Un discurso de 10 minutos sobre Colombia en Harvard dejó al mundo entero sin palabras
En un foro académico de altísimo nivel en la Universidad de Harvard, el profesor Jonathan Miller, representando a los Estados Unidos desde la Universidad de Stanford, hablaba con un aire de innegable arrogancia. Silicon Valley, Wall Street, la maquinaria militar institucional más poderosa del mundo.
Colombia, sencillamente no está en nuestra liga. Acto seguido, una respetada académica de Brasil, la profesora Isabela Oliveira de la Universidad de Sao Paulo, asintió con una sonrisa condescendiente. Nosotros tenemos una economía que es el motor indiscutible de Sudamérica. Nuestra influencia cultural es global desde el Amazonas hasta el carnaval.
Colombia, que tiene realmente más allá de los estereotipos de Netflix, el café y sus playas. En ese preciso momento, una profesora estadounidense que había dedicado más de 25 años de su vida a estudiar la profundidad de Colombia, la doctora Eleanor Bance caminó silenciosamente hacia el estrado. Cuando el primer dato irrefutable apareció en la pantalla gigante, la sonrisa burlona del representante estadounidense desvaneció por completo.
Cuando se mostró la segunda cifra, el rostro de la profesora brasileña palideció hasta quedar blanco. Después de su presentación de 12 minutos, un estruendoso y monumental aplauso estalló de parte de todos los presentes en la sala, haciendo vibrar los cimientos del auditorio. Esa misma noche, los medios de comunicación de todo el mundo publicaron titulares sensacionalistas al unísono Colombia, el gigante silencioso que está sacudiendo al mundo.
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Mi nombre es Mateo Restrepo. Ese día yo era un científico colombo estadounidense que asistía al prestigioso foro internacional de Harvard. He vivido en los Estados Unidos durante 35 años. Obtuve mi doctorado en Harvard. Pasé una década entera liderando investigaciones en un laboratorio de robótica del Meet y ahora soy profesor titular en la Universidad de Boston.
El foro de este año se titulaba Las civilizaciones de las Américas y su futuro y reunía las mentes académicas, económicas y políticas más brillantes del mundo. Yo también estaba programado para subir al escenario y hablar durante 30 minutos sobre el desarrollo tecnológico emergente. Antes de que comenzara el evento, tomé el elegante programa impreso del día que descansaba sobre la mesa de registro en el lujoso vestíbulo.
Pasé la página con anticipación para confirmar la lista de oradores. Representante de Estados Unidos, profesor Jonathan Miller, Stanford. representante de Brasil, profesor Isabela Oliveira, Sao Paulo. Debajo de ellos había un espacio en blanco, un vacío absoluto. Hacía solo una semana había recibido una carta formal de confirmación firmada por los organizadores del evento.
Mi nombre estaba claramente escrito allí. Miré la lista de principio a fin, una, dos, tres veces. No había representante de Colombia. El nombre del profesor Mateo Restrepo se había desvanecido como la niebla en las montañas de Antioquia. Apenas podía sostener el folleto entre mis manos temblorosas. Las risas sofisticadas y las conversaciones en múltiples idiomas a mi alrededor de repente se sintieron muy lejanas, como si estuviera bajo el agua.
“Debe haber un error logístico”, me dije a mí mismo tratando de mantener la compostura. Me acerqué a la mesa de servicio. Una empleada de cabello impecablemente blanco estaba concentrada deslizando el dedo sobre su tableta. “Disculpe”, le dije con voz educada. Solo quiero confirmar la lista de oradores. Soy el doctor Mateo Restrepo.
Profesor Restrepo. Un atisbo de incomodidad y renuencia cruzó por su rostro. Lo siento muchísimo. Hubo un cambio repentino y de última hora en el programa general. Un cambio. Sí. Debido a severas limitaciones de tiempo, el comité organizador de la cumbre decidió que solo los representantes de Estados Unidos y Brasil continuarían con el panel principal del Foro de las Américas.
Sentí como si me hubieran dado un golpe seco y demoledor directamente en el pecho. Una sensación fría, aguda y paralizante recorrió mi espina dorsal. Me había preparado para esta presentación durante todo un mes, perdiendo horas de sueño, recopilando datos, perfeccionando cada diapositiva. Entiendo perfectamente su frustración, profesor, continuó ella, evitando mirarme a los ojos.
Pero realmente no se puede hacer nada más a estas alturas. Tituo por un momento, tragó saliva y luego añadió la frase más dolorosa que he escuchado en mi carrera. Y para ser honestos, el foco geopolítico y económico de las Américas siempre ha sido Estados Unidos y, bueno, quizás Brasil por su tamaño. Colombia no es, ¿cómo decirlo? No es el foco de este nivel de debate.
El foco. Esa palabra resonó una y otra vez en mi mente, rebotando como un eco cruel. 35 años de esfuerzo en Estados Unidos, mi doctorado en Harvard con honores, mi carrera impecable en el Meet. De que había servido todo eso al final. Para ellos era como si Colombia y los colombianos nunca hubiéramos existido en el mapa del progreso intelectual.
Gracias, dije con un hilo de voz. Incliné la cabeza dándome la vuelta y caminé con pasos pesados hacia el baño del vestíbulo. Cerré la puerta de cabo atrás de mí y me paré frente al inmenso espejo. El hombre que me devolvía la mirada tenía el cabello empezando a encanecer en las cienes y unos ojos profundamente cansados.
Este era yo. Me agarré al frío lavado de mármol con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. 35 años. ¿Para qué? Un débil y amargo soyoso escapó de mi garganta antes de que pudiera detenerlo. De repente, mi mente viajó al pasado. Recordé mi primer semestre en el riguroso programa de doctorado de pie en la oficina de mi asesor.
El respetado profesor, un hombre que años después ganaría el Premio Nobel, me miró por encima de sus gafas y me dijo, “Tu país, Colombia, es muy pintoresco. Son excelentes exportando café. tienen flores hermosas y, por supuesto, una música muy animada, pero no parecen tener la capacidad de generar tecnología original o pensamiento estructural.
Hizo una pausa como si buscara una manera diplomática de clavar el cuchillo. Simplemente sobreviven a sus crisis, ¿verdad? Exportan materias primas y talento humano que termina trabajando para nosotros, pero no diseñan el futuro. En ese momento, a mis veintitantos años, no tuve respuesta. ¿Qué podía demostrarle? Mi país estaba en las noticias por las peores razones posibles.
