Tres semanas más tarde, Gregory contrató a un abogado en Medellín, no para proteger a Salomé, para protegerse de ella. Y cuando Salomé descubrió ese documento, la dinámica de todo cambió de una manera que ninguno de los dos iba a poder controlar. El vuelo de Gregory de regreso a Nashville estaba programado para el martes a las 6:40 de la mañana.
Nunca abordó. Los primeros dos meses del matrimonio tuvieron una textura que Gregory Harmon describiría en el único audio de voz que le mandó a su hijo Marcus durante ese periodo, un mensaje de 4 minutos grabado un domingo por la mañana mientras Salomé daba clase en el estudio como mejor de lo que esperaba y más complicado de lo que planeé.
No elaboró. Marcus le preguntó qué significaba eso exactamente. Gregory respondió con un sticker de un pulgar arriba y no volvió a tocar el tema. Esa frase, mejor de lo que esperaba y más complicado de lo que planeé, se convertiría meses después en el epígrafe no oficial de todo el caso. El apartamento de Gregory en el poblado era un segundo piso con balcón que daba a una calle arbolada del sector de Manila.
Salomé pasaba ahí cuatro o cinco noches a la semana dependiendo de su horario de clases. Los fines de semana eran de los dos. Gregory cocinaba los domingos con la seriedad de alguien que aprendió tarde y quería compensar el tiempo perdido. Salomé ponía música. A veces la música era para bailar, a veces era solo para que el apartamento sonara como algo que valía la pena habitar.
Pero eso no es lo más extraño de esos meses. Lo más extraño era lo que Gregory hacía los martes por la tarde cuando Salomé estaba en el estudio hasta las 9 de la noche. Llamaba a Nashville. Llamaba a su contador, a su socio, a su abogado en Tennessee. Llamadas largas, de 20 o 30 minutos, con la puerta del cuarto cerrada, aunque estuviera solo en el apartamento.
Marcus lo sabía porque Gregory a veces lo llamaba a él también esos martes y en esas conversaciones había una cualidad específica de la voz de su padre que Marcus conocía bien, la voz de alguien que está calculando en tiempo real mientras habla de otra cosa. Gregory estaba moviendo piezas. Todavía no quedaba claro hacia dónde.
Esteban Reyes entró en la historia en el segundo mes. No entró de manera dramática. Entró, como entra la mayoría de los problemas serios, de manera lateral, casi invisible, como algo que ya estaba ahí antes de que nadie lo notara. Esteban Reyes tenía 31 años. Era instructor de artes marciales en un gimnasio del barrio Estadio y había salido con Salomé durante 18 meses antes de que Gregory apareciera en el estudio de Laureles.
La ruptura no había sido limpia, no había violencia documentada, pero había dos personas que conocían a Salomé de cerca y que le dirían después a los investigadores, independientemente una de la otra, que Esteban era el tipo de hombre que confunde intensidad con amor y que no distingue bien entre querer a alguien y no querer que ese alguien exista sin él.
Salomé le había dicho a Gregory que Esteban era un conocido del trabajo. Eso era técnicamente cierto, porque el gimnasio quedaba a tres cuadras del estudio y a veces sus horarios se cruzaban en el mismo bloque de la tarde. Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante. Gregory lo vio una sola vez, un jueves esperando a Salomé en la puerta del estudio después de clase. Le pareció un alumno.
No preguntó. Salomé no explicó y esa no conversación quedó flotando en el apartamento de Manila como el tipo de cosa que se sabe sin decirse y que por eso pesa más que si se hubiera dicho. Si esta historia ya te tiene enganchado, dale like y suscríbite al canal porque lo que viene en las próximas partes es todavía más fuerte y no quiero que te lo pierdas.
Fue en la décima semana del matrimonio cuando Gregory Harmon hizo algo que, según su abogado en Medellín, el Dr. Rodrigo OA de la firma OSA y Martínez del barrio El Centro era perfectamente legal, completamente razonable y absolutamente necesario. Dado el contexto, Gregory contrató al Dr. Osa para redactar un documento de revocación de beneficiaria.
El documento establecía que Salomé Arias dejaba de figurar como beneficiaria de su póliza de vida en los Estados Unidos, de su cuenta de inversión en Fidelity y de cualquier activo colombiano que Gregory pudiera haber adquirido durante el matrimonio. El Dr. Osa le explicó que el documento requería firma de Gregory ante notario, que era unilateral y que Salomé no necesitaba ser notificada para que tuviera validez.
