Antonio Margarito fue una vez un temido guerrero en la división de peso welter, conocido por su presión implacable, su mandíbula de granito y su agresividad arrolladora. Se ganó una reputación como campeón incansable, desmantelando a sus oponentes con pura determinación. Pero en 2009 todo cambió.
Justo antes de su pelea contra Shane Mosley, Margarito fue descubierto con vendas ilegales en sus manos, insertos similares al yeso que podían convertir sus puños en armas peligrosas. Este hallazgo desencadenó uno de los mayores escándalos en la historia del boxeo, arruinando su reputación. Antes celebrado, Margarito se convirtió en una figura deshonrada con fanáticos y peleadores cuestionando si sus victorias más grandes estaban manchadas por el engaño.
Ahora, con 46 años, Margarito vive con las consecuencias de su pasado. Daño ocular permanente, problemas financieros y un legado para siempre empañado. Esta es la historia de ascenso, caída y la trágica realidad de Antonio Margarito. Bienvenido al lado oscuro del boxeo, donde desvelamos todos esos secretos que este increíble pero aterrador mundo quiere mantener enterrados. Empezamos.
La trayectoria de Antonio Margarito hacia la élite del boxeo arrancó en los barrios humildes de Tijuana, México. Nacido el 18 de marzo de 1978, creció en un entorno marcado por la escasez y la falta de oportunidades. En muchas comunidades mexicanas el boxeo representaba una vía de escape y para Margarito fue mucho más que un deporte.
Era una cuestión de supervivencia. Desde pequeño se adentró en los gimnasios locales absorbiendo el estilo mexicano de pelea, caracterizado por la presión constante, la resistencia feroz y un espíritu indomable. A los 15 años ya era profesional. Subía al cuadrilátero enfrentando a hombres con más experiencia, sin combates sencillos ni rivales seleccionados cuidadosamente.
Eran luchas crudas en el corazón del boxeo mexicano. Esos primeros años estuvieron llenos de aprendizajes a base de derrotas, pero cada caída lo fortalecía. Aunque no destacaba por su velocidad ni por su técnica refinada, su temple y aguante físico compensaban con creces. Muy pronto, sus oponentes entendieron que era un rival imposible de quebrar, avanzando sin pausa hasta desgastarlos completamente.

Con la llegada del nuevo milenio, Margarito empezó a consolidarse como un contendiente serio en el peso welter. En 2002 logró su primera gran oportunidad al enfrentarse a Antonio Díaz por el título vacante de la OMB. lo venció por knockout técnico en el décimo asalto, asegurando así su primer campeonato mundial.
A partir de ese momento, defendió su título en múltiples ocasiones, convirtiéndose en un símbolo del guerrero mexicano. Mientras otros evitaban ciertos oponentes, él aceptaba cualquier reto enfrentando a boxeadores temidos como Andrew Six Heads, Lewis, Kermit Cintrón y Joshua Clotty. Su estilo inquebrantable y su capacidad para soportar castigo lo convirtieron en una amenaza constante.
A pesar de su éxito, Margarito aún anhelaba la victoria que lo inmortalizara. Esta llegó en 2008 frente al invicto Miguel Coto en un combate por el cinturón welter de la AMB. Coto en ese momento era considerado uno de los mejores libra por libra. Técnico, rápido y fuerte. Muchos pensaban que Margarito no tenía las herramientas para vencerlo.
Sin embargo, durante la pelea, a pesar del dominio inicial de Coto, Margarito mantuvo la presión absorbiendo cada golpe y avanzando sin tregua. Su insistencia dio frutos en los asaltos finales cuando un agotado coto fue derribado dos veces en el undécimo round, obligando a su esquina a detener el combate.
Esa noche, Margarito alcanzó la cúspide del reconocimiento como símbolo de coraje y perseverancia, aunque esa gloria pronto se vería empañada por controversias. Tras su victoria sobre Coto, Margarito fue visto como el peleador más temido del peso welter. El futuro lucía prometedor, pero en pocos meses surgirían dudas sobre la legitimidad de su triunfo.
La pelea que debía ser la cima de su carrera pronto se transformó en el inicio de su caída. ¿Fue genuina su victoria o hubo algo oculto tras su brutal rendimiento? Esa pregunta marcaría el rumbo de su legado. En 2009 comenzaba el año como una figura dominante en el boxeo. Su próxima pelea sería contra Shane Mosley, programada para el 24 de enero en el Staple Center.
A pesar de que Mosley era visto como un veterano en declive, los analistas daban por hecho que el estilo agresivo de Margarito se impondría. Pero lo que ocurrió esa noche cambió la historia del boxeo moderno. Antes del combate, el entrenador de Mosley, Nassim Richardson, observaba la preparación de Margarito en el vestuario.
Detectó irregularidades en los vendajes del mexicano que al tacto parecían demasiado duros. exigió una revisión por parte de la Comisión Atlética de California que descubrió una sustancia endurecida similar al yeso dentro de los vendajes. Esa mezcla al humedecerse podía convertir los puños en armas potencialmente letales. Se retiraron de inmediato antes del inicio del combate.