Abrí el grifo y me lavé la cara con agua helada, intentando borrar la humillación. Cuando levanté la cabeza, el agua goteaba por mi rostro, mezclándose con la frustración. Salí del baño y me dirigí al majestuoso auditorio principal, que ya estaba abarrotado. Más de 500 personas, la élite del pensamiento mundial, llenaban las butacas.
En la primera fila brillaban las placas doradas con los nombres de los representantes de los países: Estados Unidos, Brasil, Canadá, Alemania, Reino Unido. No había lugar para Colombia. Me senté en una esquina oscura en la última fila. Abrí ese maldito programa impreso. Foro de las Américas, la innovación de Estados Unidos y el esplendor de Brasil.
Incluso en el título oficial, Colombia no existía. De nuevo, éramos invisibles. El patio trasero. Un suspiro de derrota escapó de mis labios. No sabía en ese momento que apenas dos horas después este imponente auditorio estaría completamente patas arriba y el nombre de Colombia estaría en boca de todos, pronunciado con absoluta reverencia.
El presentador subió al escenario bajo un foco deslumbrante. Damas y caballeros, bienvenidos a las civilizaciones de las Américas y su futuro. Para comenzar, demos una cálida y respetuosa bienvenida al profesor Jonathan Miller de la Universidad de Stanford. Los aplausos inundaron la sala. Apreté los puños sobre mis rodillas.
El momento de la humillación pública había comenzado. El profesor Miller subió al escenario. Como se esperaba de la élite Stanford, su presencia era imponente y calculada. Alto, con una voz profunda, proyectada y llena de una confianza que rayaba en la soberbia. Damas y caballeros, la civilización moderna y el progreso tangible en las Américas comenzaron y continúan en los Estados Unidos.
Su primera frase estuvo cargada de una autoridad absoluta. Una majestuosa fotografía del puente Golden Gate apareció en la inmensa pantalla detrás de él. Miren a Silicon Valley, el microchip, el internet, el smartphone, la inteligencia artificial. ¿Cuál de estos inventos no moldeaba drásticamente la historia de la humanidad? Las diapositivas cambiaban una tras otra en perfecta sincronía.
Los murmullos de aprobación y admiración de la selecta audiencia no cesaban. Yo, en la parte de atrás sentía como la presión en mi pecho se hacía cada vez más insoportable. La innovación estadounidense sentó las bases inamovibles para la era digital global. Wall Street impulsa el flujo económico del planeta. Hollywood y nuestra
industria musical definen la cultura popular del mundo libre, continúa el profesor Miller paseándose por el escenario.
Y miren el presente, nuestras misiones a Marte, nuestra tecnología de computación cuántica liderando al mundo. Esa es la velocidad a la que se mueve Estados Unidos. La imagen de alta resolución de un rover explorando la superficie de Marte iluminó el auditorio. Seguida de otra ola de aplausos espontáneos. Somos una nación definida por el concepto mismo de libertad y oportunidad.
Nuestra Constitución y nuestros ideales han inspirado a cada rincón del planeta. La propia difusión de la democracia es prueba viviente de nuestra influencia. Hizo una pausa dramática y sonrió con suficiencia. El pasado, el presente y el futuro de las Américas girará y debe seguir girando inexorablemente en torno a los Estados Unidos.
Un estruendoso aplauso rebotó en las paredes de madera tallada. Las 500 personas aplaudieron a rabiar. Mi pecho se sentía atrapado en un tornillo de banco. Colombia ni siquiera fue una nota al pie en su discurso. Nuestro PIB es colosal, el primero del mundo. Nuestra tecnología espacial no tiene rival.
Somos la única nación que ha operado misiones en Marte de manera consistente. Esa es la posición irrefutable de Estados Unidos. Otro aplauso. Algunos académicos en las filas delanteras incluso se pusieron de pie. Yo solo me encogía más y más en mi asiento tapizado, queriendo desaparecer. El futuro de las Américas será liderado por nosotros.
Nuestras alianzas estratégicas y nuestra abrumadora influencia económica son el pegamento que conecta este hemisferio. El profesor Miller hizo una elegante reverencia y bajó del escenario como un emperador victorioso. El aplauso tardó un buen rato en apagarse. presentador con el rostro radiante de satisfacción tomó el micrófono.
Sencillamente maravilloso. Hemos visto el majestoso pasado y el imparable futuro de Estados Unidos. Yo pensaba, para mis adentros, Colombia también está en este hemisferio. También tenemos historia, también estamos desarrollando tecnología. También hemos transformado nuestras ciudades de maneras que ellos ni siquiera imaginan, pero nadie nos da el maldito micrófono para hablar.
El presentador continuó. A continuación, por favor, reciban con un fuerte aplauso a la profesora Isabela Oliveira de la Prestigiosa Universidad de Sao Paulo. Suspiré cerrando los ojos. Ahora era el turno de Brasil. Colombia sería borrada del mapa una vez más. La profesora Oliveira subió al escenario. Como se esperaba de la élite intelectual paulista, su porte era impecable.

Un traje sastre elegante, gafas de diseñador de montura fina, la imagen viva del poder académico sudamericano. Buenas tardes a todos. Hoy más que de números, quisiera hablar sobre el alma palpitante de Brasil. Su voz era melódica, tranquila, pero cargada de un inmenso poder persuasivo. Una imagen vibrante, llena de color y movimiento del carnaval de Río apareció en la pantalla.
Ustedes conocen el concepto de alegría. La búsqueda incansable de la felicidad, la celebración indomable de la vida. Eso es Brasil. Las diapositivas cambiaron con un clic sutil, pero somos mucho más que fiesta. Aquí está Braer, uno de los fabricantes de aviones aeroespaciales más grandes y avanzados del mundo, compitiendo cara a cara con Boin y Airbus.
Miren nuestro sector de agronegocios. Un gigante titánico que literalmente alimenta a una parte significativa del planeta. Nuestra innovación pionera en biocombustibles y energías alternativas. Todo esto no es casualidad. se ha convertido en el estándar oro de la industria global. Es nuestro espíritu indomable el que ha creado estos milagros económicos.
