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El poderoso patrón le ofreció techo, dinero y comida a un niño abandonado, pero detrás de esa ayuda se escondía una lealtad imposible de romper.

PARTE I.

El sol del mediodía caía con furia sobre las calles polvorientas de Medellín. El calor subía desde el asfalto como una neblina cruel, deformando los edificios, los carros y las sombras de la gente que caminaba deprisa sin mirar a los lados.

Entre todos ellos iba Santiago Ramírez, un niño de 12 años, descalzo, con los pantalones rotos y una camiseta desteñida que ya no conservaba su color original. Caminaba por la Carrera 70 esquivando charcos de agua sucia que habían quedado después de la tormenta de la madrugada.

Tenía hambre.

No un hambre cualquiera, sino esa hambre profunda que duele en el estómago, que debilita las piernas y vuelve lento el pensamiento. Hacía dos días que no comía nada más que un pedazo de pan duro encontrado detrás de una panadería.

Santiago no siempre había vivido así. Cuando era más pequeño, tenía una casa, una madre que le enseñaba a leer y un padre que intentaba mantenerlo lejos de la violencia del barrio. Pero todo terminó cuando tenía 9 años. Una balacera entre bandas rivales le arrebató a sus padres en cuestión de segundos.

Desde entonces, la calle lo había criado.

Aprendió dónde dormir sin que lo golpearan, cuándo correr, cuándo callar y a quién no mirar demasiado. Aprendió a reconocer el peligro antes de que apareciera. Los niños de la calle no tenían maestros, pero la vida les daba lecciones duras todos los días.

Aquella tarde, mientras caminaba por una zona elegante, notó algo extraño. Varios hombres con guayaberas blancas y pantalones oscuros estaban colocados en diferentes esquinas. No parecían simples peatones. Miraban demasiado, hablaban poco y mantenían las manos cerca de la cintura.

Santiago los reconoció de inmediato.

Eran hombres armados.

Algo importante estaba por pasar.

La prudencia le decía que se alejara, pero el hambre y la curiosidad pudieron más. Se escondió detrás de un camión de reparto y esperó. Minutos después, tres Mercedes-Benz negros se detuvieron frente a un restaurante elegante.

Del segundo auto bajó un hombre que Santiago reconoció sin haberlo visto jamás en persona.

Pablo Escobar.

El hombre del que todos hablaban. Para algunos, era un benefactor que construía casas y canchas en barrios pobres. Para otros, era un criminal temido, responsable de demasiadas muertes. Santiago, con sus 12 años, ya había aprendido que la verdad casi nunca era sencilla.

Escobar entró al restaurante acompañado de Gustavo Gaviria y varios escoltas. Santiago siguió escondido, sin saber exactamente por qué esperaba.

Pasaron casi dos horas.

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