Lo que José Mujica le dijo a Kim Jong-un y dejó a Corea del Norte en silencio
En un mundo donde los líderes suelen rodearse de lujos y poder, José Mujica, el expresidente uruguayo conocido como el presidente más pobre del mundo, recibió una invitación inesperada, visitar la hermética Corea del Norte y reunirse con Kim Jong Gun, lo que parecía una simple visita diplomática se transformaría en un encuentro que podría cambiar silenciosamente el rumbo de una nación.
Si te conmueven las historias de sabiduría humilde y palabras sencillas que pueden derribar muros, suscríbete ahora y cuéntanos desde qué rincón del mundo nos acompañas. Lo que Mujica le dijo al líder norcoreano no solo dejó a un régimen en silencio, sino que plantó semillas de cambio en el lugar más improbable del planeta.
Acompáñame y descubre la historia completa. El sol caía sobre Montevideo con la misma sencillez con que José Pepe Mujica caminaba por su chakra en Rincón del Cerro. A sus 89 años, el expresidente uruguayo mantenía intacta su lucidez y esa forma única de ver el mundo que había cautivado a millones. En su pequeña casa de campo, lejos del lujo que podría haberse permitido, Mujica regaba su huerta mientras Manuela, su inseparable perra de tres patas, descansaba bajo la sombra de un árbol.
“Lucía, ¿viste donde dejé las semillas de tomate?”, preguntó a su esposa Lucía Topolanski, quien llevaba más de medio siglo compartiendo su vida y sus ideales. Están en la mesa de la cocina, José, por cierto, llamó Ignacio de cancillería. Dice que es urgente. El rostro curtido de Mujica, marcado por el tiempo y las experiencias mostró un atisbo de curiosidad.
Hacía años que se había retirado de la política activa, dedicándose a dar conferencias ocasionales y a cultivar su tierra, viviendo con lo justo y necesario. Las llamadas urgentes eran cada vez más raras. Al entrar a la modesta cocina, notó un sobre oficial junto al teléfono. Lo abrió con manos callosas y leyó en silencio.
Su expresión cambió sutilmente. “¿Qué ocurre?”, preguntó Lucía, conociendo cada gesto de su compañero. “Parece que tengo una invitación para visitar Corea del Norte”, respondió con tono incrédulo. “Una misión de diálogo la llaman. Corea del Norte, ¿por qué querrían hablar contigo? Dicen que Kim Jong Un ha solicitado específicamente mi presencia.
Aparentemente quedó impresionado por mis discursos sobre la austeridad y la felicidad, aunque dudo que hayamos entendido lo mismo por austeridad. Ambos rieron, pero había una nota de seriedad en el aire. Uruguay, como muchos países, mantenía relaciones diplomáticas limitadas con la hermética nación asiática.
Una visita de este tipo era extraordinaria. Dos semanas después, Ignacio Méndez, un joven diplomático de la cancillería uruguaya, esperaba nerviosamente en el aeropuerto internacional de Carrasco. A su lado, la delegación era mínima, un asesor de seguridad, un médico y una intérprete de coreano. Todos sabían que estaban a punto de embarcarse en una misión sin precedentes.
“Presidente Mujica, gracias por aceptar esta misión.” Saludó Ignacio cuando vio llegar al expresidente, quien vestía una simple camisa a cuadros y pantalones gastados. “No me llames presidente, muchacho. Ese título quedó atrás hace años”, respondió Mujica con una sonrisa afable. Además, no estoy seguro de haber aceptado nada todavía.
solo vine a escuchar los detalles. En una pequeña sala privada del aeropuerto, Ignacio desplegó varios documentos. La situación es delicada, señor Mujica. El régimen norcoreano ha mostrado un interés inusual en su filosofía de vida. Parece que después de ver algunas de sus entrevistas internacionales, Kim Jong Un expresó curiosidad por conocerlo personalmente.
¿Y por qué yo?, preguntó Mujica rascándose la barbilla. Soy un viejo granjero. Precisamente por eso intervino Laura Kim, la intérprete, cuyos padres habían emigrado de Corea del Sur a Uruguay décadas atrás. Su imagen, como el presidente más pobre del mundo, ha generado un contraste fascinante con la narrativa oficial norcoreana.
Además, su pasado como guerrillero y prisionero político les resulta intrigante. Mujica guardó silencio por un momento, recordando sus años en cautiverio durante la dictadura uruguaya. Casi 14 años encerrado, muchos de ellos en aislamiento, en condiciones que pocos podrían imaginar. ¿Qué esperan conseguir realmente con esta visita?, preguntó finalmente.
Honestamente, no lo sabemos con certeza, respondió Ignacio. Podría ser propaganda, curiosidad genuina o un intento de abrir algún tipo de canal diplomático no convencional. Lo que sí sabemos es que el régimen rara vez extiende este tipo de invitaciones. Mujica tomó un sorbo del mate que había traído consigo pensativo.
El mundo está lleno de muros, dijo tras una pausa. Algunos visibles, otros invisibles. Tal vez tenga sentido intentar abrir una pequeña ventana en uno de ellos, aunque solo sea para que entre un poco de aire fresco. El vuelo a Beyjing fue largo y tedioso. Desde allí tomarían uno de los pocos vuelos semanales permitidos a Pionyang.
Durante el trayecto, Mujica se dedicó a leer todo lo que pudo sobre Corea del Norte, mientras Laura le explicaba matices culturales que ningún libro podría capturar. En Corea, la edad y la experiencia son muy respetadas”, explicó Laura. Su condición de expresidente y su edad le otorgarán cierto estatus, pero debe recordar que cada palabra y gesto serán analizados con lupa.
Me preocupa más entender que ser entendido, respondió Mujica. Vengo de un pequeño país agrícola en Sudamérica. Ellos viven una realidad completamente distinta. Hay algo que tienen en común, comentó Laura con una sonrisa tímida. Ambos conocen lo que significa resistir ante potencias mayores. Mujintió pensativo.

Cuando finalmente aterrizaron en Pionyang, el contraste fue inmediato. La capital norcoreana, con sus amplias avenidas desiertas y sus monumentales edificios, parecía diseñada para impresionar más que para vivir. Una comitiva oficial los esperaba en la pista. Bienvenido a la República Popular Democrática de Corea, presidente Mujica. Saludó en inglés un funcionario de rostro severo. Soy el viceministro Choy.
Es un honor recibirlo en nuestra nación. Mujica, vestido con la misma sencillez de siempre, había rechazado amablemente la sugerencia de usar traje. Estrechó su mano con firmeza. El honor es mío. Gracias por la invitación. Durante el trayecto al hotel designado un lujoso edificio reservado para visitantes extranjeros, Mujica observaba en silencio el paisaje urbano, las calles limpias y ordenadas, los enormes retratos de Kim Milsun y Kim Jong Hill, los carteles propagandísticos, todo contrastaba dramáticamente con el
caótico y vibrante Montevideo. Mañana a las 10 será recibido por nuestro respetado mariscal”, informó el viceministro Choy. “Esta noche habrá una cena de bienvenida con varios funcionarios del gobierno. Agradezco la hospitalidad”, respondió Mujica, “pero a mi edad preferiría descansar temprano. El viaje ha sido largo.
La petición pareció desconcertar momentáneamente al viceministro, pero asintió con una sonrisa tensa. Por supuesto, entendemos, se harán los arreglos necesarios. Esa noche en la suite presidencial que le habían asignado, mucho más lujosa de lo que Mujica jamás habría elegido, el expresidente uruguayo se reunió en privado con su pequeña delegación.
“Todo está vigilado”, murmuró Laura, quien conocía bien los protocolos norcoreanos. Cada habitación, cada conversación. No tengo nada que ocultar, respondió Mujica con serenidad. Nunca lo he tenido. Si quieren escuchar a un viejo hablar sobre tomates y filosofía barata, que lo hagan. Pero tras la broma, sus ojos revelaban una profunda reflexión.