El hallazgo sacudió al deporte. Aunque tanto Margarito como su entrenador, Javier Capetillo, negaron mala intención, el impacto ya estaba hecho. Sin los vendajes alterados, Margarito fue claramente superado por Mosley, quien lo dominó desde el primer asalto. El mexicano, visiblemente menos resistente, fue castigado severamente hasta caer en el noveno asalto, donde el árbitro decidió detener la paliza.
Aquella noche, Margarito no solo perdió el combate, también su estatus como invencible. Desde ese momento, la sombra de la duda se posó sobre toda su carrera. Las preguntas comenzaron a multiplicarse. Usó vendajes similares contra Coto. Estaban manchadas sus anteriores victorias. Las imágenes del rostro deformado de Koto volvían con otra lectura.
Para muchos, la respuesta era evidente. Koto mismo sintió que había sido víctima de una trampa. Ver como Mosley vencía fácilmente a Margarito sin sus vendajes alterados reforzó esa creencia. La respuesta de las autoridades no se hizo esperar. En febrero de 2009, la Comisión Atlética de California revocó las licencias de Margarito y Capetillo, prohibiéndoles pelear por un año en Estados Unidos.
Esa suspensión significó perder oportunidades, ingresos y credibilidad. Incluso tras cumplir su sanción, algunos estados le negaron la licencia cerrando las puertas a sus grandes regresos. Margarito pasó de ser un campeón venerado a un personaje polémico dentro del boxeo. El escándalo se convirtió en una mancha imposible de borrar y hasta el día de hoy muchos consideran que sus logros fueron producto del engaño.
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Aunque otros peleadores han infringido reglas menores, el caso de Margarito fue visto como una traición mayúscula. Manipular vendajes con materiales peligrosos se interpretó como un intento de causar daños irreparables. Esa percepción para muchos fue imperdonable. Aunque eventualmente volvió al ring, su imagen jamás se recuperó del todo.
Tras cumplir su suspensión, Margarito buscó reivindicarse. Deseaba probar que podía competir y ganar sin controversias. La ocasión surgió en 2010 cuando enfrentó a Manny Pacquiao por el título superwelter del CMB en Texas ante más de 41,000 asistentes. A pesar de la diferencia de tamaño, la velocidad y precisión del filipino dominaron desde el inicio.
Margarito, fiel a su estilo, presionó durante toda la pelea, pero fue él quien recibió el mayor castigo. Pacquiao atacó con precisión quirúrgica, centrando sus golpes en el ojo derecho del mexicano. Al avanzar los asaltos, el daño era evidente. En el undécimo round, con el rostro completamente desfigurado y el ojo cerrado, Paquiao incluso miró al árbitro sugiriendo que detuviera la pelea.
Aún así, el combate continuó hasta el final. Margarito terminó con una fractura en la órbita ocular y su derrota confirmó que el brillo de antaño ya no volvería. Su carrera nunca se recuperó por completo y aunque volvió a pelear, su legado quedó inevitablemente marcado por la polémica y la caída desde la cima.
La gravedad de la lesión fue tal que necesitó una intervención quirúrgica inmediata. Margarito, conocido por su dureza, había perdido algo esencial esa noche. El daño ocular era irreversible y lo marcaría para siempre. Pese al severo impacto físico, Margarito aún no colgó los guantes. En 2011, apenas un año después, se le concedió la revancha contra Miguel Coto, el hombre al que había vencido de forma contundente 3 años antes.

Para Coto, este combate iba más allá del resultado deportivo. Era una cuestión personal. Desde la pelea de 2008 había mantenido la sospecha de que Margarito utilizó vendajes manipulados. Durante años vivió con la convicción de que fue víctima de una trampa y por fin tenía la oportunidad de ajustar cuentas. El esperado segundo duelo tuvo lugar el 3 de diciembre de 2011 en el Madison Square Garden.
Desde los primeros compases fue evidente que Margarito ya no era el mismo. Su ojo dañado representaba una debilidad clara y Koto no tardó en capitalizarla. Esta vez el puertorriqueño peleó con inteligencia, moviéndose con precisión y esquivando la presión de su oponente mientras conectaba golpes certeros. A diferencia del primer combate, ahora era Coto quien se fortalecía conforme avanzaban los asaltos.
Apuntando repetidamente al ojo lesionado, fue minando la resistencia de Margarito. Para el décimo asalto, el ojo del mexicano estaba completamente cerrado, lo que llevó al médico del ring a detener la pelea. Koto obtuvo la venganza que tanto había buscado. Aunque Margarito expresó su desacuerdo, la evidencia era clara. Ya no era el peleador que una vez había dominado la división.
El daño acumulado, especialmente el infligido por Pacquiao, nunca sanó del todo y este nuevo castigo solo agravó su situación. Con esa derrota se hizo evidente que la carrera de Margarito llegaba a su fin. Su ojo derecho estaba seriamente comprometido y los médicos advirtieron que seguir peleando podría dejarlo completamente ciego.
