Le dijeron que por ese lado ya estaba muy difícil, el mercado estaba lleno y que competir contra esos muchachos ya era como ir contra ídolos que no sería nada fácil. No, no, ya en el rock ya no lo haces, dice. Triunfaron de 18 años Alberto Vázquez y eh aún así esa etapa le sirvió bastante porque ahí aprendió a moverse en el escenario, a dirigir músicos, a medir al público y entender que una canción no nada más se canta, se defiende.
También fue agarrando oficio, resencia y colmillo. Porque tocar en vivo no es igual que pararte bonito. Es saber cuándo empujar, cuándo bajar y cuándo hacer que la gente voltee aunque esté platicando con la comadre. Por una varita caño y me cuate casi que perdó la vida. El Mickey Lauri de esa etapa era un muchacho con ganas, con instrumentos, con grupo y con ambición, pero todavía sin el golpe grande.
Estaba probando suerte en la industria donde no bastaba con cantar. Había que destacar entre varios que ya venían con reflector encima y ahí fue donde la realidad le dio su primer yque. Porque el rock and roll le dio escuela, sí, pero no le dio la corona. Pues no se te nota, ven, baila conmigo. Así que en estos primeros pasos, Mikel Lauri no aparece como el artista que ya tenía todo resuelto, sino como el joven que andaba picando piedra, tocando donde se pudiera, grabando sus primeros temas y buscando una oportunidad seria. Como
decía mi compadre Baldomero, primero hay que ensuciarse los zapatos antes de que alguien te invite a pisar la alfombra. Aquí les pregunto yo, ¿ustedes creen que Mickey Lauri tenía madera para haber sido un ídolo de rock and roll mexicano? El portazo que lo empujó al sabor. Déjenme contarles, amigos, que como el rock and roll no le abrió la puerta grande, Mickey Lauri no se quedó tirado en la banqueta llorando a la guitarra.
Ya traía grupo, ya traía canciones y traía ganas. Y aunque Discos Mozar le dio un portazo en la cara, no porque él no sirviera, sino porque el mercado, como les dije, ya estaba saturado, estaba más que lleno. Estaba más lleno que camión en quincena. Sabe cuántas cositas hay. Quiero sentarme contigo en la hierbita, en la hierbita.
Y ahí fue donde la historia agarró otro camino. Si el rock and roll ya estaba ocupado por los ídolos juveniles del momento, Mickey tenía que rebuscarselas por otro lado. Y como decía mi tía Felipa, cuando no te dejan entrar por la puerta principal, pues te metes por el patio, pero entras porque entras. Cuando apagaron la luce, se formó una agarradera.
Entonces le pusieron sobre la mesa unas canciones con otro sabor, de esas que no iban con la chamarra rojanrolera. Entre esas piezas estaban Tiburón a la vista y La Cosecha de Mujeres. Hm. ¿Qué tal esa? Dos canciones que en ese momento no parecían boleto seguro para la fama, pero que traían algo escondido, como chile toreado, así chiquito, pero bien picoso.
La cumbia esta cumbia buena. El detalle era que Mickey no tenía una agrupación armada para tocar ese tipo de música porque era música de cumbia. Él tenía a sus mismos músicos de batalla, los que venían caminando con él desde la escuela del rock and roll. Traía acordeón, saxofón, guitarra, batería y ese modo suyo de acomodar el sonido sin pedirle permiso a nadie.
Con sus mismos músicos de rock fue lo más chistoso. Cambian de género, pero con los mismos instrumentos. Entonces hizo lo que la gente que trae hambre y corazón no se puso a copiar como perico de vecina. Agarró lo que tenía y empezó a darle forma. le fue buscando el golpe y el sabor, la entrada, el modo de que aquello sonara distinto pero bien sabroso.
Una melodía que nos cayó el disco ahí en Guadalajara. Y así poco a poco esas canciones empezaron a tomar cuerpo con los músicos que ya traía. No era el sonido del manual ni una fórmula calculada con regla y corbata. era más bien instinto de oído, de prueba y error. Le movían por aquí, le acomodaban por allá y cuando algo sonaba sabroso les decían que se quede.