Al día siguiente se encontraría cara a cara con uno de los líderes más herméticos y controversiales del mundo. Un hombre joven con poder absoluto, nacido en el privilegio, educado en el culto a la personalidad. ¿Qué podría decirle un exguerrillero convertido en jardinero filosófico que tuviera algún sentido para él? Mientras los demás se retiraban a sus habitaciones, Mujica se quedó contemplando las luces de Pongyan desde su ventana, en esa ciudad cuidadosamente coreografiada, ¿dónde estaba la vida real? ¿Qué sueños
y temores habitaban en el corazón de su gente. Tal vez, pensó, esa sea precisamente la pregunta que debo hacer. La mañana siguiente amaneció con una precisión casi militar. A las 8 en punto el desayuno fue servido. A las 9 la comitiva estaba lista. A las 9:30 los vehículos oficiales esperaban en la entrada del hotel.
Mujica había insistido en vestir su ropa habitual, una simple camisa celeste y pantalones oscuros. No llevaba corbata, algo que claramente incomodaba a sus anfitriones, pero nadie se atrevió a comentarlo. El palacio del sol Kumsusan, mausoleo de los líderes anteriores y uno de los edificios más venerados del régimen fue el lugar elegido para el encuentro. El protocolo era estricto.
Largas caminatas por pasillos de mármol, múltiples controles de seguridad y una serie de funcionarios cada vez más importantes que los recibían a medida que avanzaban hacia el salón principal. Finalmente, tras lo que pareció una elaborada coreografía diplomática, las puertas se abrieron al gran salón donde esperaba Kim Jong Un.
El líder norcoreano, con su característico corte de pelo y traje oscuro, se encontraba de pie junto a una imponente mesa de conferencias. A su alrededor, varios altos funcionarios y militares mantenían expresiones solemnes. “Es un honor recibir al expresidente de la República Oriental del Uruguay”, anunció un presentador oficial mientras Laura traducía en voz baja para Mujica.
El silencio que siguió tenía un peso casi tangible. Todos los ojos estaban fijos en el anciano uruguayo que avanzaba con paso tranquilo, sin la reverencia que muchos visitantes solían mostrar. Kim Jong Un dio un paso adelante con una sonrisa diplomática. Bienvenido a nuestra nación, presidente Mujica, dijo en coreano mientras un intérprete oficial traducía al español.
Es un placer conocer al hombre que gobernó viviendo con menos que sus ciudadanos. Una filosofía interesante. Mujica estrechó la mano ofrecida con naturalidad, como lo haría con cualquier persona en su chakra. El placer es mío, señor presidente, respondió con sencillez. Aunque debo corregir algo, nunca he vivido con menos que mis conciudadanos.
Simplemente he vivido con lo que necesito, que resulta ser poco. La respuesta traducida al coreano provocó un sutil cambio en la expresión de Kim. Los funcionarios intercambiaron miradas inseguros de cómo interpretar esa primera interacción. Después de las formalidades iniciales y la presentación de las respectivas delegaciones, ambos líderes se sentaron en la gran mesa.
El contraste era evidente. De un lado, el joven dictador con su uniforme impecable. Del otro anciano exguerrillero con sus manos nudosas y su rostro curtido por el sol y los años. He seguido con interés su trayectoria, presidente Mujica. Comenzó Kim. Su historia como revolucionario que luchó por sus ideales es admirable.
En nuestra nación también valoramos el sacrificio por la causa revolucionaria. Mujica asintió lentamente. La revolución que buscábamos era en esencia simple, que nadie pasara hambre, que todos tuvieran acceso a educación y salud, que la dignidad humana fuera respetada. Respondió. Con los años he aprendido que los métodos pueden cambiar, pero esos objetivos siguen siendo válidos.
Nuestra revolución ha asegurado eso para nuestro pueblo”, afirmó Kim con orgullo. “Bajo el liderazgo de mi abuelo, mi padre y ahora el mío, Corea del Norte se ha mantenido firme contra las amenazas imperialistas, garantizando una sociedad justa para todos.” Mujica escuchó atentamente la traducción y luego, en lugar de responder de inmediato, guardó un breve silencio que pareció desconcertar a todos los presentes.
“Sabe, señor presidente”, dijo finalmente con voz tranquila. En mis años en prisión aprendí algo valioso, la diferencia entre estar vivo y vivir. Uno puede estar vivo recibiendo alimento y techo, pero vivir, vivir implica algo más profundo. Implica la libertad de cuestionar, de equivocarse, de crecer. La sala quedó en completo silencio.
Los intérpretes intercambiaron miradas nerviosas antes de traducir exactamente lo que Mujica había dicho. Kim Jong Un mantuvo su expresión impasible, pero un sutil endurecimiento en su mirada reveló que el comentario había tocado alguna fibra. Interesante reflexión, respondió finalmente.
En nuestra cultura, sin embargo, el bienestar colectivo siempre ha prevalecido sobre las inquietudes individuales. Es nuestra fortaleza y es una perspectiva respetable, concedió Mujica. En Uruguay también valoramos lo colectivo. Nuestros primeros pobladores indígenas, los charrúas, compartían todo, pero también sabían que la tribu es fuerte cuando cada individuo puede aportar su visión única.
La conversación continuó por ese cauce durante casi una hora, navegando cuidadosamente entre temas filosóficos y experiencias personales, evitando deliberadamente abordar directamente las obvias diferencias ideológicas entre ambos sistemas. Entonces, cuando parecía que el encuentro protocolario terminaría sin mayores sobresaltos, Kim Jong Un hizo una pregunta inesperada.
¿Por qué eligió vivir como lo hace presidente Mujica, teniendo acceso a todos los privilegios de su cargo? ¿Por qué rechazarlos? Era la pregunta que quizás había motivado toda esta inusual invitación. Mujica se tomó un momento antes de responder. No fue una elección consciente. Al principio comenzó. Después de pasar casi 15 años en una celda tan pequeña que apenas podía dar tres pasos, aprendí a valorar cosas que antes daba por sentadas.
El silencio, las estrellas, el tiempo para pensar. Cuando finalmente fui liberado, descubrí que no necesitaba mucho para ser feliz. Una buena conversación, algunos libros, Mi huerta, el amor de mi compañera, para qué complicarme con más. Hizo una pausa y luego continuó. Pero hay algo más profundo. Como presidente siempre sentí que debía recordar de dónde venía, quién era realmente detrás del cargo.
El poder es prestado, señor presidente. Viene del pueblo y a él debe volver. Si uno se rodea de lujos y se aleja de la vida cotidiana, ¿cómo puede entender las necesidades reales de quienes debe servir? La traducción de estas palabras provocó un tenso silencio. Algunos de los oficiales norcoreanos parecían incómodos, pero Kim Jong Un mantenía una expresión indescifrable.
Una visión idealista, respondió finalmente. Pero cada nación tiene su propio camino histórico. Por supuesto, asintió Mujica. No pretendo dar lecciones a nadie, solo respondo a su pregunta desde mi experiencia. Como dijo un viejo filósofo, conócete a ti mismo. En mi caso, conocerme significó aceptar que soy feliz con poco.
El encuentro formal concluyó poco después. Se intercambiaron regalos protocolarios. De parte de Corea del Norte, una elaborada pieza de arte tradicional. De parte de Mujica, algo que sorprendió a todos. Un pequeño paquete de semillas de su huerta personal. Estas son semillas de tomates criollos uruguayos”, explicó mientras las entregaba.
Han pasado de generación en generación entre los agricultores de mi país. Son resistentes, se adaptan al cambio y siempre dan frutos generosos. Me gustaría que las plantara en su jardín, si es posible. Kim Jongun sostuvo el modesto paquete con evidente perplejidad, pero asintió cortésmente. Mientras la delegación uruguaya se retiraba, Laura Kim, la intérprete, se acercó discretamente a Mujica.
Eso fue audaz, murmuró, especialmente lo que dijo sobre el poder prestado. Mujica se encogió de hombros. Solo dije lo que pienso. Si me invitaron para escucharme, lo menos que puedo hacer es ser honesto. Lo que ninguno sabía en ese momento era que aquella semilla de conversación, al igual que las semillas de tomate, germinaría de maneras inesperadas en los días siguientes.
