Don Aurelio era un hombre de pocas palabras, de los que enseñan con el ejemplo. Nunca le dijo a Giovanni que lo amaba con palabras directas, pero se levantaba a las 5 de la mañana todos los días sin excepción. Y eso para Giovanni era suficiente. Era suficiente y lo entendía. Giovanni terminó la secundaria con calificaciones normales.
No hubo dinero para la prepa, o al menos eso fue lo que entendió sin que nadie se lo tuviera que decir en voz alta. La familia necesitaba más ingresos y Giovanni, sin drama, sin reclamos, simplemente agarró una pala y empezó a acompañar a su papá a las obras. 12 13 horas bajo el sol de Tijuana, cargando bloc, mezclando cemento, subiendo cubetas por escaleras de madera carcomida.
Eso era la vida de Giovanni Reyes a los 18 años y lo hacía bien. Los contratistas lo empezaron a pedir por nombre. Decían que era responsable, que llegaba puntual, que no se rajaba. Don Aurelio escuchaba eso con la misma expresión de siempre, sin sonreír. Pero quienes lo conocían sabían que por dentro ese hombre estaba orgulloso.
Entonces, nada en la vida de Giovanni Reyes parecía fuera de lo ordinario. Y sin embargo, algo estaba a punto de cambiar, algo que nadie vio venir. La obra donde estaban trabajando ese mes de octubre estaba en la colonia Independencia, a unos 20 minutos de su casa. Era un proyecto de remodelación de una bodega contratado por un tipo de Guadalajara que quería convertirla en una especie de minialmacén para renta.
Nada glamoroso, solo cemento, varilla y sudor. Fue ahí donde Giovanni conoció a Damián. Nadie sabe exactamente en qué momento llegó ese hombre al barrio. Ni siquiera está claro si trabajaba en la obra o si simplemente aparecía por ahí. Los compañeros de Giovanni declararon después cosas distintas.

Unos dijeron que sí lo habían visto una vez de lejos. Otros dijeron que nunca lo habían notado. Y esa contradicción, esa niebla alrededor de Damián fue uno de los primeros elementos que hizo que el caso se volviera tan perturbador. Lo que sí se sabe es que Giovanni lo mencionó en casa. Una noche, mientras cenaban frijoles con arroz y tortillas de harina, Giovanni le dijo a su mamá que había conocido a alguien, un cuate que le caía bien.
Doña Patricia no le dio mayor importancia porque iba a dársela Damián. Solo se sabe el nombre, no el apellido, no la dirección, no si era de Tijuana, de algún otro estado o incluso de si tenía papeles o no. En esta ciudad la gente llega y no siempre trae historia. Giovanni lo describió como un tipo tranquilo, mayor que él.
Quizás unos 25, quizás 30, no estaba seguro. Tenía la piel morena, el cabello oscuro cortado al rape por los lados y siempre andaba con una chamarra de mezclilla, aunque no hiciera tanto frío. Hablaba poco, pero cuando hablaba escuchaba diferente a la mayoría, como si en verdad estuviera prestando atención.
Eso fue lo que le gustó a Giovanni, que Damián escuchaba. Los 18 años, cuando eres el hijo mayor y tienes que cargar block todo el día y llegar a casa con la espalda rota, a veces lo que más necesitas es alguien que te escuche sin juzgarte, alguien que no te diga que deberías estar agradecido, que hay gente peor, solo alguien que esté ahí.
Y Damián estaba ahí. Los primeros días hablaron de cosas normales, del trabajo, del calor, de la Liga MX. Giovanni era del sholos, por supuesto, como casi todo el mundo en Tijuana. Damián dijo que él no era aficionado a ningún equipo. Lo dijo sin ninguna carga, simplemente como un dato. Y Giovanni lo encontró raro, pero lo dejó pasar.
Las conversaciones fueron creciendo. Damián le preguntó sobre su familia, cuántos eran, cómo eran las cosas en casa. Giovanni contó sin pensar, “Porque así es cuando confías en alguien.” Le habló de su papá, de su mamá, de sus dos hermanos más chicos, Tomás de 14 y Renata de 11. Le contó que vivían en la obrera, que la casa era chica, pero que alcanzaban, que su mamá hacía las mejores enchiladas del mundo.
Damián sonreía cuando lo escuchaba y Giovanni no notó que en esa sonrisa había algo que no encajaba del todo. Fue aproximadamente en la tercera semana de conocerse cuando Damián hizo la primera pregunta rara. No fue obvia, no fue de las que uno reconoce de inmediato como amenaza. Fue sutil de las que se filtran y se instalan que te des cuenta.
Estaban sentados en el borde de un muro que acababan de levantar, descansando después del mediodía, comiendo tortas de jamón que doña Patricia les había preparado a Giovanni y a don Aurelio. Don Aurelio estaba al otro lado de la obra hablando con el contratista sobre unos materiales que no habían llegado. Damián miró a Giovanni y le preguntó como de pasada, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Oye, tú cómo eres de salud. Giovanni lo miró, tragó el bocado que tenía en la boca. ¿Cómo que cómo eres de salud si te enfermas seguido, si tienes algo? Si vas al doctor. Giovanni se quedó un momento callado. No fue una pausa dramática, fue simplemente el tiempo que le tomó procesar la pregunta. Bien, respondió al final. Soy bien sano, nunca me enfermo.
Damián asintió y no dijo nada más. La conversación siguió por otro lado. Hablaron del calor, de que la cerveza fría hubiera estado bien en ese momento, de nada importante. Y Giovanni terminó su torta. y volvió al trabajo. Pero esa pregunta se quedó flotando. No lo perturbó de inmediato. No fue como una alarma, fue más como una astilla, pequeña, casi invisible, pero ahí enterrada bajo la piel.
Esa noche, Giovanni le contó a su mamá la pregunta de Damián, no como si fuera algo grave. Lo mencionó mientras ayudaba a recoger los platos de la cena casi de pasada con un tono de leve curiosidad. Doña Patricia lo miró. ¿Por qué te preguntó eso? No sé, dijo Giovanni. Raro, ¿verdad? Sí, está raro, hijo. Dijo ella. ¿Quién es ese tipo? Un cuate de la obra.
Y lo conoces bien. Giovanni se encogió de hombros. No demasiado. Patricia lo miró un poco más. ese tipo de mirada que tienen las madres que han vivido en ciudades difíciles, que han aprendido a leer el peligro en los detalles pequeños. Una mirada que mezcla el instinto con el miedo. “Cuídate, mi hijo”, le dijo, “nada más.
” Y Giovanni dijo que sí, que se cuidaba y en ese momento lo decía en serio. No sabía que esas palabras iban a ser de las últimas conversaciones tranquilas que tendrían juntos. Los días siguientes, Giovanni fue más observador con Damián. No lo alejó, no le cambió el trato, pero empezó a prestar más atención a las cosas que decía, a las que no decía, a sus movimientos en la obra y fue notando cosas.
Damián casi nunca hablaba de sí mismo. Cuando Giovanni le hacía preguntas directas, el hombre las respondía con bajedad. que vivía por el centro y había trabajado en varias cosas, que era de por acá, de por allá, respuestas que no anclaban nada en ningún lado, como si Damián fuera una persona construida al momento, sin pasado concreto. Giovanni también notó que Damián observaba mucho.
