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El caso que paralizó Chile:Esposa Recién casada desaparece en Crucero de luna de miel de ensueño

 Tania Morales Vega tenía 28 años, dentista egresada con honores de la Universidad de Chile, hija única de Claudia Vega, maestra jubilada de Maipú y de Rodrigo Morales, técnico electricista que había trabajado 30 años para que su hija pudiera estudiar. Betania era de esas personas que iluminan un lugar sin proponérselo.

 Sus compañeras de trabajo en la clínica dental donde ejercía en Ñuñoa la describían siempre con las mismas palabras. Generosa, alegre, responsable, la clase de mujer que recuerda el cumpleaños de todos, que trae sopa y pillas cuando llueve, que se queda hasta tarde para terminar el trabajo sin quejarse jamás. Ese día, caminando por el pasillo central de la iglesia con un vestido de encaje marfil, de manga larga y una corona de flores blancas en el cabello castaño, Betania sonreía con los ojos cerrados, como si estuviera guardando ese momento dentro

 

de ella para siempre. A su lado, esperándola al pie del altar, estaba Santiago Rivera Castillo, 42 años, empresario del sector inmobiliario, traje azul noche a medida, cabello oscuro con las primeras canas en las cienes, mandíbula cuadrada y una sonrisa amplia que los presentes describieron como magnética. Santiago había llegado a la vida de Betania apenas 8 meses antes en una cena de cumpleaños de una amiga común en el restaurante Astrid Angastón.

Desde esa noche la historia entre ellos fue, según todos los que la rodeaban, vertiginosa. Demasiado vertiginosa, diría después su madre. Pero ese día en la iglesia nadie pensaba en eso. Claudia Vega lloraba en la primera fila con un pañuelo bordado entre las manos. Rodrigo, su padre, que no era hombre de lágrimas, tuvo que mirar hacia el techo cuando entregó a su hija al hombre que había elegido.

 Los amigos aplaudieron. El coro cantó. El sacerdote habló de amor eterno y de los caminos que Dios traza para cada alma. Nadie en esa iglesia sabía que esa sería la última vez que muchos de ellos verían a Betania Morales con vida. La recepción fue en una casona de Lobarnechea que Santiago había arrendado para la ocasión.

 4 horas de música, comida, piscosaur y fotografías. Betania bailó con su padre, con sus amigas de la universidad, con su madre. Santiago se movía por el salón con soltura. Siempre con una copa en la mano, siempre diciendo las palabras correctas en el momento exacto. Era el tipo de hombre que sabe cómo funciona una habitación llena de gente.

 A las 11 de la noche, los novios se despidieron entre aplausos y pétalos de rosa lanzados desde las manos de los invitados. Al día siguiente tenían vuelo temprano desde el aeropuerto Arturo Merino Benítez hacia Miami, donde abordarían el crucero que los llevaría por el Caribe durante 12 días. El Odyssey of the Seas, uno de los barcos más grandes y lujosos del mundo.

Suite de luna de miel en el piso 15. balcón privado con vista al mar, servicio de mayordomo incluido. Santiago había pagado todo en efectivo. Ese detalle que en el momento nadie consideró relevante sería semanas después uno de los primeros elementos que los investigadores marcarían con una X roja en sus cuadernos.

Durante los primeros tr días a bordo, Betania publicó fotografías en su cuenta de Instagram. El mar turquesa de Aruba, un cóctel de maracuyá con sombrilla rosada, los dos juntos en el balcón de la suite, con el sol hundiéndose en el horizonte detrás de ellos. En los comentarios, sus amigas dejaban corazones y emojis de fuego.

 Su madre escribió debajo de una foto en la que Betania reía con el cabello suelto al viento. Mi niña hermosa, qué feliz se te ve. Esa fue la última publicación de Betania Morales en redes sociales. El cuarto día de travesía, el barco navegaba en aguas abiertas entre Curazao y Barbados. El mar estaba en calma, el cielo despejado.

 Las estrellas esa noche eran tantas y tan brillantes que varios pasajeros habían salido a los decks exteriores solo para mirarlas. A las 23:17 horas, según el sistema de cámaras de seguridad del Odyssey of the Seas, Betania Morales fue registrada caminando sola por el deck 14, el más alto de los decks exteriores, vistiendo un vestido largo blanco y con el cabello suelto.

Caminaba despacio mirando el mar. En uno de los fotogramas giró la cabeza hacia la cámara y sonró. No era una sonrisa de alguien que sufre, era la sonrisa de alguien que está exactamente donde quiere estar. 18 segundos después salió del ángulo de la cámara. No hubo más imágenes de Betania Morales esa noche, ni esa noche ni ninguna otra.

A las 6:42 de la mañana del día siguiente, Santiago Rivera llamó a la línea interna del barco para reportar que su esposa no estaba en la habitación. Dijo que había supuesto que ella se había levantado temprano a desayunar, pero que cuando bajó al restaurante principal no la encontró. Su voz, según describió el operador que atendió la llamada, era tranquila, demasiado tranquila para la situación.

En menos de 20 minutos, el personal de seguridad del crucero activó el protocolo de búsqueda. Revisaron cada rincón del barco, cada cubierta, cada pasillo, cada espacio de servicio. Llamaron a su nombre por los altavoces internos. Revisaron las cámaras de seguridad de las últimas 8 horas. No encontraron a Betania en ningún lugar del barco.

 A las 9:15 de la mañana, el capitán del Odyssey of the Seas reportó la situación a las autoridades marítimas y ordenó reducir la velocidad para iniciar una búsqueda en el área donde el barco había navegado durante la noche. Guardacostas de las islas cercanas fueron alertados. Helicópteros sobrevolaron el sector durante horas. No encontraron nada.

 A las 11:30 de la mañana, hora de Chile, la familia de Betania recibió la llamada que ninguna familia quiere recibir. Su madre, Claudia Vega, atendió el teléfono en la cocina de su casa en Maipú mientras preparaba almuerzo. Cuando colgó, se sentó en el suelo y no pudo levantarse sola. Rodrigo Morales llegó 20 minutos después.

 Cuando su esposa le contó lo que había pasado, el hombre que no había llorado en el matrimonio de su hija lloró sin parar durante 3 horas. Chile todavía no lo sabía, pero estaba a punto de enterarse. Esa tarde, el periodista Ignacio Fuentes del canal 24 horas recibió una filtración anónima sobre el caso. A las 1900 horas, salió en pantalla con la noticia.

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