Caminó hasta el muro de piedra del fondo, hasta la parte donde las dos piedras grandes dejaban la grieta ancha. De niña había guardado ahí una canica verde y un pedacito de papel con un secreto que ya no recordaba. Metió la mano despacio. La grieta era más honda de lo que parecía. Los dedos tocaron polvo, una piedra pequeña, telarañas secas y luego algo diferente, algo con textura de cuero viejo y bordes definidos.
Valentina contuvo el aliento y sacó lo que fuera que estaba ahí con cuidado, sin jalarlo, limpiando los bordes con los dedos para que no se rompiera. Era un cuadernillo, un cuadernillo de cuero café oscuro del tamaño de una mano, amarrado con un cordón de cuero que el tiempo había endurecido, pero no roto. Lo cargó adentro con las dos manos, como si fuera algo que pudiera quebrarse solo con el aire. lo puso sobre la mesa.
Soltó el cordón con paciencia, porque los nudos viejos no se fuerzan. Las hojas de adentro eran de papel de estrasa, del grueso, escritas con letra pequeña y apretada en tinta, que se había puesto café, pero seguía siendo legible. No todas las páginas. Las primeras 10 o 15 eran texto. Las siguientes eran dibujos, plantas dibujadas con cuidado con nombres escritos abajo.
Las últimas páginas tenían instrucciones, recetas, pero no de cocina, preparaciones, proporciones para el susto, para la fiebre del bebé, para el dolor de las mujeres que cargan demasiado. Al principio de todo, en la primera página había una nota distinta al resto, escrita con otra tinta más oscura, como si hubiera sido lo último que se escribió o lo primero que se quiso decir.
Decía, “Para la que encuentre esto cuando lo necesite. No te explico quién soy porque la sangre ya lo sabe. Usa lo que aquí está con respeto y con juicio. No guardes lo que aprendas solo para ti. Eso que cargues en el vientre viene fuerte. Lo siento desde acá. Cuídate con cariño desde el otro lado del tiempo. Tu bisabuela. Remedios. Valentina leyó la nota dos veces.
Luego la leyó una tercera vez en voz alta, despacio, como se leen las cosas que cuesta creer. Dobló el cuadernillo con las dos manos y lo sostuvo contra el pecho por un momento que no supo medir. Afuera, el gallo del vecino cantó. La luz del amanecer entró por la ventana de la cocina y le dio a todo ese color anaranjado y tranquilo que tienen las mañanas en el campo cuando uno ha sobrevivido la noche. Remedios.
Había escuchado ese nombre una o dos veces en su vida, dicho de pasada por su madre en conversaciones de mayores sin detalles. La bisabuela Remedios, que sabía de plantas nada más. Las personas que vivieron tanto antes se vuelven sombras en la memoria familiar. Nombre sin cuerpo, historia sin historia. Valentina pensó en la mujer del sueño, en las manos metidas entre las piedras del muro, en el gesto señalando antes de irse.
Pensó en el cuadernillo que había esperado ahí, en esa grieta, quién sabe cuántos años, quién sabe cuántas lluvias y sequías y generaciones que pasaron sin encontrarlo, porque nadie lo había necesitado todavía de la manera en que ella lo necesitaba esta mañana. No sabía si llamarle a eso destino o casualidad o simplemente la manera en que las cosas se acomodan cuando una no tiene más opciones y tiene que empezar a ver diferente.
Solo sabía que el cuadernillo estaba ahí y que ella estaba aquí y que algo en eso le daba ganas de levantarse y se levantó. Los primeros días fueron de pura necesidad. limpió la casa de arriba a abajo con esa energía que da el cuerpo. Cuando la mente finalmente encuentra un punto donde sostenerse. Barrió el polvo de meses, abrió las ventanas para que entrara el aire de la sierra, encendió el fogón con leña seca del montón que el abuelo abundio siempre dejaba apilado bajo el cobertizo del lado.
Encontró en la alacena frijol negro en olla de barro, chile ancho seco, un poco de masa de maíz endurecia que con agua y paciencia se suavizó. Comió. durmió en la cama de madera del cuarto del fondo con el colchón de lana que olía a abuelo y a tiempo guardado. Llamó a su mamá desde el celular con señal de dos barras que conseguía parada junto a la ventana del oriente.
Le contó todo. Doña Esperanza al otro lado lloró y maldijo y quiso venirse de inmediato. Valentina la convenció de esperar. Estoy bien, mamá. Aquí estoy bien. No era del todo verdad todavía, pero tampoco era mentira. Al cuarto día comenzó a leer el cuadernillo de remedios con atención. No era fácil de leer.