Cuando estaban descansando, sus ojos recorrían la obra, los alrededores, a las personas. No era el tipo de mirada de alguien que está aburrido o que está pensando en otra cosa. Era la mirada de alguien que está registrando, catalogando. Había algo más. Una vez cuando Giovanni tuvo que ir al médico por un dolor de muela y al día siguiente le contó a Damián que había ido a la clínica de Lims en la colonia Libertad, Damián le preguntó cuánto tiempo había esperado, si lo habían atendido rápido, si lo habían revisado bien. Preguntas que sonaban a
conversación, pero que en conjunto pintaban algo difícil de nombrar y esa dificultad de nombrarlo era parte del problema. ¿Cómo le cuentas a alguien que un tipo te hace preguntas sobre tu salud y que eso te parece raro, sin que suene exagerado, sin que parezca que estás siendo paranoico? Giovanni no le dijo nada a nadie más, solo lo guardó.
A mediados de octubre, la obra en la colonia Independencia entró en una pausa por falta de materiales. El contratista de Guadalajara había tenido problemas con el proveedor. Las varillas no llegaban y el jefe de obra les dijo que quizás la siguiente semana retomaban. Don Aurelio consiguió unos días de trabajo en otra obra por el lado de la colonia Libertad y Giovanni fue con él.
Fue entonces cuando dejó de ver a Damián, o al menos eso pensó al principio, porque tres días después, cuando Giovanni salió a comprar unas cosas para su mamá en la tienda de la esquina, en la calle sexta, lo vio. Damián estaba en la banqueta de enfrente, parado, solo, sin hacer nada en particular.
Giovanni lo saludó con la mano desde el otro lado de la calle. Damián levantó la cabeza y le devolvió el saludo con una inclinación leve y siguió parado ahí. Giovanni entró a la tienda, compró lo que necesitaba, salió. Damián ya no estaba. Eso en sí no era nada. La gente para en las banquetas, la gente se va. Pero Giovanni se quedó pensando todo el camino de regreso a casa.
¿Qué hacía Damián en su colonia? La obrera y la independencia no eran la misma colonia, no quedaban a la vuelta. ¿Qué estaba haciendo Damián a tres cuadras de su casa? se lo preguntó toda la noche y al día siguiente decidió que iba a preguntarle directamente cuando lo volviera a ver, pero los eventos que siguieron no le dieron tiempo de hacerlo.
El martes 17 de octubre fue un día ordinario en la familia Reyes Portillo. Don Aurelio salió a las 5:30 de la mañana. Giovanni lo siguió a las 6. Trabajaron en la obra de la libertad hasta las 4 de la tarde, cuando el maestro de obra los dejó ir porque había terminado la parte del colado y necesitaba que el cemento fraguara sin que nadie caminara encima.
Regresaron a casa. Doña Patricia había hecho sopa de fideos y bistec encebollado. Comieron. Tomás, el hermano de 14 años, platicó de un problema que había tenido en la escuela con un compañero. Don Aurelio le dio un consejo corto y directo, como era su costumbre. Renata, la chica de 11, le pidió a su mamá que le ayudara con una tarea de ciencias.
Todo normal, todo exactamente como cualquier martes. Después de cenar, doña Patricia se dio cuenta de que el tanque de gas estaba por acabarse. La llama de la estufa estaba azul, pero débil. Si no lo cambiaban esa noche, por la mañana no habría con qué calentar el agua ni hacer el desayuno. Don Aurelio ya estaba acostado. Las 6 de la mañana pasaban factura.
Giovanni estaba viendo el teléfono en la sala. Mijo, ¿puedes ir a cambiar el tanque?, le preguntó Patricia. Y Giovanni dijo que sí. Claro que dijo que sí. Se levantó, agarró la chamarra azul marino que colgaba detrás de la puerta, metió el dinero que su mamá le dio en la bolsa del pantalón y tomó el tanque vacío por la manija de metal.
Son como 9 de la noche, dijo Patricia. No te tardes, ahorita vengo”, dijo Giovanni y salió. Doña Patricia lo vio alejarse por el callejón angosto que daba a la calle principal. La figura de su hijo con el tanque de gas en la mano, la chamarra azul, los tenis blancos que se habían comprado dos semanas antes en el tianguis de las 5:10.
Cerró la puerta. Y eso fue todo. Esa fue la última vez que doña Patricia Reyes vio a su hijo Giovanni con vida. El depósito de gas más cercano a la colonia obrera estaba en la calle Décima, a unas seis cuadras. Era un lugar conocido en el barrio, un terreno con una barda de block pintada de amarillo y un letrero de la compañía Z gas que llevaba años desteñido.
Operaba hasta las 10 de la noche. Giovanni tenía tiempo de sobra. La ruta que normalmente tomaba era sencilla. Bajar por el callejón hasta la calle tercera, caminar cuatro cuadras hacia el norte, doblar en la décima y llegar al depósito. En condiciones normales, el trayecto ida y vuelta no llevaba más de 20 minutos.
Quizás 25 si había fila. Esa noche nadie lo vio llegar al depósito. Nadie lo vio en la calle décima. Nadie lo vio después de que cruzó la esquina de su callejón con la calle tercera y desapareció en la oscuridad. Eso es lo que hace que este caso sea tan perturbador. No hubo señales de violencia en la ruta.
No hubo testigos de una pelea, de un forcejeo, de gritos. No hubo nada. Giovanni simplemente se fue como si la noche lo hubiera tragado en silencio. A las 10:15 de la noche, doña Patricia empezó a preocuparse. Le mandó un mensaje a Giovanni sin respuesta. Lo llamó. El teléfono timbró, pero nadie contestó.
volvió a llamar y otra vez se asomó al cuarto de su esposo. Aurelio, dijo, Giovanni no ha llegado. Don Aurelio abrió los ojos y miró el techo un momento. Luego se levantó de la cama sin decir nada. Salió a buscarlo. Caminó la ruta completa, la calle tercera, la décima, el depósito de gas. En el depósito, el encargado era un señor chaparro de bigote espeso que se llamaba Héctor.
Don Aurelio le preguntó si había visto a su hijo. Le describió a Giovanni, 18 años, chamarra azul, con un tanque de gas. Héctor frunció el ceño. No, señor, esta noche no vino ningún muchacho así. Ya casi no ha venido nadie. Don Aurelio se quedó parado en el umbral de la barda amarilla. La luz del depósito era blanca y fría, de esas lámparas de neón que hacen que todo parezca más pálido de lo que es.
Giovanni no había llegado al depósito. Entonces, ¿dónde estaba? Don Aurelio recorrió las calles del barrio durante dos horas esa noche, solo, caminando rápido, asomándose a las esquinas, preguntando a las pocas personas que aún estaban en la calle. Nadie lo había visto, nadie sabía nada. A la medianoche, doña Patricia llamó a la policía.
La llamada fue frustrante desde el principio. El agente que atendió le dijo que para levantar un reporte de persona desaparecida tenían que pasar 72 horas. Patricia le explicó que su hijo era menor de edad. El agente corrigió que 18 años no era menor de edad, que quizás se había ido con algún amigo, que a veces los jóvenes se pierden un rato.
Patricia contuvo la respiración. Mi hijo salió a comprar gas y no llegó a la tienda, dijo, “Son las 12 de la noche y lleva más de 2 horas fuera. Él no hace esto.” El agente anotó los datos. prometió que pasarían a hacer un reporte al día siguiente. Esa noche nadie durmió en la casa de los Reyes Portillo. Al amanecer del miércoles 18, la búsqueda empezó de verdad.
Don Aurelio salió de nuevo a las 6 de la mañana. Esta vez fue de colonia en colonia preguntando en las tiendas, en los talleres mecánicos que habrían temprano, en las tortillerías. Nadie había visto a Giovanni. Doña Patricia llamó a todos los números que tenía del teléfono de su hijo. Amigos de la infancia, compañeros de la secundaria, una prima que vivía en la colonia Libertad. Nadie sabía nada.
