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Resolvió un misterio de 300 años de antigüedad y murió en un duelo antes de que nadie lo supiera.

El 29 de mayo de 1832, en una habitación de París, un joven de 20 años lleva horas sin dormir. Escribe sin parar. Su letra se deteriora con cada página y en los márgenes, garabateada una y otra vez, aparece siempre la misma frase, “No tengo tiempo.” Al amanecer deja la pluma. Ha llenado 60 páginas.

 Esa misma mañana se viste, sale y recibe un disparo en un duelo. Muere al día siguiente. Lo que escribió esa noche no sería comprendido hasta 15 años después. Hoy esas 60 páginas están en cada smartphone, en cada contraseña, en cada mensaje cifrado que existe en el mundo. Su nombre era Evariste Galúa y la Academia Francesa lo rechazó tres veces.

 Piensa en esto un momento. Si supieras que te quedan 12 horas de vida, ¿qué harías? La mayoría se despediría de alguien. ¿Rezaría? ¿Escribiría una carta de amor? Galoy hizo algo que nadie esperaría. se sentó a escribir matemáticas, no por romanticismo, no por locura, sino porque sabía algo terrible, que si él no terminaba esas páginas esa noche, nadie más en el planeta podría hacerlo.

 Y la institución que debía haberlo escuchado, le cerró la puerta. No una vez. Tres. Para entender por qué esa noche fue tan desesperada, necesitas conocer primero lo que el sistema le hizo a este chico. Evariste Galúa nace en 1811 en Burla Rein, un pueblo a las puertas de París. Su padre es alcalde, su madre una mujer cultivada que le enseña latín y griego en casa.

 Es un hogar ilustrado, cálido, lleno de libros. Pero el pequeño Evariste no destaca especialmente en la escuela. Sus profesores lo consideran un alumno correcto, nada más. Y entonces, a los 15 años ocurre algo. Cae en sus manos un tratado de álgebra escrito por Adrien Magui Lesendre. Es un libro universitario denso, técnico, pensado para estudiantes avanzados.

Galoa lo lee en dos días, no como quien estudia, como quien reconoce un idioma que siempre supo hablar pero nunca había visto escrito. ¿Alguna vez has tenido esa sensación? encontrar algo y sentir que ya era tuyo antes de descubrirlo. Su profesor de matemáticas anota algo en su expediente que resulta profético.

 Este alumno solo trabaja en lo que está por encima de su nivel. No es un cumplido, es una queja. Galoa ignora las tareas normales. Solo le interesa lo que nadie a su alrededor es capaz de resolver. A los 16 intenta entrar en la Ecol Polytechnique, la institución científica más prestigiosa de toda Francia. El lugar donde se forman los grandes matemáticos, el sitio donde un genio como él debería estar. Lo rechazan.

 El motivo nunca queda del todo claro. Lo que sí cuentan varios testimonios es que el examinador no entendió sus respuestas, no porque fueran incorrectas, sino porque eran demasiado originales. Galoa resolvía los problemas por caminos que el examinador ni siquiera reconocía como válidos. Era como si un estudiante de música respondiera a un examen de solfeo improvisando una sinfonía.

Un año después lo intenta de nuevo. Segundo examen, segundo rechazo. Se cuenta que Galoas, frustrado por las preguntas elementales del examinador, le lanzó el borrador a la cara. No es seguro que sea cierto, pero dice mucho sobre el nivel de frustración de alguien que sabe que está hablando con personas que no pueden seguirlo.

 Y aquí es donde empieza lo verdaderamente doloroso. Porque Galoas no se rinde, hace lo que cualquier científico haría. envía su trabajo directamente a la Academia de Ciencias de Francia, al Tribunal Supremo de las Matemáticas. Lo que pasa a continuación es tan absurdo que parece ficción. Su primer envío llega a las manos de Agustín Luis.

 Cauchi es un peso pesado, uno de los matemáticos más publicados de Europa. Si alguien puede reconocer genialidad, es él. Cauchi pierde el manuscrito, no lo rechaza, no lo critica, lo pierde como quien pierde una factura en un montón de papeles. El trabajo más importante de las matemáticas del siglo XIX traspapelado en el escritorio de un burócrata con título de genio.

 ¿Cómo crees que se siente un chico de 17 años cuando descubre que el hombre más importante de su campo ha extraviado su trabajo? No enfado, algo peor. La certeza de que para el sistema tú no existes. Galoa reescribe todo, lo envía de nuevo a la academia. Esta vez el destinatario es Joseph Furier, secretario perpetuo de la institución. Furier es brillante.

 Furier podría entenderlo. Pero Furier tiene un problema. Está gravemente enfermo y muere antes de abrir el sobre. El manuscrito queda en un cajón junto con su correspondencia sin leer. Dos intentos. Dos fracasos, ninguno por culpa de Galoa. ¿Ves el patrón? No es maldad, es algo más frustrante que la maldad. Es indiferencia.

 Y todavía queda el tercero. El siguiente académico que recibe el trabajo de Galoisón de Ni Poasón. Poasón si lo lee es el primer ser humano en una posición de poder que realmente mira lo que Galoas ha escrito y su veredicto llega en forma de nota oficial incomprensible, no incorrecto, no erróneo, incomprensible. Poasón no tiene las herramientas mentales para entender lo que está leyendo.

 Es como si alguien en 1830 recibiera un email. Reconoces que son palabras, reconoces que hay estructura, pero el marco conceptual para interpretarlo simplemente no existe todavía en tu cabeza. Y esa palabra incomprensible es la lápida oficial del trabajo de Galoa en vida. La academia lo ha rechazado tres veces, no porque esté equivocado, sino porque está demasiado lejos en el futuro.

 ¿Qué haces cuando el mundo no está preparado para lo que tienes que decir? Mientras tanto, el reloj de Galoa ya está corriendo, aunque él todavía no lo sabe, porque hay algo que necesitas entender sobre lo que Galoa descubrió. Y cuando lo entiendas, la brutalidad de ese triple rechazo te va a golpear de una forma completamente distinta.

 Desde hace 300 años, los matemáticos tienen una obsesión. Saben resolver ecuaciones de segundo grado, las que tienen x². saben resolver las de tercer grado, las de cuarto grado. Existen fórmulas para todas ellas, trucos algebraicos que permiten encontrar la solución, pero las ecuaciones de quinto grado, esas no se dejan.

 Para que lo visualices, imagina que cada ecuación es una cerradura. Las cerraduras de nivel 2, 3 y cuatro tienen un mecanismo interno que puedes manipular con la herramienta adecuada, pero la cerradura de quinto nivel parece estar sellada por dentro. Generaciones enteras de matemáticos han intentado forzarla. Los mejores cerebros de Europa, uno tras otro durante tres siglos.

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