Gregory firmó el documento un miércoles por la tarde y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba, porque el doctor Osa tenía una asistente que se llamaba Valentina y Valentina y Salomé Arias se conocían desde el colegio. No eran amigas cercanas, pero se seguían en Instagram y se dejaban comentarios ocasionales.
Valentina vio el nombre de Salomé en el documento que estaba transcribiendo ese miércoles. lo pensó durante dos días y el viernes por la tarde le mandó un mensaje que decía, “Oye, no sé si te importa, pero vi algo que quizás deberías saber.” Salomé respondió en menos de un minuto. “¿Qué viste?” La conversación entre Salomé y Valentina duró 11 minutos por teléfono.
Salomé caminaba por el parque lineal de la avenida El Poblado cuando recibió la llamada. Hay cámaras de seguridad que la captaron en ese tramo, caminando cada vez más despacio hasta detenerse completamente, con el teléfono pegado a la oreja y la mano libre apoyada en la reja del parque. Estuvo parada ahí durante 6 minutos.
Luego siguió caminando en dirección contraria al apartamento. Esa noche no llegó a dormir donde Gregory. Le mandó un mensaje que decía que tenía una alumna con fiebre y que se quedaba con su madre en Belén. Gregory respondió, “Okay, cuídate. Sin preguntas, sin insistencia, pero hay algo que todavía no te he contado.
” Esa misma noche, a las 10:47, según los registros de la operadora, Salomé llamó a Esteban Reyes. La llamada duró 19 minutos con 40 segundos. El contenido no quedó grabado en ningún lado, pero lo que ocurrió en los días siguientes permite reconstruir con bastante certeza de qué hablaron. El lunes de la semana siguiente, Gregory le anunció a Salomé que había decidido volver a Nashville, que el vuelo estaba comprado para el martes a las 6:40 de la mañana y que el apartamento quedaba pagado hasta fin de mes por si ella necesitaba tiempo para
organizar sus cosas. Salomé lo escuchó en silencio durante un momento. Luego preguntó, “¿Y los $80,000 de la cuenta conjunta?” Gregory la miró y dijo algo que su abogado le había recomendado específicamente, no decir bajo ninguna circunstancia. Eso lo vamos a resolver con los abogados.
Esa conversación ocurrió el lunes a las 8 de la noche. El martes a las 6:40 el vuelo de Gregory despegó desde el aeropuerto José María Córdoba sin él y Gregory Harmon no volvería a ser visto con vida. El taxi que Gregory había pedido para llevarlo al aeropuerto llegó al edificio de Manila a las 4:52 de la mañana del martes. El taxista, un hombre llamado Héctor Vargas, con 12 años manejando en Medellín, tocó el claxon una vez, como era su costumbre.
Esperó. Llamó al número desde el que le habían solicitado el servicio. Nadie respondió. Tocó el intercomunicador del edificio tres veces. Silencio. Esperó 20 minutos más sentado con el motor encendido frente al edificio, como hace la gente que todavía cree que la situación tiene solución. A las 5:14 se fue. Gregory Harmon no bajó.
El vuelo de las 6:40 despegó a las 6:43 con 3 minutos de demora técnica que no cambiaron nada. Marcus Harmon llegó al aeropuerto de Nashville a las 7:20 hora local, calculando el tiempo de desembarque y migración. Esperó hasta las 9:30. Llamó al celular de su padre a las 8:15, a las 8:47 y a las 912 directo al buzón las tres veces.
A las 10:04 de la mañana del martes, Marcus Harmon llamó al consulado de los Estados Unidos en Bogotá. Eso fue el inicio oficial, pero Gregory Harmon llevaba horas muerto para ese momento. Esto es importante, recuérdalo. Las cámaras del edificio de Manila capturaron los últimos movimientos documentados de Gregory Harmon con la indiferencia metódica de los sistemas que graban sin saber qué están grabando.
El lunes a las 10:33 de la noche, Gregory aparece saliendo por la puerta principal del edificio con una bolsa de basura. Regresa a los 4 minutos. Esa es su última aparición en las cámaras del edificio, saliendo o entrando. A las 11:09 de esa misma noche, las cámaras del pasillo del segundo piso muestran la luz del apartamento apagándose desde el umbral de la puerta, como hace alguien que se acuesta.