La primera noche después del encuentro oficial, la delegación uruguaya fue invitada a un elaborado espectáculo cultural en el gran teatro de Pongyang. Cientos de bailarines ejecutaban movimientos perfectamente sincronizados mientras una orquesta interpretaba melodías tradicionales coreanas. La grandiosidad del evento contrastaba notablemente con la sobriedad de los espectadores locales, quienes aplaudían en momentos específicos con una precisión que sugería ensayo previo.
Mujica observaba todo con curiosidad y respeto, pero sin el asombro que sus anfitriones esperaban. Durante el intermedio, el viceministro Choy se acercó a él. está disfrutando del espectáculo, presidente Mujica. Es impresionante la disciplina y coordinación, respondió con honestidad. Me recuerda algo que solíamos decir en mi juventud.
La fuerza está en lo colectivo. El viceministro sonrió complacido con la respuesta. Exactamente. La armonía colectiva por encima del individualismo caótico es la esencia de nuestra filosofía juche. Sin embargo, añadió Mujica, casi como pensando en voz alta, me pregunto si Bach o Bethoven habrían compuesto sus obras maestras siguiendo instrucciones precisas.
El comentario, aparentemente inocente tensó visiblemente al viceministro, quien cambió rápidamente de tema. Al día siguiente, el programa oficial incluía visitas a varios lugares emblemáticos. La gran estatua de bronce de Kim Ilsung en la colina Mansu, la torre Juche y diversas instalaciones diseñadas para mostrar los logros del régimen.
En cada lugar, guías perfectamente entrenados recitaban estadísticas y datos históricos con precisión mecánica. Durante la visita a una escuela modelo, algo inesperado ocurrió. Mientras recorrían las instalaciones, un pequeño grupo de niños de unos 10 años se acercó para recitar poemas de bienvenida. Uno de ellos, un niño de ojos vivaces, terminó su recitación y en un momento de espontaneidad preguntó, “¿Es cierto que usted no tiene carro propio?” Los funcionarios presentes contuvieron la respiración ante la pregunta no
programada. La maestra intentó intervenir, pero Mujica ya se había agachado para quedar a la altura del niño. Es verdad, respondió con una sonrisa. Tengo un viejo Volkswagen escarabajo que compartimos con mi esposa, pero casi siempre prefiero caminar. ¿Sabes? Cuando caminas, ves cosas que nunca notarías en un carro, una flor que acaba de abrirse, un pájaro construyendo su nido o simplemente el rostro de tus vecinos.
El niño lo miró con asombro, claramente procesando la idea de un presidente sin vehículo oficial. Antes de que pudiera hacer más preguntas, la visita continuó, pero el pequeño incidente no pasó desapercibido para nadie. Esa tarde, mientras almorzaban en un restaurante reservado exclusivamente para ellos, otro detalle que incomodaba a Mujica, Laura le transmitió un mensaje inesperado.
El respetado mariscal solicita una conversación privada con usted esta noche, le informó en voz baja. Solo ustedes dos y los intérpretes sin protocolo oficial. Ignacio Méndez, el joven diplomático uruguayo, parecía alarmado. Eso es muy inusual. Debemos consultar con Montevideo primero. No hay tiempo para eso, respondió Laura.
La respuesta debe ser inmediata. Mujica, que había estado escuchando en silencio, intervino. Aceptaré, por supuesto. No vine hasta aquí para seguir protocolos, pero señor comenzó a objetar Ignacio. Tranquilo, muchacho. Le interrumpió Mujica con una sonrisa tranquilizadora. He sobrevivido a una dictadura, a la tortura y a la política uruguaya.
Puedo manejar una conversación. El encuentro se programó para las 10 de la noche en una residencia oficial en las afueras de Pyong. A diferencia del pomposo recibimiento del día anterior, esta vez el protocolo fue mínimo. Un vehículo discreto recogió a Mujica y a Laura y los condujo a través de carreteras sorprendentemente vacías hasta una propiedad cercada.
La residencia, aunque lujosa para los estándares norcoreanos, resultaba modesta comparada con las mansiones presidenciales de otros países. En un salón de techo alto con decoración tradicional coreana, Kim Jong Un esperaba de pie junto a una mesa baja rodeada de cojines al estilo oriental. Lo más sorprendente, vestía ropa casual, abandonando por una noche el característico traje oscuro que lo identificaba en todas las fotografías oficiales.
“Bienvenido, presidente Mujica,”, saludó a través de su intérprete personal un hombre de mediana edad con gafas. “Agradezco que haya aceptado esta conversación menos formal. Gracias por la invitación”, respondió Mujica. Las conversaciones reales siempre ocurren cuando se dejan de lado las formalidades. Ambos se sentaron en los cojines dispuestos alrededor de la mesa.
Un sirviente entró silenciosamente para servir té en pequeñas tazas de cerámica antigua. Este té proviene de montañas que han pertenecido a mi familia por generaciones explicó Kim. Me pareció apropiado para la ocasión. Mujica tomó un sorbo y asintió apreciativamente. En Uruguay solemos beber mate, una infusión que se comparte en una calabaza con una bombilla, comentó.
La tradición dice que compartir el mate es compartir confidencias. Kim sonrió levemente, un gesto raro en sus apariciones públicas. He observado que usted habla con notable franqueza, presidente Mujica. Es refrescante. La mayoría de los dignatarios extranjeros que nos visitan están tan preocupados por la diplomacia que nunca llegamos a conversaciones reales.
A mi edad, uno aprende que el tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en palabras vacías”, respondió Mujica. “Además, ¿de qué sirve el diálogo si no es honesto?” Kim estudió al anciano por un momento antes de continuar. Ayer mencionó algo sobre el poder prestado. Es un concepto interesante, pero incompatible con nuestra tradición.
En la historia coreana, el liderazgo ha sido siempre una cuestión de linaje y destino. Mujica asintió, reconociendo la diferencia cultural. Cada pueblo construye su historia según sus circunstancias, concedió. Pero permítame preguntarle algo. Si no es una indiscreción, ¿qué es lo que realmente desea para su pueblo? La pregunta, directa y fundamental pareció sorprender a Kim.
Por un instante, las capas de entrenamiento político y protocolo dejaron entrever a un hombre joven con el peso de una nación sobre sus hombros. Deseo que sean fuertes, respondió tras una pausa, que nunca vuelvan a sufrir la ocupación extranjera o la humillación que nuestros antepasados padecieron. Que puedan mantenerse orgullosos y autosuficientes en un mundo que constantemente intenta doblegarnos.
Objetivos nobles asintió Mujica. La independencia y la dignidad son valores universales. Pero si me permite la observación, la fortaleza verdadera rara vez proviene del aislamiento. ¿Qué sugiere entonces?, preguntó Kim con un tono que mezclaba curiosidad y desafío. ¿Que nos abramos como China solo para convertirnos en otra fábrica para Occidente? No necesariamente, respondió Mujica con calma, “cada nación debe encontrar su propio camino, pero la historia nos enseña que las ideas más poderosas siempre han surgido del diálogo, no del monólogo. El aislamiento
puede proteger temporalmente, pero eventualmente lleva al estancamiento.” Kim guardó silencio contemplando el té en su taza. Cuando habló nuevamente, su voz tenía un matiz diferente, más personal. ¿Sabe cuál es la carga más pesada del liderazgo, presidente Mujica? Las expectativas. Mi abuelo fundó esta nación de las cenizas de la guerra.

Mi padre la mantuvo unida durante tiempos de ambruna y presión internacional. Ahora todos esperan que yo no solo preserve su legado, sino que lo supere de alguna manera. Por primera vez su llegada a Corea del Norte, Mujica sintió que estaba hablando con el hombre real detrás de la imagen oficial, no con Kim Jong Un, el líder supremo, sino con Kim Jong Un, el ser humano.
El peso de la historia, asintió comprensivamente. Lo conozco bien. En mi caso, la expectativa era que después de años de lucha armada y prisión me convirtiera en un presidente revolucionario que transformara radicalmente el país. Muchos de mis antiguos compañeros nunca me perdonaron mi pragmatismo. ¿Cómo manejó esa presión? Preguntó Kim con lo que parecía genuino interés.
