Posted in

José José Cantó en una Plaza de la Ciudad de México — Lo que Hizo por Don Efraín Sorprendió a Todos

 José se detuvo en seco a un costado de una plaza, sentado en una silla plegable junto a un estuche abierto, estaba un hombre mayor interpretando un bolero como si le estuviera cantando a una sola persona, como si el mundo entero se hubiera ido y solo quedara esa melodía, esa pena antigua, esa necesidad de decir lo que duele sin levantar la voz.

 El músico tenía el cabello completamente blanco, el rostro marcado por los años y unas manos curtidas que no tocaban por costumbre, sino por memoria. En un cartón apoyado junto al estuche se leía con letra temblorosa. Don Efraín, músico desde 1958. Las canciones no me dejaron solo. La frase le golpeó el alma.

 José se quedó escuchando sin moverse. El hombre enlazó un bolero con otro, luego una ranchera lenta, después una canción de despecho que arrastraba décadas encima. Unas pocas personas dejaban monedas. La mayoría seguía de largo y José sintió algo que lo atravesó por completo. La injusticia brutal de que una vida entera de música pudiera quedar reducida al ruido de fondo de una mañana cualquiera.

Esperó a que terminara una pieza. Don Efraín levantó la vista y le sonrió con cortesía. Qué manera de tocar”, dijo José cuidando el tono para no delatarse. Hace mucho no escuchaba algo tan verdadero. El viejo músico acomodó la guitarra en sus piernas y agradeció con una inclinación de cabeza. “Lo verdadero ya no se usa mucho, joven”, respondió con serenidad. “Pero aquí seguimos.

” José sonríó detrás de los lentes. “¿Cuánto tiempo lleva tocando aquí?” “Aquí unos años.” Tocando en serio toda la vida. Antes fui de trío, luego de cantina, luego de serenatas, luego de dónde me dejaran. La música cambia, pero el hambre también sabe esperar. No lo dijo con amargura, lo dijo con la tranquilidad de quien ya sobrevivió demasiadas cosas como para quejarse de una más. José observó el estuche.

 Había unas cuantas monedas, algunos billetes doblados y una fotografía antigua en blanco y negro. Tres jóvenes con trajes claros, peinados impecables, guitarras en mano y futuro en la mirada. ¿Ese era su trío?, preguntó. Don Efraín, tomó la foto, la miró un segundo y asintió. Éramos buenos, no famosos.

 Buenos, que a veces es más difícil. La respuesta le pareció tan dolorosa como hermosa. José guardó silencio unos segundos. Luego preguntó, “¿Le molestaría si canto una con usted?” Don Efraín entrecerró los ojos. Curioso, usted canta. José soltó una sonrisa mínima. Un poco. El viejo soltó una risa breve.

 Eso dicen siempre los peligrosos. José señaló la guitarra. Me presta una canción. Don Efraín lo estudió un instante. Había algo en la postura del desconocido, en la forma de hablar de la música, en el respeto con el que se acercaba, que le inspiró confianza. Asintió. A ver, joven, dígame qué sabe hacer. José se quitó los lentes, pero no la gorra.

 No quería revelar todavía quién era. Se acercó apenas lo necesario y esperó la entrada. Don Efraín comenzó con un bolero clásico, sobrio, sin adornos, con la cadencia exacta para que una buena voz respirara encima. Y entonces José cantó. No necesitó esforzarse, no necesitó demostrar nada. Dejó salir la voz con esa mezcla inconfundible de tercio pelo, herida, nobleza y cansancio que convertía cada frase en una confesión.

No cantó como la estrella, cantó como el hombre, como alguien que sabía exactamente lo que significaba amar demasiado, perder demasiado y seguir cantando de todos modos. Las primeras personas que pasaban se detuvieron. Don Efraín levantó la mirada. Al principio solo notó que aquel hombre cantaba extraordinariamente bien, pero al avanzar la estrofa, algo en el fraseo, en la emoción, en la manera de sostener una palabra hasta hacerla temblar en el aire, comenzó a resultarle familiar.

José cerró los ojos un instante y siguió. La plaza pareció bajar el volumen, los pasos se hicieron lentos, las conversaciones se apagaron. Ya no eran dos desconocidos tocando en la calle, era otra cosa. Era un momento que se estaba armando solo, sin permiso de nadie. Cuando terminaron la primera canción, hubo aplausos espontáneos.

 Otra pidió a alguien. Don Efraín, ya intrigado, atacó con otra melodía, esta vez más íntima, más profunda. José entró con una interpretación aún más desnuda. Cada línea parecía traer consigo una vida entera. No había escenario, no había orquesta, no había reflectores, no había artificio y quizá por eso mismo la emoción resultaba más brutal.

 La gente empezó a acercarse de verdad. Un vendedor dejó de vocear su mercancía. Una mujer con bolsas de mercado se quedó inmóvil. Un policía se giró para escuchar mejor. Dos jóvenes sacaron el teléfono. Un taxista estacionó unos metros más allá y bajó la ventanilla. Lo que ocurría allí no se entendía del todo, pero se sentía.

 Al terminar esa segunda canción, alguien del público murmuró, “¿No puede ser!” Otro dio un paso al frente. “Espérate esa voz.” José abrió los ojos, consciente de que el anonimato estaba a punto de romperse. Don Efraín lo miró fijamente, ya no con curiosidad, sino con incredulidad. José se quitó la gorra despacio.

 El silencio duró un segundo y luego explotó. Es José, José. La exclamación se propagó como una descarga eléctrica. Don Efraín se quedó inmóvil con la boca entreabierta. Miró a José, luego al público, luego otra vez a él. José, José, repitió como si necesitara escuchar el nombre para creerlo. José, José.

 José sonrió con una mezcla de pudor y ternura. El mismo que viste y canta. Don Efraín soltó una carcajada emocionada, de esas que nacen del pecho y vienen acompañadas de incredulidad, orgullo y lágrimas contenidas. Virgen Santa, dijo llevándose una mano a la frente. Y yo creyendo que estaba acompañando cualquier muchacho nostálgico.

 La gente reía, aplaudía, britaba su nombre. En cuestión de minutos la plaza comenzó a llenarse. Personas llegaban atraídas por los murmullos, por los celulares alzados, por esa sensación de que algo irrepetible estaba ocurriendo. José se inclinó hacia don Efraín. Seguimos. El viejo músico lo miró con emoción desnuda.

 Príncipe, después de esto yo sigo hasta que me fallen las manos. Entonces José dio un paso al frente. Buenos días, dijo al público. Antes de que me aplaudan a mí, quiero que escuchen bien a don Efraín. Él lleva una vida entera sosteniendo canciones que no deberían perderse. Yo tuve la fortuna de encontrarlo hoy. Ustedes también. El aplauso que recibió el viejo músico fue tan fuerte que tuvo que bajar la cabeza para disimular.

Read More