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Se Enamoró De Su Sobrina Estadounidense De 19 Años — Tres Meses Después, Fue Encontrado Muerto.

Se Enamoró De Su Sobrina Estadounidense De 19 Años — Tres Meses Después, Fue Encontrado Muerto.

Ernesto Villanueva tenía 54 años, una empresa de distribución de materiales de construcción en Guadalajara y una casa demasiado grande para un solo hombre. La había comprado cuando todavía estaba casado, cuando todavía creía que el espacio físico era una forma de construir futuro. El divorcio de Lucía llegó 6 años atrás sin escándalo y sin sorpresas.

 Habían dejado de ser pareja mucho antes de que alguno de los dos lo dijera en voz alta. No hubo hijos. Tampoco hubo una razón única y clara. Hubo simplemente un desgaste silencioso como el que produce el agua sobre la piedra sin que nadie lo note hasta que ya no queda nada sólido donde apoyarse. Después de Lucía, Ernesto organizó su vida con la eficiencia de alguien acostumbrado a administrar cosas.

contrató a una señora de limpieza que venía tres veces por semana. Mantuvo los mismos proveedores, los mismos horarios, los mismos restaurantes de siempre. Cenaba solo la mayoría de las noches, pero no lo consideraba un problema. Era un hombre que había aprendido a llenar el silencio con trabajo y el trabajo siempre había sido generoso con él.

 En ese sentido, tenía una sola hermana. Graciela vivía en San Antonio desde hacía 22 años, casada con un tejano llamado Daniel Reyes, con quien había tenido dos hijos nacidos en Texas, primero Madison y 3 años después Brandon. Ernesto y Graciela se hablaban por videollamada cada dos o tres semanas. Se veían en persona cuando había boda, 15 años, funeral [música] o navidad, es decir, pocas veces y siempre rodeados de demasiada gente para poder decirse algo real.

Madison tenía 19 años cuando Graciela llamó a Ernesto un martes de mayo para pedirle el favor. Acababa de terminar el bachillerato. No había entrado a la universidad ese año. Había aplazado la decisión. Algo que Graciela mencionó con la incomodidad específica de las madres, que no quieren admitir que están preocupadas.

Madison quería conocer México, practicar el español que entendía pero hablaba con acento, conectar con una parte de su identidad que siempre había sentido lejana. ¿Podría quedarse con Ernesto unos meses? Ernesto dijo que sí, sin pensarlo demasiado. Era su sobrina. La casa tenía cuatro habitaciones vacías. No había ninguna razón para decir que no.

Madison llegó un viernes de junio en el vuelo de las 3 de la tarde desde San Antonio. Ernesto la recibió en el aeropuerto con un letrero escrito a mano, una broma que él mismo consideró torpe en el momento en que la vio acercarse. Era alta, con el pelo oscuro de su madre y los ojos claros de su padre, con esa seguridad específica de los jóvenes que han crecido en ciudades grandes y no le temen al espacio.

 habló en un español mezclado con inglés durante todo el trayecto en coche, señalando cosas por la ventana, haciendo preguntas sobre la ciudad, sobre la empresa, sobre cómo era vivir solo en una casa tan grande. Ernesto respondió todo con paciencia. La miraba por el espejo retrovisor más de lo que miraba la carretera. [música] Esa primera semana transcurrió con la normalidad discreta de dos personas que se están conociendo, aunque ya se conocen.

Madison [música] exploraba la ciudad con la curiosidad de quien tiene tiempo libre y ninguna obligación urgente. Salía en las mañanas, volvía para comer, le contaba a Ernesto lo que había visto. Él le recomendaba lugares, [música] le advertía sobre zonas a evitar, le explicaba cosas del barrio con una paciencia que él mismo no habría sabido explicar de dónde venía.

No era un hombre particularmente paciente. El vecino de enfrente, don Felipe Contreras, lo vio a Ernesto una tarde regando las plantas en la entrada, algo que en 20 años nunca había hecho. Le preguntó si todo estaba bien. Ernesto dijo que sí, que tenía visita. Don Felipe asintió y no dijo nada más, pero lo recordaría después, cuando los detectives llegaran a hacerle preguntas.

La habitación de Madison daba al jardín trasero. Era la más alejada de la recámara principal, cosa que Ernesto había decidido con una lógica que en ese momento no se detuvo a examinar. Puso flores en el buró, cambió las sábanas por unas nuevas, dejó toallas dobladas sobre la cama con un orden que la señora de limpieza comentó le pareció inusual en él.

 Graciela llamó el domingo siguiente para saber cómo estaba su hija. Madison dijo que bien, que la ciudad era increíble, que Ernesto era muy buena onda. Graciela le dijo a su hija que le diera las gracias de su parte. Madison prometió que sí colgaron. Ernesto estaba en la sala cuando Madison entró con el teléfono en la mano y le dijo que su mamá mandaba saludos.

 Él asintió, siguió leyendo el periódico, pero cuando Madison subió a su habitación, dejó el periódico sobre la mesa y se quedó mirando el techo durante un momento que no supo cuánto duró. Tres meses después lo encontrarían muerto. La segunda semana comenzó con una rutina que se instaló sin que nadie la diseñara.

Ernesto salía temprano a la empresa. Madison desayunaba sola y aprovechaba las mañanas para recorrer el centro histórico con el teléfono en la mano, fotografiando fachadas, mercados, iglesias. Volvía antes de la 1. Ernesto llegaba al mediodía, comían juntos. Era esa hora del mediodía la que fue cambiando las cosas sin que resultara evidente de inmediato.

Al principio hablaban de lo que Madison había visto durante la mañana. Él le explicaba la historia detrás de los edificios, le contaba anécdotas del barrio antiguo, le describía cómo había sido Guadalajara antes de que la ciudad creciera hacia afuera y perdiera parte de su carácter. Madison escuchaba con genuino interés.

Le gustaba esa versión de su tío, el hombre que conocía cada calle como si la ciudad fuera una extensión de sí mismo. Pero con el paso de los días, las conversaciones fueron derivando hacia territorios más personales. Ernesto le preguntó por sus planes, por la universidad aplazada, por lo que quería construir con su vida.

 Madison le respondió con la honestidad desarmada de quien todavía no tiene respuestas claras y no siente vergüenza por eso. Le dijo que no sabía, [música] que había crecido sintiendo que debía elegir entre ser americana o ser mexicana y que ninguna de las dos opciones le quedaba del todo bien, que ese verano era en parte un intento de resolver algo que no sabía exactamente cómo nombrar.

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