Recordando siempre quién soy realmente, respondió Mujica, antes que presidente, antes que senador, antes que guerrillero, soy José, un hombre como cualquier otro, con sus limitaciones y contradicciones. El poder es circunstancial, pero nuestra humanidad es constante. El intérprete de Kim tradujo estas palabras y por un momento el líder norcoreano pareció sumergido en profundos pensamientos.
En mi cultura, dijo finalmente, separar al líder de su cargo sería considerado casi una herejía. El líder encarna la nación misma. Entiendo esa tradición, respondió Mujica. Pero incluso los emperadores más venerados de la antigua China tenían consejeros que les recordaban su mortalidad.
Creo que llamaban a esa práctica espejo de bronce. Kim sonrió levemente, reconociendo la referencia histórica. Es verdad, aunque dudo que mis asesores se atrevieran a tal cosa hoy en día. La conversación continuó fluyendo con sorprendente naturalidad, abordando desde filosofía política hasta experiencias personales.
Kim habló de su educación en Suiza, revelando una familiaridad con el mundo occidental que rara vez mostraba públicamente. Mujica compartió anécdotas de su tiempo en prisión y cómo esa experiencia había moldeado su visión de la vida. En un momento dado, la conversación giró hacia temas económicos. Uruguay es un país pequeño pero estable, comentó Kim.
Ha logrado un nivel de vida digno, sin grandes recursos naturales. ¿Cuál es su secreto? No hay secretos mágicos en economía, respondió Mujica. Pero diría que dos factores han sido fundamentales: inversión en educación y distribución razonablemente equitativa de la riqueza. Un país donde unos pocos tienen demasiado y muchos tienen muy poco está condenado a la inestabilidad.
Interesante, murmuró Kim. En teoría, nuestro sistema debería garantizar esa equidad, pero en la práctica dejó la frase sin terminar, pero el gesto de su mano sugería que reconocía las evidentes desigualdades en su propio país. “Permítame compartir una reflexión”, dijo Mujica, “la economía no es un fin en sí mismo, sino un medio.
” La pregunta fundamental no es cómo producir más, sino para qué y para quién producimos. En Uruguay cometimos muchos errores, pero lentamente aprendimos que el verdadero desarrollo no se mide en PIB, sino en cómo vive la gente común. Un concepto romántico, comentó Kim con cierto escepticismo. En absoluto, replicó Mujica con firmeza.
Es profundamente práctico. Un pueblo educado, saludable y razonablemente satisfecho. Es más productivo, más creativo y lo que es más importante para alguien en su posición, más leal. Esta observación pareció captar especialmente la atención de Kim. Cuando la conversación se acercaba a las 3 horas, Mujica notó signos de fatiga en el joven líder.
A pesar del interés mutuo, decidió que era momento de concluir. “Ha sido una conversación fascinante, señor presidente”, dijo, “Pero a mi edad debo respetar los límites que el cuerpo impone.” Kim asintió comprensivamente. “Ha sido revelador hablar con usted, presidente Mujica. Mañana tenemos programada una visita al campo. Creo que podría interesarle ver algunos de nuestros proyectos agrícolas.
” Nada me gustaría más”, respondió Mujica con sinceridad. “Al fin y al cabo, soy un agricultor de corazón.” Mientras se despedían, Kim hizo un comentario final que sorprendió a todos los presentes. “Sus semillas de tomate las he mandado plantar en un invernadero especial. Me gustaría mostrarle los resultados antes de su partida.
” La mañana siguiente amaneció con una ligera llovisna sobre Pionyang. El programa incluía una visita a una granja colectiva modelo a las afueras de la ciudad. A diferencia de los tours anteriores, esta vez la comitiva oficial era notablemente más reducida, casi íntima. Durante el trayecto, Mujica observaba atentamente el paisaje rural.
Más allá de las zonas cuidadosamente preparadas para visitantes extranjeros, podían entreverse pequeñas parcelas donde familias trabajaban la tierra con métodos tradicionales. “Veo que practican agricultura de terrazas en las laderas”, comentó a Laura. Es una técnica ancestral muy eficiente para prevenir la erosión. “Sí”, respondió ella.
Corea del Norte tiene muy poca tierra cultivable en proporción a su población. Cada metro cuadrado es valioso. Al llegar a la granja modelo fueron recibidos por el administrador principal, un hombre de unos 60 años con rostro curtido por el sol y manos callosas que revelaban años de trabajo físico. A diferencia de los funcionarios urbanos, este hombre mostraba una autenticidad que Mujica reconoció de inmediato.
Bienvenido a nuestra humilde granja, presidente Mujica”, saludó el administrador a través del intérprete. “Me han dicho que usted también es agricultor. Es mi verdadera vocación”, respondió Mujica, estrechando su mano con firmeza. “La política fue solo un paréntesis en mi vida. Esta respuesta provocó una sonrisa genuina en el administrador.
Lo que siguió fue una visita detallada a los campos de arroz, las áreas de cultivo de hortalizas y los sistemas de riego. Mujica se detenía constantemente para examinar el suelo, las plantas, haciendo preguntas técnicas que demostraban su conocimiento práctico. En un momento dado, mientras examinaban un campo de maíz, Mujica se agachó.
para tomar un puñado de tierra. Suelo arcilloso, comentó mientras lo dejaba deslizarse entre sus dedos. Difícil de trabajar, pero retiene bien la humedad. ¿Qué tipo de abono utilizan? La pregunta generó una consulta rápida entre el administrador y algunos funcionarios presentes. Finalmente, el hombre respondió con honestidad, “Usamos principalmente composto orgánico, pero no es suficiente.
Desde que perdimos el acceso a fertilizantes químicos por las sanciones, la productividad ha caído significativamente. Los funcionarios parecieron tensarse ante esta admisión de debilidad, pero Mujica asintió comprensivamente. En Uruguay experimentamos con biofertilizantes basados en microorganismos locales, explicó.
Tienen un costo mínimo y pueden multiplicarse fácilmente. Podría compartir la técnica con ustedes. El interés del administrador era palpable. Pero antes de que pudiera responder, uno de los funcionarios intervino para continuar con el recorrido programado. Durante el almuerzo, servido en un pabellón dentro de la granja, ocurrió algo inesperado.
Kim Jong Un, quien según el programa oficial debía reunirse con ellos más tarde, apareció sin previo aviso. venía vestido de manera sencilla, sin el habitual séquito de seguridad visible, aunque sin duda estaba presente de alguna forma. “Espero no interrumpir”, dijo mientras todos se ponían de pie rápidamente. “Quise unirme antes para escuchar sus impresiones sobre nuestra agricultura, presidente Mujica”.
El gesto era inusual y significativo. Laura le explicó discretamente a Mujica que era extremadamente raro que el líder supremo alterara su agenda oficial o apareciera sin el protocolo habitual. Es un honor inesperado, respondió Mujica con naturalidad. Estaba justamente comentando sobre las técnicas de cultivo que observé.
Sus agricultores son ingeniosos, especialmente considerando las limitaciones que enfrentan. Kim tomó asiento junto a Mujica, creando una atmósfera sorprendentemente informal. ¿Qué haría usted diferente?, preguntó directamente, si esta fuera su tierra. La pregunta casi desafiante creó un silencio tenso. Los funcionarios presentes parecían alarmados ante la posibilidad de críticas a la gestión agrícola del régimen.
Pero Mujica, fiel a su estilo, respondió con honestidad. Lo primero sería diversificar más los cultivos, explicó. Veo que se concentran en arroz y maíz, que son fundamentales, pero la diversidad no solo mejora la nutrición, sino que reduce los riesgos de plagas y enfermedades. Segundo, invertiría más en sistemas de captación de agua de lluvia.
Y tercero, probablemente experimentaría con cultivos en terrazas verticales para maximizar el espacio en un país con relieve montañoso como el suyo. En lugar de ofenderse, Kim escuchaba con genuino interés, ocasionalmente asintiendo. ¿Y qué opina de nuestros tractores?, preguntó señalando la maquinaria agrícola que se exhibía prominentemente.
