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“Por casarte con un colombiano pobre” Familia islandesa queda en shock al visitar Colombia

Por casarte con un colombiano pobre” Familia islandesa queda en shock al visitar Colombia

¿Te vas a casar con un colombiano para irte a vivir a un país pobre y lleno de problemas? Esa fue la frase exacta, cargada de veneno, prejuicio y miedo, que atravesó el pecho de una mujer nacida en la gélida y perfecta Islandia. La hermana mayor de Emily había tomado una decisión que para su familia era poco menos que un suicidio social y económico.

Había elegido dejar atrás la seguridad del primer mundo para irse a vivir con su prometido un pequeño pueblo escondido entre las montañas de Colombia. Si te pones en los zapatos de esta familia islandesa, tal vez puedas entender su terror. En los noticieros que veían del otro lado del mundo, Colombia era un país del que solo se hablaban tragedias, violencia, inestabilidad económica, calles peligrosas, falta de oportunidades y un desarrollo estancado.

¿Qué clase de futuro le esperaba allí? Qué felicidad podía encontrar una mujer europea en un lugar donde supuestamente la gente apenas sobrevivía el día a día. Colombia no es el país que ustedes creen que es, fue la única respuesta de su hermana con una sonrisa serena que a Emily le pareció una total locura.

Decidía destapar la verdad, a rescatar a su hermana de lo que consideraba un error garrafal y a demostrarle que el amor no ha de comer. Emilia armó sus maletas y voló hacia Sudamérica. Pero lo que la estaba esperando al bajar de ese avión y las lecciones que estaba a punto de recibir de la gente más humilde destrozarían por completo su visión del mundo.

Si ves y escuchas esta historia hasta el final, te aseguro que tu propia definición de lo que significa ser rico y exitoso va a cambiar para siempre. Todo comenzó en Reikiavik, la capital de Islandia, un país diminuto de apenas 370,000 habitantes, donde el frío cala los huesos durante casi todo el año, pero donde el sistema económico es un reloj suizo.

En ese entorno, Emily, una joven contadora de 26 años, vivía inmersa en hojas de cálculo, balances financieros y la idea de que la seguridad de una cuenta bancaria era el único pilar de una vida decente. En su casa de madera y perfectamente calefaccionada, la familia se reunía alrededor de la chimenea para resguardarse de la nieve.

 Una noche de invierno, el aroma café recién filtrado llenaba la sala. Anna, la hermana mayor de Emily, quien llevaba años viajando por el mundo como fotógrafa independiente, había vuelto a casa por unos días. Emily sostenía su taza con ambas manos, mirando el rostro de su hermana iluminado por el fuego. Anna siempre había sido un espíritu libre, pero esa noche su mirada tenía una profundidad diferente, una especie de calma que Emily no lograba descifrar.

“Tengo que decirles algo importante”, pronunció Ana. Su voz fue suave, pero tuvo el peso de un ancla cayendo en medio de la sala. Su madre, Margret dejó de tejer. Su padre, Olafur, bajó el periódico. El corazón de Emily empezó a latir con fuerza, presintiendo el impacto. Me voy a casar con un colombiano y nos vamos a ir a vivir a su país, a un pueblo en las montañas de Antioquia.

La frase cortó el aire como una cuchilla de hielo. El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que casi se podía tocar. Las manos de su madre empezaron a temblar levemente, haciendo que la taza de te que sostenía tintineara contra el plato. En el seño de su padre se dibujó una arruga profunda y oscura.

 Emily trago saliva, Colombia. El nombre de ese país detonó en la mente de Emily una avalancha de imágenes de noticieros internacionales. Tráfico, caos urbano, pobreza extrema, casas a medio terminar, selvas peligrosas, una economía donde el dinero pierde valor cada día y donde la gente supuestamente huye en busca de un futuro mejor.

 Si fuera a Bogotá o a una ciudad grande para trabajar en una multinacional, tal vez podría entenderlo”, dijo su madre con la voz quebrada. en un tono que era mitad reclamo y mitad súplica. Pero un pueblo en las montañas, estás perdiendo la razón. ¿Cómo vas a ser feliz en un lugar así? Su padre, con el tono grave y autoritario que usaban las discusiones financieras intervino.

Ana, he leído sobre la economía sudamericana. La inflación los ahoga. Los jóvenes no consiguen buenos empleos. La infraestructura es deficiente. No hay futuro en un lugar donde la economía no es sólida. Estás tirando tu vida a la basura. Emily, en su interior pensaba exactamente lo mismo. Su hermana había recorrido Europa hacia Norteamérica porque de todos los lugares del planeta elegir un país que, según las estadísticas que Emily manejaba en su oficina estaba en perpetua crisis.

Y peor aún, porque un pueblo rural. Ana, sin embargo, no perdió la calma, no se alteró ni levantó la voz. Miró a sus padres, luego a Emily con una sonrisa que desbordaba una paz incomprensible. Colombia no es lo que muestran las noticias, no es lo que ustedes creen. Si fueran, lo entenderían. Esa respuesta tan corta se le clavó a Emily en la mente como una espina.

 ¿Era verdad o era simplemente la negación desesperada de una mujer cegada por el enamoramiento? Esa noche Emily no pudo dormir. Daba vueltas en su cama, mirando el techo de su habitación. La idea de que su hermana estuviera a punto de condenarse a una vida de carencias la atormentaba. Si Anna estaba a punto de arruinar su futuro, alguien tenía que hacerla entrar en razón.

A la mañana siguiente, en la mesa del desayuno, Emily habló con una firmeza que sorprendió hasta a sus propios padres. Yo voy a ir. Voy a volar a Colombia. Quiero ver con mis propios ojos cómo es la vida allá. Y si veo que Ana está viviendo en la miseria o cometiendo un error, les juro que la voy a convencer de volver a Islandia.

Su madre suspiró aliviada, como si Emily fuera una enviada al rescate. Su padre asintió gravemente. Ana, al escucharla, solo sonrió de nuevo. Una sonrisa extraña, llena de una seguridad que a Emily le resultaba irritante. Semanas después, Emily estaba sentada en un avión cruzando el océano Atlántico hacia Sudamérica.

Mientras miraba por la ventanilla el inmenso mar de nubes, repetía en su cabeza su plan. Estaba convencida de que encontraría un país caótico, una infraestructura en ruinas y a su hermana tratando de fingir que todo estaba bien en una casa precaria. Tenía los argumentos económicos preparados para desmontar cualquier excusa.

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