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Lo que EL PRESIDENTE le hizo a JOAN SEBASTIAN: Su OSCURA RELACIÓN y Sus CONSECUENCIAS

Se dice que entre Carlos Salinas de Gortari y Joan Sebastián existió un pacto, no un pacto de amistad, no uno de admiración artística, un pacto de conveniencia, de poder, de dinero sucio y de silencios comprados. Un pacto que supuestamente benefició a los dos hasta que dejó de hacerlo. Y lo que pasó cuando ese pacto se rompió.

Nadie que lo vivió lo ha contado completo, pero hoy algo de eso va a salir. Carlos Salinas de Gortari. Para muchos mexicanos ese nombre no necesita presentación. Nació el 3 de abril de 1948 en la Ciudad de México, en el seno de una de las familias más influyentes del sistema político mexicano. Su padre, Raúl Salinas Lozano, fue secretario de Industria y Comercio durante el gobierno de Adolfo López Mateos.

Desde niño, Carlos creció entendiendo que el poder en México no se heredaba solo con apellidos, se construía con alianzas, con favores. Y cuando hacía falta, con miedo, estudió economía en la UNAM y luego hizo posgrados en Harvard. entró al gobierno joven, fue subiendo posiciones con una disciplina que sus aliados admiraban y sus enemigos temían.

En 1988 llegó a la presidencia de México en unas elecciones que hasta la fecha están marcadas por la sombra de Se cayó el sistema. Una frase que para millones de mexicanos no fue una falla técnica, sino el momento en que le robaron la voluntad del pueblo. Su sexenio de 198 y 8 a 1994 fue una contradicción ambulante.

Por un lado, modernizó al país, negoció el TLC con Estados Unidos y Canadá, privatizó empresas para estatales. Por otro, su gobierno estuvo salpicado de escándalos. El asesinato del cardenal Juan Jesús Posadasocampo, el levantamiento zapatista en Chiapas el primer día del año de 1994 y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI.

Y luego vino lo que en México se conoce simplemente como el error de diciembre, la devaluación del peso que hundió a millones de familias mexicanas en la miseria. Salinas salió del país, se fue a vivir al extranjero y el nombre de su hermano Raúl Salinas aparecería después ligado a cuentas millonarias en bancos suizos y a acusaciones de vínculos con el narcotráfico.

Ese es el hombre, ese es el contexto. Y ahora hay que hablar de lo que supuestamente nadie ha querido decir, su relación con Joan Sebastian. Hay que entender cómo se movía el poder en el México de los 80 y los 90. En esa época, los grandes cantantes del regional mexicano no eran solo artistas, eran iconos sociales.

Eran voces que llegaban a donde los políticos no podían llegar, a las cocinas, a los campos, a los ranchos, a los corazones de la gente más humilde. Y eso tenía un valor que los hombres de poder sabían reconocer perfectamente. Joan Sebastian para entonces era ya una figura que trascendía la música. No era solo el compositor de canciones hermosas.

Era el rey del jaripeo, el dueño de ranchos en varios estados, el hombre que llenaba estadios y que hacía llorar al pueblo con una sola estrofa. Su influencia en los estados de Guerrero, Morelos y Jalisco era casi tribal. La gente lo seguía. La gente lo creía y en la política mexicana de esa época eso era una herramienta.

Se habla de que el primer contacto serio entre Carlos Salinas de Gortari y Joan Sebastian no fue casual. supuestamente fue buscado, diseñado. Hubo personas en el entorno del entonces candidato presidencial que identificaron en Joan Sebastian algo que el PRI necesitaba desesperadamente en regiones donde su presencia se estaba debilitando. Credibilidad popular.

La cara de un hombre del pueblo, un hombre que había nacido en la sierra de Guerrero, que había cargado leches en burro, que conocía el hambre y el frío de las madrugadas de la montaña. Y Joan Sebastián supuestamente aceptó, no de manera pública, no con declaraciones ni con apariciones en plataformas políticas, sino de la manera en que se hacían las cosas en ese México, en silencio, de noche, con dinero en efectivo y con favores que nunca se firmaban en papel.

La primera versión de cómo empezó todo habla de una reunión en Morelos, un rancho privado lejos de las carreteras principales, en algún punto entre Cuernavaca y Sochitepec, se dice que llegaron vehículos sin placas, hombres con la actitud discreta de quienes saben que su sola presencia en un lugar puede cambiarlo todo.

Y en el centro de esa reunión, un cantante con sombrero y una copa en la mano, sentado frente a uno de los políticos más poderosos de México. Lo que se habló esa noche nadie lo ha confirmado oficialmente, pero lo que supuestamente salió de esa reunión fue un acuerdo que iría tomando forma con el tiempo.

Joan Sebastián pondría su imagen, su voz y su influencia al servicio de ciertos intereses, no en miting, no en discurso, sino de manera orgánica, presencia en regiones clave, jaripeos en municipios donde se necesitaba generar movimiento de gente, canciones que sin nombrarlo a nadie le llegaban al corazón al electorado rural.

A cambio la protección, esa palabra tan mexicana, tan cargada de significados, protección, que en ese contexto no quería decir solo seguridad personal, quería decir que ciertos negocios de Joan Sebastian en Guerrero y Morelos no serían revisados, que ciertas propiedades que habían crecido de manera llamativa no serían cuestionadas.

que su hermano Federico seguiría moviéndose con libertad. Hay que hablar del hermano Federico Figueroa, el hermano de Joan Sebastian, que en 2014 apareció mencionado en narcomantas en Guerrero, señalado como vinculado a Guerreros Unidos. El mismo hermano que fue acusado de tener relación con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotsinapa.

Un nombre que Joan Sebastian nunca pronunció en público con comodidad, que la familia siempre manejó con una prudencia que llamaba la atención. ¿Era Federico parte del acuerdo? ¿O fue Joan Sebastian quien al meterse en esa red de poder terminó arrastrando a su hermano? O quizás fue al revés. Fue Federico quien primero tuvo los contactos y quien le abrió la puerta a Joan Sebastian, a un mundo que el cantante no debería haber pisado jamás.

Eso es lo que supuestamente se rumora entre quienes conocieron de cerca la historia. Lo que sí parece claro es que a finales de los años 80 y principios de los 90, Joan Sebastian no era solo un cantante que vendía discos, era un hombre conexiones que iban mucho más allá de los estudios de grabación y los escenarios de jaripeo.

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