La letra era pequeña y algunas palabras usaban términos que Valentina no conocía o que habían caído en desuso. Pero la lógica de las páginas era clara. ¿Plantas, para qué servían? ¿Cómo prepararlas? ¿En qué cantidades? ¿En qué momento del año conseguirlas? Hierba santa para el estómago, gordolobo para la tos y el pecho cerrado, epasote para los parásitos, ruda para el retraso, cola de caballo para los riñones, árnica para los golpes que se ven y entre líneas también para los que no se ven.
Había páginas enteras sobre el embarazo, sobre lo que el cuerpo de una mujer necesita y lo que no necesita, escritas con una precisión que a Valentina le pareció más confiable que algunas cosas que le había dicho el médico del centro de salud del pueblo. Empezó a caminar la propiedad con el cuadernillo en mano, identificando las plantas del jardín de su abuelo, que había sobrevivido solas.
Muchas de las que remedios describía estaban ahí, crecidas sin orden, pero vivas, con esa terquedad de lo que fue plantado con intención, y no se rinde, aunque nadie lo cuide. El gordolobo junto a la cerca norte, la hierba santa junto al arroyo seco, el epazote entre las piedras del patio como si fuera maleza, pero no era maleza.
Valentina empezó a entender que el jardín de su abuelo no había sido descuido, había sido herencia. Él sabía lo que crecía ahí y lo había dejado crecer. A la semana llegó doña Hortensia, la vecina del terreno de enfrente, una mujer de 60 y tantos años que había conocido al abuelo Abundio desde siempre. Llegó con un poco de queso fresco y con la curiosidad apenas disimulada de quien quiere saber qué está pasando en una casa que llevaba meses cerrada.
Valentina le ofreció café. Platicaron. Doña Hortensia no preguntó por qué había llegado sola y embarazada, pero tampoco fingió que no lo sabía. En los ranchos chicos, la gente sabe todo antes de que uno lo cuente. ¿Ya a mero cuándo?, preguntó mirándole el vientre. En tres meses, dijo Valentina. Y al papá. Valentina tomó el café antes de responder.
Ocupado dijo no más. Y doña Hortensia asintió con esa sabiduría de mujer que ya lo ha visto todo y que sabe cuándo una respuesta es toda la respuesta que se va a dar. Al irse ya en la puerta, doña Hortensia se detuvo. Oye, ¿tú sabes algo de plantas? Traigo un dolor en los pies que no me deja dormir y en el centro de salud me dan pastillas que me revuelven el estómago. Valentina pensó un momento.
Déjeme ver qué tengo. Esa noche repasó el cuadernillo. Encontró una preparación para la circulación y el dolor de extremidades con tres plantas que tenía en el jardín. Siguió las instrucciones de remedios al pie de la letra. Al día siguiente le llevó el preparado a doña Hortensia en un frasco de vidrio con tapa con las instrucciones escritas en un papel.
No le prometo nada, pero pruébelo. Doña Hortensia lo probó. A los 4 días regresó con su hija y con cara de quien tiene algo importante que decir. Mi hija, llevo dos noches durmiendo de corrido. ¿Tú de dónde sabes esto? Valentina le mostró el cuadernillo. Le contó de remedios. le contó de la grieta del muro y del sueño.
Doña Hortensia escuchó todo sin interrumpir, con esa seriedad de las personas mayores que no se escandalizan fácilmente porque han visto suficiente para saber que lo extraño y lo verdadero no siempre son cosas distintas. Cuando Valentina terminó, la señora se quedó un momento en silencio. Mi abuela me habló una vez de una curandera de por aquí de hace muchos años.
le decían la remedios del muro, porque vivía cerca de una milpa con un muro de piedra. Hizo una pausa. Decía que era mujer muy sabia, pero que el pueblo le tuvo miedo, porque las mujeres, que saben demasiado, siempre asustan a alguien. Valentina volvió a pensar en doña Celia y encontró que la historia no era nueva. Las semanas siguientes pasaron con ese ritmo que tienen las cosas cuando uno deja de pelear contra el tiempo y empieza a trabajar con él.
Valentina fue aprendiendo lo que la vida en el rancho pedía aprender. Aprendió a revisar el fogón antes de dormir para que no quedara brasa suelta. Aprendió a madrugar porque en el campo las horas de mañana son las que más rinden. Aprendió a distinguir en el jardín lo que era planta de lo que era hierba, que no siempre era fácil de ver a simple vista, pero que remedios había explicado con paciencia en sus páginas.
Aprendió a estar sola sin que el silencio se volviera enemigo, que era quizás el aprendizaje más difícil de todos y el más necesario. El vientre fue creciendo. Valentina le hablaba al bebé por las noches en voz baja, cosas sin importancia y cosas que importaban mucho. Le contaba de remedios, le contaba del cuadernillo, le decía que venía a un lugar que tenía historia, que la tierra bajo sus pies había sido trabajada por manos que los dos compartían.