La gente en la audiencia sentía vigorosamente, especialmente los decanos y profesores de las escuelas de negocios que tomaban notas afanosamente en sus tabletas y cuadernos. Miren nuestra profunda influencia, nuestra música, la Ozanova, la samba. ¿Cómo han cambiado estas expresiones el mundo? Todos en esta sala lo sabemos.
Han redefinido la cultura musical contemporánea, nuestra influencia en el deporte, con leyendas inmortales que cambiaron la forma en que el mundo entiende la pasión. Y por supuesto, tenemos nuestra inmensa industria cultural. producciones audiovisuales que se consumen en más de 100 países. La profesora Oliveira se detuvo, tomó un sorbo de agua de su copa de cristal y luego se dirigió al público con una confianza arrolladora.
Somos, sin discusión la nación de América Latina con la economía más gigantesca. Solo en el campo de las ciencias aplicadas y la investigación hemos producido mentes de talla mundial. Me sentía cada vez más diminuto. Era cierto que Colombia no tenía esa escala continental. Brasil era un monstruo geográfico y económico.
Desde nuestra independencia hemos sido la potencia regional absoluta que ha definido el destino de Sudamérica. Aceptamos e integramos la tecnología global, pero jamás perdimos nuestro espíritu puramente brasileño. Su voz resonaba llena de un orgullo inquebrantable. Los brasileños no solo producimos materias primas para el norte, nosotros creamos cultura, creamos industria, creamos futuro.
Esta es la inmensa belleza de Brasil. Este es nuestro regalo al mundo. Una vez más, un estruendoso aplauso llenó el auditorio. Incliné la cabeza mirando mis zapatos. Habían pasado dos horas interminables. Estados Unidos, Brasil, la grandeza del norte y el motor del sur. Colombia no fue mencionada ni por equivocación.
Llegó el tan esperado momento de las preguntas y respuestas. Un estudiante en la primera fila levantó la mano con ímpetu por su suéter con el emblema. Parecía ser de la Harvard Business School. Un estudiante brillante de la India con una mirada aguda, analítica y un toqueevidente de desafío en su postura. Las presentaciones fueron absolutamente excelentes gracias a ambos profesores.
Los logros de Estados Unidos y Brasil son francamente impresionantes. Se puso de pie, ajustó sus gafas y miró a su alrededor, asegurándose de que toda la sala lo escuchara. Pero tengo una pregunta analítica. Cuando hablamos de las Américas en foros como este, Estados Unidos y Brasil siempre acaparán los titulares.
Ambos son famosos por su innovación y su tamaño, pero se detuvo dejando escapar una sonrisa pícara, casi burlona. Me pregunto por el resto. Por ejemplo, Colombia. Además de las tasas de café, de ser el escenario de serie sobre narcotráfico en Netflix y de los resours turísticos en Cartagena. ¿Qué contribución real, sustancial y moderna ha hecho Colombia al hemisferio.
De repente, como si alguien hubiera contado un chiste brillante, todo el auditorio se llenó de risas espontáneas, risas educadas, pero cargadas de condescendencia. Oh, es cierto. ¿Qué tiene Colombia hoy en día? Ya sé, sus cantantes de reggaetón son muy famosos”, dijo en voz alta un profesor de sociología unas filas más adelante.
“He oído que su política sigue siendo un caos inmanejable y que viven saltando de crisis en crisis.” Añadió otro con tono socarrón. Más risas estallaron. El sonido era ensordecedor para mis oídos. Era como si el país entero donde nací, la tierra de mis padres, la sangre que corría por mis venas, fuera solo un remate para una broma académica.
El profesor Miller tomó el micrófono reprimiendo una sonrisa. Colombia. Ah, sí, nuestro pintoresco vecino el sur, ¿verdad? Subo resumaba displicencia y una lástima apenas disimulada. Bueno, hay que reconocer que son trabajadores incansables. Exportan excelentes flores y granos. Son muy diligentes en sus call centers y brindan buen servicio al cliente para nuestras empresas.
Supongo que esa es una contribución válida. La profesora Oliveira asintió tomando su turno. Se podría decir que Colombia es un alumno muy entusiasta de nuestra región. Aprenden bien las lecciones económicas que potencias como Brasil y Estados Unidos han implementado. Su industria textil y de servicios ha crecido, por supuesto, sobre la base de nuestras demandas y nuestro capital.
Son resiliens, sí, pero dependen del ecosistema que nosotros creamos. Casi salto de mi asiento. Mi respiración se aceleró. Quería gritar a todo pulmón. Eso no es cierto. Colombia tiene su propio motor. Nuestra innovación tecnológica en las ciudades, nuestro talento en ingeniería de software, nuestra economía naranja.
No es lo que ustedes engreídos piensan, pero mis piernas no respondieron. El peso invisible, el sentimiento de inferioridad impuesto y la impotencia acumulada de los últimos 35 años en el extranjero me habían clavado a la silla. Apreté los puños con tanta rabia que mis uñas casi perforan mis palmas. Ira ardiente, vergüenza profunda, dolor insoportable.
Todo me golpeó al mismo tiempo como un tren de carga. Esta era la cruda verdad. Así era como el mundo académico, la élite que toma decisiones, veía Colombia como una finca bonita, trágica y subcontratada. El presentador, notando que la burla se prolongaba, intentó retomar el control diplomático. Sí. Bueno, gracias por la intervención.
Una observación sociológica muy interesante. Pasemos a nuestra siguiente pregunta, por favor. Justo en ese preciso instante, antes de que el micrófono pudiera cambiar de manos, una persona en la parte trasera del auditorio, muy cerca de donde yo estaba, se levantó en absoluto silencio. Era una mujer de unos 60 años, ataviada con un sencillo traje sastre azul marino con el cabello entre cano recogido.
Era la doctora Leonor Bance, una verdadera institución en el departamento de Ciencias Políticas e Historia de Harvard. Mundialmente famosa por ser increíblemente discreta, brillante y letalmente estricta en sus investigaciones, había estudiado el desarrollo socioeconómico de Colombia durante más de 25 años, pasando temporadas enteras en Bogotá, Medellín y el Eje Cafetero.
Su repentino levantamiento sorprendió a todos los que la rodeaban. Un momento. Su voz no fue un grito. Fue tranquila, de un tono bajo, pero poseía un poder penetrante y una autoridad que eló la sangre de la sala. La atención de las 500 personas en el auditorio se centró instantáneamente en ella, como si la gravedad hubiera cambiado de dirección.
