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Katy Jurado: El ASQUEROSO Infierno a Puerta Cerrada… Golpes y la Muerte de su HIJO.L

Katy Jurado: El ASQUEROSO Infierno a Puerta Cerrada… Golpes y la Muerte de su HIJO.

20 de febrero de 1961. Roma. Una mujer mexicana vuelve sola a su hotel con el rostro marcado, el ojo golpeado y el brazo lastimado después de una supuesta discusión con su esposo, Ernest Borgin no era una desconocida, era Katy Jurado, la actriz que había conquistado Hollywood sin hablar inglés, la primera latinoamericana nominada al Óscar, la mujer que ganó un globo de oro cuando muchas actrices mexicanas ni siquiera podían cruzar la puerta grande de los estudios.

 Esta no es la historia de cómo Katy Jurado llegó a Hollywood. Esa parte ya la contaron. Esta es la historia de como una mujer nacida en una familia poderosa de la Ciudad de México terminó atrapada entre un matrimonio violento, una guerra legal que le arrancó paz y dinero y una tragedia familiar que le partió la vida en dos cuando su hijo Víctor Hugo murió en 1981 cerca de Monterrey mientras ella filmaba barrio de campeones.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una joven educada para obedecer escapó de su propia casa muy joven con Víctor Velázquez. Segundo, cómo John Wayne la vio en una plaza de toros y abrió la puerta de Hollywood. Tercero, lo que según versiones de prensa ocurrió detrás del matrimonio con Ernest B9 hasta aquella noche de Roma que nadie pudo maquillar por completo.

 Y cuarto, la muerte de su hijo, el golpe que la hundió en una depresión de la que nunca salió del todo. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda esta frase en tu mente. La cámara seguía encendida. La vas a escuchar varias veces en esta historia porque para Katy jurado, cada vez que la cámara se encendía, algo en su vida privada se apagaba.

Todo comenzó lejos de Hollywood, lejos de los estudios, lejos de los reflectores que después iban a convertir su rostro en una leyenda. Ciudad de México. 16 de enero de 1924. En una familia de apellido pesado, con puertas grandes, silencios largos y reglas que no se discutían, nació María Cristina Estela Marcela Jurado García.

Todavía no era Katy. Todavía no era la mujer de mirada feroz que iba a desafiar a los hombres más poderosos del cine. Era una niña encerrada en un mundo donde el privilegio también podía sentirse como una prisión. Su padre, Luis Jurado Ochoa, era abogado, un hombre de autoridad, de orden, de esos que creían que una hija debía obedecer antes de soñar.

 Su madre, Vicenta Estela García de la Garza, cantaba en la XW, la estación que parecía contener la voz de todo México. Por un lado, la ley, por el otro, la música. Por un lado, el deber, por el otro, la tentación del escenario. Y Katie creció justo en medio de esas dos fuerzas que terminarían partiéndole la vida.

 La educaron con disciplina católica en colegios donde las niñas aprendían a caminar derecho, hablar bajo y no mirar demasiado lejos. La familia tenía vínculos políticos, tierras, apellido, reputación. Querían que ella estudiara, que se convirtiera en abogada, que continuara la línea respetable de una casa donde el escándalo era peor que la tristeza.

 Pero esa muchacha tenía algo que no cabía en ningún salón de clase. Tenía unos ojos que parecían discutir incluso cuando guardaba silencio. Tenía una belleza grave, no dulce, no dócil, una belleza que no pedía permiso. Y entonces el cine la vio. Emilio Fernández, uno de los nombres grandes del cine mexicano, quiso acercarla a la pantalla cuando ella todavía era muy joven.

 Le ofrecieron una oportunidad en la isla de la Pasión en 1941. Para cualquiera habría sido un sueño. Para su familia fue una amenaza. Una hija de buena casa no se metía al cine. Una hija de apellido respetable no se mezclaba con actores, camerinos, productores, rumores. El cine era brillo, sí, pero también era peligro. Y sus padres le cerraron la puerta con toda la fuerza que da el miedo al qué dirán.

Pero aquí viene el primer quiebre. Katy no se rindió, no esperó permiso, no se quedó llorando frente a una ventana. Tomó una decisión que parecía una salida, pero que también sembró la primera herida. En 1939 se casó con Víctor Velázquez. Ella era apenas una adolescente. Él ya pertenecía al mundo artístico.

 ¿Fue amor? Tal vez una parte. Pero sobre todo fue escape, fue una llave, fue la forma de romper la jaula familiar sin pedir disculpas. Piensa en eso un momento. Una muchacha nacida entre privilegios tuvo que usar el matrimonio como pasaporte para poder elegir su propia vida. La cámara seguía encendida, aunque todavía no hubiera cámara frente a ella.

 En 1943 llegó No matarás. Y con esa película comenzó el nombre que México iba a recordar. Katy Jurado no parecía una actriz más. No tenía la fragilidad decorativa que la industria solía exigir a las mujeres. Tenía dureza, tenía fuego. Tenía una tristeza antigua en el rostro. Cuando aparecía en pantalla, no necesitaba gritar para dominar la escena. Luego llegó el golpe de destino.

John Wayne la vio en una plaza de toros, no en una oficina. No en una audición perfecta, en una plaza de toros rodeada de sol, polvo, riesgo y miradas. Vio algo en ella, algo que Hollywood todavía no sabía que necesitaba y esa mirada abrió una puerta que parecía imposible para una mujer mexicana en aquellos años.

 En 1951 apareció en Bull Fighter and the Lady. En 1952, Jainun la convirtió en una presencia inolvidable. Su Helen Ramírez no era una sombra junto al héroe. Era una mujer con pasado, orgullo, cicatrices y dignidad. Ganó el globo de oro. Después, en 1950 Canu 54, Broken Lance le dio una nominación al Óscar, la primera actriz latinoamericana en llegar tan lejos.

Pero mientras Hollywood aplaudía, la casa se caía por dentro. Su matrimonio con Víctor Velázquez se derrumbó. En 1943, mientras estaba embarazada de Sandra y ya tenía a Víctor Hugo, Katy pidió el divorcio. Quedó sola, joven, madre, actriz, juzgada por una sociedad que perdonaba todo a los hombres y casi nada a las mujeres. Para sostenerse trabajó.

Para trabajar se ausentó. Para triunfar, pagó con horas que nunca volverían a sus hijos. Esa fue la primera deuda, no de dinero, de tiempo. Y cuando una mujer carga una deuda así, a veces busca un refugio donde solo hay una trampa. Katy creyó que el amor podía darle descanso. No sabía que el siguiente hombre iba a convertir su gloria en una habitación cerrada.

 La historia oficial decía que era amor. Hollywood adoraba decir eso. Una mexicana de mirada imposible y un actor norteamericano ganador del Óscar. Dos temperamentos fuertes, dos estrellas, dos nombres que podían llenar titulares. Ernest Bornin había conocido a Katy jurado en el ambiente de Veracruz, aquella película de 1954, donde México, caballos, pólvora y ambición parecían mezclarse con el destino. Él quedó fascinado.

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