A las 11:23, silencio total en el pasillo y a las 11:41, una figura masculina con capucha oscura aparece en el cuadro de la cámara del pasillo del segundo piso. La figura tiene una llave, no fuerza la puerta, no la manipula, la abre con una llave que funciona de inmediato, entra y cierra desde adentro. Esa figura estuvo dentro del apartamento de Gregory Harmon durante 47 minutos.
Salió a las 12:28, caminó por el pasillo en dirección a las escaleras, no usó el ascensor. Las cámaras del lobby lo capturan cruzando la planta baja a las 12:29 y saliendo por la puerta lateral del edificio que da a la calle de atrás. La figura desaparece en el borde del cuadro y no vuelve a aparecer en ningún registro del edificio.
Pero eso no es lo más extraño. Lo más extraño es que la puerta del apartamento de Gregory fue encontrada 11 días después, trancada por dentro con el seguro de palanca que solo puede accionarse desde el interior. Alguien había trancado esa puerta después de que la figura de capucha saliera, lo que significa que en ese apartamento, entre las 12:28, que la figura salió y el momento en que la puerta fue encontrada trancada, hubo una segunda persona.
El cuerpo de Gregory Harmon fue encontrado el día 14 después de su desaparición, no en el apartamento de Manila, sino en una finca abandonada sobre la carretera que lleva a Santa Fe de Antioquia, a 42 km de Medellín. Lo encontró un trabajador de una empresa de mantenimiento de vías que entró a la propiedad para cortar maleza.
El cuerpo estaba en el interior de la finca, parcialmente cubierto con ramas y tierra suelta, en un estado que los peritos del CTI de Antioquia clasificaron como consistente con un fallecimiento ocurrido entre 8 y 14 días antes del hallazgo. Y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba, porque el examen forense determinó que Gregory Harmon no murió en esa finca.
La composición del suelo adherido a la ropa y las evidencias de arrastre indicaban que el cuerpo había sido transportado al lugar después de la muerte. Y los marcadores biológicos permitieron a la médica forense, la doctora Esperanza Villalba, establecer que el fallecimiento había ocurrido entre las 10 de la noche del lunes y las 4 de la madrugada del martes, las mismas horas en que la figura con capucha estaba en el apartamento de Manila.
La detective Juliana Ospina del CTI de Antioquia asumió el caso el día 15 cuando el expediente fue reclasificado de persona desaparecida a homicidio. Tenía 11 años trabajando en crímenes violentos en el valle de Aburrá y había aprendido a distinguir entre los casos que se resuelven solos si uno les da el tiempo necesario y los que requieren empujar desde el primer día.
Este era de los segundos. Lo primero que revisó fueron las cámaras, lo segundo fue el inventario del apartamento. Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante. En el apartamento de Gregory se encontraron sus maletas sin hacer, su pasaporte sobre la mesita de noche, su celular apagado sobre la cama. Se encontraron también dos copas de vino sobre la mesa del comedor, ambas usadas, con residuos de vino tinto en el fondo.
Solo había una botella de vino en el apartamento a un tercio de su contenido. Dos copas, una botella parcialmente consumida. Una conversación que no estaba en ningún registro porque ninguna de las dos personas que estaban ahí esa noche tenía razones para documentarla. Gregory no había estado solo el lunes por la noche y la toxicología que llegaría 7 días después confirmaría que la causa de muerte fue depresión respiratoria aguda inducida por una combinación de alcohol etílico y midasolam, una benensodiacepina de
acción rápida consistente con la cantidad que podría disolverse sin sabor detectable en una copa de vino tinto. Gregory Harmon fue sedado. Primero perdió la conciencia, luego dejó de respirar. Alguien le sirvió esa copa. Alguien que tenía llave del apartamento, que sabía que Gregory estaría solo esa noche y que había llegado sin ser esperado o había llegado siendo bienvenido.
Solo había dos personas en el mundo que tenían llave de ese apartamento. Gregory Harmon era una de ellas. Salomé Arias era la otra. Pero hay algo que todavía no te he contado. Las cámaras del parqueadero del edificio tenían un ángulo que alcanzaba a capturar un fragmento de la calle lateral. Y en ese fragmento, a las 11:38 de la noche del lunes, 3 minutos antes de que la figura con capucha apareciera en el pasillo del segundo piso, se veía un vehículo detenido en la acera, un carro oscuro con el motor encendido y las luces
apagadas. El carro permaneció ahí hasta las 12:31. 3 minutos después de que la figura saliera por la puerta lateral. Luego arrancó y se fue. La detective Ospina amplió la imagen del vehículo durante dos días con el equipo técnico. La placa era parcialmente visible, dos letras y un número.