Yo responderé a esa pregunta. La profesora Avance sostuvo una pequeña memoria USB plateada en su mano derecha y caminó con una determinación feroz por el pasillo central hacia el estrado. El sonido rítmico de sus tacones resonó como un reloj de cuenta regresiva en el repentinamente silencioso auditorio de Harvard.
Profesor avance. El presentador palicció entrando en pánico. Doctora, esto esto no está en el programa oficial. Tenemos un cronograma muy ajustado. Denme 12 minutos. Su tono era hielo puro. No era una petición. No admitía réplica. Yo no podemos, no. 5 minutos serán suficientes para desmantelar lo que acaba de suceder aquí.
Mi corazón comenzó a latir con una fuerza descontrolada contra mis costillas. Sentí que el aire cambiaba. Algo inmenso estaba a punto de suceder. La profesora Van subió los escalones del escenario sin mirar al presentador, se acercó al podio y conectó su USB en la consola principal. Se ajustó el micrófono, levantó la vista y miró a todo el auditorio.
Su mirada afilada escaneó las butacas y finalmente se detuvo como un láser en los rostros del profesor Miller y la profesora Oliveira. El joven estudiante acaba de preguntar en tono de mofa, “¿Qué más tiene Colombia además de café? historias de narcos y playas bonitas. Su voz resonó en los parlantes y veo que ambos profesores eminentes en este escenario, representantes de los supuestos titanes de las Américas, parecen estar de acuerdo en que Colombia es solo un buen alumno, un rincón pintoresco y caótico del mundo, una
fábrica de servicios baratos y ciertamente no digno de ser el foco de atención. Hizo una pausa táctica. El silencio en la sala era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Mi abuelo comenzó suavizando un poco la voz. Fue un antropólogo e ingeniero que vivió y trabajó en las montañas de Antioquia y en las comunidades del Eje Cafetero en la dura década de 1950.
Ayudó a construir vías donde parecía geográficamente imposible. Todo el auditorio la escuchaba cautivado. Hasta el día de su muerte, mi abuelo no pudo olvidar Colombia. Dijo que era el país más asombroso de la Tierra. Una tierra de contradicciones profundas, de una geografía brutal que aísla, pero habitada por personas con una resiliencia inquebrantable, casi sobrenatural.
La pantalla gigante detrás de ella se encendió, no con un gráfico aburrido, sino con una fotografía histórica de campesinos colombianos empujando un vehículo atascado en el lodo de una montaña escarpada sonriendo. Mi abuelo me dijo una vez, la gente de allí a veces carece de la infraestructura material que damos por sentada, pero poseen una riqueza de espíritu, una tenacida comunitaria que el mundo moderno ha olvidado y tienen una obsesión sagrada por salir adelante y educar a sus hijos.
Cueste lo que cueste. A eso lo llaman ser echado para adante. La profesora Van se dio un paso al frente, así que dediqué mi carrera a estudiar a Colombia. Estudié sus datos, su economía, su sociedad y al hacerlo me di cuenta de cuán estúpida, trágica y arrogantemente equivocados hemos estado todos nosotros en esta sala acerca de lo que realmente es Colombia.
La pantalla cambió abruptamente, mostró un titular de noticias financieras internacionales de hacía apenas unas semanas. Damas y caballeros, elevó la voz mientras debatimos aquí en nuestros cómodos sillones y Colombia es importante o no. Hace unos días, grandes fondos de inversión globales y gigantes tecnológicos anunciaron la inyección de miles de millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial y tecnología verde directamente en Colombia.
se volvió bruscamente hacia el profesor Miller, que la miraba con el seño fruncido. Profesor Miller, usted presume con orgullo de la economía más poderosa del mundo. Yo solo le pregunto si un lugar no es importante y es solo un caos pintoresco, porque el Banco Mundial, el BID y los principales analistas de Wall Street, a los que usted tanto venera, consideran a Colombia como el ancla de estabilidad macroeconómica más vital y confiable de la región andina durante las últimas tres décadas.
El rostro del profesor Miller se tensó de inmediato. Su postura relajada desapareció. Ustedes se ríen del caos en Colombia. La profesora Avance hizo clic en su presentador. Apareció un gráfico comparativo de crecimiento económico e inflación en América Latina desde 1990 hasta 2025. Este lugar del que se burlan, este lugar que sobrevivió a una guerra interna brutal que habría desintegrado a cualquier otra nación en la Tierra.
Es el único país de su región que jamás ha entrado en default su deuda externa en el último siglo. Mientras sus vecinos colapsaban en hiperinflaciones o crisis políticas terminales, Colombia llevó a cabo una de las transformaciones institucionales y económicas más asombrosas y disciplinadas de la historia moderna”, señaló el gráfico con firmeza.
Han construido una matriz energética que es envidia del mundo desarrollado, siendo pioneros en transición energética. Se han convertido en un modelo de responsabilidad fiscal. Damas y caballeros, sobrevivir al infierno y salir de él construyendo una economía que el capital global confía ciegamente. Eso no es ser un alumno aplicado, eso se llama civilización avanzada, se llama madurez institucional y resiliencia a prueba de balas.
Un murmullo de asombro comenzó a surgir entre la audiencia. La risa burlona de hacía 10 minutos se había convertido en un susurro de genuina sorpresa. El rostro de la profesora Oliveira palideció visiblemente. Inclinó la cabeza revisando rápidamente unos datos en su tableta. Todo el auditorio estaba hipnotizado.
La profesora no había terminado. Se giró nuevamente hacia el profesor Miller. Profesor Miller, usted presume de un poder duro aplastante. Silicon Valley, Wall Street, los Roberts en Marte, el poderío militar. Ahora hablemos de verdadera inteligencia evolutiva. Camino hacia el centro del escenario. Colombia vive y opera en una de las geografías más hostiles y hermosas del planeta, lidiando con problemas heredados inmensos.
¿Tienen el presupuesto del Pentágono, no se rinden ante la adversidad? Nunca. han desarrollado lo que los expertos en urbanismo y tecnología llaman hoy innovación frugal y transformación social de alto impacto. Cambió la diapositiva. Apareció una vista panorámica espectacular de Medellín al atardecer, mostrando el sistema de metrocable, conectando las comunas en las montañas con los modernos edificios del centro y los inmensos complejos de innovación tecnológica.