Varios preguntaron si estaba bien. Patricia repetía la misma historia una y otra vez con la voz cada vez más tensa, como una cuerda que se va apretando. Fue entonces cuando recordó el nombre que Giovanni había mencionado semanas atrás. Damián. ¿Cómo se llama ese amigo nuevo que tienes? Le había preguntado ella en su momento. Damián había dicho Giovanni.
Lo conocí en la obra. Doña Patricia fue a la obra de la colonia Independencia. Llegó a media mañana cuando el equipo había retomado los trabajos. Buscó al maestro de obra, un hombre de nombre Óscar, fornido, con casco amarillo y lentes de seguridad colgados del cuello. Le preguntó por Damián. Óscar la miró. Damián.
¿Qué Damián? Un hombre moreno pelo al rape, chamarra de mezclilla, andaba por aquí y conoció a mi hijo. Óscar se rascó la nuca. No, señora, aquí no hay ningún Damián en la obra. No tengo a ningún trabajador con ese nombre. Patricia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Estás seguro? Segurísimo. Conozco a toda mi gente.
No hay ningún damián. Entonces, ¿quién era Damián? fue el inicio de lo que se convertiría en uno de los elementos más inquietantes del caso, porque a medida que la familia Reyes intentó identificar a Damián, se toparon con un muro de silencio y confusión que no tenía explicación sencilla. Los compañeros de trabajo de don Aurelio y Giovanni en la obra fueron interrogados uno por uno.
De los siete hombres que trabajaban en el equipo, solo dos dijeron haber visto a alguien que pudiera coincidir con la descripción de Damián. Uno dijo que lo había visto de lejos en la banqueta, una o dos veces. El otro dijo que quizás lo había visto hablando con Giovanni durante el descanso, pero que no estaba seguro. Nadie lo conocía por nombre.
Nadie sabía de dónde venía, dónde vivía, a qué se dedicaba. Era como si Damián hubiera sido una presencia que se movía en los bordes de la realidad, visible solo para Giovanni y apenas de refilón para uno o dos testigos que tampoco podían decir nada concreto. ¿Cómo es posible que un hombre entre en la vida de alguien, pase semanas hablando con él y no deje rastro alguno en el mundo? Eso era lo que la familia Reyes se preguntaba.
Y eso mismo se preguntarían meses después los investigadores. La denuncia formal de desaparición se levantó el jueves 19 de octubre, 48 horas después de que Giovanni salió a comprar el tanque de gas y no regresó. El agente que atendió el caso fue el detective Ramírez de la Fiscalía General del Estado de Baja California, unidad de personas desaparecidas.
Ramírez tenía 42 años, 13 de carrera y una cara que parecía haberse acostumbrado a escuchar lo peor. No era un mal hombre, era un hombre cansado, que había visto demasiados casos que no se resolvían, demasiadas familias que esperaban respuestas que no llegaban, demasiados archivos acumulados en gavetas que nadie volvía a abrir.
Pero este caso lo llamó la atención desde el principio, porque todo en la desaparición de Giovanni Reyes era demasiado limpio, demasiado sin rastro. Y eso en la experiencia de Ramírez no era señal de inocencia, era señal de planeación. Las primeras diligencias incluyeron revisar las cámaras de vigilancia de la zona.
En la colonia obrera no había muchas. Tijuana tiene sistemas de vigilancia que varían enormemente según el barrio. En las zonas céntricas y comerciales hay cámaras. En los barrios obreros y periféricos los postes están, pero las cámaras muchas veces no funcionan. O llevan años sin grabación o simplemente nunca las instalaron. De las cuatro cámaras identificadas en la ruta que Giovanni habría tomado esa noche, dos no tenían grabación activa.
Una tenía el lente cubierto de polvo y grasa con una imagen tan borrosa que era inútil. La cuarta, la que estaba en la esquina de la tercera con la décima, sí funcionaba. El video de esa cámara mostró lo siguiente a las 21008. Una figura masculina con chamarra oscura y un objeto que podría ser un tanque de gas caminando en dirección norte.
La calidad era baja, granulada, con los tonos aplastados por la luz artificial de la calle, pero era consistente con la descripción de Giovanni. Chamarra oscura, complexión delgada, caminando solo y nada más. Giovanni cruzaba la esquina y se perdía fuera del ángulo de la cámara. Eso fue todo lo que la tecnología pudo ofrecer esa semana.
Una silueta borrosa caminando hacia la oscuridad. 4 días después de la desaparición, doña Patricia encontró algo. Estaba revisando el cuarto de Giovanni, buscando sin saber bien qué buscaba, algo que le diera una pista, una dirección, algún hilo del que jalar. abrió el cajón de la mesita de noche y encontró el teléfono viejo de Giovanni, el teléfono que su hijo había dejado de usar tres meses atrás, cuando don Aurelio pudo comprarle uno nuevo.
Lo cargó, revisó los mensajes. Había una conversación con un número sin nombre guardado, solo el número. Una serie de mensajes cortos que abarcaban aproximadamente dos semanas. Los primeros mensajes eran triviales. Saludos, ¿cómo estás? Preguntas sobre el trabajo. Nada relevante. Pero hacia el final de la conversación la dinámica cambiaba.
El número sin identificar le preguntaba a Giovanni con más frecuencia. le preguntaba cómo se había sentido, si había dormido bien, si había comido. Pequeñas preguntas que aisladas no significaban nada, pero en conjunto formaban un patrón que Patricia no supo nombrar en ese momento, pero que le revolvió el estómago. Y en uno de los últimos mensajes, el número le preguntaba a Giovanni, “¿Cuánto pesas ahorita, hermano?” Pregunto porque estaban viendo si necesitaban un ayudante para un jale de carga.
Giovanni había respondido como 74 kg por el número no había respondido más. Atricia se quedó sentada en la cama de su hijo con el teléfono en las manos temblando. No era solo curiosidad, era una pregunta con propósito. Alguien quería saber el peso exacto de su hijo. Alguien quería saber si Giovanni era sano, cuánto pesaba, cómo era físicamente, por qué.
La pregunta se asentó en el centro del pecho de doña Patricia como una piedra fría. ¿Por qué alguien necesitaba saber eso? El teléfono viejo fue entregado al detective Ramírez al día siguiente. El número sin nombre fue rastreado por el equipo de análisis forense digital de la fiscalía. Era un número de tarjeta de prepago comprado con efectivo en una tienda de conveniencia, sin registro a nombre de nadie, sin datos de identidad.
En México las tarjetas SIM de prepago son fáciles de conseguir y difíciles de rastrear cuando alguien no quiere ser encontrado. No es una peculiaridad del crimen organizado, es simplemente la realidad del mercado. Pero el hecho de que el número de Damián fuera prepago y sin registro confirmó algo que Ramírez ya intuía.
Este hombre no había entrado en la vida de Giovanni y por casualidad había llegado con cuidado, con intención y con un propósito que todavía nadie entendía del todo. Mientras la investigación formal avanzaba a paso lento, la familia Reyes hacía lo que hacen todas las familias cuando el sistema falla. Actuar por su cuenta.
Los vecinos de la colonia obrera se organizaron. Imprimieron volantes con la foto de Giovanni. una foto del cumpleaños de agosto donde aparecía sonriendo con un plato de carne asada en la mano con la chamarra azul marina que usaría esa noche fatídica. Distribuyeron los volantes en tiendas, en paradas de camión, en las clínicas, en los mercados.
Los pegaron en los postes de la colonia Independencia de La Libertad del Centro. Los llevaron hasta la zona norte y hasta la colonia postal. iban de dos en dos, porque Tijuana no es ciudad para andar solo a cualquier hora. Don Aurelio era el centro de esa búsqueda. Salía todos los días, hablaba con poca gente, pero buscaba sin parar. Había algo en él que era difícil de ver de frente.
