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Sola Con Su Bebé, Encontró un Rancho Viejo Con un Potro Recién Nacido… Y Todo Cambió

Tenía 24 años, un bebé en los brazos y nada más, ningún techo, ningún destino, ninguna mano tendida. Caminaba sola por un camino de tierra cuando divisó un rancho abandonado con el portón abierto. Y ahí, entre la hierba alta, encontró un potro recién nacido que apenas se mantenía en pie.

 La cría la miró, se levantó temblando y fue hacia ella, como si ya supiera quién era. Dicen que los animales reconocen un corazón bueno antes que cualquier palabra. Si tú sabes lo que es empezar de cero, quédate aquí. Dale like ahora y no te vayas, porque lo que esta mujer construyó a partir de ese día te va a sorprender. En las tierras del interior de otros tiempos, relatos como este resonaban entre ríos y caminos de tierra.

 Rosario no sabía el nombre del camino. Sabía que venía del lado del poniente, que era de tierra roja apisonada y que las marcas de carreta de bueyes en el suelo indicaban que por ahí pasaba gente de vez en cuando, aunque ella no se había cruzado con un alma desde media mañana. Caminaba desde la madrugada con la maleta de cuero en la mano derecha y Benito acomodado en el brazo izquierdo, envuelto en un paño de algodón que alguna vez fue blanco y ahora cargaba el color de todo por donde los dos habían pasado. Polvo, sudor, humo de fogata de

orilla de camino. El niño dormía con esa entrega total que solo los bebés de brazos tienen. cuerpo aflojado contra el pecho de la madre, los dedos de la mano cerrados en un puño diminuto que sujetaba la tela del vestido de ella como si supiera a un dormido que no podía soltar. El vestido era de tela gruesa, color tierra, remendado en los codos y con el dobladillo desilachándose de tanto arrastrarse en el suelo.

 Los botines estaban gastados en la suela y el sombrero de palma, que la protegía del sol desde el comienzo de la caminata, tenía el ala aplastada de un lado donde Benito acostumbraba a recargar la cabeza cuando estaba despierto. Rosario tenía el rostro quemado por el sol, los ojos oscuros y hundidos, de quien durmió poco durante semanas seguidas y una delgadez que no era de nacimiento, era de circunstancia, del tipo que llega cuando la comida escasea y el camino se alarga.

 Tenía 24 años, pero quien la viera en ese camino sin saber la edad le habría calculado más. La vida tenía prisa por envejecer a quien no tenía a nadie con quien repartir el peso. Hacía 11 días que había salido de la casa de la suegra. 11 días desde que doña Isaura, madre de Gerardo, había puesto la maleta del lado de afuera de la puerta y dicho con una voz que no temblaba, porque no tenía duda que la casa era de ella, que el hijo estaba muerto y que Rosario ya no tenía razón de ocupar espacio ahí dentro, que se llevara al niño, ya que

era de ella al fin y al cabo, y fuera a buscar el destino que Dios tuviera a bien ofrecerle. Rosario se quedó parada en el umbral por un instante con Benito en el brazo, mirando a la mujer que era abuela de su hijo y que la miraba de vuelta como quien mira a una extraña. No discutió, no pidió, agarró la maleta, acomodó al niño en el brazo y bajó los escalones del porche sin voltear la cara.

 Gerardo había muerto tres meses antes en el cruce de un río que creció con las lluvias de marzo. Era arriero. Llevaba ganado entre los ranchos del interior y conocía ese río como conocía su propio nombre. Pero la lluvia de ese año vino diferente y la corriente también. Se llevó tres reces y se lo llevó a él. El cuerpo apareció dos días después, atrapado en las raíces de una hueghuete en la orilla de abajo, y fue enterrado en el panteón del pueblo con la ropa que traía puesta, porque no dio tiempo de buscar otra.

 Rosario estaba con Benito en brazos durante el entierro y no lloró, no porque no sintiera, sino porque había un tipo de dolor que seca a la persona por dentro antes de poder salir. Y el de ella era de esa clase, el dolor de quien perdió el suelo y todavía tiene que mantenerse en pie porque tiene un hijo en los brazos.

 En los meses que siguieron, la convivencia con la suegra se fue pudriendo despacio, de la manera en que las cosas malas se pudren cuando nadie tiene el valor de tirarlas. Doña Isaura nunca había querido a la nuera. Pensaba que Gerardo se casó por debajo de lo que podía, con una muchacha sin dote y sin apellido que valiera.

 La muerte del hijo convirtió la antipatía vieja en acusación nueva. Empezó con miradas y medias palabras. Avanzó a comentarios que dolían a propósito y terminó esa mañana de martes con la maleta en el umbral y el sonido de la puerta cerrándose. Rosario salió del pueblo sin avisarle a nadie, porque no había nadie a quien avisarle.

 El padre había muerto cuando ella era niña. La madre se fue de fiebres dos años antes y lo que quedó de familia cabía en un recuerdo y en una dirección anotada en un pedazo de papel. La dirección era de una tía abuela. hermana de la madre, que vivía en un pueblo lejano a varios días de camino a pie. Era la última persona en el mundo que cargaba la misma sangre que Rosario.

Caminó 8 días para llegar. Durmió a la orilla del camino bajo portales de capilla, una vez en un granero que un ranchero le ofreció cuando vio al bebé y sintió lástima. comió lo que llevaba en la maleta, harina de maíz, piloncillo, un trozo de carne seca y lo que aceptó de gente que cruzó el camino y tuvo más compasión de la que ella esperaba encontrar en desconocidos.

 Benito aún mamaba y mientras ella tuviera leche, el niño no pasaba hambre. Pero Rosario sabía que la leche venía de ella y que ella estaba comiendo cada vez menos y que esa cuenta no iba a cuadrar por mucho más tiempo. Cuando llegó al pueblo donde vivía la tía, encontró la casa con llave.

 Un vecino que barría la banqueta le contó, sin quitarse el cigarro de la boca, que doña generosa se había ido a la capital hacía unos 5 meses, llevada por un sobrino que Rosario no conocía. dijo que no sabía si la vieja volvería y que la casa había quedado al cuidado de un compadre que pasaba de vez en cuando a revisar que nadie se hubiera metido.

Rosario se quedó parada frente a esa puerta cerrada por un tiempo que no midió. Benito despertó en ese instante y empezó a llorar. No el llanto del hambre, sino ese llanto de incomodidad que los bebés hacen cuando sienten que algo está mal sin saber explicar qué. Ella acomodó al niño en el brazo, le dio la espalda a la casa y volvió al camino.

Fue ahí donde todo pudo haber acabado, mi gente. Una mujer joven, sola, con un hijo de brazos, sin rumbo y sin nadie en el mundo esperándola. La mayoría de las personas se habría sentado a la orilla de ese camino y se habría quedado ahí hasta que alguien apareciera o hasta que la esperanza se acabara de una vez.

Rosario no se sentó, acomodó la maleta en la mano, acomodó a Benito en el brazo y siguió caminando, porque detenerse en ese momento era aceptar que ya no había camino y ella todavía no estaba lista para aceptar eso. Después, mucho tiempo después, ella contaría que no era valentía lo que sentía ese día.

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