Usted habla de Silicon Valley. ¿Sabe qué es esto? Está es Medellín, una ciudad que hace 30 años ustedes solo asociaban con la muerte. Hoy está designada como el centro para la cuarta revolución industrial en América Latina por el mismísimo foro económico mundial. Esto no es un proyecto de papel, es una realidad aplastante.
En este exacto momento, el desarrollo de software, la programación blockchain, la tecnología financiera, vintage y la logística avanzada de toda la región se están gestando aquí en los valles de Antioquia y en las sábanas de Bogotá. La doctora Avanzó la voz impregnándola de un respeto profundo. Colombia no llora por sus limitaciones.
Confían ciegamente en el talento de su gente. Han diversificado su matriz productiva y han transformado sus ciudades en laboratorios vivos de innovación urbana que alcaldes de Europa y Estados Unidos viajan a estudiar. Damas y caballeros, miro directamente a los ojos de los decanos en la primera fila.
¿Ustedes piensan que el poder es mandar un robot a Marte? Poder real es tomar la ciudad más violenta del mundo y con pura inteligencia colectiva, diseño urbano y voluntad humana, convertirla en la capital de la innovación de un continente entero. A eso se le llama proteger y elevar la civilización con genialidad. Yo, en la parte de atrás de la sala temblaba por completo.
Las lágrimas amenazaban con nublar mi visión. Este no era el estigma de la Colombia que había cargado como una cruz durante los últimos 35 años en la academia estadounidense. Este era el relato de una Colombia poderosa, inteligente y dueña de su destino, una realidad que el mundo se negaba a ver.
La voz de la profesora Avance de repente bajó de tono, volviéndose intensamente seria y confidencial. Pero todo esto dijo suavemente la increíble victoria de la estabilidad macroeconómica, el milagro del diseño urbano, todavía no es la contribución más grande y asombrosa de Colombia al mundo moderno. Profesor Miller, profesora Oliveira, los miró directamente a ambos fijando sus ojos como dagas.
Ambos mencionaron la tecnología y la influencia. Uno habló de innovación de software, el otro el esplendor cultural y los servicios. Y ambos, condescendientemente insinuaron que Colombia es solo un proveedor de servicios básicos, un centro de llamadas glorificado donde la gente responde teléfonos para sus grandes empresas.
La profesora Bance sonrió. No era una sonrisa de alegría. sino una de superioridad intelectual implacable, casi con un toque de lástima por la ignorancia de sus colegas. Un simple proveedor de subcontratación. Profesora Oliveira, no podría estar más trágicamente equivocada. Van se levantó la barbilla. Colombia dejó de ser un simple proveedor de mano de obra barata hace más de 15 años.
hicieron algo que el resto del continente no entendió a tiempo. Entendieron el valor del cerebro humano y la creatividad. Ellos crearon y están liderando una categoría global completamente nueva. La pantalla proyectó imágenes dinámicas de modernas oficinas de cristal en Bogotá y Cali, repletas de jóvenes ingenieros de sistemas, desarrolladores de software, arquitectos de datos y creativos digitales.
Al lado de estas imágenes, los logotipos de las corporaciones globales más grandes e influyentes del planeta. Hace 20 años, mientras otros países se conformaban con ensamblar piezas o exportar soya, Colombia decidió apostarlo todo su talento humano. Tomaron el ingenio, la elocuencia y la capacidad resolutiva de los colombianos como su principal arma geopolítica.
Comenzó con el BPO básico, sí, los call centers de los que ustedes se burlan, pero fue un caballo de Troya. La voz de la doctora Van resonó con una claridad abrumadora. Ahora miren la pantalla. Noviembre de 2025, justo esta semana. Damas y caballeros, mientras ustedes se ríen aquí, los SEO Globales de las empresas de tecnología, inteligencia artificial, banca internacional y diseño arquitectónico están haciendo fila en el aeropuerto El Dorado de Bogotá para establecer sus hubs de innovación y tecnología.
No van a Colombia para subcontratar servicio al cliente básico. La doctora Bance golpeó el podio con el dedo índice, marcando cada palabra. Van allí para confiarles sus procesos de conocimiento más críticos, el desarrollo de sus aplicaciones núcleo, la ciberseguridad de sus bancos, el análisis de big data, el diseño creativo y la ingeniería de software.
La industria de servicios en Colombia ha evolucionado brutalmente hacia el KPO, nal process y el diseño tecnológico profundo. Tus jóvenes que se gradúan con niveles de excelencia están creando el código que hoy hace funcionar los sistemas de Wall Street y Silicon Valley. Las corporaciones globales temen quedarse por fuera y están pagando fortunas para retener a los mejores talentos colombianos.
Un talento brillante, bilingüe, adaptable y con una ética de trabajo que devora el mundo. Se volvió bruscamente hacia la representante brasileña. Profesora Oliveira, dígame, cuando los bancos más grandes del mundo y las gigantes tecnológicas confían el corazón de sus algoritmos y sus datos más sensibles al cerebro de los ingenieros en Bogotá y Medellín, eso todavía se llama subcontratación básica.
El rostro de la profesora Oliveira estaba pálido, casi gris. Trató abrir la boca, apretó los labios pintados de rojo, pero no pudo pronunciar una sola palabra. El micrófono frente a ella parecía quemarla. No, respondió la profesora por ella. Implacable. Eso no se llama subcontratación, a eso se le llama convertirse silenciosamente en el sistema nervioso central y el motor intelectual de la economía digital de las Américas.
El silencio en el auditorio era absoluto. Nadie tosía, nadie se movía. Y hablando de su continente, continuó Anse sin darle tregua a Oliveira. Usted mencionó el esplendor cultural del que Brasil se enorgullece. dijo que Colombia es un alumno, pero mucho antes de que se acuñara el término economía naranja, Colombia ya dominaba el continente con su poder blando.
Imágenes vibrantes inundaron la pantalla gigante. La rica artesanía guayú, el oro precolombino del Museo del Oro, el Carnaval de Barranquilla con su explosión de colores, los estudios de grabación de clase mundial en Medellín. La influencia vasalladora de la literatura de García Márquez y el boom de la música urbana y folclórica colombiana que hoy encabeza cada lista de reproducción global en el planeta.