Mujica sonríó antes de responder. Son impresionantes, sin duda. Pero en mi experiencia, la tecnología adecuada no siempre es la más avanzada, sino la que mejor se adapta a las condiciones locales. A veces métodos tradicionales combinados estratégicamente con innovaciones puntuales dan mejores resultados que una mecanización completa.
Una observación interesante, comentó Kim. Nuestros ingenieros siempre buscan soluciones de alta tecnología, pero quizás deberíamos reconsiderar ese enfoque. La conversación continuó durante el almuerzo abordando temas técnicos sobre agricultura sostenible, pero gradualmente derivando hacia cuestiones más fundamentales sobre soberanía alimentaria y desarrollo rural.
En última instancia, reflexionó Mujica, la pregunta no es cuánto produce un país, sino cómo distribuye lo que produce. He visto naciones con enormes excedentes agrícolas donde la gente pasa hambre y pequeñas comunidades con recursos limitados donde nadie queda sin comer. ¿Quién guardó silencio por un momento como procesando esas palabras? ¿Sabe lo que más admiro de su trayectoria, presidente Mujica? dijo finalmente, “Que usted ha vivido según sus principios.
Muchos líderes hablan de sacrificio y austeridad mientras viven en el lujo. Su coherencia es poco común. No me dé tanto crédito”, respondió Mujica con una sonrisa. Simplemente descubrí que necesito muy poco para ser feliz. No es virtud, es pragmatismo. Aún así, insistió Kim, es una lección poderosa. Después del almuerzo, Kim sorprendió nuevamente a todos anunciando un cambio en el programa.
“Quisiera mostrarle algo personalmente, si me lo permite”, dijo a Mujica. No estaba en el itinerario oficial. Laura e Ignacio intercambiaron miradas de preocupación, pero Mujica asintió sin dudarlo. Lo sigo, señor presidente. Un helicóptero los transportó a una zona montañosa a unos 50 km de Pongyang. Durante el vuelo, Kim señalaba ocasionalmente características del paisaje, explicando cómo la geografía había moldeado la historia y la cultura coreanas.
Finalmente aterrizaron en una pequeña planicie entre montañas, donde un modesto complejo de edificios se integraba armoniosamente con el entorno natural. No había banderas ni retratos oficiales, nada que sugiriera la presencia habitual del líder supremo. “Este lugar no aparece en ningún mapa”, explicó Kim mientras descendían del helicóptero. “Es mi refugio personal.
Muy pocas personas conocen su existencia. El significado de este gesto no pasó desapercibido para nadie. Kim estaba mostrando un nivel de confianza extraordinario al revelar un espacio tan privado a un visitante extranjero. El complejo incluía una casa principal de estilo tradicional coreano, varios edificios anexos y lo que parecía ser un área de jardines y huertos.
Todo el conjunto transmitía una sensación de serenidad y conexión con la naturaleza que contrastaba dramáticamente con la estética monumental de Pionyang. “Aquí vengo cuando necesito pensar”, explicó Kim mientras caminaban por un sendero de piedra. Sin consejeros, sin informes, sin ceremonias.
Todo líder necesita un espacio así”, asintió Mujica, “un lugar donde ser simplemente humano.” Kim lo condujo hacia uno de los edificios anexos, que resultó ser un invernadero de tamaño modesto, pero equipado con tecnología avanzada. En el centro, para sorpresa de Mujica, crecían varias plantas de tomate que reconoció inmediatamente como las de su variedad criolla uruguaya.
Sus semillas”, explicó Kim con evidente orgullo. “Ordené que fueran plantadas inmediatamente. Nuestros agrónomos dicen que se han adaptado sorprendentemente bien.” Mujica se acercó para examinar las plantas que mostraban un crecimiento saludable a pesar del corto tiempo transcurrido. “El tomate es una planta resiliente”, comentó mientras tocaba delicadamente una de las hojas.
se adapta y persiste incluso en condiciones difíciles. Quizás por eso ha sido un alimento fundamental en tantas culturas diferentes. Una metáfora interesante, observó Kim, la resiliencia como virtud universal. Mujica asintió y luego preguntó algo que nadie esperaba. ¿Puedo preguntar por qué me ha traído aquí, señor presidente? No creo que sea solo para mostrarme unas plantas de tomate.
La pregunta directa pareció tomar a Kim por sorpresa, pero después de un momento de reflexión respondió con una franqueza inusual, porque quería mostrarle que existe otro Kim Jong Un. [Música] Un hombre que valora la simplicidad y la conexión con la Tierra. no tan diferente de usted en algunos aspectos. El silencio que siguió tenía un peso casi palpable.
Los intérpretes traducían mecánicamente, pero era evidente que estaban presenciando un momento de rara autenticidad. “Todos somos más complejos de lo que el mundo percibe”, respondió finalmente Mujica. El poder, sin embargo, tiende a reducir esa complejidad, a convertir personas en símbolos. Es quizás su mayor peligro, un peligro difícil de evitar en mi posición”, observó Kim.
“Cierto”, concedió Mujica, “pero reconocerlo es el primer paso.” Continuaron recorriendo los jardines donde Kim, sorprendentemente parecía conocer los nombres y características de muchas plantas. En un pequeño estanque natural se detuvieron a observar unos peces coi que nadaban plácidamente.
“Mi abuelo solía decir que gobernar una nación es como cuidar un jardín”, comentó Kim. Requiere paciencia, visión a largo plazo y saber cuándo podar para permitir nuevo crecimiento. Una analogía acertada, asintió Mujica. Aunque yo añadiría algo, el mejor jardinero no es el que impone su voluntad sobre las plantas, sino el que entiende la naturaleza de cada una y crea las condiciones para que florezcan según su propio potencial.
Kim reflexionó sobre estas palabras mientras observaba el estanque. “¿Cree que es posible cambiar sin perder la esencia?”, preguntó de repente. Para una persona, para una nación, la pregunta, formulada casi como una reflexión personal revelaba inquietudes profundas que raramente se asociarían con el hermético líder norcoreano.
“No solo creo que es posible”, respondió Mujica, “creo que es inevitable. La vida es cambio constante. La verdadera cuestión no es si cambiaremos, sino cómo guiaremos ese cambio. Si intentamos detenerlo, nos quebramos. Si aprendemos a fluir con él, preservando nuestros valores fundamentales, encontramos un equilibrio.
¿Y cómo se distingue entre el cambio necesario y la traición a los principios? insistió Kim, preguntándose siempre, ¿este cambio sirve a la vida y a la dignidad de las personas o solo al poder y la apariencia? Respondió Mujica, sin dudar. Si lo primero es evolución saludable, si lo segundo es corrupción del propósito original.
Estas palabras parecieron resonar profundamente en Kim, quien guardó un largo silencio mientras contemplaba el paisaje montañoso que rodeaba el complejo. Cuando finalmente volvió a hablar, su tono había cambiado sutilmente. Presidente Mujica, le agradezco su franqueza. Es un bien escaso en mi posición. La mayoría de las personas que me rodean me dicen lo que creen que quiero oír, no lo que necesito escuchar. La soledad del poder.
Asintió Mujica comprensivamente. La conocí bien, aunque mi situación era incomparablemente más sencilla que la suya. Antes de que regresemos, dijo Kim, quisiera pedirle algo. Por supuesto, mañana dará un discurso en la Universidad Kim Ilsung. según lo programado, es un evento importante con amplia cobertura mediática interna.
Le pido que hable con la misma honestidad que ha mostrado en nuestras conversaciones privadas. La solicitud era sorprendente y potencialmente delicada. Ignacio, que había permanecido discretamente en segundo plano, parecía alarmado. ¿Está seguro, señor presidente?, preguntó Mujica con calma. Mi franqueza podría contradecir algunos aspectos de la narrativa oficial de su gobierno.
Precisamente por eso, respondió Kim con una expresión indescifrable. A veces ciertas verdades suenan diferentes cuando vienen de un extranjero respetado. Mientras regresaban al helicóptero, Kim hizo un último comentario. Esos tomates, cuando den fruto, me gustaría enviarle algunos a Uruguay para cerrar el círculo. Mujica sonríó.