Aunque nunca las hubieran visto. Aurelio mandó mensaje al mes y medio, un mensaje de WhatsApp, tres líneas, que decía que lo sentía, que su mamá se había excedido, que si quería podían hablar. Valentina lo leyó una vez, lo pensó una noche entera y respondió al día siguiente, “Cuando nazca el bebé, si quieres estar presente, avísame.
Lo demás no tiene prisa.” No era, perdón, no todavía. Era simplemente la decisión de no cargar un rencor que pesaba más de lo que ella podía cargar sola en ese momento. Y esa decisión la alivió más de lo que esperaba. Doña Celia no mandó nada. Valentina no esperó que lo hiciera. A los dos meses de estar en la casa, llegó una tarde una mujer del otro lado de la loma, la esposa de un ejidatario, que doña Hortensia le había mencionado a alguien que le había mencionado a alguien más.
Traía a su hija de 8 años con fiebre, que no bajaba con el medicamento del centro de salud. Valentina la hizo pasar, le preparó un té de gordolobo con un poco de limón y miel, le indicó cómo dárselo esa noche y la siguiente. Le dijo que si en dos días no mejoraba que fuera al médico sin falta, que ella no era doctora, que lo que tenía era conocimiento de plantas y nada más.
La mujer asintió, se fue, regresó tres días después con la niña corriendo delante de ella y con una bolsa de naranjas de su huerto. No sé cómo pagarle, dijo. Con las naranjas está bien, dijo Valentina. Así fue como empezó algo que Valentina no había planeado, pero que fue tomando forma sola, con la lógica silenciosa de las cosas que encuentran su cauce cuando el terreno está listo.
Las mujeres de los ranchos cercanos empezaron a llegar primero de una en una, luego de dos en dos, con sus dolencias y sus preguntas, y sus hijos con tos y sus propios cuerpos cansados de cargar demasiado. Valentina las recibía en el corredor de la casa con el cuadernillo de remedios al alcance de la mano, con paciencia y con honestidad, diciéndoles siempre lo que sabía y lo que no sabía, mandándolas al médico cuando era cosa de médico.
¿Cobra poco o no cobraba, según lo que cada quien podía. Lo que recibía alcanzaba para lo necesario, que era lo que pedía. Su madre llegó un sábado de octubre, un mes antes de la fecha del parto. Llegó en camión desde Zamora con dos maletas y cara de quien ya tomó una decisión y no viene a discutirla. Valentina la vio bajar por el camino desde el corredor y sintió algo que no había sentido desde la noche en que llegó aquí, con los pies sucios, ganas de que alguien la abrazara.
Doña Esperanza entró a la casa y se quedó parada en el centro de la cocina mirando todo. el orden, el fogón limpio, las hierbas colgadas en las vigas como las había colgado el abuelo abundio, el cuadernillo de cuero sobre la mesa, el jardín visible por la ventana, miró a su hija, que estaba grande de embarazo, y tenía tierra en las manos y los pies descalzos sobre el piso de cemento, y una expresión en la cara que no era exactamente felicidad, pero que tampoco era lo que doña Esperanza había temido encontrar. Pensé que ibas a estar.
Empezó y no terminó. Mal, dijo Valentina. Sola dijo su madre. Estoy sola respondió Valentina. No es lo mismo. Doña Esperanza se sentó a la mesa, aceptó el café, miró el cuadernillo cuando Valentina se lo puso enfrente y leyó la nota de remedios con los ojos brillosos. Tu abuelo me habló de ella una vez”, dijo en voz baja.
Me dijo que había sido mujer de mucho carácter, que el pueblo no la había tratado bien, pero que ella nunca dejó que eso la achicara. Lo cerró despacio. Supongo que la cosa viene de familia. El bebé nació en noviembre en el hospital de Apatzingán sin complicaciones. Fue niña. Valentina la llamó Consuelo, que era el nombre de su abuela materna, y que también quería decir lo que quería decir.
Doña Esperanza se quedó en la casa del rancho los primeros dos meses, ayudando con la niña, aprendiendo también ella las rutinas del lugar, el ritmo del fogón y del jardín y de las visitas que seguían llegando. Cuando Valentina pudo moverse con la niña, retomó las atenciones en el corredor. Consuelo dormía en un cajón de madera forrado con una cobija de lana, mientras su madre recibía a las mujeres que llegaban.
A veces alguna de ellas la miraba y decía algo sobre lo tierna que estaba. Y Valentina asentía y seguía con lo que tenía que hacer, porque había aprendido que la ternura y el trabajo no se contradicen. El cuadernillo de remedios lo había transcrito entero en un cuaderno nuevo, letra por letra, para que el original no se siguiera deteriorando.