¿Ustedes creen que su música y su cultura son populares? desafíó ANCE. Hoy en día la música pop, urbana y folklórica que consume el mundo entero tiene un ADN innegablemente colombiano. Sus artistas, sus productores, sus directores de cine y sus creadores de contenido no están imitando tendencias. Ellos dictan el ritmo del planeta.
Esto no es entretenimiento barato, es una maquinaria cultural sofisticada que combina la herencia indígena, africana y europea en una explosión de creatividad que el mundo simplemente no puede resistir. La académica estadounidense hizo una pausa, dejando que la fuerza de las imágenes escalara en la audiencia.
Mientras otros países imponen restricciones o se cierran en sí mismos, Colombia se ha convertido en la sociedad más vibrante y audaz de las Américas para la industria creativa. Son el puente indiscutible entre las civilizaciones. Su capacidad de convertir el dolor de su pasado en arte, en música, en literatura y en diseño, es el activo cultural más poderoso del hemisferio.
El realismo mágico no es solo un género literario, es la forma en que el colombiano moldea la realidad y vence la adversidad. La profesora Oliveira, la orgullosa exponente del esplendor, inclinó la cabeza derrotada por la magnitud de los hechos. Luego la profesora B se fijó su mirada en el profesor Miller. Profesor Miller, usted se enorgullece de la cultura y los ideales de Estados Unidos.
Pero, ¿quién es el verdadero maestro de la resiliencia humana en el siglo XXI? El rostro de Miller enlojeció visiblemente incómodo. Quiso acercarse al micrófono, quizás para objetar, pero las palabras se le atragantaron. Yo estaba sentado en la oscuridad de la última fila. La sangre me hervía de una emoción que nunca antes había sentido.
Una sacudida eléctrica me recorría de pies a cabeza. Mi respiración era entrecortada. Nunca lo había analizado de esta manera. La tenacidad de mi gente, de la que a veces nos quejábamos era el cimiento del nuevo centro del comercio y la tecnología global. Esa cultura mixta, a veces vista con prejuicio, era el puente magnético que atraía al mundo entero.
La profesora Van se tomó aire. Su voz se hizo más profunda, más solemne, casi irreverencial. Damas y caballeros, un lugar que está impulsando los sistemas digitales de la economía global mientras mantiene un alma cultural que hace bailar al mundo. Un lugar que logra una estabilidad económica inquebrantable en una región volátil.
Un lugar que muestra una capacidad de transformación urbana, que parece magia y demuestra una resiliencia insustituible. ¿Cómo ha sucedido todo esto de la noche a la mañana? La respuesta apareció en la pantalla. Una fotografía increíblemente conmovedora. Un padre campesino en el campo de Boyacá, con las manos curtidas por el trabajo duro, abrazando a su hija el día de su graduación universitaria con honores, ambos llorando de felicidad.
Al lado las estadísticas del asombroso aumento en las tasas de graduados en ingeniería y ciencias en el país. La respuesta es simple, dijo Bance con la voz ligeramente quebrada por la emoción. Por su gente, por la familia, los padres colombianos están dispuestos a sacrificar hasta la última gota de sudor por la educación de sus hijos.
Tienen una fe sagrada y absoluta en el progreso y en salir adelante. Esa fe le ha dado a Colombia la generación de jóvenes profesionales, intelectuales, creativos y trabajadores más brillantes y hambrientos de triunfo que existen hoy. Están dirigiendo industrias enteras. La doctora Avance se alejó del podio, acercándose al borde del escenario para mirarnos directamente a todos.
Tienen algo que el mundo entero está buscando desesperadamente, pero que el dinero no puede comprar, ni la fuerza militar puede imponer. Hizo una pausa magistral. Tienen empuje, tienen una confiabilidad forjada en el fuego. ¿Por qué las empresas más grandes confían sus datos y su futuro a Colombia? ¿Por qué el mundo admira sus ciudades? ¿Por qué la música del mundo suena Colombia? Porque en un mundo plagado de incertidumbre, de crisis institucionales y de agotamiento social, el colombiano nunca se rinde. Ellos ven una montaña
imposible y construyen un metrocable por encima de ella. Ven un problema de software y lo resuelven con creatividad. No solo responden a las órdenes de otros países. Ellos construyen relaciones humanas cálidas, honestas y reales. Este es el espíritu de Colombia. A esto ellos lo llaman la berraquera. Pronunció la palabra en español con un respeto solemne.
La berraquera. El empuje indomable. La profesora Van se miró a la multitud. Extendiendo los brazos. Entonces, cuando me preguntan burlonamente, ¿qué más tiene Colombia además de café y narcos? Les respondo, tienen la resiliencia legendaria para reconstruir el paraíso desde las cenizas de la violencia. Tienen el coraje inmenso para sostener la estabilidad económica contra el caos regional.
Tienen la brillantez para convertirse en la mente de software de las Américas. tienen el alma creativa que este hemisferio admira y sobre todo tienen la fuerza espiritual que a nosotros, las supuestas grandes potencias nos está empezando a faltar. La profesora Van se dio un paso atrás. Damas y caballeros, Colombia no es una nota al pie en la historia de las Américas.
Colombia es la respuesta inspiradora que este mundo caótico necesita desesperadamente. La pantalla se fue a negro. La presentación había terminado. La doctora sacó su memoria USB, se dio la vuelta y comenzó a bajar del escenario. Durante 10 segundos eternos, el inmenso auditorio de la Universidad de Harvard quedó sumido en un silencio total, paralizante y sobrecogedor.
No se escuchaba el vuelo de una mosca. Era el silencio de un paradigma aplastado y destruido. Luego, lentamente arrastrando su silla, la profesora brasileña se puso de pie. La doctora Oliveira, con las manos apoyadas en la mesa y temblando ligeramente, tomó su micrófono. Profesor, avance. Su voz era ronca, carente de toda la soberbia anterior.
Gracias. Me siento profundamente avergonzada de mi ignorancia y de mi arrogancia frente a mis colegas del continente. Durante años pensé que éramos los únicos maestros en Sudamérica, pero ahora veo con absoluta claridad que Colombia ha forjado un camino de transformación y resiliencia mucho más difícil y por ende infinitamente más admirable que el nuestro.
Admito mi gran error de juicio ante esta sala. Se giró hacia el escenario vacío y se inclinó en una muestra de respeto absoluto hacia la verdad revelada. A continuación, el representante estadounidense, el profesor Jonathan Miller, tragó grueso, se puso de pie, su rostro estaba enrojecido. Su expresión era una mezcla de derrota intelectual y asombro genuino.
