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El día que El Chapo y El Mencho se enfrentaron y lo que sucedió nadie lo sabe

 

Marzo de 2012. Un rancho abandonado en las montañas de Nayarit. Dos helicópteros aterrizan con 15 minutos de diferencia. Del primero baja Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, el hombre que controla el 70% del narcotráfico en México. Del segundo desciende Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder del cartel Jalisco Nueva Generación, el único hombre lo suficientemente poderoso como para desafiar al imperio de Sinaloa. Son enemigos mortales.

 Han librado una guerra sangrienta durante 3 años. Más de 2,000 muertos entre ambos bandos, ciudades enteras convertidas en campos de batalla. Y ahora están aquí a 50 m de distancia, sin ejércitos, sin armas visibles, solo ellos y el silencio de la montaña. Lo que va a pasar en las próximas 6 horas nadie lo sabe.

 Ni la DEA, ni el gobierno mexicano, ni siquiera sus propios lugarenientes, porque lo que se habló en ese rancho nunca salió de ahí. Hasta ahora, suscríbete porque esta historia está construida con testimonios filtrados, documentos clasificados y el relato de un hombre que estuvo presente y pagó con su vida por contarlo.

 Déjame saber en los comentarios si alguna vez has estado en una situación donde tuviste que negociar con tu peor enemigo. El rancho se llama la esperanza, aunque no hay nada esperanzador en él. Tres construcciones de adobe de ruidas, un establo sin techo, corrales vacíos invadidos por maleza.

 Lleva 8 años abandonado desde que su dueño, un ganadero llamado Esteban Mora, fue ejecutado por no pagar derecho de piso. Está ubicado en una zona montañosa de Nayarit, a 40 km del pueblo más cercano, rodeado de bosque de pino y caminos de terracería intransitables en temporada de lluvias. El lugar perfecto para una reunión que no debe existir. El Chapo llega primero.

Son las 2:47 de la tarde. Su helicóptero, Bell 407 negro aterriza levantando una nube de polvo rojo. Bajan cuatro hombres antes que él. Todos traen rifles AR15, chalecos tácticos, lentes oscuros. Revisan el perímetro en silencio con movimientos militares precisos. Uno de ellos habla por radio despejado. El Chapo desciende.Un mes sin El Mencho: los cabos sueltos tras la caída del gran capo del  narco | EL PAÍS México

 Tiene 55 años, pero se mueve como alguien de 40. Complexión baja, 1.68 m, pero su presencia llena el espacio. Trae jeans levis, camisa blanca de algodón, botas de avestruz café, un sombrero Stedson que cuesta más que un auto nuevo. Su rostro es el de las fotografías que circulan en los periódicos. Bigote grueso, ojos pequeños y calculadores.

Expresión neutra que no revela nada. Camina hacia la construcción principal. Una casa de adobe con techo de lámina oxidada. Adentro hay una mesa de madera vieja, cuatro sillas desparejas, un ventilador que no funciona nada más. Se sienta dándole la espalda a la pared. Posición táctica básica. Enciende un cigarro márboro.

 Fuma despacio mirando hacia la puerta. Sus hombres se posicionan afuera, dos en la entrada, dos vigilando los flancos. A las 3 o 2 de la tarde llega el segundo helicóptero. Es un Eurocopter AS sedonto 50 gris militar. Aterriza a 100 m del primero, estratégicamente lejos, sin dar la espalda. Bajan cinco hombres. Armamento similar, rifles de asalto, equipamiento táctico de alto nivel.

 Pero hay una diferencia, estos se mueven con agresividad contenida, como perros de pelea listos para atacar. El Mencho baja al último. Tiene 46 años, nueve menos que el Chapo. Mide 1.78 m. Complexión robusta, manos grandes como palas. Trae pantalones de mezclilla negros, camisa de vestir gris sin corbata, botas militares. No usa sombrero.

 Su cabello es corto, canoso en las cienes. Tiene cicatrices visibles en el rostro, una en la mejilla izquierda, otra en el cuello. Marcas de una vida violenta. Sus ojos son diferentes a los del Chapo. No son calculadores. Son feroces, directos, sin filtro. camina hacia la casa sin prisa, pero sin duda.

 Sus hombres lo siguen manteniendo distancia de los hombres del Chapo. Se miran entre ellos como lobos de manadas rivales, tensión eléctrica en el aire, un movimiento en falso y esto se convierte en masacre. El mencho entra a la casa, ve al Chapo sentado fumando, se detiene en el marco de la puerta durante 3 segundos, evaluando, midiendo, preparándose. Finalmente habla.

 Su voz es grave, áspera, sin educación formal, pero con autoridad absoluta. Joaquín. El Chapo exhala humo. Aiente con la cabeza señalando la silla frente a él. Nemesio, siéntate. Tenemos que hablar. El mencho camina despacio. Se sienta sin quitarle la vista de encima al Chapo. Coloca las manos sobre la mesa abiertas.

 Gesto que dice: “No traigo armas escondidas, pero también puedo matarte con estas manos.” Si es necesario. Afuera los nueve hombres armados mantienen posiciones. Los del Chapo contra la pared este, los del Mencho contra la pared o 30 m de distancia, dedos cerca de los gatillos, un solo disparo y todos mueren.

 Todos lo saben. El silencio dentro de la casa dura 20 segundos. Solo se escucha el viento moviendo las láminas sueltas del techo, el canto lejano de un pájaro, la respiración controlada de dos hombres que han matado asientos. El Chapo apaga el cigarro en el piso de tierra. Gracias por venir. Sé que no fue fácil. El mencho sonríe, pero no es una sonrisa amistosa, es la sonrisa de un tiburón que huele sangre. No fue fácil, Joaquín.

Tengo 50 hombres rodeando este rancho en un perímetro de 2 km. Tengo francotiradores en tres posiciones elevadas. Tengo una camioneta con lanzacohetes a 500 m de aquí. Si esto es una trampa, tu helicóptero no despega. El Chapo no se inmuta. Toma otro cigarro de la cajetilla, lo enciende con un encendedor Cipo plateado.

 Yo tengo 80 hombres en posiciones que tus francotiradores no han visto. Tengo tres equipos de respuesta rápida en camino por si necesito refuerzos. Y tengo al gobernador de Nayarit en mi nómina. Así que si empezamos a disparar, la policía estatal llega en 15 minutos, pero solo a ayudarme a mí. hace una pausa, pero ninguno de los dos quiere eso, ¿verdad? Por eso estamos aquí solos hablando.

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