Con eso no alcanzaba para una identificación directa, pero sí alcanzaba para reducir el universo de posibilidades a un rango manejable. Y cuando cruzaron ese rango con los registros de vehículos de personas vinculadas al caso, el nombre que apareció no era el de Salomé Arias. El vehículo era un Renault Logan gris oscuro, modelo 2019, placas con las letras Mr.
y el número cuatro, registrado a nombre de Esteban Reyes Cardona, con dirección en el barrio Estadio de Medellín. La detective Juliana Ospina leyó ese resultado a las 11:47 de la noche de un jueves, sentada sola en su escritorio en el CTI de Antioquia, con un café frío a la derecha y el expediente abierto a la izquierda. Lo leyó dos veces.
Luego buscó el nombre en el sistema. Esteban Reyes Cardona, 31 años, instructor de artes marciales, sin condenas previas, pero con una denuncia por violencia intrafamiliar interpuesta 18 meses atrás por una exnovia y retirada seis semanas después sin que se llegara a juicio. Ospina marcó ese registro con un círculo rojo en su libreta.
Luego anotó debajo una sola pregunta. ¿Cómo obtuvo la llave? Esa pregunta iba a tardar 4 días en responderse y la respuesta iba a cambiar la dirección de todo. Pero eso no es lo más extraño de lo que encontró esa noche. Lo más extraño fue el segundo resultado que el sistema arrojó cuando Ospina buscó el historial de movimientos bancarios de Esteban Reyes.
Tres días antes de la muerte de Gregory, él había recibido una transferencia de $4,000 en su cuenta del Banco de Bogotá. La transferencia venía de una cuenta de ahorros abierta dos semanas antes en Banc Colombia a nombre de una empresa unipersonal de actividades artísticas registrada en la Cámara de Comercio de Medellín.
La propietaria de esa empresa unipersonal era Salomé Arias. Ospina cerró el computador, recogió su libreta y llamó al fiscal de turno desde el pasillo. Pidió dos órdenes de allanamiento, el apartamento de Salomé en Laureles y el de Esteban en el barrio Estadio. Las órdenes llegaron a las 7:20 de la mañana del viernes siguiente. Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante.
En el apartamento de Esteban, el equipo del CTI encontró tres cosas clasificadas como evidencia crítica. Primero, una chaqueta negra con capucha en el fondo de un cajón del closet con fibras de tela que el laboratorio vincularía al tapizado del sofá del apartamento de Gregory en el poblado. Segundo, un frasco de vidrio marrón con residuos de midasolam en polvo, la misma sustancia encontrada en la toxicología de Gregory en el bolsillo interior de esa misma chaqueta.
Tercero, una llave de apartamento que no correspondía al edificio donde vivía Esteban. Esa llave correspondía al apartamento de Manila. El Red Herring llegó desde Nashville con la velocidad de alguien que necesita que la investigación mire hacia otro lado. Marcus Harmon voló a Medellín el día 16 después de la muerte de su padre con un abogado de Tennessee y una declaración preparada.
Ante las cámaras del hotel en el poblado, Marcus dijo que su padre había sido víctima de un esquema organizado de estafa matrimonial, que Salomé había planificado todo desde el primer mensaje en Instagram y que la justicia colombiana tenía la obligación de responder por un ciudadano estadounidense asesinado en su territorio.
La declaración generó cobertura internacional. El caso apareció en tres portales de noticias de Tennessee y en dos canales de True Crime en inglés. Y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba, porque Marcus Harmon tenía un conflicto de interés que sus asesores de comunicaciones habían omitido mencionar. Gregory había actualizado su testamento tres meses antes del viaje a Colombia, reduciendo la participación de Marcus del 70% al 40, redirigiendo el 30% restante a una fundación de artes escénicas de Medellín que Salomé le
había mencionado. Marcus lo sabía desde que el abogado de su padre lo notificó. La detective Ospina investigó a Marcus durante 6 días, cuartada verificada en Nashville durante toda la semana del crimen, sin vínculos operativos en Colombia, sin comunicaciones con Esteban ni con nadie del entorno de Salomé.
Red Herring descartado, Marcus descartado como sospechoso activo. Pero hay algo que todavía no te he contado. Durante el allanamiento al apartamento de Salomé en Laureles, entre los documentos del escritorio, el equipo del CTI encontró una carpeta con impresiones de pantalla de conversaciones de WhatsApp. Conversaciones entre Salomé y Esteban, fechadas en las tres semanas anteriores a la muerte de Gregory.
