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Frida Sofía: El PRECIO de Hablar… y los que Intentaron que Se Callara para Siempre

Hay momentos en la historia del espectáculo latinoamericano que dividen el tiempo en dos, un antes y un después, tan marcado que resulta imposible fingir que nada ocurrió. Lo que Frida Sofía hizo en abril de 2021 fue exactamente eso. Abrió una puerta que llevaba décadas cerrada con llave y lo que salió por esa puerta sacudió a una de las dinastías artísticas más poderosas de México.

Pero para entender por qué ese momento importó tanto, hay que retroceder hasta el principio, hasta una niña que nació rodeada de aplausos que no eran para ella. El 13 de marzo de 1992, en la ciudad de México, Alejandra Guzmán dio a luz a su única hija. La llamó Frida Sofía. La registró con sus propios apellidos Guzmán Pinal, porque su relación con Pablo Moctezuma, empresario mexicano y padre de la niña, nunca llegó al altar.

Alejandra tenía 23 años, estaba en el pico de su carrera y de pronto sostenía entre los brazos a un ser humano que dependía completamente de ella. La reina del rock de México acababa de convertirse en madre y ninguno de los dos sabía todavía el peso que eso iba a tener. Frida llegó al mundo con un árbol genealógico que en México equivalía a una corona.

Por el lado materno, su abuela era Silvia Pinal, primera actriz del cine de oro mexicano, una de las mujeres más admiradas de su generación. Su abuelo materno era Enrique Guzmán, cantante y figura del rock en español de los años 60, gente que había llenado teatros, portadas de revistas, pantallas de cine. Una familia cuyo apellido abría puertas antes de que nadie preguntara tu nombre.

Frida Sofía nació dentro de esa historia, pero crecer dentro de una historia grande no siempre es un privilegio. Alejandra Guzmán nunca dejó de trabajar. Esa es la verdad que ella misma reconoció años después con una honestidad que pocas figuras públicas se permiten. Mientras Frida era pequeña, su madre estaba en giras, en estudios de grabación, en presentaciones que la llevaban de un país a otro.

La niña quedaba al cuidado de terceros en casas que no siempre eran la suya, con una familia extensa que giraba alrededor de la fama como si fuera un sol. Frida aprendió desde muy temprano a vivir en los márgenes de un escenario que siempre tenía otro protagonista. La relación con su padre, Pablo Moctezuma, tampoco fue la de una familia convencional.

Sus padres se separaron cuando ella aún era muy pequeña y Frida creció sin la figura paterna presente de forma estable. Lo que tuvo, en cambio, fue a su abuela paterna, Estela Moctezuma, empresaria de la industria restaurantera en México, una mujer de carácter fuerte que se convirtió en uno de sus refugios más concretos durante la infancia y tuvo algo más, algo que pocos saben.

Su madrina de bautismo fue María Félix. La doña en persona le regaló una joya con forma de corazón que decía: “Con todo mi amor!” Esa imagen, la de una niña con una joya de María Félix y un futuro que nadie podía anticipar, resume bien la paradoja de su vida entera. Desde los 10 años, Frida Sofía escribía.

Se encerraba con un piano en la casa de su abuela Estela, porque en su propia casa no siempre podía estar por razones de seguridad y componía. Sacaba melodías, anotaba letras, construía un mundo interior que hacia afuera nadie veía todavía. Esa niña solitaria que ponía palabras en un papel no encajaba con la imagen de hija de estrella que los medios esperaban, pero era la imagen más real, la que nadie fotografiaba.

En 2004, cuando Frida tenía 12 años, ocurrió algo que cambió el curso de su vida de manera abrupta. Sufrió un intento de secuestro en la Ciudad de México, un evento que la familia no expuso públicamente con detalle, pero cuyas consecuencias fueron inmediatas. Frida fue sacada del país. La llevaron al condado de Lichfield en Connecticut y poco después se instaló en Miami, Florida, donde comenzaría a construir una vida fuera de México y lejos del apellido que la seguía a todas partes.

Tenía 12 años y ya sabía lo que era sentir que el mundo que la rodeaba podía volverse peligroso sin previo aviso. Miami fue su ciudad de adopción. Allí creció, se formó, aprendió a moverse en un ambiente que mezclaba lo latino con lo estadounidense, que le daba una identidad más amplia que la que el medio artístico mexicano le asignaba por defecto.

En 2014 se graduó de la Universidad Internacional de Arte y Diseño de Miami con dos licenciaturas, gestión de diseño y marketing internacional de moda. Mientras sus contemporáneos en México la seguían viendo únicamente como la hija de Alejandra Guzmán, ella había construido una formación académica real con títulos propios, con conocimientos que no dependían de ningún apellido.

Pero el mundo del espectáculo la llamaba o quizás era ella quien lo llamaba, porque la música siempre estuvo ahí desde aquel piano en casa de su abuela. En 2019, Frida Sofía debutó oficialmente como cantante. Lo hizo con el sencillo Ándale que presentó en el teatro Orfeum del Centro de Los Ángeles. La canción fue producida por Johnny Raid, músico escocés canadiense radicado en Nashville, Tennessee.

Según Billboard, el tema debutó en el top 5 en México y en el número 13 de iTunes, acumulando más de 3 millones de descargas digitales en sus primeras cuatro semanas. Era un inicio sólido, pero llegar con ese apellido también significaba que cada paso iba a ser medido con una vara que no era la misma que se le aplicaba a los demás.

Lo que Frida declaró más tarde sobre ese debut dice mucho. Dijo que tenía la canción lista hacía casi 3 años antes de lanzarla, que no lo había hecho antes porque no creía en sí misma, que sentía culpa, como si al cantar le estuviera robando algo a su madre. Esas palabras revelan el peso psicológico que cargaba.

Una mujer adulta con formación universitaria y talento propio, que no se atrevía a publicar su música porque temía eclipsar a su madre o porque su madre no la respaldaba del todo. Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo. La relación entre Frida y Alejandra Guzmán fue siempre una tormenta con temporadas de calma.

Hubo periodos de acercamiento, declaraciones públicas de afecto, fotos juntas que los medios celebraban como reconciliaciones y hubo rupturas, peleas que salían a la prensa con una intensidad que dejaba en evidencia que el vínculo entre ellas cargaba años de herida sin resolver. Una de las más conocidas involucró a Cristian Estrada, una expareja de Frida con quien supuestamente Alejandra también tuvo un acercamiento.

Ese episodio fue la gota que derramó un vaso que llevaba décadas llenándose. Pero lo que vendría después de esas peleas públicas revelaría algo que iba mucho más allá de una rivalidad entre madre e hija, algo que México no estaba preparado para escuchar. Frida Sofía no era la primera en su familia en vivir en una especie de exilio emocional.

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