Luego vino la prueba de fuego, El Be Garden de Chapala. Ahí Mickey Lauri llegó con sus cometas y con esas canciones ya montadas, pero sin traer un repertorio enorme de ese nuevo sabor. prácticamente llevaba dos cartas fuertes, Tiburón a la vista y la cosecha de mujeres, que fue la que nos abrió las puertas para a darnos a conocer ya internacionalmente.
Y eso para una noche de trabajo era aventarse al río sin saber si había piedras abajo. Al principio la gente no sabía bien que estaba escuchando. Era algo diferente, algo raro, algo que no entraba por donde esperaban, pero la curiosidad empezó a jalar. Terminaron una canción y pidieron otra. Luego pidieron repetir, luego otra vez y cuando menos pensaron la noche se fue entre estas dos piezas.
Vueltas y vueltas como disco de cantina cuando el enamorado trae monedas de sobra. Una cumbia para María para que sepa que yo la quiero. Y ahí fue cuando los ejecutivos de MA entendieron que el muchacho traía algo, porque una cosa es que un artista diga, “Yo tengo talento.” Y otra muy distinta es que el público lo confirme sin que nadie pague por aplaudir.
Esa noche la gente respondió. y dio más y dejó claro que ese sonido diferente tenía veneno y del bueno. Después vino la tarea pesada, le pidieron más canciones con ese mismo sabor y Mickey no las tenía listas, pero tampoco se echó para atrás. Pidió tiempo, juntó a sus camaradas y se puso a chambear, pero bien duro.
Ahí empezó a cocinar lo que después sería su sello, usando lo que tenía con la gente que confiaba en él. Y con esa terquedad de los que saben que ya encontraron una rendija por dónde meterse. Hoy quiero borrarlos por mi bien, porque te fuiste. Ese fue el brinco que le cambió la vida. No fue magia, no fue suerte, ni una historia de que amaneció famoso, no más porque sí fue necesidad, atrevimiento y colmillo.
Mickey Lauri entendió que si el camino que quería estaba cerrado, no tenía que quedarse tocando la puerta como cobrador paciente. Tenía que abrir otra y vaya que la abrió. Aquí pregunto yo, ¿ustedes creen que Mickey Lauri se aventó por visión, por necesidad o porque de plano ya no le quedaba de otra? Después de tiburón a la vista y la cosecha de mujeres, la gente ya no veía a Micky Lauri como aquel joven que venía buscando suerte con el rock and roll.
Ahora ya lo ubicaban con otro sabor, con otro golpe y con una manera de prender la fiesta que no se parecía a los demás. Y cuando el público ya te reconoce, ahí la cosa ya cambia de tamaño. De ahí empezaron a venir más canciones que se metieron en el gusto de la raza. Mazatlán, no llores, la banda borracha, la secretaria, el solterito, la colegiala, Amor en Chapala y otras más.
Tengo una secretaria rica como un bombón. Unas eran alegres, otras románticas, otras pícaras, pero todas veían ese sello de Mickey Lauri, como si el hombre estuviera cantando en plena pista con una sonrisa atravesada y el relajo bien metido. Su este estilo y más ese estilo en el acordeón.
La música de Mickey Lauri se empezó a meter en salones de baile, ferias, bodas, fiestas familiares y estaciones de radio. La gente pedía sus canciones porque eran fáciles de recordar, fáciles de bailar y tenían ese sabor popular que no necesitaba explicación. Como decía la vecina Roberta que está bien buena. Cuando una canción pega en la fiesta, ya no ocupa permiso de nadie, solita se abre paso entre las mesas.
También los cometas agarraron fuerza como agrupación. Ya no eran solamente los músicos que acompañaban a Mickey, eran parte del paquete completo. El acordeón, el saxofón, la guitarra, la batería y las voces que hacían que el grupo sonara reconocible. Donde se presentaban, la gente sabía que iba a ver baile, sudor, aplauso y más de uno saliendo con el copete vencido.
Yo nací con la luna. A ese golpe alegre, repetitivo y sabroso, muchos le empezaron a llamarchaca. El nombre al principio sonaba hasta medio burlón, como diciendo, ahí vienen con su chunchaca. Pero el público lo agarró, lo bailó y lo volvió identidad. Con el éxito llegaron más grabaciones. Los propios cometas llegaron a mencionar que después de aquel primer empujón grabaron alrededor de 40 discos, además de participar en dos películas y hacer giras por el extranjero.