Las semillas siempre encuentran formas de viajar, señor presidente. Es su naturaleza. Durante el vuelo de regreso, Ignacio se acercó nerviosamente a Mujica. Señor, ¿es consciente de lo que implica esta solicitud? Cualquier crítica al régimen podría tener consecuencias diplomáticas serias. No hablará de críticas, sino de verdades universales.
Intervino Laura, quien había observado atentamente toda la interacción. Creo que el mariscal está buscando precisamente eso, una voz externa que pueda decir lo que internamente es imposible expresar. Mujica asintió pensativo. A veces un visitante puede abrir ventanas que desde dentro están selladas, no por falta de voluntad, sino por el peso de la historia y las expectativas.
Esa noche, en la habitación de su hotel, Mujica pasó horas escribiendo a mano su discurso. Rechazó la ayuda de Laura y de Ignacio, insistiendo en que estas palabras debían venir directamente de su corazón sin filtros diplomáticos. Lo que no sabía era que su visita estaba generando ondas expansivas en el hermético régimen norcoreano y que su discurso del día siguiente sería escuchado mucho más allá de los muros de la universidad.
La Universidad Kim Ilsung, la institución académica más prestigiosa de Corea del Norte, presentaba esa mañana una actividad inusual, aunque normalmente los eventos con invitados extranjeros eran cuidadosamente controlados, con audiencias seleccionadas y ensayadas. Esta vez algo parecía diferente. Los estudiantes y profesores que llenaban el auditorio principal mostraban una mezcla de curiosidad genuina. y nerviosismo.
La presencia de numerosos oficiales de alto rango, incluidos varios miembros del Comité Central del Partido, elevaba la importancia del evento. Cámaras de la televisión estatal estaban posicionadas estratégicamente, algo que sugería una transmisión más amplia de lo inicialmente previsto. Cuando Mujica entró al recinto, vestido con su habitual sencillez, un murmullo recorrió la audiencia.
Muchos esperaban ver al típico dignatario extranjero en traje formal, pero en su lugar encontraron a un anciano de aspecto afable que podría confundirse con un granjero local si no fuera por su evidente origen extranjero. El rector de la universidad, un académico de expresión severa, dio un discurso de introducción, exaltando la amistad entre los pueblos y la importancia del intercambio cultural, aunque sin mencionar nada que pudiera interpretarse como apertura ideológica.
Finalmente llegó el momento de la intervención de Mujica. subió al podio con paso tranquilo, colocó unas hojas escritas a mano y observó el auditorio por un momento antes de comenzar a hablar. Distinguidas autoridades, estimados profesores y queridos estudiantes comenzó mientras Laura traducía a su lado.
Vengo de un pequeño país al otro lado del mundo. Un país que muchos de ustedes quizás nunca visiten, así como muchos uruguayos quizás nunca conozcan la belleza de Corea. Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias geográficas, históricas y políticas, compartimos algo fundamental. Nuestra humanidad hizo una pausa notando como esta simple introducción ya generaba reacciones diversas en el público.
Algunos oficiales parecían tensos, pero la mayoría de los estudiantes mostraban genuino interés. Durante mi larga vida, continuó, he sido muchas cosas. un joven idealista, un guerrillero, un prisionero político, un parlamentario, un ministro, un presidente. Pero fundamentalmente siempre he sido un ser humano tratando de entender el mundo y contribuir con mis limitaciones a hacerlo un poco mejor.
La política y las ideologías son importantes, por supuesto, dan forma y estructura a nuestras sociedades, pero a veces nos hacen olvidar que detrás de cada sistema, cada gobierno, cada revolución hay personas concretas con sueños, temores, alegrías y sufrimientos muy similares. Los intérpretes trabajaban diligentemente y Mujica hacía pausas deliberadas para permitir que sus palabras fueran traducidas y asimiladas.
“En mi juventud,” continuó, “creí que cambiar el mundo requería principalmente valor y determinación. Estaba dispuesto a dar mi vida por mis ideales y casi lo hice. Pasé casi 15 años en prisión, muchos de ellos en condiciones que pocos podrían imaginar. Pero con el tiempo comprendí que el verdadero cambio requiere algo más difícil que el valor, requiere sabiduría.
Y la sabiduría comienza reconociendo una verdad incómoda. Nadie tiene todas las respuestas. Ninguna ideología, ningún sistema, ningún líder, por brillante que sea, puede pretender soluciones perfectas para los complejos desafíos humanos. Estas palabras provocaron un silencio tenso en la sala. Algunos de los oficiales se removían incómodos en sus asientos, pero nadie interrumpió.
Todos los sistemas, prosiguió Mujica, tienen fortalezas y debilidades porque son creaciones humanas y los humanos somos maravillosamente imperfectos. El capitalismo desata una creatividad y productividad asombrosas, pero puede generar desigualdades obscenas y destrucción ambiental. El socialismo busca una sociedad más justa y solidaria, pero puede asfixiar la iniciativa individual y derivar en burocracias opresivas.
La verdadera madurez política no consiste en aferrarse dogmáticamente a un sistema e ignorar sus defectos. sino en tener el coraje de reconocer tanto sus virtudes como sus limitaciones y trabajar constantemente para mejorarlo. Los estudiantes escuchaban con atención absoluta. Para muchos era la primera vez que oían a alguien hablar con tal franqueza sobre las imperfecciones inherentes a cualquier sistema político, incluido el propio.
He notado durante mi visita que ustedes sienten un gran orgullo por su independencia y su capacidad de resistencia frente a presiones externas”, continuó. “Y tienen razón en sentirlo. La soberanía nacional es un valor precioso. Sin embargo, la independencia no debe confundirse con aislamiento. En nuestro mundo interconectado, las ideas más poderosas surgen del diálogo entre diferentes perspectivas.
La ciencia avanza cuando los investigadores comparten sus descubrimientos y debaten abiertamente. La cultura se enriquece cuando absorbe influencias diversas, manteniéndose fiel a sus raíces. Incluso la agricultura, mi pasión personal, progresa cuando los agricultores intercambian semillas y técnicas. Muchika hizo una pausa más larga, bebió un sorbo de agua y luego abordó un tema aún más delicado.
Durante mis conversaciones con su respetado líder, el mariscal Kim Jong Un, he quedado impresionado por su profundo conocimiento y su genuina preocupación por el bienestar de su pueblo. Hemos discutido con franqueza sobre los desafíos que enfrenta su nación y sobre las posibles vías para superarlos. Y permítanme compartir con ustedes una reflexión que surgió de esas conversaciones.
El verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas o en glorificar el pasado, sino en trabajar incansablemente por un futuro mejor para las próximas generaciones. Los murmullos en la sala aumentaron. Mencionar conversaciones privadas con Kim Jong Un era inusual y hacerlo sugiriendo que habían abordado desafíos y vías para superarlos era aún más sorprendente.
“Jóvenes estudiantes”, continuó Mujica, dirigiéndose directamente a los universitarios. Ustedes son el recurso más valioso de su nación, no por su capacidad de repetir lo que ya se sabe, sino por su potencial para crear lo que aún no existe. El mundo avanza cuando las mentes jóvenes cuestionan, exploran, proponen.
La lealtad más profunda a su país no está en preservarlo exactamente como es, sino en ayudarlo a convertirse en lo mejor que puede ser. Las cámaras de televisión seguían grabando. Algunos funcionarios intercambiaban miradas preocupadas, pero la mayoría de los presentes escuchaba con absoluta atención. Durante mi mandato como presidente, prosiguió Mujica, Uruguay dio pasos que muchos consideraban controvertidos o incluso peligrosos.
Legalizamos el matrimonio entre personas del mismo sexo. Regulamos el mercado de cannabis para combatir el narcotráfico. Expandimos derechos reproductivos. No porque creyéramos tener todas las respuestas correctas, sino porque entendimos que una sociedad viva debe evolucionar. Algunos de estos cambios funcionaron mejor que otros.
