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EL CASO QUE CONGELÓ TIJUANA: todo era normal hasta esa noche y nunca más se supo de él

Don Aurelio era un hombre de pocas palabras, de los que enseñan con el ejemplo. Nunca le dijo a Giovanni que lo amaba con palabras directas, pero se levantaba a las 5 de la mañana todos los días sin excepción. Y eso para Giovanni era suficiente. Era suficiente y lo entendía. Giovanni terminó la secundaria con calificaciones normales.

No hubo dinero para la prepa, o al menos eso fue lo que entendió sin que nadie se lo tuviera que decir en voz alta. La familia necesitaba más ingresos y Giovanni, sin drama, sin reclamos, simplemente agarró una pala y empezó a acompañar a su papá a las obras. 12 13 horas bajo el sol de Tijuana, cargando bloc, mezclando cemento, subiendo cubetas por escaleras de madera carcomida.

Eso era la vida de Giovanni Reyes a los 18 años y lo hacía bien. Los contratistas lo empezaron a pedir por nombre. Decían que era responsable, que llegaba puntual, que no se rajaba. Don Aurelio escuchaba eso con la misma expresión de siempre, sin sonreír. Pero quienes lo conocían sabían que por dentro ese hombre estaba orgulloso.

Entonces, nada en la vida de Giovanni Reyes parecía fuera de lo ordinario. Y sin embargo, algo estaba a punto de cambiar, algo que nadie vio venir. La obra donde estaban trabajando ese mes de octubre estaba en la colonia Independencia, a unos 20 minutos de su casa. Era un proyecto de remodelación de una bodega contratado por un tipo de Guadalajara que quería convertirla en una especie de minialmacén para renta.

Nada glamoroso, solo cemento, varilla y sudor. Fue ahí donde Giovanni conoció a Damián. Nadie sabe exactamente en qué momento llegó ese hombre al barrio. Ni siquiera está claro si trabajaba en la obra o si simplemente aparecía por ahí. Los compañeros de Giovanni declararon después cosas distintas.

Unos dijeron que sí lo habían visto una vez de lejos. Otros dijeron que nunca lo habían notado. Y esa contradicción, esa niebla alrededor de Damián fue uno de los primeros elementos que hizo que el caso se volviera tan perturbador. Lo que sí se sabe es que Giovanni lo mencionó en casa. Una noche, mientras cenaban frijoles con arroz y tortillas de harina, Giovanni le dijo a su mamá que había conocido a alguien, un cuate que le caía bien.

Doña Patricia no le dio mayor importancia porque iba a dársela Damián. Solo se sabe el nombre, no el apellido, no la dirección, no si era de Tijuana, de algún otro estado o incluso de si tenía papeles o no. En esta ciudad la gente llega y no siempre trae historia. Giovanni lo describió como un tipo tranquilo, mayor que él.

Quizás unos 25, quizás 30, no estaba seguro. Tenía la piel morena, el cabello oscuro cortado al rape por los lados y siempre andaba con una chamarra de mezclilla, aunque no hiciera tanto frío. Hablaba poco, pero cuando hablaba escuchaba diferente a la mayoría, como si en verdad estuviera prestando atención.

Eso fue lo que le gustó a Giovanni, que Damián escuchaba. Los 18 años, cuando eres el hijo mayor y tienes que cargar block todo el día y llegar a casa con la espalda rota, a veces lo que más necesitas es alguien que te escuche sin juzgarte, alguien que no te diga que deberías estar agradecido, que hay gente peor, solo alguien que esté ahí.

Y Damián estaba ahí. Los primeros días hablaron de cosas normales, del trabajo, del calor, de la Liga MX. Giovanni era del sholos, por supuesto, como casi todo el mundo en Tijuana. Damián dijo que él no era aficionado a ningún equipo. Lo dijo sin ninguna carga, simplemente como un dato. Y Giovanni lo encontró raro, pero lo dejó pasar.

Las conversaciones fueron creciendo. Damián le preguntó sobre su familia, cuántos eran, cómo eran las cosas en casa. Giovanni contó sin pensar, “Porque así es cuando confías en alguien.” Le habló de su papá, de su mamá, de sus dos hermanos más chicos, Tomás de 14 y Renata de 11. Le contó que vivían en la obrera, que la casa era chica, pero que alcanzaban, que su mamá hacía las mejores enchiladas del mundo.

Damián sonreía cuando lo escuchaba y Giovanni no notó que en esa sonrisa había algo que no encajaba del todo. Fue aproximadamente en la tercera semana de conocerse cuando Damián hizo la primera pregunta rara. No fue obvia, no fue de las que uno reconoce de inmediato como amenaza. Fue sutil de las que se filtran y se instalan que te des cuenta.

Estaban sentados en el borde de un muro que acababan de levantar, descansando después del mediodía, comiendo tortas de jamón que doña Patricia les había preparado a Giovanni y a don Aurelio. Don Aurelio estaba al otro lado de la obra hablando con el contratista sobre unos materiales que no habían llegado. Damián miró a Giovanni y le preguntó como de pasada, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Oye, tú cómo eres de salud. Giovanni lo miró, tragó el bocado que tenía en la boca. ¿Cómo que cómo eres de salud si te enfermas seguido, si tienes algo? Si vas al doctor. Giovanni se quedó un momento callado. No fue una pausa dramática, fue simplemente el tiempo que le tomó procesar la pregunta. Bien, respondió al final. Soy bien sano, nunca me enfermo.

Damián asintió y no dijo nada más. La conversación siguió por otro lado. Hablaron del calor, de que la cerveza fría hubiera estado bien en ese momento, de nada importante. Y Giovanni terminó su torta. y volvió al trabajo. Pero esa pregunta se quedó flotando. No lo perturbó de inmediato. No fue como una alarma, fue más como una astilla, pequeña, casi invisible, pero ahí enterrada bajo la piel.

Esa noche, Giovanni le contó a su mamá la pregunta de Damián, no como si fuera algo grave. Lo mencionó mientras ayudaba a recoger los platos de la cena casi de pasada con un tono de leve curiosidad. Doña Patricia lo miró. ¿Por qué te preguntó eso? No sé, dijo Giovanni. Raro, ¿verdad? Sí, está raro, hijo. Dijo ella. ¿Quién es ese tipo? Un cuate de la obra.

Y lo conoces bien. Giovanni se encogió de hombros. No demasiado. Patricia lo miró un poco más. ese tipo de mirada que tienen las madres que han vivido en ciudades difíciles, que han aprendido a leer el peligro en los detalles pequeños. Una mirada que mezcla el instinto con el miedo. “Cuídate, mi hijo”, le dijo, “nada más.

” Y Giovanni dijo que sí, que se cuidaba y en ese momento lo decía en serio. No sabía que esas palabras iban a ser de las últimas conversaciones tranquilas que tendrían juntos. Los días siguientes, Giovanni fue más observador con Damián. No lo alejó, no le cambió el trato, pero empezó a prestar más atención a las cosas que decía, a las que no decía, a sus movimientos en la obra y fue notando cosas.

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