Eso ya no era suerte, amigos. Era una carrera. Carreras, desveladas, escenarios y músicos dándole aunque el cuerpo ya pidiera cama. Y sí, el hombre empezó a cruzar fronteras. En Estados Unidos al principio no le fue fácil porque entre los paisanos mandaba fuerte los grupos norteños. Pero poco a poco Mickey, Lauuri y los cometas fueron abriendo camino hasta tocar en ciudades como Los Ángeles, Houston, Chicago, San Francisco, Las Vegas y Nueva York.
Ahí donde la gente extrañaba su tierra. Una canción alegre podía pegar más duro que llamada de cobradores el domingo. Tiburón. Tiburón. Tiburón. Tiburón. También llevaron su música a Sudamérica con países como Ecuador, Perú y Colombia y de un cariño especial en lugares como Chile y Argentina.
Y eso explica por qué su música no se quedó encerrada en Jalisco ni en México. Se fue regando como chisme bueno, de fiesta en fiesta, de disco en disco y de generación en generación. Como les dije antes, en el cine también apareció su nombre, Micky Lauri y los cometas. Ellos participaron en películas musicales donde entraban a hacer lo suyo, poner ambiente y llevar su sonido a la pantalla.
No iban a ganar el Óscar con llanto dramático, iban a aprender la escena que para eso los llamaban. Con todo ese camino también llegaron reconocimientos, homenajes, monumentos, nombre de calles y algo más fuerte que cualquier trofeo. Que la gente siguiera pidiendo sus canciones durante muchos años porque una estatua se emporva, pero una canción que se baila cada fiesta sigue trabajando solita.
Mickey Lauri agarró la cumbia y le dio cara mexicana. La hizo sonar con batería, acordeón, saxofón, bajo y guitarra eléctrica, como si ese ritmo hubiera nacido para aprender salones, ferias, bodas y pachangas, donde la pista se llena antes de que sirvan el mole. Tengo una secretaria rica como un bombón y no me da chance. Y ahí estuvo su colmillo.
La cumbia colombiana traía su raíz y su sabor, pero Mickey la vistió con otro traje. Más de barrio mexicano, más de baile popular, más de esos sonidos que apenas arrancan y ya ponen a la gente a mover el pie debajo de la mesa. Y esa fórmula pegó tan duro que después otros grupos musicales también caminaron por esa vereda, cada quien con su estilo propio.
Ahí entraron nombres como Rigo Tobar, Olivares, Bronco, Grupo Pegaso, Tropical Panamá y Acapulco Tropical, entre otros. Rigo Tobar sale después de tu papá, o sea, mucho, mucho después porque, como decía mi abuelita Petra, el guiso puede venir de lejos, pero cuando le echas tu sazón ya sabe a tu casa. Y mientras todo eso pasaba, Mickey Lauri siguió ligado a los cometas durante años con etapas, cambios de músicos y diferentes momentos.
Hubo una época fuerte desde mediados de los 60 y buena parte de los 70 y después la historia siguió con músicos que continuaron defendiendo el nombre porque cuando un grupo deja huella no se apaga de un soplido. Y aquí pregunto yo, ¿creen ustedes que Mickey Lauri recibió en vida todo el reconocimiento que merecía? El rey del trópico y el chisme de los 58 hijos.
Ahora sí, amigos, aquí entramos donde la música se junta con el mitote. De Mickey Lauri. Se llegó a decir que tuvo 58 hijos, una cifra que suena más a leyenda de camerino que a lista de registro civil. Y el cuento no salió de la nada. Mickey cargaba fama de mujeriego, de hombre alegre, bohemio y muy cercano al público. Entre giras, bailes, ciudades y presentaciones por todos lados empezaron a crecer historias de supuestos romances.
Y ya saben cómo es la raza, donde ven tantito humo, luego luego se inventan incendio con bomberos incluidos. Y de su vida familiar se sabe algo. Mickey Lauri estuvo casado con Celia Ruiz Hernández, una mujer del salto que además lo conocía desde chamacos porque eran vecinos. Vivían casi puerta con puerta. Con ella tuvo dos hijos, Jorge Lauri Ruiz y Miguel Lauri Ruiz.