El dolor de un hombre que no sabe cómo llorar en público, pero que tiene la cara marcada por dentro, los ojos hundidos, los hombros más caídos. Tomás, el hermano de 14 años, dejó de ir a la escuela esa semana. Doña Patricia tuvo que convencerlo de que volviera. Él le decía que quería salir a buscar a Giovanni. Ella le decía que tenía que estudiar, pero los dos sabían que esa conversación era solo una manera de no hablar de lo que en verdad tenían miedo de decir.
Y Renata, la niña de 11, simplemente dejó de hablar mucho. Se volvió silenciosa de una manera que sus maestros notaron. Una niña que antes levantaba la mano en clase de pronto se quedaba viendo por la ventana como si esperara ver algo que no llegaba. El precio invisible de los desaparecidos. No solo la persona que se va, toda la familia que se queda vaciada esperando sin poder cerrar ningún duelo, porque no hay nada que cerrar mientras no se sabe nada.
Una semana después de la desaparición, un detalle surgió que movió el caso en una dirección que nadie esperaba. Un vecino de la colonia obrera, un señor de nombre Guillermo, que vivía a media cuadra de los Reyes, fue a hablar con don Aurelio. Era un hombre grande, de unos 50 años que trabajaba como chóer de camioneta de carga.
No era de los que hablan mucho, pero fue a tocarles la puerta porque sintió que no podía quedarse callado. Le dijo a Aurelio que unos días antes de la desaparición de Giovanni había notado una camioneta estacionada en la calle frente a su casa. una pickup gris sin placas visibles porque estaban cubiertas con barro seco. No era la primera vez que la veía en el barrio.
Guillermo decía que la había visto al menos tres veces en la semana previa a la desaparición. Siempre de noche, siempre con el motor apagado y siempre con alguien adentro, aunque no podía ver bien quién desde la distancia. Guillermo no había pensado mucho en eso hasta que Giovanni desapareció. Entonces conectó los puntos. Don Aurelio escuchó todo esto con una calma que solo venía del agotamiento.
Luego fue con Ramírez. La camioneta gris se convirtió en la segunda línea de investigación, pero en Tijuana una pickup gris con barro en las placas no es una descripción que lleve muy lejos. Lo que sí llevó más lejos fue la siguiente pista y llegó de la manera más inesperada. Una chica llamada Fernanda, de 16 años, que vivía en la colonia Independencia y que vendía chicharrones con su mamá en un puesto frente a la obra donde había trabajado Giovanni, se acercó a doña Patricia cuando la vio pegando volantes un jueves por la tarde. “Patricia,
reconozco a ese muchacho”, dijo la chica. “Patricia se congeló. ¿lo conoces?” No de nombre, pero lo vi en la obra y vi con quién andaba. Fernanda describió a Damián. coincidía casi exactamente con lo que Giovanni había contado, el pelo al rape, la chamarra de mezclilla, la manera de estar parado y añadió un detalle que nadie más había mencionado.
Dijo que una tarde, mientras atendía el puesto, vio a Damián hablando por teléfono y que escuchó sin querer parte de lo que decía, porque el hombre hablaba en voz baja, pero el viento traía las palabras hacia donde ella estaba. Fernanda no pudo escuchar todo, pero escuchó suficiente para que se le pusiera la piel de gallina.
Lo que escuchó fue esto. Está bien, es joven, está sano, vale la pena. Eso fue todo, pero era suficiente. Vale la pena. Doña Patricia llegó con ese testimonio al detective Ramírez el viernes 27 de octubre, 10 días después de la desaparición de Giovanni. Ramírez escuchó a Fernanda con la misma atención con la que escuchaba todo, sin interrumpir, tomando notas en una libreta de pasta negra que llevaba desde hacía años.
Cuando la chica terminó, Ramírez se quedó un momento en silencio. Luego dijo con cuidado. ¿Estás segura de lo que escuchó? Sí, respondió Fernanda. Se lo digo porque no se me olvida, porque cuando lo escuché me pareció raro, pero luego no le di importancia y ahora no puedo dejar de pensar en eso. Ramírez asintió.
Esas palabras. Está bien, es joven, está sano, vale la pena. Abrieron una línea de investigación que el detective había querido evitar porque sabía a dónde podría llevar. Na línea que en Tijuana, ciudad fronteriza con uno de los cruces más activos del mundo, tenía connotaciones que helaban la sangre en la jerga de ciertos mercados ilegales que operan en la frontera norte de México.
Cuando alguien describe a una persona como que vale la pena después de hablar de su salud y su edad, no siempre se está hablando de trabajo. Ramírez cerró la libreta, miró a Patricia y supo que tenía que hacer llamadas que no quería hacer. Lo que Ramírez temía confirmar y lo que el caso de Giovanni Reyes comenzó a sugerir en esas semanas es algo que existe en los márgenes de la realidad de Tijuana, pero que muy pocas personas hablan abiertamente.
El tráfico de personas en la frontera no es solo migración, no es solo el cruce de familias centroamericanas buscando llegar al norte. Hay segmentos de ese negocio que son mucho más oscuros. Redes que buscan personas específicas, personas con características particulares, jóvenes, sanos, sin enfermedades crónicas, con un perfil físico determinado.
¿Para qué exactamente? Es algo que los investigadores de la fiscalía no siempre pueden confirmar con certeza, porque las redes son herméticas, los testigos tienen miedo y las cadenas de evidencia se rompen antes de llegar a conclusiones procesables. Pero los patrones existen y el patrón alrededor de Giovanni Reyes tenía características que encajaban con perfiles documentados en casos anteriores de la región.
Un joven que trabajaba en construcción, que tenía presencia física, que vivía en un barrio humilde donde nadie tenía conexiones con gente poderosa, que fue contactado gradualmente, sin prisa, por alguien que supo ganarse su confianza antes de hacer preguntas sobre su salud. preguntas que tenían un propósito, un propósito que Giovanni no identificó a tiempo.
Y esa es la parte que más duele de esta historia, porque Giovanni sí sintió algo raro. le contó a su mamá, le cayó la astilla de la duda, pero la duda no fue suficiente para que se alejara, para que pusiera una distancia real entre él y ese hombre que sabía escuchar demasiado bien. ¿Por qué no lo hizo? Porque nadie le enseñó que las personas peligrosas no siempre llegan con cara de peligro.
Porque nadie le dijo que a veces la amenaza más grave es la que se sienta contigo a comer una torta y te escucha hablar de tu familia con atención perfecta. Eso no es culpa de Giovanni. Es una realidad que muchos jóvenes en ciudades como Tijuana enfrentan sin las herramientas para reconocerla. Tres semanas después de la desaparición, el detective Ramírez recibió información a través de un canal que no podía usar como evidencia formal, pero que reorientó la investigación.
Un informante, alguien que operaba en los márgenes de ciertos negocios en la zona del boulevard Díaz Oordaz, cerca de la frontera, le dijo que había escuchado hablar de un hombre que reclutaba jóvenes en colonias obreras, que los identificaba en obras de construcción, que los estudiaba durante semanas antes de hacer cualquier movimiento, que preguntaba por la salud, por el peso, por la familia, para asegurarse de que no habría nadie que pusiera era demasiada resistencia ni demasiada presión.
El hombre no usaba su nombre real, cambiaba el teléfono con frecuencia, no tenía una base fija, era alguien que se movía. Ramírez preguntó si tenía algún nombre. El informante dudó. Luego dijo, “Le dicen el técnico, nadie sabe por qué, solo que así le dicen.” Ramírez escribió eso en su libreta, el técnico. Y la investigación giró hacia una figura que en ese momento era apenas un rumor, un nombre sin rostro, una sombra en los márgenes del caso, pero era algo.
el primer hilo concreto en semanas de oscuridad y jalar de ese hilo iba a llevar al detective Ramírez a lugares que no esperaba, a revelaciones que cambiarían la comprensión de este caso y a una verdad que la familia Reyes todavía no estaba preparada para escuchar, porque Giovanni seguía sin aparecer, porque Damián seguía sin tener cara apellido, y porque en Tijuana la noche tiene una capacidad de guardar secretos que a veces parece no tener fondo.