La mayoría era del tipo que intercambian dos personas que tienen historia y no terminan del todo de cerrarla. Pero había un hilo diferente, un intercambio de cinco mensajes enviado el sábado, tres días antes de la muerte de Gregory, que comenzaba con un mensaje de Salomé. Ya sé lo del documento. Necesito que me ayudes con algo.
Esteban respondió, “¿Qué necesitas, Salomé? Que esté él, que esté el dinero y que yo no esté.” Los dos mensajes finales del hilo habían sido eliminados del teléfono de Salomé, pero estaban en la impresión de pantalla, porque Salomé los había imprimido ella misma, probablemente como respaldo, sin calcular que ese respaldo terminaría en manos de quien no debía.
Ospina leyó esos cinco mensajes tres veces. Que esté él, que esté el dinero y que yo no esté. Era la descripción más precisa y más fría de un plan que había visto en 11 años de carrera. Ospina solicitó las órdenes de captura esa misma tarde. Salomé Arias fue localizada 19 horas después en la terminal marítima de Necocli en el Golfo de Urabá, esperando turno para abordar una lancha rápida con destino a Capurganá.
Desde Capurganá hay un paso informal a Panamá que la detective conocía bien porque no era la primera vez que alguien intentaba usarlo para salir del país sin registros migratorios. Esteban Reyes fue capturado 40 minutos antes en una finca de un familiar en el municipio de Sopetrán, a 60 km de Medellín.
Los dos fueron trasladados al CTI de Antioquia esa misma noche y cuando la detective Ospina ingresó a la sala de interrogatorio donde esperaba Salomé Arias y le colocó frente a ella la impresión de pantalla con los cinco mensajes. Salomé la miró durante un largo silencio y dijo algo que Ospina no esperaba. No dijo que era falso, no dijo que la habían manipulado, no dijo nada de lo que dicen las personas que esperan seguir negando.
Dijo, “¿Dónde está?” La pregunta que Salomé hizo en la sala de interrogatorio, ¿dónde está? No era la pregunta de alguien que busca apoyo, era la pregunta de alguien que necesita saber si las versiones ya se cruzaron. La detective Ospina la dejó sin respuesta durante varios segundos. Luego dijo que Esteban estaba en la sala de al lado y que ya había hablado.
Eso era parcialmente cierto. Esteban había sido trasladado al mismo edificio, pero todavía no había dicho nada relevante. Ospina apostó a que Salomé no sabía eso y apostó bien. Salomé miró la mesa durante un momento, luego empezó a hablar. Lo que dijo en las siguientes 2 horas y 40 minutos fue reconstruido por la fiscalía como la base del caso.
No fue una confesión completa, fue algo más calculado, una versión donde Salomé aceptaba su participación en la planificación, pero distribuía la responsabilidad de manera que Esteban cargara con el peso mayor. dijo que había ideado el plan de salir del país con el dinero de la cuenta conjunta antes de que Gregory revocara su acceso.
Dijo que había contactado a Esteban porque sabía que él podía entrar al apartamento y asegurarse de que Gregory no apareciera en el aeropuerto. Lo que negó, con una consistencia que su abogado convertiría en el eje de la defensa, fue haber sabido que Esteban iba a matar a Gregory. dijo que el plan era cedarlo, que Gregory iba a despertar con una resaca que no entendería, que iba a perder el vuelo y que para cuando organizara otro el dinero ya no estaría y ella tampoco, que nadie iba a morir.
Pero eso no es lo más extraño de esa declaración. Lo más extraño es que Esteban, interrogado por separado esa misma noche, dijo exactamente lo contrario. Esteban Reyes declaró que el plan de sedación había sido de Salomé, que ella le había conseguido el Midasolam, que le había explicado la dosis, que le había dicho que con esa cantidad Gregory iba a quedar inconsciente durante 8 horas como mínimo, que él había seguido las instrucciones al pie de la letra, que cuando Gregory dejó de respirar dentro del apartamento, él entró en pánico,
llamó a Salomé y que fue Salomé quien le dio instrucciones de cómo mover el cuerpo y dónde de llevarlo. Esteban dijo que había manejado hasta la finca de Santa Fe de Antioquia con el cuerpo en el maletero del Logan y que Salomé lo había seguido en su propio carro para llevarlo de vuelta, que entre los dos habían cubierto el cuerpo con las ramas y la tierra, que después habían ido a un restaurante en el kilómetro 6 de la vía a Santa Fe a lavarse las manos y comer, porque Salomé dijo que necesitaban actuar con normalidad.