Aprendimos de nuestros errores y ajustamos el rumbo cuando fue necesario. El punto no es que ustedes deban seguir nuestro camino específico. Cada nación debe encontrar su propia ruta según su historia y circunstancias. El punto es que el cambio no debe temerse. Es la única constante en la historia humana.
Para entonces, el discurso había superado ampliamente el tiempo asignado originalmente, pero nadie parecía dispuesto a interrumpir. La tensión inicial había dado paso a una atención concentrada. “Permítanme compartir una lección personal”, dijo Mujica, bajando ligeramente la voz, creando una atmósfera más íntima. Cuando salí de prisión después de casi 15 años, el mundo había cambiado dramáticamente.
Muchas de mis certezas juveniles se habían desmoronado. La historia había tomado caminos que no habíamos previsto. Podría haber reaccionado con amargura o dogmatismo, aferrándome a ideas que ya no correspondían a la realidad. En lugar de eso, decidí aprender, adaptarme, evolucionar sin traicionar mis valores fundamentales de justicia social y dignidad humana.
Y descubrí que este equilibrio entre principios inmutables y adaptación práctica no es una debilidad, sino la forma más alta de coherencia. El auditorio permanecía en silencio absoluto. Incluso los traductores parecían conmovidos por la honestidad emocional que transmitían sus palabras. No vine aquí a darles lecciones, continuó con humildad.
Corea tiene una civilización milenaria con profunda sabiduría propia. Vine a compartir experiencias, atender puentes de entendimiento, porque creo firmemente que a pesar de nuestras diferencias, todos aspiramos fundamentalmente a lo mismo. Vivir con dignidad, ver prosperar a nuestros hijos, contribuir a algo más grande que nosotros mismos.
Mujica se aproximaba al final de su discurso. Miró directamente a los estudiantes en las primeras filas. Les dejo con un pensamiento final. La grandeza de una nación no se mide por su poderío militar o económico, sino por la calidad de vida de su gente común. No por los monumentos que construye, sino por cómo trata a los más vulnerables.
No por su capacidad de resistir aislada, sino por su habilidad para colaborar preservando su identidad. Y sobre todo, la verdadera fortaleza de un país reside en su capacidad para autocriticarse y mejorar constantemente, porque solo quien reconoce sus imperfecciones puede superarlas. Mujica recogió sus notas y concluyó con sencillez. Gracias por su atención.
Ha sido un honor compartir estos días con ustedes y conocer su hermoso país. Espero que este sea solo el comienzo de un diálogo fructífero entre nuestros pueblos. Por un momento, el auditorio permaneció en silencio. Luego, gradualmente comenzó un aplauso que creció hasta convertirse en una ovación. Los estudiantes se pusieron de pie, seguidos por muchos profesores e incluso algunos funcionarios.
Otros permanecieron sentados con expresiones difíciles de interpretar. El rector subió rápidamente al podio, agradeció a Mujica y dio por concluido el evento con evidente nerviosismo. Mientras la delegación uruguaya era escoltada fuera del recinto, Laura se inclinó hacia Mujica. Eso fue valiente”, murmuró. Nunca había escuchado a nadie hablar así en un foro oficial aquí.
Solo dije verdades universales respondió Mujica con serenidad. Ninguna revolución, ningún sistema puede temer a la verdad si realmente busca el bienestar de su pueblo. Esa tarde, mientras la delegación uruguaya se preparaba para su partida programada para el día siguiente, Ignacio recibió una llamada de la cancillería norcoreana.
Su rostro mostró sorpresa al colgar. Han solicitado una reunión final con el mariscal, informó. Esta noche en el palacio del pueblo, solo usted, señor Mujica, y los intérpretes. ¿Crees que están molestos por el discurso?, preguntó Laura con preocupación. Y estuvieran molestos, simplemente cancelarían nuestro vuelo o nos ignorarían hasta la partida, respondió Mujica.
Esta invitación sugiere algo diferente. A las 8 de la noche, un vehículo oficial recogió a Mujica y Laura. El palacio del pueblo, uno de los edificios más imponentes de Pionyang, estaba inusualmente tranquilo. En lugar del habitual despliegue de funcionarios y seguridad, fueron conducidos discretamente a una pequeña sala de reuniones donde Kim Jong Un esperaba solo, acompañado únicamente por su intérprete personal.
Presidente Mujica”, saludó Kim levantándose para estrechar su mano. Su discurso ha generado considerable debate en ciertos círculos. El tono era neutro, imposible de interpretar como aprobación o reproche. “Espero no haber abusado de su confianza, señor presidente”, respondió Mujica. Dije lo que creo sinceramente, como me pidió que hiciera. Kim asintió lentamente.
Precisamente por eso lo invité a hablar. Necesitábamos escuchar una perspectiva diferente, expresada con respeto, pero sin los filtros habituales. Particularmente, aprecié su énfasis en que cada nación debe encontrar su propio camino. Se sentaron en cómodos sillones dispuestos en círculo, creando una atmósfera más informal que la de sus encuentros anteriores.
Su visita ha coincidido con un momento de reflexión interna, continuó Kim. eligiendo cuidadosamente sus palabras. Corea del Norte se encuentra en una encrucijada histórica. Nuestro aislamiento nos ha protegido, pero también nos ha limitado. Nuestros principios nos han dado identidad, pero su aplicación rígida ha generado obstáculos.
Era la admisión más franca de los desafíos del régimen que jamás se había expresado públicamente. “El cambio siempre es difícil”, comentó Mujica con empatía, especialmente cuando implica repensar elementos que han sido fundamentales para la identidad nacional. Exactamente, asintió Kim. La pregunta que enfrento no es si debemos cambiar, sino cómo podemos evolucionar preservando nuestra soberanía.
y valores fundamentales. Hizo una pausa como considerando cuánto revelar. Hemos estado estudiando diversos modelos de desarrollo, el camino chino de apertura económica, manteniendo el control político, el modelo vietnamita de Doymoi, incluso aspectos del desarrollo de Singapur o Corea del Sur, aunque obviamente adaptados a nuestro contexto.
Esta revelación era extraordinaria. Que el líder supremo admitiera abiertamente estar considerando modelos alternativos, incluido el de su rival histórico, Corea del Sur, era algo sin precedentes. Todos esos modelos tienen méritos, respondió Mujica con cautela. Pero la clave, como usted bien sabe, no está en copiar fórmulas externas, sino en adaptar elementos útiles a su propia realidad.
Precisamente, asintió Kim, y ahí radica la dificultad, cualquier cambio significativo enfrentará resistencia interna de quienes temen que la apertura diluya nuestra identidad o debilite nuestra posición. El miedo al cambio es universal, comentó Mujica. Lo vi en Uruguay cuando propusimos reformas que parecían radicales en ese momento. La clave está en demostrar que el cambio no es una traición.
a los principios, sino una forma más efectiva de honrarlos. Kim guardó silencio por un momento, como sopesando una decisión. Finalmente habló con un tono más personal. Presidente Mujica, le he pedido esta reunión final por una razón específica. Quiero proponerle algo que podría sorprenderle. Mujica levantó las cejas con curiosidad.
Estamos considerando establecer una comisión especializada para estudiar vías de desarrollo sostenible y autosuficiencia alimentaria, continuó Kim. Me gustaría que usted aceptara ser asesor honorario de esta comisión visitándonos periódicamente para compartir su experiencia, particularmente en agricultura sostenible.
La propuesta era efectivamente sorprendente. Un expresidente occidental con ideales democráticos invitado a asesorar regularmente al régimen más hermético del mundo. Es un honor inesperado, respondió Mujica tras una pausa. Pero debo preguntar qué esperas realmente conseguir con esto sonrió levemente, apreciando la franqueza.
varias cosas, respondió. Primero, su experiencia práctica en agricultura sostenible es valiosa por sí misma. Segundo, su perspectiva como líder que ha transitado desde posiciones revolucionarias hacia un pragmatismo efectivo puede ser instructiva para algunos sectores de nuestro gobierno. Y tercero, francamente, su presencia periódica enviaría un mensaje, tanto interno como externo, sobre nuestra disposición a dialogar y aprender.
