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Viuda y embarazada heredó una casa abandonada en la sierra… Lo que encontró bajo el suelo la salvó

 sin alternativa, aceptó. Juntó su ropa en una caja de cartón, agarró a Ventón con un camionero que iba rumbo a la sierra y se bajó en la desviación del camino, desde donde caminó los últimos 2 km cuesta arriba. Cuando vio la casa por primera vez, se le apretó el corazón. Era más grande de lo que imaginaba, pero vieja, muy vieja.

 Paredes de adobe deslavadas, ventanas torcidas, techo con tejas quebradas, dejando huecos por donde seguramente entraba la lluvia. El portón de madera colgaba chueco de las bisagras oxidadas. El patio era puro monte alto y alrededor solo el silencio pesado de la sierra y el viento frío que bajaba de los cerros.

 Entró con las manos temblando, no solo de frío. La puerta principal chirrió al abrirse, soltando un quejido largo que resonó por toda la casa vacía. La sala era amplia pero oscura. El piso de madera estaba cubierto por años de polvo y había marcas en el suelo donde alguna vez hubo muebles. El aire olía a Moono, a tiempo detenido.

 Aquella primera noche, Rosa María durmió vestida enrollada en un zarape viejo que traía en la caja, tirada en el piso de la sala, porque no tuvo valor para explorar los cuartos en la oscuridad. El viento golpeaba las ventanas con fuerza, haciendo gemir la madera. El piso crujía solo, como si alguien caminara por los cuartos vacíos.

 Y el silencio, el silencio era tan profundo que parecía gritar. Pensó en rendirse ahí mismo. Pensó en levantarse al amanecer e irse a cualquier lugar. Pero algo en aquella casa la detení. una sensación extraña, como si el lugar guardara algo que todavía no había sido revelado. En los días siguientes limpió lo que pudo, barrió el polvo, abrió las ventanas para ventilar, arregló una de las sillas rotas que encontró en el cuartito del fondo.

 Comía poco, había traído arroz, frijol y algunos huevos que una vecina lejana le dio por lástima. Por las noches se sentaba en el corredor de madera podrida y miraba el cielo inmenso de la sierra, estrellado como nunca lo había visto en el pueblo, pero frío, distante, indiferente a su soledad. Fue en la tercera noche que oyó el sonido por primera vez.

 Estaba acostada en el piso de la sala tratando de dormir cuando un crujido diferente llamó su atención. No era el viento, no era la madera ajustándose al frío, era un sonido que venía de abajo, como si algo se estuviera moviendo bajo el piso de madera. Rosa María levantó la cabeza, el corazón disparado, los ojos fijos en la oscuridad. El sonido se repitió.

 Un crujido sordo, apagado, viniendo de algún punto cerca de sus pies, encendió el quinqué. La casa no tenía luz eléctrica. iluminó el piso alrededor. Las tablas eran anchas, viejas, algunas flojas en las orillas. Golpeó suavemente con los nudillos en una de ellas. El sonido resonó hueco, diferente. Golpeó otra, sólido. Volvió a la primera.

 Hueco otra vez. Hay algo aquí abajo, pensó. Pero no tuvo valor para investigar esa noche. Apagó el kinqué, se volvió a acostar y pasó horas despierta. escuchando el viento y aquel crujido que volvía de vez en cuando, como si algo o alguien estuviera tratando de llamar su atención del otro lado de la madera. A la mañana siguiente, Rosa María despertó con el cuerpo adolorido y la mente inquieta.

 El sol todavía no había salido completamente, pero ella estaba de pie, mirando fijamente el piso de la sala. La tabla que había crujido durante la noche parecía común a la luz del día, solo una más entre tantas otras gastadas por el tiempo. Pero ella sabía, sabía que había algo allí. Esperó a que amaneciera bien. Tomó un café aguado, masticó un pedazo de pan duro que le quedaba.

 Trató de ocuparse barriendo otra vez la cocina, pero la mente no se le quitaba de aquella tabla. Cerca del mediodía, cuando el sol entró por las ventanas e iluminó toda la sala, ya no aguantó más. Fue al cuartito del fondo y agarró un cuchillo viejo de cocina que había encontrado días antes. Regresó a la sala, se arrodilló en el piso con dificultad por el vientre abultado y empezó a hacer palanca en la orilla de la tabla.

 La madera estaba hinchada por la humedad. Resistió los primeros minutos, pero poco a poco empezó a ceder. Rosa María metió la hoja en las rendijas, hizo presión y de repente la tabla se soltó con un chasquido seco. Debajo, en vez del piso de tierra apisonada que esperaba encontrar, había tierra removida, fresca, demasiado oscura para estar ahí desde hacía décadas.

 Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo podía haber tierra removida en una casa abandonada tanto tiempo? ¿Quién habría excavado allí? ¿Y cuándo? Y con las manos temblando empezó a acabar. La tierra estaba húmeda, suave, como si alguien la hubiera movido recientemente, 10 cm, 20, 30, hasta que sus uñas tocaron algo diferente. Tela, un tejido grueso, áspero, envejecido.

Jaló con cuidado y sacó a la superficie un bulto del tamaño de un puño amarrado con mecate podrido. Deshizo el nudo despacio. Dentro había una bolsita pequeña de cuero, pesada. La abrió. Monedas antiguas ennegrecidas por el tiempo, algunas con fechas casi borradas. Rosa María se quedó paralizada, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía salírsele por la boca. No era posible.

 Aquello no podía estar ahí. Pero estaba en sus manos, real, pesado, verdadero. Respiró hondo y volvió a acabar. Si había un escondite, podía haber más. Y había. A pocos centímetros del primer hoyo, encontró otro saco más grande, luego otro y otro. En total, tres compartimentos excavados bajo el piso, cada uno guardando algo diferente: monedas, documentos amarillentos doblados con cuidado y un cuaderno de pasta dura casi deshecho por la humedad.

 Rosa María se sentó en el piso, rodeada por los objetos que acababa de desenterrar, las manos sucias de tierra, la respiración entrecortada. Agarró el cuaderno con cuidado, como si fuera a deshacerse en sus manos. La pasta estaba manchada, las páginas pegadas unas con otras. Lo abrió despacio. La letra era chiquita, temblorosa, escrita a lápiz, que el tiempo ya empezaba a borrar.

 En la primera página leyó, “El nombre que firmaba era Sebastián Medina y justo abajo, una fecha, 1976, Rosa María pasó las páginas con cuidado. El diario contaba una historia de injusticia. Sebastián Medina había sido acusado de robar dinero de la cooperativa minera donde trabajaba, acusado por un hombre poderoso de la región, alguien a quien él llamaba simplemente el patrón en las páginas.

 La acusación era falsa, pero nadie le creyó. Perdió el trabajo, la reputación, los amigos. La familia fue expulsada del pueblo, huyó a la sierra con lo poco que tenía y escondió todo allí en aquella casa, esperando algún día poder probar su inocencia. Las últimas páginas eran más confusas, escritas con prisa.

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