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El chef estrella Michelin sirve paella con ingredientes falsos a un crítico que resulta ser su padre

El chef estrella Michelin sirve paella con ingredientes falsos a un crítico que resulta ser su padre

Parte 1

A Alejandro Llorens le llamaban “el alquimista del arroz” en las revistas gastronómicas, que era una forma muy elegante de decir que cobraba treinta y ocho euros por una cucharada colocada en el centro de un plato del tamaño de una rueda de tractor. Tenía una estrella Michelin, una chaquetilla blanca con su nombre bordado en gris perla y una manera de mirar las cazuelas como si dentro se estuviera negociando el futuro de la humanidad.

Su restaurante, Arrels, estaba en una calle tranquila de Madrid donde los coches parecían pasar más despacio por miedo a que también les cobraran suplemento de pan. En la entrada había una placa discreta, una puerta de madera oscura y una recepcionista que sonreía con tal precisión que parecía haber ensayado frente a un espejo de lujo.

Dentro, todo era cálido, minimalista y carísimo. Paredes color tierra, mesas separadas lo suficiente para que nadie oyera cuánto estabas pagando por una emulsión, y una cocina vista donde Alejandro podía moverse como una estrella de teatro. Porque eso era ya la alta cocina: teatro con cuchillos buenos, platos calientes y gente diciendo “qué interesante” cuando no entendía lo que estaba comiendo.

Aquella tarde, sin embargo, Alejandro no se sentía como un artista. Se sentía como un chaval al que habían pillado copiando en un examen de Matemáticas.

—No me miréis así —dijo, ajustándose la chaquetilla.

En la cocina, seis personas lo miraban exactamente así.

Reme, su segunda de cocina, tenía los brazos cruzados y la ceja levantada. Era valenciana, de Sueca, y para ella la paella no era un plato: era un asunto de Estado. Cuando alguien decía “paella mixta”, Reme respiraba como si estuviera contando hasta diez para no llamar a un abogado.

—Alejandro —dijo ella—, te voy a hacer una pregunta muy sencilla.

—Reme, ahora no.

—Muy sencilla.

 

—No tenemos tiempo.

—¿Eso que hay en esa bandeja qué es?

Alejandro miró la bandeja como si acabara de aparecer allí por arte de magia. Encima había unas pequeñas piezas doradas, perfectamente brillantes, con forma de gambas. Demasiado perfectas. Tan perfectas que daban pena.

—Proteína marina reinterpretada.

Reme cerró los ojos.

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