Señora Celia Ruiz Hernández, también del salto que vive todavía. Pero la historia no se quedó ahí. También estuvo con Alma Soto, madre de otros hijos de Mickey Lauri, entre ellos Salvador, Michael y Alma Laure. Ella aparece en varios relatos familiares como parte importante de esa otra etapa de su vida. El rumor de los 58 hijos nunca ha tenido una prueba firme, pero se quedó pegado a su historia porque combinaba perfecto con la imagen de artista famoso, simpático, viajero y con vida de escenario.
Como decía mi tía Soila, músico con sonrisa bonita, carretera larga, deja canciones, aplausos y uno que otro cuento difícil de comprobar. El golpe que empezó a pagar al rey del trópico. Pero amigos, la vida de Mickey Lauri no fue puro aplauso, baile y salón lleno. Llegó un momento en que el cuerpo empezó a cobrarle tantos años de trabajo, carretera, desvelos y escenarios.
Y cuando el golpe llegó, no tocó la puerta, entró como cobrador en quincena. Todo empezó después de las explosiones de Guadalajara de 1992, aquella tragedia donde el drenaje se reventó por gasolina acumulada y varias calles quedaron destruidas. Entre los daños también salieron afectadas propiedades relacionadas con Micky Lauri y de ahí vino el problema familiar por el dinero de esas propiedades.
Ahí fue donde el coraje le pegó duro junto con otras dos propiedades de él de la zona. Ajá. En horas después, Mickey apareció tirado en el baño. No había sido una simple caída, había sufrido una embolia. Desde ahí la historia cambió. El hombre que durante años había puesto a bailar a multitudes quedó con fuertes secuelas físicas.
Su cuerpo ya no respondía igual y su actividad empezó a bajar. Para alguien acostumbrado al escenario, al aplauso y al relajo de los bailes, aquello tuvo que ser un golpe durísimo. Mañana me habla mi cuñada, la esposa de Jorge y me dice, “Oye, tu papá está tirado en el baño.” También cargó otros problemas de salud con los años, entre ellos diabetes y complicaciones que fueron apagando poco a poco su fuerza.
No hubo un retiro de alfombra roja ni una despedida de reflectores, simplemente la vida lo fue alejando del escenario y aún así su nombre seguía sonando, los bailes seguían recordándolo y su música continuaba haciendo lo suyo. El último baile del rey del trópico. Su salud ya no pudo más y después de años cargando secuelas, enfermedades y golpes que le fueron apagando el cuerpo, Mickey Lauri partió de este mundo el 19 de noviembre del año 2000.
Tenía 63 años y con su partida se fue una de esas figuras que no más cantaban, también le ponían sabor a la memoria de todo un país. Aunque el artista partió, su música no se queda quieta. Tiburón a la vista, la cosecha de mujeres, Mazatlán, La Banda Borracha y tantas más siguen sonando en fiestas, bodas, ferias y salones.
Como decía mi tía Candelaria, hay gente que se va deja la bocina prendida. Tiburón. quiere comer. Su despedida fue sencilla, muy lejos del escándalo que a veces rodea a los famosos. La gente que lo quiso lo recordó como músico, como padre y como ese jaliciense que agarró un ritmo y lo convirtió en pachanga mexicana. Fue enterrado en su tierra, el salto Jalisco, donde empezó todo.
Borracha borracha. Lo que pasa es que la banda está borracha. Y después vinieron los hijos, los cometas. los homenajes, las nuevas versiones y la raza que todavía baila sin pedir permiso cada canción. Porque Mickey Lauri no se quedó en la foto ni en un disco empolvado, se quedó en la pista, en el recuerdo y en esa canción que suena cuando alguien grita, “Súbela, porque esa me la sé.
” Aquí les pregunto yo, ¿cuál es la canción de Mickey Laury que ustedes más recuerdan? Amigos, y hasta aquí llegamos con esta maravillosa historia del gran Mickey Lauri. Y como siempre, si esta historia les gustó, suscríbanse al canal Las Cint Intigas de Herberí, déjenme sus comentarios y su like y cuéntenme qué les pareció este video y nos vemos el día de mañana, primeramente Dios. M.