El original lo había envuelto de nuevo con cuidado en un trapo limpio y lo había guardado en la misma grieta del muro donde lo había encontrado. No porque fuera superstición, sino porque le pareció que era el lugar que le correspondía, que algunas cosas tienen un lugar y sacarlo de ahí sin razón sería no entender nada de lo que había pasado.
Aurelio llegó una tarde de enero con el sombrero en la mano y los ojos de quien ha tenido tiempo de pensar y no está seguro de que pensar haya sido suficiente. Valentina lo recibió en el corredor, le ofreció café, le presentó a su hija. Aurelio cargó a consuelo un momento con esa torpeza de los hombres que no saben bien cómo se carga un bebé.
Y Valentina lo observó sin decir nada. Platicaron, no fue fácil ni fue corto. Hubo cosas que se dijeron por primera vez y otras que quedaron a medias porque todavía no era el momento. Cuando Aurelio se fue al atardecer, no estaba claro qué iba a pasar. Valentina tampoco lo sabía, pero sabía que la conversación había sido honesta y eso era un principio de algo.
Aunque no supiera exactamente de qué, doña Celia no apareció. Valentina no la esperó. Lo que fue construyendo Valentina en esa casa de adobe no tenía el tamaño que el mundo usa para medir las cosas importantes. No era un negocio, ni una fortuna, ni el tipo de historia que se cuenta con admiración ruidosa en las plazas.
era más parecido a lo que había hecho remedios quién sabe en qué año de quién sabe qué siglo, cuando había escrito ese cuadernillo y lo había guardado en la grieta del muro, pensando en alguien que todavía no había nacido, una vida propia construida con lo que había, sin pedirle permiso a nadie, sin esperar que nadie viniera a decirle cómo debía hacerse.
El pueblo fue cambiando de opinión poco a poco, como cambian de opinión los pueblos cuando el tiempo les muestra que se equivocaron, pero no quieren admitirlo directamente. Primero dejaron de hablar de la muchacha que se había ido del rancho de los fuentes con una maleta. Luego empezaron a mencionar a la mujer del rancho del abuelo Abundio, que sabía de plantas.
Luego comenzaron a llegar algunos hombres también, los que tenían problemas, que sus esposas les habían dicho que Valentina podía orientar, aunque fuera solo para escuchar, que a veces escuchar ya es orientar. Valentina los recibía a todos en el corredor con el café puesto, como había aprendido a hacer de su abuelo, que nunca dejó a nadie irse sin café, aunque no tuviera mucho más que ofrecer.
consuelo ya de meses, dormía adentro o estaba en brazos de doña Esperanza, que se había quedado más tiempo del que había planeado, porque el rancho le había resultado más llevadero de lo que pensaba. El cuadernillo de remedios seguía sobre la mesa de la cocina, bien envuelto, junto a la transcripción que Valentina seguía completando y anotando con lo que ella misma iba aprendiendo.
No era el cuadernillo de remedios, ya, era el cuadernillo de las dos. con las páginas viejas y las páginas nuevas juntas, con la letra apretada de hace no sé cuántos años y la letra de ahora, y en el espacio entre una y otra, sin que nadie lo hubiera planeado, algo que no tenía nombre exacto, pero que se parecía mucho a lo que la nota del principio había llamado con la palabra más sencilla posible.
Un día, cuando Consuelo tuviera la edad suficiente para entender, Valentina le iba a contar todo. Le iba a contar de la noche que llegó a esta casa con una maleta y el vientre grande y el corazón roto. Le iba a contar del sueño y del muro y de la grieta y del cuadernillo. Le iba a contar de remedios que había vivido tanto antes que ya casi nadie la recordaba, pero que de alguna manera había sabido que alguien iba a necesitar lo que ella podía dejar.
Le iba a decir que la sangre no siempre se pasa de mano en mano, que a veces se guarda en los lugares más inesperados y espera, quieta y paciente hasta que llega la persona que sabe buscar en el lugar correcto y le iba a enseñar dónde estaba la grieta del muro para que supiera, para que el día que el mundo no la tratara bien y el mundo en algún momento no trata bien a nadie, supiera que no estaba sola, que la sangre de esa familia guardaba algo para ella también que siempre habría algo guardado.
A veces lo que nos quitan a la fuerza nos devuelve a nosotros mismos. Valentina no encontró un tesoro. Encontró que podía sostenerse sola, que el conocimiento de quienes la amaron antes sigue vivo en la tierra que pisan sus pies. Lo que una mujer construye con sus manos y su cabeza sin pedir permiso, nadie se lo puede quitar.
Y lo más bonito es que ese amor no termina en una sola persona. Se guarda, se pasa, se hereda. Esta historia fue creada y narrada por inteligencia artificial, con el propósito de entretener y acompañarte y también de dejarte algo útil, la certeza de que siempre hay una luz esperándote, aunque tengas que cavar un poco para encontrarla. M.