La historia de Giovanni Reyes no había terminado, apenas comenzaba a revelar lo que estaba escondido debajo. Y lo que viene en la segunda parte de este caso es lo que va a el arte la sangre, el técnico. Dos palabras, un apodo sin cara, sin historia, sin dirección. En la ciudad más transitada de la frontera norte de México, donde cada día cruzan miles de personas y donde el anonimato no es un privilegio, sino una manera de sobrevivir.
Un hombre con un apodo podía ser cualquiera, podía ser nadie. Pero el detective Ramírez llevaba 13 años en esto y sabía que los apodos no nacen en el vacío, nacen de algo, de un rasgo, de un oficio, de una manera de operar que hace que los que están alrededor de una persona empiecen a llamarla de cierta forma, sin ponerse de acuerdo.
El apodo es siempre una descripción, solo hay que saber leerla. ¿Por qué el técnico? ¿Qué tenía de técnico ese hombre? Ramírez pasó la noche del lunes al martes con esa pregunta dando vueltas en su cabeza en la pequeña oficina de la unidad de personas desaparecidas donde a veces dormía en el sillón cuando los casos no lo dejaban irse a casa.
Sobre el escritorio tenía la libreta, las fotos del volante de Giovanni, la transcripción de los mensajes del teléfono viejo y las notas del testimonio de Fernanda. Miró todo eso durante un rato largo. Luego llamó a un colega suyo en la unidad de trata de personas. Se llamaba Sandoval. Era alguien en quien Ramírez confiaba que había trabajado casos con perfiles similares.
Le describió el patrón, joven trabajador, contacto gradual en obra, preguntas sobre salud y peso, teléfono prepago sin registro, figura masculina sin identidad verificable. Sandoval escuchó y no tardó en responder. Suena al método de captación, dijo. No es nuevo, pero tampoco es común que sea tan cuidadoso.
La mayoría de los que se dedican a esto no invierten semanas. Este tipo eso lo hace más peligroso. ¿Lo has visto antes? Preguntó Ramírez. Algo parecido. Sí. En un caso de 2 años atrás. Un joven de la colonia Soler, nunca lo encontramos. El silencio que siguió a esas palabras duró más de lo que Ramírez quería. La investigación sobre el número de teléfono prepago llegó a un punto muerto rápidamente.
La tarjeta había sido comprada en un Oxo de la Avenida Constitución hacía 7 semanas, pagada con efectivo y la cámara interior del local tenía una imagen borrosa de alguien con gorra y cubrebocas. Nada que sirviera, pero el equipo de Ramírez exploró otra dirección. Revisaron los registros de actividad del número, llamadas y mensajes.
El número había estado activo durante 41 días y luego había dejado de usarse completamente 3 días antes de la desaparición de Giovanni. Es decir, quien lo usaba lo desechó con anticipación, lo eliminó del juego antes de que pudiera convertirse en evidencia. Eso era planeación fría. alguien que sabía que en algún momento alguien iba a buscar ese número, alguien que eliminó el rastro antes de que el rastro fuera necesario.
Ramírez subrayó eso en su libreta y luego señaló algo más que había estado ahí desde el principio, pero que cobró un nuevo peso a la luz de esta información. Giovanni había desaparecido la noche del 17 de octubre. El número de Damián había dejado de usarse el 14 tr días antes. Tres días antes de esa noche, alguien ya había cerrado el único hilo que podría haber conectado a Damián con Giovanni.
Eso no era un crimen de oportunidad, eso era un plan ejecutado con frialdad. Doña Patricia no sabía nada de estas líneas de investigación. Ramírez era cuidadoso con lo que compartía con las familias, no por falta de empatía, sino porque la información incompleta en manos de personas desesperadas podía llevar a consecuencias que complicaban los casos.
Pero Patricia no era una mujer que esperara sentada. Siguió buscando por su cuenta, siguió pegando volantes, siguió hablando con gente y un día, a finales de octubre, cuando ya llevaban casi dos semanas sin noticias, se topó con algo que Ramírez no esperaba. Patricia había ido a la clínica del IMCS de la colonia Libertad, donde Giovanni había ido por la muela.
Fue ahí porque recordó que Damián le había preguntado a Giovanni sobre esa visita. Quería saber si alguien en la clínica lo había visto, si alguien podía recordar algo. En la sala de espera, mientras hablaba con una enfermera, una señora de mediana edad que estaba sentada junto a ella levantó la vista del teléfono.
La señora se llamaba Dolores. había escuchado la conversación sin querer y dijo que ella también había estado en esa clínica el mismo día que Giovanni, porque llevó a su mamá a una consulta y recordaba a Giovanni porque era el único muchacho joven en la sala y estaba con alguien. Patricia se tensó. Con alguien, sí, un hombre mayor que él.
Estaban sentados juntos. El muchacho estaba esperando su turno y el hombre estaba con él. como acompañándolo. Patricia sacó el volante con la foto de Giovanni. Es él. Dolores lo miró. Asintió. Sí, era ese muchacho. Y el hombre que estaba con él, Dolores, describió al hombre, moreno, corpulento, unos 40 años quizás.
no una chamarra de mezclilla, camisa a cuadros, bigote escaso y en la mano un teléfono que sostenía con una calma que a Dolores le había parecido rara en su momento porque no miraba el teléfono como alguien que está esperando mensajes, lo sostenía como alguien que estaba grabando algo o tomando fotos. Patricia sintió que la cabeza le daba vueltas.
Ese hombre no coincidía exactamente con la descripción de Damián. Podía ser otra persona o podía ser que Damián tuviera otra cara que Giovanni nunca le había descrito a su familia. O podía ser que hubiera dos personas. Este nuevo elemento llegó a Ramírez esa misma tarde. Lo anotó, lo procesó y empezó a cambiar la imagen que tenía del caso.
Si había un segundo hombre en la clínica acompañando a Giovanni tomando fotos o grabando mientras esperaba la consulta médica, eso significaba que la operación alrededor de Giovanni no era de una sola persona, era un equipo, un equipo que seguía a Giovanni, que recopilaba información sobre él, que lo documentaba. Eso era lo que hacía el técnico.
Eso era lo que lo hacía técnico. No era un reclutador de calle que enganchaba a la gente con promesas. era alguien metódico, alguien que estudiaba sus objetivos antes de actuar, que lo seguía, que construía un expediente, que esperaba el momento preciso. Y Giovanni había sido estudiado durante semanas sin saberlo. La manera en que Damián había entrado en su vida, las conversaciones que parecían amistad, pero que eran recopilación de datos, las preguntas sobre su salud, su peso, su familia, la visita a la clínica donde un segundo individuo documentaba
la consulta médica, el desecho del teléfono prepago con 3 días de anticipación. Todo tenía la firma de alguien que había hecho esto antes, muchas veces antes. Fue Sandoval, el colega de la unidad de trata, quien encontró el primer punto de conexión con un caso anterior. Dos años antes, en 2021, en la colonia Soler de Tijuana, había desaparecido un joven de 20 años llamado Bruno Ávilacota, trabajador de bodega.
Desapareció una noche que salió a devolver una herramienta a un compañero de trabajo y nunca volvió. El caso quedó sin resolver. En el expediente de Bruno Ávila había algo que Sandoval había archivado sin darle demasiado peso en su momento. Uno de los amigos de Bruno declaró que semanas antes de la desaparición, Bruno había mencionado haber conocido a alguien nuevo en el trabajo, alguien que le caía bien porque era buen escuchando, alguien que le había preguntado sobre su salud.
