destino del pueblo.

 Antes de continuar con la historia, por favor, haz clic en el botón de me gusta, suscríbete al canal y comenta desde dónde estás viendo. Tu ayuda es muy importante. El sol caía implacable sobre Chucándiro, un pueblo pequeño en Michoacán, donde el tiempo parecía detenerse entre sus calles empedradas y sus casas de colores deslavados.

 Desde la torre de la iglesia se podía ver todo el pueblo, como si Dios mismo quisiera mantener un ojo vigilante sobre cada uno de sus habitantes. Y quizás por eso había puesto allí al padre José Alfredo Gallegos, conocido por todos como el padre Pistolas. Aquel domingo de mayo era especialmente caluroso. El padre Gallegos se ajustó el alzacuello mientras observaba a los feligreses que poco a poco iban llenando las bancas de madera de su iglesia.

 Se pasó la mano por su cabello entre Cano y suspiró profundamente. La misa dominguera estaba por comenzar, pero había algo que lo inquietaba desde la mañana. Padre, ya está todo listo”, dijo doña Carmen, la mujer que se encargaba de preparar el altar cada domingo. Sus manos arrugadas acomodaban con devoción las flores frescas que había traído de su jardín.

 “Gracias, Carmela. ¿Qué sería de esta iglesia sin usted?”, respondió el sacerdote con una sonrisa cansada. La mujer notó la preocupación en el rostro del padre y no pudo evitar preguntar. “¿Le pasa algo, padre?”, lo notó pensativo. El padre Gallegos miró hacia la puerta de la iglesia y negó con la cabeza. No es nada, mujer.

 Solo que anoche soñé con pájaros negros sobrevolando la iglesia y ya sabes cómo soy yo con mis presentimientos. Doña Carmen hizo la señal de la cruz y murmuró una oración. Pues yo le rezaré a la Virgen para que nos proteja de cualquier mal augurio, dijo antes de retirarse hacia los bancos delanteros. El padre Gallegos no era un sacerdote convencional y todo chucándiro lo sabía.

Desde que había llegado al pueblo hacía más de 15 años se había ganado tanto el respeto como la controversia. Su forma directa de hablar sin adornos ni palabras rebuscadas conectaba con la gente común. Pero también le había ocasionado problemas con la jerarquía eclesiástica, especialmente con el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias.

 El reloj marcó las 10 de la mañana y el padre Gallegos se dirigió al altar. La iglesia estaba llena como cada domingo. Niños, ancianos, hombres y mujeres del pueblo habían acudido a escuchar su palabra. Entre los feligreses, el padre distinguió a don Hernán, el presidente municipal, que rara vez asistía a la misa.

 Su presencia confirmaba las sospechas del sacerdote. Algo estaba por suceder. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, comenzó el padre Gallegos haciendo la señal de la cruz. Amén. Respondieron al unísono los feligreses. La misa transcurrió con normalidad hasta el momento de la homilía. El padre gallego se aclaró la garganta y miró directamente a los ojos de su congregación.

Hermanos y hermanas, hoy el evangelio nos habla de la verdad y del valor de defenderla. Jesús nos dice, “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres, pero estamos dispuestos a defender esa libertad cuando nos la quieren arrebatar.” Un murmullo recorrió la iglesia. Todos conocían el estilo directo del Padre, pero hoy sus palabras parecían tener un peso especial.

 En este pueblo hemos visto como la injusticia se viste de ley y como el miedo silencia a los buenos. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos digan qué pensar, qué decir y cómo vivir? ¿Acaso no somos hijos de Dios con derecho a una vida digna? Don Hernán se removió incómodo en su asiento mientras el padre continuaba.

 No estoy aquí para decirles lo que quieren oír, sino lo que necesitan escuchar. Este pueblo necesita despertar. Necesitamos recordar que la fe sin obras está muerta y que amar al prójimo también significa luchar por su bienestar. De repente, un ruido metálico interrumpió su sermón. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par y la luz del exterior cegó momentáneamente a los presentes.

 Cuando sus ojos se acostumbraron, pudieron distinguir las siluetas de varios soldados que con paso firme avanzaban por el pasillo central. El capitán Rodrigo Mendoza, un hombre de rostro severo y uniforme impecable, se detuvo a pocos metros del altar. Detrás de él, seis soldados formaron una línea bloqueando cualquier posible salida.

Padre José Alfredo Gallegos anunció el capitán con voz potente. Tengo órdenes de escoltarlo fuera de esta iglesia para un interrogatorio formal. Los feligreses contuvieron la respiración. Doña Carmen comenzó a rezar en voz baja mientras algunos hombres se levantaban de sus asientos dispuestos a defender a su párroco.

El padre Gallegos, sin embargo, no mostró signo alguno de temor. Con calma depositó la Biblia sobre el altar y se dirigió al capitán. Capitán Medosa, ¿es así como respeta usted la casa de Dios interrumpiendo la Santa Misa con sus botas sucias y sus órdenes? El capitán frunció el seño. Tengo órdenes directas, padre.

 Se le acusa de incitar a la población contra las autoridades y de promover la desobediencia civil. Debo pedirle que me acompañe pacíficamente. Un murmullo de indignación recorrió la iglesia. El padre Gallegos levantó la mano pidiendo silencio. ¿Y quién ha emitido esas órdenes, capitán? ¿Acaso el gobernador está tan asustado por las palabras de un simple cura que manda al ejército a buscarlo? ¿O es que la verdad duele tanto que hay que silenciarla con uniformes? El capitán Mendoza dio un paso adelante visiblemente irritado. No complique las

cosas, padre. Solo hago mi trabajo y yo el mío”, respondió el sacerdote. Mi trabajo es cuidar de estas almas, defender la verdad y dar voz a quienes no la tienen. Si eso me convierte en un criminal, entonces estoy en buena compañía. Nuestro Señor también fue perseguido por decir verdades incómodas. La atención en la iglesia era palpable.

Los soldados con las manos en sus armas esperaban órdenes. Los feligres divididos entre el miedo y la indignación observaban en silencio. Don Hernán se había escabullido hacia la puerta trasera. “Le daré una última oportunidad, padre”, dijo el capitán. “Venga con nosotros voluntariamente o tendré que usar la fuerza”.

Read More