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La visita privada entre un Papa y un expresidente ateo parecía imposible, hasta que una pregunta sobre la muerte abrió una verdad que muchos preferían no escuchar

PARTE I.

En un mundo obsesionado con la riqueza, el poder y la apariencia, dos ancianos demostraron que las conversaciones más profundas no nacen en los palacios, sino en los lugares sencillos, donde todavía se escucha el viento y se comparte un mate sin prisa.

Uno era Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, líder de millones de católicos en el mundo. El otro era José Mujica, expresidente de Uruguay, exguerrillero, hombre austero y dueño de una chacra humilde en Rincón del Cerro. Nadie habría imaginado que una charla entre ellos, lejos de cámaras y protocolos, terminaría dejando una huella tan profunda.

Aquella tarde de mayo, el otoño caía suavemente sobre Montevideo. Las hojas amarillas se movían con la brisa que llegaba desde el Río de la Plata, mientras José Mujica observaba desde el porche cómo su perra Manuela corría entre los surcos del huerto.

A sus 89 años, Pepe, como lo llamaban los uruguayos, seguía viviendo como siempre: con una camisa de franela gastada, pantalones holgados y una calabaza de mate entre sus manos curtidas por el trabajo.

Lucía Topolansky acomodaba unas semillas sobre una mesa de madera cuando él le dijo con una sonrisa:

—Lucía, parece que este año vamos a tener una buena cosecha de calabazas.

Ella levantó la vista y respondió con esa complicidad que solo dan los años compartidos:

—Siempre dices lo mismo, Pepe, y siempre terminamos regalando la mitad porque no podemos con tantas.

La tranquilidad de la tarde se rompió cuando sonó el teléfono fijo, uno de los pocos lujos tecnológicos que Mujica aceptaba en su casa. Lucía entró a contestar. Minutos después volvió con una expresión de sorpresa.

—Era la nunciatura apostólica. El Papa Francisco estará en Uruguay la próxima semana en una visita privada y quiere venir a verte.

Mujica alzó las cejas.

—¿El Papa aquí?

—Eso dijeron.

—Bueno, ¿y qué le vamos a ofrecer al Santo Padre? ¿Mate y tortas fritas?

Lucía sonrió.

—No te hagas el gracioso, José. Sabes que Francisco es un hombre sencillo. No viene buscando lujos.

Durante los días siguientes, la visita se mantuvo en absoluto secreto. El encuentro debía ser privado, lejos de periodistas, fotógrafos y ceremonias oficiales. Francisco quería conversar con Mujica como un hombre habla con otro hombre, no como un Papa ante un expresidente.

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