El amigo de Bruno no recordaba el nombre de esa persona, pero la descripción física que dio era inquietante en su similitud con Damián. Pelo corto, complexión regular, mayor que Bruno, chamarra oscura. Sandoval le envió el expediente a Ramírez con una nota corta, mismo patrón, mismo perfil de víctima, posible mismo operador.
Ramírez leyó eso y se quedó muy quieto por un momento. Si esto era el mismo hombre, eso quería decir que llevaba al menos dos años operando en Tijuana o en sus alrededores. Había hecho esto antes con éxito, porque Bruno Ávila nunca había aparecido, que había afinado su método con cada caso y que Giovanni no era el primero.
Cuántos más había habido entre Bruno y Giovanni que nadie había conectado? Don Aurelio se enteró de la posible conexión con el caso de Bruno Ávila por un camino que Ramírez no esperaba. La mamá de Bruno, una señora de nombre Consuelo, que vivía en la colonia Soler, había visto el volante de Giovanni en las redes sociales.
Lo había compartido y cuando alguien en los comentarios mencionó que el perfil de Giovanni le recordaba al de Bruno, Consuelo fue a buscar a la familia Reyes. Llegó un domingo por la mañana, tocó la puerta de la casa de blog de la obrera. Doña Patricia abrió. Las dos mujeres se miraron un momento sin decir nada y luego Consuelo dijo con una voz que tenía dos años de dolor acumulado.
A mi hijo también lo estudió alguien antes de llevárselo. Patricia la hizo pasar, le sirvió café. Y escucharon, se escucharon dos madres con el mismo hueco en el pecho, con la misma historia contada desde colonias distintas, con los mismos detalles que se repetían de una manera que no podía ser coincidencia. Don Aurelio llegó a la mitad de esa conversación, se sentó en silencio junto a su esposa, escuchó todo.
Cuando Consuelo terminó de hablar, Aurelio dijo una sola cosa. Necesitamos que Ramírez sepa que estamos hablando con usted. No era una pregunta, no era una amenaza. Era el instinto de un hombre que entendía que la información tenía que moverse con orden. si iba a servir para algo. Ramírez reunió a las dos familias el martes siguiente en la oficina de la fiscalía.
Fue una reunión larga, tensa, llena de silencios incómodos y de detalles repetidos desde ángulos distintos. Consuelo trajo fotos de Bruno. Patricia trajo los mensajes del teléfono viejo de Giovanni. Cuando Ramírez puso las dos historias juntas en la mesa, la similitud era imposible de ignorar. Mismo método de contacto, mismo perfil de víctima, jóvenes trabajadores sin redes de influencia, físicamente sanos.
Mismo patrón de preguntas sobre la salud, mismo desaparecimiento silencioso, sin violencia visible, sin testigos directos. Y en el caso de Bruno, algo más que Consuelo recordó esa tarde y que no había mencionado en su declaración original dos años antes, porque en ese momento no supo cómo conectarlo. Una semana antes de que Bruno desapareciera, ella había visto una camioneta pickup estacionada frente a su casa, oscura o gris, no estaba segura del color exacto porque era de noche.
Sin placas visibles, Ramírez no necesitó subrayarlo. La misma camioneta o una igual de propósito. La investigación entró en una nueva fase durante la primera semana de noviembre. Ramírez solicitó acceso a los registros de cámaras de vialidades del municipio de Tijuana para la noche del 17 de octubre. No las cámaras de barrio que ya sabían que no servían, las cámaras de las vialidades principales, el boulevar, aguacaliente, la vía rápida, los accesos a las colonias orientales.
El proceso fue lento. Los registros tenían que ser solicitados a través de canales administrativos que no siempre respondían con la urgencia que Ramírez necesitaba. Pero al final del proceso, el equipo obtuvo imágenes de siete cámaras. En la cámara del cruce del boulevar Insurgentes, con la salida de la colonia obrera, a las 21:23 de la noche del 17 de octubre apareció algo, una pickup gris o de un color claro que bajo la luz de la cámara parecía gris, moviéndose hacia el norte en dirección a la vía rápida, en dirección al boulevar
Cuautemoc, que era uno de los accesos al centro de la ciudad. No se podían ver las placas. El ángulo era desfavorable, pero el vehículo era consistente con la descripción de Guillermo, el vecino, que la había visto estacionada frente a la casa de los reyes en los días previos. Y la hora coincidía.
A las 21:08, Giovanni salía del callejón. A las 21:23, 15 minutos después, una pickup sin placas [carraspeo] visibles se alejaba de la colonia en dirección norte. 15 minutos era suficiente tiempo, suficiente tiempo para que lo que fuera que pasó en esas seis cuadras entre la casa de los reyes y el depósito de gas pasara. Ramírez se quedó viendo esas imágenes por un tiempo que no supo medir.
Había algo en ese fotograma granulado, en esa pickup gris moviéndose por la noche de Tijuana que lo afectó de una manera que intentó no mostrar frente a su equipo. Era la imagen de Giovanni yéndose sin saberlo, sin poder hacer nada. Un muchacho que salió a comprar gas para que su mamá pudiera calentar el agua por la mañana.
Eso era todo lo que quería hacer. una cosa tan pequeña, tan cotidiana, tan invisible dentro del millón de cosas cotidianas que pasan en una ciudad de un millón y medio de personas cada noche. Y sin embargo, Ramírez tomó café, llamó a Sandoval, le describió las imágenes. Sandoval preguntó si habían podido rastrear la ruta del vehículo más allá de ese punto.
La siguiente cámara en esa dirección estaba en el cruce del boulevard Cuautemoc con la calle 7 y esa cámara esa noche tenía una falla técnica que nadie había reportado. “Lleva tres semanas sin grabar”, dijeron cuando Ramírez preguntó. “Tres semanas, justo el tiempo que abarcaba la semana de la desaparición. Una falla coincidente o alguien que sabía dónde estaban las cámaras y cuáles no funcionaban.
En Tijuana esa segunda posibilidad no era descabellada, era solo otra capa de oscuridad sobre el caso. A mediados de noviembre, un mes después de la desaparición, el caso de Giovanni Reyes fue retomado por un reportero de investigación del semanario Z, el periódico de Tijuana, que llevaba décadas cubriendo crimen organizado y corrupción con una valentía que en esta ciudad tenía un costo que todos conocían.
El reportero se llamaba Adrián Castellanos. Tenía 35 años, cara de no dormir bien y una obsesión con los casos de personas desaparecidas que sus colegas a veces encontraban admirable y a veces inquietante. Adrián había seguido el caso de Bruno Ávila dos años antes y cuando el perfil de Giovanni empezó a circular en redes y alguien le envió la información de manera anónima, conectó los puntos.
fue a buscar a la familia Reyes. Doña Patricia lo recibió con cautela. Ya había tenido malas experiencias con periodistas que llegaban buscando una historia sin importarles lo que quedaba detrás. Pero Adrián no llegó con grabadora encendida ni con cámara. Llegó con el expediente de Bruno Ávila impreso y con preguntas que demostraban que había hecho su tarea.
Le habló a Patricia de otros tres casos que había encontrado en los últimos 4 años en la zona metropolitana de Tijuana, Tecate y Rosarito. Jóvenes trabajadores, edades entre 16 y 23 años. Todos hombres, todos con perfiles físicos similares, todos desaparecidos de manera silenciosa, sin violencia aparente, sin testigos directos, y todos con el elemento de haber mencionado antes de desaparecer un contacto nuevo que les caía bien, pero que nadie más conocía.
