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Dos familias se destruyeron por una mentira que un muerto enterró en una pared

Hay algo que este canal quiere decirle antes de empezar. Usted ha oído hablar del odio entre familias, lo ha visto, quizás lo ha vivido. Esas rivalidades que nadie recuerda exactamente cómo empezaron, pero que todos en el pueblo conocen, que se heredan como la tierra y el apellido, que definen quién puede casarse con quién y a quién se saluda en la calle y de quién se desconfía sin haber necesitado una razón personal.

Nunca. La mayoría de las veces cuando uno busca el origen de ese tipo de odio, encuentra algo real, una traición, un robo, una muerte sin justicia, algo que justifica, sino el odio en sí, al menos que haya empezado. Pero hay veces, y son las que más duelen, en que uno busca el origen y encuentra que el origen fue mentira, que alguien con papel y tinta y la firma de un notario construyó un odio de 60 años entre personas que no tenían ninguna razón para odiarse, que ese alguien se fue a la tumba con su secreto

intacto y su reputación impecable y sus 340 bien guardadas, que mientras dos familias se destruían la una a la otra, el verdadero responsable vivía tranquilo, respetado y rico. Eso es lo que pasó en el valle de Cañada Grande, Oaxaca, entre 1932. Y este canal va a contarlo como merece contarse, sin prisa, sin adorno, con el peso que tiene, porque hay historias que no son entretenimiento, son registro, son memoria y son advertencia.

Para entender lo que pasó en 1932, hay que entender lo que pasó en 1871. Y para entender lo que pasó en 1871, hay que entender a dos hombres que en ese año todavía no eran enemigos. Celso Argueta tenía 43 años en 1871 y era lo que en esa región se llamaba un ranchero mestizo. No era rico por herencia, sino por trabajo.

 No tenía el apellido de los criollos, pero tenía la tierra que había comprado palmo a palmo con lo que producía su ganado y su milpa. era conocido en Cañada Grande como hombre de palabra, lo cual en ese tiempo y ese lugar era la forma más alta de reputación que existía. Cuando Celso Argueta decía algo, nadie pedía que lo escribiera.

 Eso era suficiente. Augusto Noriega tenía 46 años y era comerciante criollo de familia establecida. El tipo de hombre que en el porfiriato temprano tenía acceso a cosas que Celso no tenía, crédito bancario, relaciones con funcionarios de Oaxaca, el tipo de contactos que se cultivan en cenas a las que no todo el mundo es invitado.

 Augusto era también, y esto importa, honesto dentro de lo que la honestidad significaba para un hombre de su posición y su época, que no es exactamente lo mismo que la honestidad absoluta, pero que tampoco era mala fe. que ninguno de los dos tenía por separado, era suficiente para lo que ambos querían hacer, comprar y desarrollar las tierras centrales del valle de Cañada Grande, un tramo de 180 haáreas de tierra fértil que un español venido a menos quería vender antes de irse a la Ciudad de México.

 Las tierras incluían el único acceso directo al río del valle, lo cual las hacía estratégicamente importantes para cualquiera que quisiera regar en esa región, sin depender del favor de nadie. Celso tenía el conocimiento de la tierra y los trabajadores. Augusto tenía el dinero y los contactos legales.

 Se reunieron tres veces en la primavera de 1871 y llegaron a un acuerdo de sociedad que les pareció a los dos justo. comprarían las tierras juntos, las dividirían en partes iguales y compartirían el acceso al río según calendario que había negociado Augusto y que Celso había revisado y aprobado. Para formalizar el acuerdo necesitaban un notario y en Cañada Grande, en 1871, el notario era Evaristo Cumplido.

baristo cumplido. Tenía 51 años en 1871 y era, por cualquier medida disponible en ese tiempo y ese lugar, un hombre respetable. Había estudiado derecho en Oaxaca. Había establecido su notaría en Cañada Grande 20 años antes y en esas dos décadas había formalizado casi toda la propiedad de la región.

 compraventas, herencias, sociedades, disputas resueltas. Era el hombre al que se recurría cuando algo necesitaba quedar en papel y la confianza que el valle depositaba en él era total, del tipo que no se cuestiona, porque nunca ha habido razón para cuestionarla. También, y esto nadie lo sabía, en 1871, Evaristo Cumplido llevaba 2 años mirando esas 180 haectáreas con una atención que no era profesional, sino personal.

 Había intentado comprarlas él mismo el año anterior, pero el español que las vendía prefería un comprador que pagara todo de una vez y cumplido no tenía el capital suficiente. Cuando Celso Argüeta y Augusto Noriega llegaron a su notaría con la intención de comprarlas juntos, Cumplido entendió de inmediato lo que eso significaba, que las tierras se iban a vender y que él no iba a quedarse con ninguna parte.

Lo que hizo después no fue un crimen de pasión ni una decisión tomada en un momento de debilidad. Fue una decisión calculada que requirió tiempo, cuidado y un conocimiento preciso de cómo funciona la confianza cuando está depositada en documentos. Cumplido, preparó los contratos, no uno, sino cuatro, dos originales y dos copias, que era el procedimiento estándar.

 Pero los originales que preparó no eran idénticos, eran casi idénticos, con una diferencia que ningún hombre sin formación legal detectaría fácilmente y que en el lenguaje notarial de la época tampoco era obvia para alguien que no supiera exactamente qué buscar. En el contrato que Celso Argueta afirmó, las 180 hectáreas se dividían de una manera específica.

En el contrato que Augusto Noriega firmó, se dividían de otra y en ambos contratos había una cláusula de reversión que estaba redactada, de manera que en caso de disputa entre los socios sobre los límites de la propiedad, las tierras en disputa pasarían a un fideico, administrado por el notario hasta la resolución del conflicto.

Ese fideicomiso era cumplido. Lo que Celso y Augusto firmaron ese día, cada uno en la presencia del notario y sin la presencia del otro. Fueron dos versiones de un acuerdo que eran suficientemente similares para que ninguno notara la diferencia en el momento de firmar y suficientemente diferentes para garantizar que tarde o temprano esa diferencia generaría una disputa cumplido. No necesitó esperar mucho.

 La primera temporada de riego fue suficiente. El conflicto entre Celso Argüeta y Augusto Noriega comenzó en el verano de 1871, 4 meses después de la firma de los contratos. Comenzó como empiezan este tipo de conflictos con una pregunta sobre el agua. Celso creía, basándose en su contrato que tenía derecho al canal principal los martes, jueves y sábados.

Augusto creía, basándose en el suyo, que ese mismo canal le correspondía a él en esos días. El primer año lo resolvieron con una conversación tensa, pero sin rupturas. El segundo año la conversación fue más tensa y terminó con acusaciones. El tercero fue cuando Augusto contrató un abogado de Oaxaca para revisar los documentos y el abogado encontró.

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