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La leyenda de la danza de 84 años puso a prueba a Michael Jackson — 5 minutos después Fred Astaire estaba llorando

Parte 1

Fred Astaire hizo llorar a una sala entera cuando, a sus 84 años, puso en duda a Michael Jackson frente a todos y le preguntó si de verdad sabía bailar o si solo era un muchacho famoso moviendo los pies para vender discos.

El camerino verde del Estudio 3 de NBC, en Burbank, parecía una olla a punto de explotar. Era el 16 de mayo de 1983. Afuera, los técnicos acomodaban luces, los asistentes corrían con papeles doblados bajo el brazo y una productora gritaba nombres como si estuviera apagando incendios invisibles. Adentro, Michael Jackson permanecía sentado en una esquina, con su sombrero negro sobre las rodillas, la chaqueta brillante cerrada hasta el cuello y los mocasines negros descansando sobre unos calcetines blancos que parecían demasiado limpios para aquel caos.

Tenía 24 años, pero esa tarde parecía más joven. No hablaba casi con nadie. Miraba el piso de madera, moviendo apenas los dedos como si escuchara una canción que los demás no podían oír. Thriller había salido hacía 6 meses y ya estaba cambiando la música, pero en aquel camerino nadie sabía que algo más grande estaba por cambiar.

Entonces la puerta se abrió.

Fred Astaire entró sin bastón, sin pedir ayuda, sin ese aire frágil que muchos esperaban de un hombre de 84 años. Caminó como si el suelo todavía lo obedeciera. Su presencia apagó la conversación. Un maquillista bajó la brocha. Un asistente dejó de respirar. Hasta los productores, acostumbrados a tratar con estrellas caprichosas, se enderezaron como niños sorprendidos por un maestro severo.

Michael se puso de pie al instante y se quitó el sombrero.

—Señor Astaire, es un honor conocerlo.

Fred le ofreció la mano. Sonrió, pero en sus ojos había algo frío, una clase de curiosidad dura, como si estuviera midiendo una grieta en una estatua.

—Michael Jackson. He visto lo que haces.

—Gracias, señor. Eso significa mucho viniendo de usted.

—Tienes energía. Mucha energía. Los jóvenes parecen adorarte.

Michael inclinó la cabeza, sin saber si aquello era un cumplido o una advertencia. Fred no apartó la mirada.

—Pero me he preguntado algo desde hace tiempo.

El murmullo del camerino murió por completo.

—¿Sí, señor?

Fred juntó las manos delante del cuerpo, elegante incluso para lanzar una piedra.

—Todo ese giro, ese deslizamiento, esos movimientos con la cadera… impresiona, claro. Pero dime algo, Michael. ¿Puedes bailar?

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