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El macabro imperio de Elba Esther: Lavó fortunas incalculables usando como pantalla a su propia madre muerta, vio morir a su hija de cáncer desde la cárcel, y a los 77 años celebró su boda con un joven de 36 sobre las cenizas del magisterio.

El macabro imperio de Elba Esther: Lavó fortunas incalculables usando como pantalla a su propia madre muerta, vio morir a su hija de cáncer desde la cárcel, y a los 77 años celebró su boda con un joven de 36 sobre las cenizas del magisterio. ¿Víctima del sistema o monstruo implacable?

Elba Esther Gordillo Usó el Nombre de su Madre MU3RTA para Lavar Millones y Perdió a su Hija  

Oaxaca. Febrero de 2022. Una mujer de 77 años se pone un vestido blanco. Afuera del recinto hay flores importadas, mesas con mantelería impecable, 150 invitados seleccionados uno por uno y un cordón de seguridad que retiene los teléfonos en la entrada. Adentro, Elva Ester Gordillo se prepara para casarse por tercera vez.

El novio tiene 36 años. es su abogado, el mismo hombre que la sacó de prisión. 41 años de diferencia. Cuando ella llegó a la cima del sindicato de maestros más grande de América Latina, él todavía iba al jardín de niños. Pero antes de que la ceremonia pueda terminar, un grupo de maestros de la ente revienta las puertas, destruyen mesas, lanzan objetos, pintan consignas en las paredes. La boda se retrasa horas.

 La escena parece una metáfora escrita por alguien con demasiada puntería. La mujer que dijo representar al magisterio durante 24 años, celebrando su amor entre los escombros de la furia de los maestros que dice haber defendido. Pero esta historia empieza mucho antes de esa boda y empieza mucho más abajo. Empieza en una finca de Chiapas donde un abuelo golpeaba con fuete a una niña que juró que nadie volvería a mirarla desde arriba.

 Empieza con una madre que nunca fue reconocida por su propio padre. Empieza con un riñón que una mujer de 19 años le arrancó a su propio cuerpo para dárselo al hombre que amaba y que murió de todas formas. Y termina, o quizá no termina todavía, con una hija muerta de cáncer mientras su madre estaba presa. Con otra hija, según las versiones, la repudió por esa boda y con el nombre de una maestra rural muerta usado como pantalla para lavar millones.

 Tres generaciones de mujeres, la misma herida pasando de madre a hija como una enfermedad que nadie supo curar. Más de 45 fuentes entre reportajes de investigación, biografías publicadas, expedientes judiciales y registros de la Suprema Corte respaldan lo que vas a escuchar. La pregunta que atraviesa todo el relato es una sola.

 ¿En qué momento una madre deja de proteger a sus hijas y empieza a usarlas? Si este tipo de historias te interesan, las que van más allá de la versión oficial y buscan lo que el poder prefiere mantener oculto, este canal se dedica exactamente a eso. Cada semana una historia nueva. Acompáñanos. Para entender a Elva Ester Gordillo, hay que entender primero a su madre.

 Y para entender a su madre hay que volver un paso más atrás. hasta un hombre que la historia apenas menciona, pero que envenenó todo lo que vino después. Rubén Morales Trujillo era productor de aguardiente de caña en Comitán, Chiapas. Terrateniente, hombre de finca grande y apellido, respetado en un pueblo donde la distancia entre los que tenían y los que no era casi física, casi geográfica.

Rubén tuvo una relación fuera del matrimonio con una mujer llamada Elvira Ochoa. De esa relación nacieron dos hijas, Estela y Enriqueta. Nunca las reconoció. Según el libro del periodista José Martínez, las dos fueron completamente marginadas de la familia Morales. El rechazo del padre hacia las hijas no reconocidas se extendió después hacia las nietas.

 Estela Morales Ochoa creció con eso encima. Hija de nadie a los ojos del registro, hija de un hombre que la miraba como si no existiera. Cuando pudo, huyó de Comitán. Se fue a la Ciudad de México y se casó con Daniel Gordillo Pinto, al que llamaban el bohemio. De ese matrimonio nacieron dos niñas, Elva Ester, en febrero de 1945 y Marta Alicia.

La familia duró 3 años. En 1948 Daniel murió. Elbava Ester tenía 3 años. Hay edades en las que la muerte de un padre se entiende con palabras y hay edades en las que se entiende con el cuerpo. Una ausencia que se instala en el pecho y se queda ahí para siempre sin nombre, sin forma, sin manera de explicarla.

 3 años es esa segunda edad. Estela quedó sola con dos niñas en la capital, sin dinero, sin red, sin familia que la respaldara. tuvo que hacer lo que juró que nunca haría. Volver a Comitán, volver a la casa de Rubén Morales, el padre que nunca la reconoció. Pedir ayuda, según las fuentes de la época, las recibió de mala gana.

 Les dio dinero, pero no propiedades, porque esas ya las había repartido entre sus hijos legítimos. las mandó a vivir en una parte de la finca, pero bajo sus reglas, bajo su autoridad, bajo su mano. Hay que imaginarse la escena para entender lo que viene después. Una mujer humillada de origen que huyó para ser libre y regresa derrotada con dos hijas huérfanas a la casa de un hombre que la considera un error.

 Un hombre duro, según los relatos, un hombre que usaba fuete y la madre callaba. Eso es lo que Elva Baester vio durante 11 años seguidos. Una mujer que tragaba la humillación sin abrir la boca. Una mujer que aceptaba las condiciones del padre que la había rechazado porque la alternativa era peor.

 Estela lavaba, cocinaba, organizaba la casa, atendía lo que hubiera que atender. Y cuando el abuelo levantaba la voz o levantaba la mano, ella bajaba la mirada. Eso marca crecer viendo a tu madre someterse marca de un modo que no se borra con terapia, ni con dinero, ni con poder. Marca porque el niño que lo ve tiene que elegir, se convierte en la madre o se convierte en otra cosa.

 Elva eligió otra cosa. Comitán en los años 50 era un pueblo donde las calles principales ya tenían empedrado, pero los barrios como la pila todavía arrastraban volvo. Las mujeres cargaban agua. Los niños caminaban kilómetros para llegar a la escuela. La iglesia marcaba las horas y los días de mercado marcaban las semanas. Elva se movía entre ese mundo y la finca del abuelo, como si caminara entre dos realidades.

 Afuera era pobre, adentro tenía techo y comida, pero el precio del techo era el miedo. Las primas la recuerdan como una niña callada que se transformaba cuando hablaba en público. En los concursos de oratoria ganaba siempre. Según una prima de la familia Gordillo, entrevistada por el Universal, destacaba como declamadora. La misma boca que en la finca no podía protestar.

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