Yo yo también debo retractarme públicamente”, dijo Miller con la voz desprovista de su antigua autoridad de Stanford. “He subestimado gravemente el motor humano y tecnológico de Colombia. Lograr esa estabilidad macroeconómica combinada con una reinvención urbana e industrial de ese calibre mientras se sana una nación.
Es un milagro sociológico y económico sin precedentes. No están en nuestra liga. Están jugando un juego de resiliencia superior. Inclinó la cabeza con torpeza y respeto. Justo en ese momento, el joven estudiante de negocios indio, que había encendido la chispa con su pregunta sarcástica se levantó de un salto.
Profesor, avance. Lo siento inmensamente. He sido un ignorante. Antes de que pudiera terminar su disculpa, un fuerte sonido resonó desde la parte trasera del auditorio. Un aplauso solitario, luego un segundo, un tercero. Una persona en la quinta fila se puso de pie. Luego dos más. Luego 10. En cuestión de 3 segundos, los 500 académicos, economistas, líderes mundiales y estudiantes de la IBLage se pusieron de pie al unísono como impulsados por un resorte.
El aplauso estalló. Fue como un trueno, una tormenta ensordecedora que engulló las maderas centenarias del auditorio de Harvard. No era un aplauso cortés de academia, era una ovación cerrada. ferviente, nacida desde lo más profundo del corazón. Una mezcla palpable de disculpa histórica, profunda admiración y el más alto e innegable respeto hacia una nación entera.
Yo también me puse de pie lentamente. Mis rodillas temblaban, pero esta vez era diferente. Por primera vez en 35 años viviendo en la frialdad de este país, no me puse de pie como un doctor graduado en Harvard. No me paré como el investigador prestigioso del Meh, que trataba de mimetizarse y esconder su acento. Por primera vez en mi vida me puse de pie con el pecho inflado, con una dignidad inconmensurable, con la cabeza en alto, mirándolos a todos a los ojos como un colombiano orgulloso.
Las lágrimas rompieron las compuertas y cayeron libremente por mi rostro empapando mi corbata. Pero estas no eran las lágrimas amargas y silenciosas de vergüenza que derramé en el baño minutos antes, ni las que derramé en la oficina de mi profesor hacía tres décadas. Eran lágrimas ardientes de pura gratitud, lágrimas de redención, lágrimas de un hombre que finalmente, después de media vida, veía su amada patria recibir la corona de respeto que siempre, siempre había merecido.
Mi colega alemán, un eminente investigador que estaba a mi lado, se giró hacia mí con los ojos muy abiertos y me dio una firme palmada en el hombro. Felicidades, profesor Restrepo. Me dijo alzando la voz por encima de la oación. Su país, su país es verdaderamente extraordinario. No pude articular palabra, solo asentí repetidamente con una sonrisa inmensa quebrándome el rostro.
Finalmente sentí que los colombianos ya no éramos invisibles ni objetos de burla, éramos gigantes. Después de aquel foro histórico, sucedió algo que desafió toda lógica. Alguien en la sala había grabado furtivamente con su teléfono la letal presentación de 12 minutos de la profesora Bance. Esa misma noche el video fue subido a YouTube bajo el título El verdadero poder de Colombia, revelado en Harvard, el gigante silencioso.
El primer día tuvo 100 vistas. Después de apenas una semana, el contador superaba los 40 millones de reproducciones globales. El algoritmo había estallado. Los comentarios desde todos los rincones del planeta caían como una avalancha de asombro. Dios mío, este es el verdadero rostro de Colombia. Porque nuestros noticieros solo nos muestran estereotipos de los 90.
Las corporaciones haciendo fila por los ingenieros colombianos. Qué locura absoluta. Esa innovación urbana de Medellín es digna del siglo XX. Se me puso la piel de gallina. Hermano, he llorado viendo este nivel de resiliencia. Qué gran pueblo. Los principales medios de comunicación del mundo no pudieron ignorar la ola y comenzaron a publicar columnas y reportajes en primera plana.
CNN tituló El corazón tecnológico de los Andes, redescubriendo a la verdadera Colombia. La BBC de Londres lanzó un documental express llamado La revolución silenciosa y naranja, como Colombia cambió el paradigma creativo global. El periódico Lemonde de Francia dedicó su editorial principal, Más que un milagro económico, Colombia, una civilización de resiliencia urbana e intelecto.
La onda expansiva fue tan brutal que el presidente de la Universidad de Harvard se vio obligado a emitir un comunicado oficial sin precedentes esa misma semana. Es dolorosamente evidente que el norte global ha vivido con viejos y ciegos prejuicios. Harvard se compromete a ampliar de inmediato y sustancialmente sus fondos y estudios sobre el modelo de desarrollo colombiano.
Apenas un mes después de ese comunicado, la universidad anunció formalmente la creación del Centro de Estudios Estratégicos y de Innovación Colombiana de Harvard, Harvard Center for Kelambien y Nevasin Studies. Su primera directora ejecutiva por aclamación unánime fue la doctora Leanor Bance. Y no fue solo Harvard, el Me Stanford, Columbia y todas las principales instituciones académicas de Estados Unidos se apresuraron a abrir o ampliar cátedras completas sobre los estudios del modelo Colombia.
Europa replicó el fenómeno. Oxford, Cambridge, la Sorbona en París incluyeron el urbanismo social colombiano y la economía creativa en sus planes de estudio principales. Pero quizás la reacción más sorprendente y poética vino de nuestra propia América Latina. La Universidad de Sao Paulo en Brasil elevó su departamento de estudios andinos a una facultad independiente centrada en el crecimiento de Colombia.
Incluso la histórica Universidad de Buenos Aires estableció un nuevo y masivo centro de investigación declarando que estudiarían objetiva y exhaustivamente el exitoso modelo de transición energética, resiliencia fiscal y desarrollo tecnológico de la hermana República de Colombia. Seis meses después, en pleno otoño, se celebró una exposición especial de enorme magnitud en la emblemática Harvard Square.
El tema oficial en grandes letras doradas, Colombia, la nación que forjó su destino y cambió la visión del mundo. Los pabellones mostraban de forma interactiva información sobre el escudo de la confianza macroeconómica, el diseño de la transformación de Medellín, la explosión del talento tecnológico en Bogotá y el inigualable poder de su diplomacia cultural.