La detective Ospina cruzó las dos declaraciones esa madrugada, buscando el punto donde las versiones coincidían y el punto donde divergían. Coincidían en los hechos básicos, el plan, la sedación, el transporte del cuerpo, la finca. Divergían en una sola cosa que determinaba todo. ¿Quién sabía que la dosis era letal? Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante.
El perito farmacológico fue claro en su informe. La dosis de Midasolam encontrada en el frasco de Esteban, administrada en una sola copa de vino a un hombre del peso de Gregory, producía con alta probabilidad una depresión respiratoria fatal, especialmente combinada con alcohol. No era una dosis de sedación, era una dosis de homicidio.
¿Quién sabía eso? El juicio de Salomé Arias y Esteban Reyes comenzó 9 meses después de su captura. Duró 21 días hábiles. Declararon 27 testigos, seis peritos y los dos imputados. Y aquí es donde la historia da un giro que nadie esperaba, porque 4 días antes del veredicto, la defensa de Salomé presentó un elemento que la fiscalía no había incorporado, el historial académico de Esteban.
Específicamente un certificado de un curso de paramédico que había tomado 7 años atrás en el Sena, donde se enseñaban protocolos básicos de farmacología de emergencia, incluyendo los rangos de dosificación de benensoepinas. Esteban Reyes sabía lo que esa dosis hacía. Lo había estudiado. Ese elemento no absolvió a Salomé, pero sí creó lo que el abogado defensor necesitaba.
Dudas razonable sobre quién había tomado la decisión final de usar una dosis letal en lugar de una dosis de sedación. El tribunal deliberó durante 3 días, pero hay algo que todavía no te he contado. Los $,000 de la cuenta conjunta del Ban Colombia habían sido transferidos en cuatro movimientos durante las 48 horas posteriores a la muerte de Gregory, mientras el cuerpo todavía estaba en la finca.
Las transferencias salieron hacia una cuenta en Panamá a nombre de una sociedad anónima sin actividad registrada. La fiscalía rastreó esa cuenta durante meses con cooperación panameña. Encontraron la cuenta. Encontraron que había estado activa durante 72 horas. Encontraron que el dinero había salido en tres transferencias hacia tres cuentas distintas en tres países diferentes.
No encontraron el dinero. Esteban Reyes fue condenado a 31 años de prisión por homicidio agravado con premeditación y uso de sustancias que generaron indefensión. El tribunal estableció que la evidencia física, el frasco en su chaqueta, el conocimiento farmacológico documentado y la presencia en el apartamento lo señalaban como el ejecutor directo con conocimiento pleno de las consecuencias.
Salomé Arias fue condenada a 18 años por homicidio doloso en calidad de determinadora. La alegación de que no sabía que la dosis era letal fue considerada inverosímil, dado el nivel de planificación demostrado en el resto de sus acciones. Salomé escuchó el veredicto sin moverse, sin lágrimas, con esa inmovilidad de quien ya procesó este resultado antes de que llegara.
La madre de Salomé sigue viviendo en el barrio Belén. La hermana menor terminó la carrera de administración pagando la matrícula con un trabajo de medio tiempo, porque el dinero de Salomé dejó de llegar cuando Salomé llegó a la cárcel. Marcus Harmon volvió a Nashville. Heredó el 40% del patrimonio de su padre.
El 30% para la fundación de artes escénicas de Medellín quedó congelado en un fideicomiso que los abogados de ambas partes siguen discutiendo y los $,000 siguen desaparecidos, distribuidos en tres cuentas en tres países. Ese dinero está en algún lugar del mundo y nadie sabe con certeza quién lo tiene. En este trabajo he aprendido que los casos simples nunca lo son.
Siempre hay una capa debajo, siempre alguien más en el cuadro y siempre en algún punto alguien convierte un robo en algo sin marcha atrás. Si llegaste hasta aquí, sos de los que realmente les apasionan estas historias. Suscríbite al canal, deja tu like y nos vemos en el próximo caso, porque créeme, el que viene es todavía peor.
Hay hombres que llegan a Medellín buscando empezar de nuevo. Algunos logran irse, otros se quedan para siempre, pero no de la manera que planeaban. M.