Cinco casos contando a Giovanni, cinco jóvenes, cuatro sin aparecer. Patricia puso la mano sobre el papel como si necesitara algo sólido bajo los dedos, ¿por qué nadie los había conectado antes? Adrián tuvo la honestidad de responder lo que sabía. Porque las unidades de desaparecidos están saturadas. Porque los casos individuales se procesan individualmente, porque la comunicación entre municipios es lenta.
Y porque cuando las víctimas son jóvenes de colonias obreras sin conexiones políticas ni recursos económicos, el sistema no siempre responde con la misma urgencia. Patricia escuchó todo eso sin decir nada. Luego dijo, “Escríbalo. El artículo de Adrián Castellanos se publicó a fines de noviembre. No fue en primera plana porque el semanario Z tenía otras historias esa semana, pero el texto en digital circuló con una velocidad que sorprendió al propio Adrián.
Se compartió en grupos de Facebook de Tijuana, en Twitter, en WhatsApp, entre familias de colonias populares. Las reacciones fueron de dos tipos. El primero fue el dolor, familias que reconocían el patrón, que habían tenido a alguien así en su círculo cercano, que de pronto tenían un nombre para algo que no habían podido nombrar.
El segundo fue el miedo, porque si esto era real, si había alguien operando de manera sistemática en Tijuana y nadie lo había detenido en 4 años, eso quería decir que el problema era más profundo de lo que la mayoría quería aceptar. La fiscalía hizo un comunicado breve, cauteloso, diciendo que las investigaciones estaban en curso, que no podían confirmar ni desmentir vínculos entre los casos, que instaban a la ciudadanía a reportar cualquier información.
Ramírez leyó ese comunicado en su escritorio y apretó los dientes. La política institucional y la realidad de una investigación no siempre caminaban en la misma dirección. Fue el artículo de Adrián el que trajo al caso el testimonio más importante hasta ese momento. Una mujer que pidió que no se publicara su nombre, a quien llamaremos solamente Miriam, contactó al periodista a través de un mensaje privado tres días después de que el texto fue publicado.
Miriam dijo que había trabajado en una lavandería en la colonia Cacho y que hacía dos años, poco después de la desaparición de Bruno Ávila, había escuchado una conversación en el establecimiento de Junto, una pequeña bodega de herramientas que funcionaba como local de fachada. escuchó voces de hombres que hablaban de un envío, usaban palabras en código que en ese momento ella no supo descifrar.
Pero había una frase que recordaba textualmente porque le había parecido extraña. La frase era: “El técnico ya terminó el perfil. El martes cruzamos, cruzamos la frontera. Miriam había guardado ese recuerdo en el fondo de su memoria por 2 años, sin saber qué hacer con él, sin querer meterse en algo que podía ser peligroso.
Pero cuando leyó el artículo, cuando vio el patrón de escrito, cuando leyó el nombre, el técnico, no pudo seguir callada. Adrián llevó eso a Ramírez al día siguiente. Ramírez escuchó sin interrumpir. Luego dijo, “¿Puede describir el local?” Sí. La bodega de herramientas en la colonia Cacho ya no existía.
Cuando el equipo fue a verificar, el local estaba rentado por una empresa de reparación de calzado. El arrendador anterior había dejado de pagar 2 años antes y había desaparecido sin dejar datos de contacto. Sin embargo, el local había sido ocupado durante un periodo que coincidía con la desaparición de Bruno Ávila y la colonia Cacho quedaba a 15 minutos de la colonia obrera.
El frío de diciembre llegó a Tijuana sin aviso, como siempre. En la frontera norte el invierno no avisa. Un día está nublado y fresco y al siguiente hay una corriente que baja de las montañas de la sierra Juárez y lo convierte todo en un ambiente de humedad y viento que cala hasta los huesos. La familia Reyes pasó ese primer mes de diciembre en un estado que no tiene un nombre exacto.
No era solo tristeza, era algo más parecido a la suspensión. Como si el tiempo se hubiera detenido en el momento en que Giovanni salió por la puerta con el tanque de gas en la mano y todo lo que había pasado desde entonces fuera una espera interminable de que ese momento se resolviera. Tomás no le había vuelto a fallar a la escuela, pero sus maestros reportaron que estaba distraído, que se le iba la mirada a la ventana, que sus calificaciones habían bajado.
un muchacho de 14 años cargando un peso que no debería cargar nadie de esa edad. Renata había vuelto a hablar en clase, pero su maestra de primaria le contó a Patricia que la niña a veces hacía preguntas que revelaban que no podía dejar de pensar en su hermano. Una vez, durante una clase de matemáticas sobre promedios y estadísticas, Renata levantó la mano y preguntó, “Maestra, ¿cuántas personas desaparecidas en México se encuentran?” La maestra no supo qué responder.
Don Aurelio seguía buscando todos los días, pero de manera diferente. Había dejado de ir de colonia en colonia con volantes. Ahora iba a hablar con gente específica, personas que Adrián le había señalado, contactos en los barrios, gente que sabía cosas, pero que no hablaba con la policía. Aurelio no era policía.
Era un hombre con cara de cansancio y manos callosas y una historia que la gente del barrio entendía sin necesidad de muchas palabras. Algunos le decían que lo sentían, que no sabían nada. Otros lo miraban con una expresión que Aurelio aprendió a leer. No era que no supieran, era que tenían miedo de saber en voz alta.
El caso dio un giro inesperado el 9 de diciembre. un agente de la patrulla fronteriza de Estados Unidos en el cruce de San Isidro, el punto de cruce terrestre más transitado del mundo, contactó a la Fiscalía de Baja California a través de los canales de cooperación binacional. Había encontrado algo que podría ser relevante para una investigación activa en Tijuana.
En un operativo de rutina sobre tráfico de personas, habían detenido a un hombre que intentaba cruzar con documentos falsos. El hombre era mexicano, tenía 42 años y llevaba un teléfono con conversaciones que los agentes consideraron relevantes. Entre esas conversaciones había referencias a envíos recientes desde Tijuana y en una de esas conversaciones había una descripción física de una persona que coincidía con precisión inquietante con el perfil de Giovanni Reyes.
La descripción decía, masculino, 18 años, 74 kg, buen estado de salud, sin enfermedades, sin familia, con recursos, listo para entrega. Listo para entrega. Ramírez leyó eso y el estómago se le cerró. 74 kg, el mismo peso que Giovanni había escrito en el mensaje de texto a Damián. Eso no era coincidencia. de Giovanni.
Su perfil físico recopilado sistemáticamente transmitido a alguien al otro lado de la frontera. El hombre detenido en San Isidro fue identificado como intermediario. No era el operador principal, era un eslabón en una cadena cuya cabeza nadie había podido identificar todavía. Fue interrogado por agentes estadounidenses y paralelamente Ramírez solicitó participar en el interrogatorio a través de los mecanismos de cooperación binacional.
El hombre no habló de manera directa, pero negó saber nada de Giovanni Reyes como persona. Dijo que él solo recibía descripciones, que no sabía nombres, que no sabía caras. Eso en sí era revelador, porque si no sabía el nombre de Giovanni, eso significaba que en la cadena donde operaba las personas no eran personas, eran perfiles, eran descripciones, eran medidas físicas y estados de salud y condiciones familiares convertidos en datos que se enviaban como si se tratara de inventario.
Ramírez tuvo que salir del cuarto de interrogatorio un momento y respirar en el pasillo. No era la primera vez que veía esto, pero la frialdad del sistema nunca dejaba de golpearlo de alguna manera. El hombre detenido en San Isidro dio bajo presión y después de negociaciones que Ramírez no pudo escuchar directamente un dato que fue transmitido a la Fiscalía de Baja California.