Mujica asintió, comprendiendo las implicaciones. entiendo y aprecio su confianza”, dijo, “pero a mi edad no puedo comprenderme a viajes frecuentes, sin embargo, estaría dispuesto a visitar Corea del Norte una o dos veces al año si realmente cree que puedo contribuir positivamente con una condición.
” “¿Cuál sería?”, preguntó Kim con genuina curiosidad. Que cualquier proyecto en el que participe beneficie directamente a agricultores comunes, no solo a instalaciones modelo para visitantes extranjeros. Kim pareció reflexionar sobre esta condición por un momento, luego asintió. Es justo. De hecho, ya hemos identificado tres provincias donde podríamos implementar proyectos piloto basados en técnicas de agricultura sostenible.
La conversación continuó detallando aspectos prácticos de esta colaboración inusual. Se acordó que el primer proyecto se centraría en técnicas de biofertilización y conservación de suelos con la posibilidad de expandirse a sistemas de irrigación eficientes y diversificación de cultivos. Mientras concluían los detalles, Kim hizo un comentario personal.
¿Sabe, presidente Mujica, desde nuestra primera conversación he estado reflexionando sobre algo que dijo que el poder es prestado y debe volver al pueblo. Es un concepto que desafía aspectos fundamentales de nuestra tradición política, pero que contiene una verdad que no puedo ignorar. El poder más duradero, respondió Mujica, es aquel que la gente otorga voluntariamente, no el que se impone.
Es una lección que todos los líderes, independientemente de su sistema político, eventualmente descubren. Kim asintió pensativamente. Nuestras circunstancias históricas y geopolíticas son extremadamente complejas, dijo. Cualquier transición debe ser gradual y cuidadosamente gestionada, pero sus palabras sobre la necesidad de adaptarse sin perder la esencia han resonado profundamente.
Antes de despedirse, Kim tenía un regalo final para Mujica, una pequeña caja de madera tallada a mano. Es una tradición coreana regalar algo personal cuando se establece una relación significativa”, explicó mientras la entregaba. Mujica abrió la caja con cuidado. Dentro había una antigua semilla de arroz preservada en resina transparente montada sobre una base de madera oscura.
“Esta semilla tiene más de 1000 años”, explicó Kim. Fue descubierta en una excavación arqueológica cerca de Kesong. Antigua capital del reino de Gorio, representa nuestras raíces agrícolas y la continuidad histórica que tanto valoramos. El simbolismo del regalo no pasó desapercibido para Mujica, una semilla milenaria, preservada, pero incapaz de germinar, encapsulada en resina.
era una metáfora inconsciente del dilema norcoreano. “Lo atesoraré”, dijo con sinceridad, “ypero que nuestras conversaciones hayan plantado semillas que, a diferencia de esta, puedan germinar y dar frutos.” Kim sonrió, captando la sutil referencia. “Creo que ya lo están haciendo, presidente Mujica. El día de la partida amaneció con una ligera nevada, la primera del otoño que se aproximaba.
En el aeropuerto la ceremonia de despedida fue sorprendentemente discreta. En lugar del habitual despliegue de funcionarios y protocolo, solo el viceministro Choy y un pequeño grupo de oficiales estaban presentes. El respetado mariscal envía sus más sinceros agradecimientos por su visita, dijo el viceministro mientras entregaba una carta sellada a Mujica.
Esta comunicación personal debe ser abierta solo cuando haya dejado nuestro espacio aéreo. Mujika asintió guardando el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta. Mientras subían al avión, Laura parecía pensativa. “¿Cree que algo cambiará realmente después de todo esto?”, preguntó en voz baja. Mujika contempló la ciudad de Pyongang a través de la ventanilla, sus monumentales edificios ahora suavizados por el velo blanco de la nieve.
“La historia no se mueve en línea recta”, respondió. Avanza en espiral con retrocesos y avances, a veces tan lentamente que parece inmóvil, pero siempre se mueve. Una vez que el avión alcanzó la altura de crucero, Mujica abrió la carta de Kim. Era breve, escrita a mano en coreano, con una traducción al español adjunta.
Estimado presidente Mujica, nuestras conversaciones han dejado una profunda impresión en mí. Su sabiduría, nacida de una vida de lucha y reflexión ofrece perspectivas que valoramos enormemente. Le informo que he ordenado la creación de un programa especial de investigación agrícola que implementará algunas de sus sugerencias sobre biofertilizantes y conservación de suelos.
También he instruido a nuestros diplomáticos para explorar discretamente canales de comunicación con ciertos países, incluido el suyo. Los cambios que necesitamos serán graduales y seguirán nuestro propio camino, preservando nuestra soberanía e identidad. Pero sus palabras sobre la necesidad de adaptación y apertura han encontrado terreno fértil.
Las semillas de tomate que generosamente compartió ya están creciendo en nuestro invernadero. Tal vez, como usted sugirió, sean una metáfora de las ideas que ha plantado aquí. Esperamos su regreso en primavera para ver los primeros resultados de nuestra colaboración. Con respeto y gratitud. Kim Jong Unjika dobló cuidadosamente la carta y la guardó de nuevo en su bolsillo.
Mirando por la ventanilla, los campos y montañas de Corea del Norte iban quedando atrás, desapareciendo gradualmente en la distancia. Las semillas necesitan tiempo, pensó, y cuidado y condiciones adecuadas. Algunas germinarán rápidamente, otras permanecerán dormidas hasta que llegue su momento, pero todas contienen potencial.
Se meses después, en su chakra de Rincón del Cerro, Mujica recibió un paquete diplomático proveniente de Pongyang. Dentro había un frasco herméticamente sellado que contenía semillas de tomate junto con una breve nota. Primera cosecha de las semillas uruguayas. adaptadas a nuestro suelo, pero conservando su esencia original.
El proyecto de biofertilizantes ha sido implementado en dos provincias con resultados prometedores. Esperamos su visita para la próxima siembra. Mujica sonrió mientras examinaba las semillas. parecían ligeramente diferentes a las originales, quizás un poco más oscuras, posiblemente más resistentes a las condiciones locales de Corea.
Evolución natural, adaptación sin pérdida de identidad. Ese mismo día, los medios internacionales reportaban un desarrollo inesperado. Corea del Norte había anunciado una modesta pero significativa reforma en su sector agrícola. permitiendo a las cooperativas retener una mayor proporción de su producción y tomar decisiones más autónomas sobre cultivos y técnicas.
Era un pequeño paso, pero potencialmente transformador para un sistema que había mantenido un control centralizado absoluto durante décadas. Ningún medio estableció conexión entre esta reforma y la visita de Mujica meses atrás. Para el mundo eran eventos inconexos. Un expresidente latinoamericano visitando Pyong Yangang como curiosidad diplomática y un ajuste técnico en la política agrícola norcoreana.
Pero en su chakra uruguaya, mientras plantaba algunas de las semillas norcoreanas en una pequeña parcela experimental, Mujica sabía que las palabras, como las semillas, tienen poder para atravesar muros y fronteras, para echar raíces en los lugares más inesperados y eventualmente dar frutos que nadie podría haber previsto.
Lo que les dije, reflexionó mientras cubría las semillas con tierra húmeda. No fue nada extraordinario, solo verdades simples sobre la vida, la dignidad y la necesidad de cambio. Pero a veces las verdades más simples son las que más cuesta escuchar y las que más pueden transformarnos cuando finalmente las asimilamos.
Mientras regaba las semillas recién plantadas, Lucía se acercó para observar su trabajo. ¿Crees que crecerán bien aquí?, preguntó refiriéndose a las semillas norcoreanas. Mujica contempló el pequeño surco de tierra donde acababa de plantarlas. Luego levantó la mirada hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a ponerse sobre los campos uruguayos.
“Crecerán”, respondió con serena confianza. diferente quizás a su propio ritmo, seguramente, pero crecerán. Es lo que hacen las semillas cuando encuentran terreno fértil. Y en esa simple observación sobre tomates y semillas, resumió su esperanza para el pueblo norcoreano y para todos los pueblos que luchan por encontrar su camino entre la preservación de su identidad y la necesaria evolución.
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