Posted in

Un TAXISTA escondió a EL MENCHO sin saber quién era… y al volver encontró un sobre

 

Hay noches en que el destino no llega anunciado, no toca a la puerta, no manda aviso, no da tiempo de prepararse, simplemente aparece en la forma de un desconocido parado bajo la lluvia, con la mano levantada y los ojos cargados de algo que uno no sabe nombrar en el momento, pero que años después reconoce perfectamente.

Se llama peligro. Aurelio Reyes tenía 36 años la noche que cambió su vida. era taxista en Guadalajara, de esos que conocen cada calle, cada bache, cada atajo de la ciudad como si fueran las líneas de su propia mano. Llevaba 11 años manejando el mismo taxi, un suru blanco del 2004 con el cofre abollado del lado derecho, el espejo retrovisor pegado con cinta canela y un rosario de cuentas verdes colgado del tablero que su madre le había regalado el día que empezó a trabajar.

 Ese rosario había sobrevivido tres accidentes menores, dos asaltos y una inundación. Aurelio decía que era su único seguro de vida real. Vivía en la colonia Constitución, al oriente de Guadalajara, en una casa de dos recámaras que compartía con su esposa Miriam, de 33 años, y sus dos hijos, Diego de nueve y Sofía de 6.

 La casa era rentada, siempre lo había sido. Nunca habían tenido para el enganche de algo propio. Miriam trabajaba medio tiempo en una estética del barrio, lavando cabezas y barriendo pelo ajeno por 300 pesos el día. Entre los dos juntaban lo suficiente para la renta, la comida, la escuela de los niños y poco más. Los meses buenos sobraban 200 pesos, los malos faltaban 500.

 Aurelio salía a trabajar todos los días a las 5 de la mañana y regresaba pasadas las 11 de la noche. 18 horas adentro de ese suru, respirando el mismo aire, escuchando el mismo radio, viendo desfilar por su ventana la ciudad que nunca dormía. Conocía a sus clientes habituales por nombre. Conocía sus rutas, sus horarios, sus historias. Era de esos taxistas que escuchan más de lo que hablan, que guardan secretos sin que se los pidan, que entienden que lo que pasa adentro de un taxi se queda adentro del taxi.

 Era martes, 14 de febrero del 2012, día de San Valentín. Aurelio lo recordaría siempre con esa ironía cruel que tiene la vida, que el día del amor fue el día en que conoció al hombre más peligroso de México. Llovía desde las 6 de la tarde. Una lluvia densa, pesada, de esas que convierten las calles de Guadalajara en ríos y apagan los semáforos y hacen que los taxistas trabajen el doble porque nadie quiere mojarse.Un TAXISTA escondió a EL MENCHO sin saber quién era… y al volver encontró  un sobre

 Aurelio llevaba 16 horas al volante. Estaba cansado. Le dolía la espalda, le ardían los ojos, tenía hambre. había decidido hacer una vuelta más antes de regresar a casa. Fue en el cruce de federalismo con Juan Manuel, donde lo vio. Un hombre parado en la esquina bajo la lluvia, sin paraguas, sin chamarra, con la mano levantada apenas, como si no estuviera seguro de querer que lo vieran.

 Aurelio frenó casi por instinto. Había algo en la figura de ese hombre que no encajaba. No era un borracho, no era un joven de fiesta. Era un hombre de unos 50 años, complexión gruesa, ropa cara empapada que miraba hacia los lados con una urgencia contenida que Aurelio reconoció de inmediato. Era la mirada de alguien que huye. Bajó el vidrio.

 ¿A dónde va? El hombre se agachó para ver adentro del taxi. Tenía la cara ancha, bigote entre cano, ojos oscuros que evaluaban todo en décimas de segundo. Una cicatriz delgada le cruzaba la ceja izquierda. Necesito que me lleve lejos de aquí. Rápido. Aurelio dudó medio segundo. En 11 años de taxista había aprendido a leer a la gente.

 Había rechazado borrachos violentos. Había rechazado parejas peleando. Había rechazado una vez a un muchacho con los ojos desorbitados que olía a sangre. Pero este hombre tenía algo diferente. No era amenaza lo que emanaba de él. Era urgencia. Era desesperación controlada. Era el peso de alguien que carga demasiado y está a punto de caer. “Súbase.” dijo Aurelio.

El hombre abrió la puerta trasera y entró de un movimiento. Cerró la puerta con cuidado, no de golpe. Con cuidado, como si no quisiera hacer ruido. Se recostó ligeramente en el asiento, alejándose de la ventana. Aurelio arrancó sin preguntar a dónde. Instintivamente tomó una calle lateral saliendo del boulevar principal.

 “¿A dónde lo llevo?”, repitió Aurelio. El hombre tardó en responder. Estaba mirando por la luneta trasera, vigilando. Maneje, dijo finalmente. Le digo a dónde en un momento. Aurelio manejó. La lluvia golpeaba el techo del suru con fuerza. Los limpiaparabrisas chiflaban en cada pasada. La ciudad pasaba borrosa afuera, luces de neón reflejadas en el asfalto mojado.

 Nadie habló durante 5 minutos. Por el retrovisor, Aurelio observaba al hombre. Respiraba con dificultad, como si le doliera algo. Tenía la mano derecha presionando su costado izquierdo debajo de la camisa. Una postura que Aurelio había visto antes, una vez, cuando llevó a un muchacho al hospital de emergencias con una navajada.

 ¿Era la postura de alguien que está conteniendo una herida? ¿Está herido?, preguntó Aurelio sin rodeos. El hombre lo miró por el espejo. Sus ojos no mostraron sorpresa, solo calcularon. Sí, necesita un hospital. No, lo que necesito es un lugar donde esconderme esta noche, un lugar donde no me busquen.

 Aurello sintió que el corazón se le acomodaba diferente en el pecho. Esas palabras, esconderme, donde no me busquen, significaban una sola cosa en Guadalajara en el 2012. significaban que alguien lo estaba buscando. Y en esa ciudad, en ese año, los que buscaban gente de noche con esa urgencia no eran personas con las que uno quisiera tener problemas.

 Debería haberlo bajado en ese momento. Debería haber dicho que no podía ayudarlo, que lo sentía mucho, que se bajara en la siguiente esquina. Eso era lo inteligente, eso era lo seguro. Pero Aurelio Reyes nunca fue especialmente inteligente en ese sentido. Era bueno con el corazón y torpe con el miedo.

 “Conozco un lugar”, dijo. El lugar que Aurelio conocía era su propia casa. No fue una decisión pensada. Fue una de esas decisiones que el cuerpo toma antes de que la cabeza tenga tiempo de objetar, como cuando uno salta al agua para salvar a alguien sin saber si sabe nadar. Aurelio simplemente giró hacia el oriente de la ciudad y empezó a conducir hacia la colonia Constitución.

Read More