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Auxilió a un viejo desconocido… y descubrió una verdad capaz de cambiar su destino VL

Auxilió a un viejo desconocido… y descubrió una verdad capaz de cambiar su destino

Encendió el fogón, calentó un poco de sopa de frijoles de la noche anterior y cortó el pan duro en rebanadas finas para que alcanzara durante todo el día. Todo ocurría como de costumbre, pero dentro de ella no había calma. El fajo de papeles que el adio había dejado sobre la mesa la noche anterior seguía en el cajón como un objeto frío que sabía esperar el momento oportuno para salir arrastrándose y morder aquella casa.

 Milagros miró a su hija desde la silla junto a la ventana. No preguntó nada, pero su mirada hizo que Amapola entendiera que su madre había pasado casi toda la noche despierta. Desde la muerte de su padre, en aquella casa había demasiadas noches en las que nadie dormía de verdad. El adio solía sentarse en el corredor a calcular las deudas bajo la luz del quinqué.

 Amapola escuchaba el viento pasar por el pozo seco, imaginando que bajo la tierra aún quedaba algún sonido de agua que se negaba a desaparecer. Y Milagros, la madre enferma y débil de ambos, permanecía acostada entre sus dos hijos, sintiendo que cada día estaban más lejos el uno del otro. Cerca del mediodía, cuando Amapola llevaba la canasta con los huevos restantes hacia el corral, Maruja, la vendedora de telas del mercado del pueblo, se acercó a la entrada.

 Fingió querer comprar dos huevos, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia el interior de la casa. Amapola conocía esa clase de mirada. En un pueblo pequeño, los rumores nunca caminan con los pies. Vuelan de boca en boca. Si hay algo que decir, dilo, Maruja”, le dijo, dejando la canasta de huevos en el suelo. Maruja se acomodó con torpeza el pañuelo de la cabeza.

Solo escuché que anoche en la taberna alguien vio a Eladio sentado con el señor Vidal Armenta. Aquel nombre hizo que la mano de Amapola se detuviera. El señor Vidal Armenta era el intermediario de la empresa de cámaras frigoríficas que quería comprar las tierras de los Requena. Había aparecido en el pueblo hacía apenas unas semanas, siempre vestido con ropa impecable, los zapatos sin una mancha de polvo, las palabras suaves como aceite de oliva, pero la mirada fría como una navaja.

 Maruja bajó la voz. También dicen que había documentos y dinero sobre la mesa. Amapola sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. No dijo nada más, solo entró en la casa a buscar su chal. Milagros vio el color de su rostro y se incorporó apoyándose en las manos. Amapola, ¿a dónde vas? Voy al pueblo un momento.

 No dejes que la rabia camine delante de ti. Amapola se detuvo en la puerta. Las palabras de su madre eran suaves, pero la retuvieron durante un instante. Se volvió para mirarla e intentó que su voz sonara tranquila. Si no voy, otros decidirán por nosotros. El camino hacia el pueblo estaba blanco de polvo bajo el sol. Amapola avanzó deprisa con la falda oscura rozando los matorrales secos del borde del camino.

Pasó junto al pozo del pueblo donde doña Remedios y tía Benita estaban sentadas con varias cestas de mimbre. En cuanto la vieron, se quedaron calladas. Ese silencio fue más claro que cualquier murmullo. Amapola no se detuvo. Sabía que apenas ella se alejara, aquellas cabezas volverían a juntarse.

 La taberna del pueblo estaba en una esquina de la pequeña plaza con paredes de cala amarilla, techo de tejas viejas y una puerta de madera que siempre quedaba entreabierta para que el viento caliente entrara, arrastrando olor a polvo. Dentro había varios hombres bebiendo vino barato, un anciano jugando a las cartas en un rincón y la dueña del local limpiando una copa que ya estaba limpia.

Bienvenidos a Historias sin ruido. El sol de agosto caía sobre la finca requena como fuego. El campo de trigo detrás de la casa permanecía inmóvil bajo un cielo blanco y segador, con los tallos de rastrojo desteñidos inclinados por el viento caliente, tan secos que bastaba tocarlos apenas para oír cómo se quebraban en pedazos.

 La tierra se abría en grietas largas, profundas y oscuras, como si todo el campo estuviera con la boca abierta esperando una gota de agua que hubiera olvidado el camino de regreso. El camino que venía del pueblo estaba cubierto de polvo blanco. Cada vuelta de las ruedas levantaba una estela turbia que se pegaba a la falda, al cabello, al abrevadero vacío y también a la cerca torcida del patio.

 La Requena volvía del mercado con Pepita, la vieja burra de la familia. La carreta de madera que llevaba detrás estaba casi vacía. Después de pasar toda la mañana bajo la lona del mercado del pueblo, solo había logrado cambiar unos manojos de cebollas marchitas, una bolsa de frijoles secos, dos panes duros y unas monedas sueltas que no alcanzaban para comprar la medicina de su madre.

 La gente pasaba frente a su puesto, preguntaba el precio de los huevos, preguntaba el precio de las verduras y luego suspiraba antes de marcharse. Todos eran pobres en aquella temporada de sequía, así que la compasión también se había convertido en un lujo. Ella desató a Pepita, le dio unas palmadas suaves en el cuello y caminó hacia la boca del viejo pozo en medio del patio.

El brocal estaba hecho de piedra gris, agrietada y ardiente bajo la mano. Amapola se inclinó para recoger una piedrita, la sostuvo un momento en la palma como si estuviera sopesando algo y después la dejó caer. La piedra descendió en la oscuridad, un latido, dos latidos. Luego sonó un golpe seco contra la pared del pozo y finalmente llegó al fondo con un ruido corto y apagado. No hubo sonido de agua.

 Amapola se quedó inmóvil. Ya sabía que sería así, pero aún así sintió que el corazón se le hundía. Cada día, al volver del mercado, hacía la misma prueba. Cada día dejaba caer una piedra en el pozo, como quien le envía una pregunta a la tierra. Y cada día el pozo respondía con silencio. Cuando su padre aún vivía, solía decir que aquel pozo solo estaba dormido, que el agua no abandona a quien sabe cuidar la tierra.

 Entonces ella le creía. Ahora aquellas palabras parecían un trozo de pan viejo, seco y duro, pero aún así no se atrevía a tirarlo. Desde el interior de la casa se oyó una tos leve. Amapola se volvió de inmediato hacia la cocina. En el banco largo junto a la ventana, la señora Milagros Requena, madre de Amapola, estaba recostada sobre una almohada vieja.

Tenía poco más de 60 años. Estaba débil después de muchos meses enferma, pero sus ojos cafés seguían siendo dulces y hondos, como los de alguien acostumbrado a esconder la preocupación por sus hijos detrás de una sonrisa. Desde la muerte de su esposo, Milagros casi no se movía de aquel rincón junto a la ventana, mirando como sus dos hijos se alejaban cada día un poco más entre las deudas, la sequía y todo aquello que nadie se atrevía a decir por completo.

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