No fue el nombre del técnico, no fue una dirección. Fue algo más difuso, pero que de todas formas cambió el curso de la investigación. dijo que el técnico no operaba solo en Tijuana, que tenía actividad documentada también en Mexicali y en algún punto de la sierra de Juárez, la cadena montañosa que se para la costa del desierto en Baja California, que tenía un sistema de casas de paso que cambiaba de ubicación con frecuencia y que lo llamaban el técnico porque era meticuloso, porque nunca actuaba sin antes tener un perfil completo de la víctima, porque estudiaba
a las personas con la paciencia y la precisión de alguien que hace un trabajo técnico, no emocional, sin rabia, sin apresuramiento, sin errores visibles. Eso era lo que lo había mantenido fuera del alcance durante años. La información de la sierra Juárez activó una coordinación con la Fiscalía General de la República que tenía jurisdicción sobre zonas rurales y operativos de mayor escala.
Ramírez entregó su expediente a una unidad más grande, aunque siguió participando como enlace por su conocimiento del caso. Fue un momento difícil para él. Entregar un caso nunca es sencillo cuando lleva semanas dentro de él. Cuando conoces la cara de la madre de la víctima, cuando has visto las fotos del cumpleaños de agosto con el plato de carne asada y la chamarra azul, pero sabía que esta búsqueda necesitaba más recursos de los que su unidad tenía.
Le fue a decir a doña Patricia en persona. Fue una tarde de mediados de diciembre con el cielo de Tijuana encapotado y el viento moviendo los cables eléctricos. entre las casas del barrio. Patricia abrió la puerta y lo miró a los ojos antes de que él dijera nada. ¿Lo encontraron?, preguntó. No, señora, pero estamos más cerca.
Patricia asintió muy despacio y Ramírez notó en esa mujer algo que lo impresionó. No lloró, no quebró. apretó la mano sobre el marco de la puerta y dijo con una firmeza que venía de algún lugar profundo y difícil de nombrar, búsquenlo. El operativo en la zona montañosa de Baja California se realizó en los primeros días de enero.
No hubo resultados espectaculares, no hubo arresto cinematográfico. En la realidad de las investigaciones de campo, las cosas raramente son como en las películas. Pero en una casa de material, en una localidad pequeña y sin nombre al oriente de Ensenada, los federales encontraron evidencia de que el inmueble había sido ocupado recientemente.
Había materiales de construcción, ropa de trabajo, restos de comida y en una de las habitaciones oculto detrás de un panel de tabla roca encontraron una carpeta. En esa carpeta había documentos, hojas escritas a mano y algunas impresas, descripciones físicas de personas, edades, pesos, alturas, estados de salud, sin nombres, solo datos físicos.
Y entre esas hojas una que coincidía con exactitud con el perfil de Giovanni Reyes, masculino, 18, 74 kg, sano, sin vínculos de riesgo. Estaba ahí escrito a mano, en una letra apretada y prolija, como el trabajo de alguien que tomaba sus notas con cuidado. La letra del técnico. Giovanni había estado en esa carpeta, había sido documentado, catalogado, reducido a un conjunto de datos en un papel que alguien guardó detrás de una pared.
Eso fue lo que la fiscalía confirmó a la familia Reyes en enero. No era una respuesta, era una confirmación de que el peligro había sido real, de que la amenaza no había sido imaginaria, de que el instinto de Patricia, cuando escuchó la pregunta sobre la salud de su hijo, había sido correcto desde el principio, pero Giovanni seguía sin aparecer.
El técnico nunca fue capturado, no en las semanas siguientes, no en los meses que vinieron después. La investigación continuó en manos de la Fiscalía General, pero la persona detrás del apodo seguía siendo una figura escurridiza, alguien que había dejado huellas, pero que no había dejado cara. Damián, el hombre de la chamarra de mezclilla que escuchaba con atención perfecta, seguía sin tener apellido ni dirección ni rostro verificable.
Era una descripción, era una voz en los mensajes de texto. Era la silueta de alguien que había entrado en la vida de un muchacho de 18 años con paciencia calculada y se había llevado algo que no tenía derecho a tomar. Los cinco casos que Adrián Castellanos había documentado en su artículo, incluyendo a Giovanni y Bruno, permanecían sin resolver.
cinco familias en distintas colonias de Tijuana y sus alrededores con el mismo hueco en el centro, esperando una respuesta que el sistema no terminaba de darles. Doña Patricia Reyes habló con Adrián Castellanos en febrero, 4 meses después de la desaparición de su hijo. Le dio una entrevista que se publicó en el semanario Z con una foto de Giovanni en la chamarra azul marina sonriendo.
el plato de carne asada en la mano. Patricia dijo algo en esa entrevista que Adrián eligió como cierre de su texto. Dijo, “Yo no quiero que esto sea solo la historia de mi hijo. Quiero que sea la advertencia que nadie nos dio a nosotros. Que los jóvenes entiendan que hay personas que los estudian antes de hacerles daño.
Que la amabilidad de un extraño que pregunta demasiado no es amabilidad. que el peligro no siempre llega con cara de peligro. Y luego dijo, Giovanni era listo, no era ingenuo, pero nadie le enseñó a reconocer esto. Y eso no fue su error. Fue el de todos nosotros que no hablamos de estas cosas en voz alta. Adrián publicó esas palabras exactas sin cambiarlas, sin editar una sola coma.
Don Aurelio sigue buscando. No de la misma manera que al principio. Ya no va de colonia en colonia con volantes, pero sigue haciendo llamadas. Sigue teniendo conversaciones en voz baja con personas que saben cosas. Sigue siendo el hombre que sale de la casa antes del amanecer, que regresa con la cara marcada por dentro y los hombros más caídos que antes, pero que regresa.
Porque mientras no se sepa qué pasó, don Aurelio va a seguir buscando. Eso es lo que hacen los padres que no se rinden. Omás cumplió 15 años en febrero. Fue un cumpleaños callado, sin festejo grande. Patricia preparó birria porque era el platillo favorito de Giovanni también y la familia comió junta alrededor de la mesa pequeña de la cocina.
No hablaron de Giovanni directamente, pero todos pensaron en él. Renata guarda una foto de su hermano en su mochila escolar. Una foto chica, plastificada, pegada con cinta en la parte de adentro de la solapa. Cuando la maestra le preguntó por qué la cargaba ahí, la niña respondió, “Para que esté conmigo, aunque no esté.
El caso de Giovanni Reyes Portillo, 18 años, chamarra azul marina, colonia obrera, Tijuana, Baja California, sigue abierto. El hombre conocido como Damián sigue sin ser identificado formalmente. El técnico sigue siendo un apodo sin rostro. La pickup gris sigue siendo un vehículo sin placas en las imágenes borrosas de una cámara de vialidad.
En algún lugar de este mundo, en algún punto que nadie ha podido confirmar todavía, un muchacho que salió a comprar gas para que su mamá pudiera calentar el agua por la mañana. Está esperando que alguien lo encuentre o al menos que alguien no lo olvide. Que su nombre no se convierta en un expediente en una gaveta.
Que su cara en la chamarra azul siga circulando. Que su historia sirva para que otro muchacho en otra colonia de Tijuana o de Mexicali o de cualquier ciudad de este país reconozca la señal a tiempo. La pregunta que no debería hacerse. El extraño que escucha demasiado bien, el interés que no es interés. Porque el peligro que se llevó a Giovanni no tiene un nombre todavía, pero tiene un método.
Y ese método existe en este momento en algún lugar buscando a la siguiente persona. La diferencia entre que lo encuentre o no puede ser una conversación que tengamos hoy, una advertencia que digamos en voz alta, un muchacho que escuche, que entienda, que se aleje a tiempo. Giovanni no pudo. Quizás el siguiente sí.