El día de la gran inauguración, miles de personas de todo el estado de Massachusetts acudieron en Masa. Yo, Mateo Restrepo, fui invitado como orador de honor a la ceremonia de Cortés de Cinta. Ese día, por primera vez en mi vida profesional, tomé la nueva caja de mis tarjetas de presentación de la Universidad de Boston y leí con el pecho, a punto de estallar la palabra que había pedido grabar debajo de mi nombre, orgullosamente colombiano.
Al año siguiente se llevó a cabo una asamblea general y una conferencia educativa especial en la imponente sede de las Naciones Unidas en Nueva York. El tema central fue el modelo de resiliencia colombiana, un nuevo paradigma para el desarrollo global en el siglo XXI. Asistieron representantes diplomáticos de los 193 países miembros.
La oradora principal en el majestuoso salón fue, como no, la doctora Leanor Bance. Colombia ha demostrado empíricamente, dijo frente al mundo entero, que incluso enfrentando las cicatrices más profundas, con una geografía indomable y siempre bajo una inmensa presión, una nación entera puede levantarse y convertirse no solo en un país viable, sino en un modelo a seguir, en un líder indiscutible de innovación y humanidad para el mundo desarrollado.
Después de su ovasionado discurso, el secretario general de las Naciones Unidas tomó el mazo y concluyó, a partir de hoy incluiremos formalmente el modelo colombiano de resiliencia institucional y urbana como un caso de estudio obligatorio y estándar para todas las naciones en vías de desarrollo. Un año después de aquel fatídico y glorioso foro original, en el marco del primer aniversario de la fundación del Centro de Estudios Colombianos de Harvard, me encontré de nuevo a solas con la doctora Bance. Nos sentamos
tranquilamente en un viejo banco de madera orillas del frío Río Charles. El sol poniente pintaba el cielo de naranja y se reflejaba dorando la superficie del agua. Doctor, avance”, le dije finalmente, haciendo la pregunta que me había guardado en el corazón durante todo este tiempo. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué dedicar 25 años enfrentándose a la corriente académica para estudiar a Colombia? ¿Fue realmente por la promesa a su abuelo? Ella sonrió caliamente con las arrugas de sus ojos marcándose con ternura y negó suavemente con la cabeza.
Al principio, cuando era estudiante, sí, fue por él, pero luego luego fue por mí misma. miró hacia las tranquilas aguas del río, observando a un grupo de remeros pasar, y dijo en voz baja y pausada, “Mi abuelo me advirtió. Siempre decía, los colombianos son de otra manera, Eleanor. Tienen una fuerza interior que asusta, una fuerza alegre, pero indestructible.
Llegará un día, te lo prometo, en que el mundo entero tendrá que detenerse, guardar silencio y mirar hacia allá con absoluto asombro. se volvió hacia mí y sus ojos brillaron con una claridad abrumadora. Y tenía toda la razón, Mateo. Colombia ha completado la revolución silenciosa más bella de nuestra era.
Ustedes no fueron por ahí gritando. No declararon guerras, no amenazaron a nadie. Simplemente echaron pa. Perseveraron en silencio frente a la adversidad más oscura, educaron a sus hijos, transformaron sus ciudades y luego usaron la contundencia innegable de sus acciones para demostrarle al mundo quiénes son realmente. Asentí lentamente sintiendo un nudo en la garganta.
Así somos. A veces ni nosotros mismos nos damos cuenta. Fuerza inquebrantable. revestía de alegría. Profesor Restrepo me dijo apoyando una mano amable en mi brazo. ¿Sabe cuál es el arma más letal? El verdadero superpoder de Colombia. Es su capacidad de levantarse, su resiliencia. El mundo los golpeó, la historia los golpeó y ustedes simplemente se sacudieron el polvo.
Sonrieron y construyeron algo mejor. Ese tejido de unión en la adversidad. Ese es el verdadero poder. Ese es el espíritu de la solidaridad. Respiré hondo, llenando mis pulmones del aire frío de Boston, pero sintiendo el calor de mi tierra natal en el pecho. La pesada y asfixiante confusión de 35 años buscando validación extranjera finalmente se disipó para siempre.
Porque a veces a los colombianos nos falta confianza frente al espejo internacional. Porque dudamos en inflaro por nuestros colosales logros. Quizás porque el ritmo de nuestra supervivencia nos hace movernos tan rápido, resolviendo un día tras otro, que olvidamos tomarnos un bendito segundo para detenernos, mirar hacia atrás desde la cima de la montaña y contemplar cuán absurdamente lejos hemos llegado.
Pero ahora el mundo lo sabe. Y más importante aún, nosotros lo sabemos. Usamos nuestra profunda inteligencia humana para convertirnos en el motor digital y creativo que conecta al hemisferio. Usamos la innovación de nuestros jóvenes y nuestras ciudades para demostrar que el diseño social puede vencer al miedo.
Usamos nuestra inquebrantable estabilidad macroeconómica para ganarnos el respeto absoluto de los mercados e instituciones globales. Mantenemos vivas una cultura y una alegría tan magnéticas, cálidas y creativas que dictan el pulso del planeta entero. Usamos al fin y al cao, nuestra verdad y por todas al mundo entero que una nación que alguna vez fue estigmatizada, marginada y reducida a estereotipos baratos, puede levantarse de las sombras y convertirse por mérito propio en un gigante indiscutible de honor, innovación, talento y confianza global.
Este es el espíritu colombiano, silencioso cuando trabaja, pero ensordecedor en sus resultados. alegre, pero de una determinación de acero, humilde ante la inmensidad del mundo, pero infinitamente poderoso cuando decide cambiarlo. Este es nuestro camino labrado a pulso. Somos los hijos e hijas de esta tierra mágica y resiliente.
Somos ciudadanos de esta gran, inmensa nación y jamás debemos permitir que nadie bajo ninguna bandera o título universitario extranjero nos diga lo contrario. No necesitamos pedirle permiso a nadie ni suplicar por validación en ningún foro del mundo. Continuaremos usando nuestra brillantez. nuestra cultura inagotable, nuestra fe inquebrantable y nuestra legendaria berraquera para sacudir silenciosa, pero inevitablemente cada rincón de este planeta Tá.