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Millonaria se burla del viejo auto de José Mujica — Lo que él responde la deja en silencio

Millonaria se burla del viejo auto de José Mujica — Lo que él responde la deja en silencio

El sol primaveral bañaba las calles de Montevideo. Aquella mañana de miércoles, la ciudad despertaba con su habitual mezcla de calma y movimiento. En la esquina de 18 de julio y Egido, los comercios abrían sus puertas, los estudiantes se dirigían a la Universidad de la República y los oficinistas caminaban apresurados con sus termos de mate bajo el brazo.

 Entre el flujo de personas y vehículos, un viejo Volkswagen Escarabajo celeste de 1987 avanzaba lentamente por la avenida principal. El auto, con algunas abolladuras en la carrocería y la pintura desgastada por el paso del tiempo era inconfundible para cualquier uruguayo. Al volante iba José Mujica, el expresidente que había capturado la atención mundial años atrás por su estilo de vida austero y su filosofía sencilla.

 A sus 90 años, Mujica seguía manteniendo la misma rutina. Cada miércoles se dirigía al mercado agrícola de Montevideo para comprar verduras frescas y conversar con los productores locales. Era uno de los pocos lujos que se permitía adquirir productos de calidad directamente de quienes los cultivaban. Buen día, Pepe. Lo saludó Ramón, uno de los guardias de seguridad del estacionamiento del mercado, mientras levantaba la barrera para que ingresara.

 ¿Cómo andás, Ramón? La familia bien”, respondió Mujica con su voz áspera pero cálida. “Todos bien, presidente. Mi nieto ya está en primer año de facultad estudiando agronomía. Se lo digo porque usted siempre pregunta, “Me alegro mucho, muchacho. La educación es el camino. Felicitalo de mi parte”, dijo mientras estacionaba su vehículo junto a una reluciente camioneta Range Rover, último modelo.

 Al bajarse, Mujica ajustó su gastada chaqueta marrón y se acomodó el sombrero. A pesar de la artrosis que lo aquejaba, caminaba con paso firme, apoyándose ocasionalmente en un bastón de madera que él mismo había tallado años atrás. A pocos metros, una mujer de unos 35 años bajaba de la Rangech Rover.

 Vestía un traje sastre de diseñador, gafas de sol de marca italiana y lucía un bolso que costaba más que varios meses de jubilación de cualquier uruguayo promedio. Victoria Salaverry era la heredera de una de las familias más adineradas del país, dueña de varios emprendimientos inmobiliarios y accionista de una multinacional de tecnología.

 Había regresado a Uruguay hacía apenas 2 meses después de vivir 15 años entre Miami y Madrid. Victoria observó con desdén el Volkswagen estacionado junto a su camioneta, preocupada de que alguna pieza oxidada pudiera rayar la carrocería impecable de su vehículo. Al notar quién era el dueño del auto, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

 Sacó discretamente su teléfono y tomó una fotografía. Increíble”, murmuró mientras escribía un mensaje en su cuenta privada de Instagram. El famoso Pepe Mujica y su reliquia rodante. Alguien debería decirle que ya existe Uber. El expresidente ajeno a este gesto se dirigió hacia la entrada del mercado. El guardia de seguridad que había observado la escena, negó con la cabeza en señal de desaprobación.

 El mercado agrícola de Montevideo era un espacio renovado que conservaba su estructura centenaria. Bajo sus techos altos se reunían decenas de puestos con productos frescos de todo el país. Los aromas de frutas, verduras, quesos artesanales y panes recién horneados se mezclaban en el aire. Mujica se movía entre los puestos con la familiaridad de quien conoce el lugar de memoria.

 Se detenía a conversar con cada productor. Preguntaba por sus familias, por cómo había sido la cosecha, por los problemas que enfrentaban. “Don José, le guardé las mejores acelgas”, le dijo una mujer mayor desde su puesto de verduras. “Gracias, María. ¿Cómo anda tu hijo? ¿Consiguió el trabajo en la cooperativa?” “Sí, presidente, gracias por preguntar.

 Ya lleva 3 meses y está muy contento. Estas interacciones se repetían en cada puesto. No era una estrategia política. Mujica genuinamente se interesaba por la vida de aquellos con quienes se cruzaba. Para él, esas conversaciones eran tan importantes como los productos que compraba. Victoria Salaverry también recorría el mercado, aunque con un propósito diferente.

 Había quedado en encontrarse con un famoso chef español que estaba de visita en Uruguay y que le prepararía una cena exclusiva en su penouse esa noche. Necesitaban ingredientes frescos y de calidad. Mientras esperaba al chef, Victoria continuaba documentando su visita al mercado en sus redes sociales, explorando lo local antes de una cena de cinco estrellas.

 Vida premium, escribió junto a una fotografía cuidadosamente editada de un puesto de frutas. El destino quiso que ambos coincidieran frente a un puesto de productos orgánicos. Mujica examinaba con atención unos tomates mientras Victoria esperaba impaciente que la atendieran. “Podría darse prisa”, dijo Victoria al vendedor. “Tengo una agenda bastante ocupada.

” Enseguida, señora, respondió el joven que atendía el puesto. Estoy terminando de atender al presidente. Victoria miró con más atención y reconoció a Mujica. Lo había visto algunas veces en la televisión durante su adolescencia antes de marcharse del país y luego en algunos documentales internacionales que hablaban sobre su peculiar estilo presidencial.

 expresidente”, corrigió ella con tono condescendiente, y parece que su agenda no es tan ocupada si puede pasar la mañana eligiendo tomates. Mujica la miró con curiosidad, sin ofenderse por el comentario. “La alimentación es una de las pocas cosas verdaderamente importantes en la vida, señora”, respondió con calma. “Yo no tengo prisa.

 A mi edad, aprender a no tenerla es un logro.” Victoria soltó una risa breve y artificial. Sí, debe ser fácil vivir sin prisa cuando se conduce un auto que apenas funciona y se viste como si acabara de salir de una feria de segunda mano. El comentario provocó un silencio incómodo. El vendedor del puesto bajó la mirada avergonzado por la situación.

 Otras personas alrededor observaban la escena con asombro. Mujica, sin embargo, no perdió la compostura. pagó por sus tomates, los guardó cuidadosamente en su bolsa de tela y miró a Victoria con una expresión serena. “La gente confunde la felicidad con el consumo”, dijo, “y por eso carga con tanta prisa y tanta frustración. Pero bueno, cada uno vive como quiere y como puede.

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