En 2012, meses después de la revancha con Koto, anunció su retiro. El aura temida que alguna vez lo rodeó había desaparecido. Su legado quedó empañado por escándalos, derrotas y secuelas físicas que sellaron el final de su camino en el boxeo. De ser un campeón indomable, pasó a convertirse en una figura rota con su reputación hecha trizas.
Sin embargo, los desafíos no terminaron con el retiro. La vida fuera del ring se presentó igual de dura que las batallas que enfrentó sobre él. La derrota ante Coto marcó el cierre definitivo de su etapa profesional. Margarito quedó con un ojo dañado de forma permanente, sus reflejos disminuidos y un entorno boxístico que había continuado sin él.
Los especialistas le dejaron claro que un regreso podría costarle la vista. Obligado a retirarse, enfrentó una nueva realidad. El vacío post boxeo, como muchos pugilistas, tuvo dificultades para adaptarse a una vida sin entrenamientos, sin peleas y sin el flujo constante de ingresos. La rutina fuera del cuadrilátero era desconocida y complicada.
Las consecuencias físicas del boxeo no tardaron en pasar factura. El ojo derecho, maltratado en la contienda contra Pacquiao, requirió múltiples operaciones sin lograr recuperar su visión. Las tareas cotidianas se volvieron difíciles. La percepción de profundidad se vio afectada y su rostro llevaba las huellas de años de combates intensos.
Su cuerpo había pagado un precio altísimo por la gloria temporal del deporte. Pese a las advertencias médicas, Margarito no estaba dispuesto a alejarse del boxeo. Sentía que todavía tenía algo que ofrecer. En 2016, con 38 años y daño ocular irreversible, sorprendió al mundo anunciando su regreso. Ya no luchaba en grandes arenas ni encabezaba carteleras millonarias.
Volvió a los rings en México, donde en marzo de ese año venció a Jorge Páez Junior en una controvertida decisión. Posteriormente derrotó a Ramón Álvarez, hermano de Canelo, pero el tiempo no perdona. Era evidente que Margarito ya no era el mismo. Sus desplazamientos eran más torpes, sus reflejos lentos y su poder de antaño, apenas perceptible.
Su ojo vulnerable lo convertía en presa fácil. Su tercera pelea del regreso en 2017 fue contra Carson Jones, un rival conocido. La noche fue un desastre. Jones conectó golpes sin oposición, enfocándose en el ojo deteriorado. Aunque Margarito fue declarado vencedor por decisión técnica tras un cabezazo accidental, el daño estaba hecho.
Los médicos reiteraron los riesgos de ceguera permanente. Tras solo tres combates, comprendió que había llegado el final definitivo. Ese mismo año colgó los guantes para siempre. Sin embargo, colgar los guantes no resolvió sus problemas. Margarito, como tantos exboxeadores, no tenía un plan claro para su retiro.
Las grandes bolsas que acumuló se esfumaron en lujos, autos costosos y un estilo de vida insostenible. Sin ingresos constantes, pronto enfrentó dificultades económicas. Intentó reinventarse con negocios propios, como abrir un gimnasio o participar en eventos de boxeo. Pero ninguno le devolvió el nivel de ingresos anterior. La realidad fue dura.
de encabezar veladas estelares, pasó a luchar por sobrevivir y mientras otros campeones retirados eran homenajeados, él cargaba con el estigma de los vendajes ilegales que seguía ensombreciendo su carrera. A diferencia de figuras como Coto, Pacquiao o Mosley, que se despidieron con respeto y reconocimiento, Margarito quedó vinculado a la controversia.
A sus años la vida de Antonio Margarito dista mucho de aquellos días gloriosos como monarca del peso welter. El temido guerrero del pasado es ahora un hombre golpeado física, económica y emocionalmente. Su ojo derecho, dañado en las encarnizadas peleas contra Pacquiao y Koto, nunca sanó por completo a pesar de las repetidas intervenciones médicas.
La advertencia de los doctores fue clara durante años. Un nuevo combate podría quitarle la vista de forma definitiva y aunque finalmente aceptó retirarse, el daño ya era irreversible. Su día a día se volvió desafiante. Las actividades más simples se dificultaron. ya no podía entrenar como antes y su cuerpo todavía mostraba las secuelas del castigo acumulado.
Aquel peleador que resistía sin pestañear los ataques más feroces hoy vive con las consecuencias de aquella dureza. Aun con todo, Margarito mantiene la cabeza en alto. Participa ocasionalmente en eventos boxísticos, mostrando la misma actitud recia que lo caracterizó en su prime. No obstante, en su interior persisten los arrepentimientos por el escándalo, por sus decisiones y por cómo se dio su despedida del deporte.
estuvo en la cima del boxeo mundial, pero ahora representa una advertencia sobre lo efímero de la fama. Las polémicas, los castigos físicos y las decisiones cuestionables lo dejaron muy lejos de lo que alguna vez soñó. Su vida se convirtió en una historia de auge y caída, de gloria y arrepentimiento, y su legado, marcado por las consecuencias del precio que pagó en cada pelea, será una carga que lo acompañará por siempre.
Pero hasta aquí este vistazo al trágico pasado del boxeo.