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Tratan de callar al Padre Pistolas en plena ceremonia… ¡y él hace algo que NADIE esperaba!

Parte 1

La orden de cerrar la iglesia llegó justo cuando doña Mercedes se desplomó frente al altar y el pueblo entero creyó que la fe de Chucándiro estaba a punto de ser enterrada por un sello oficial.

El padre José Alfredo Gallegos Lara, a quien todos llamaban el padre Pistolas, no corrió hacia la anciana de inmediato. Primero miró a la inspectora Mariana Durán, que estaba de pie en la entrada de la sacristía con una carpeta del gobierno apretada contra el pecho, como si aquel montón de papeles pudiera pesar más que los gritos de la gente.

—Padre Gallegos, esta misa queda suspendida —dijo Mariana, con la voz firme, aunque los ojos se le movían hacia la nave llena de campesinos, niños y mujeres con rosarios—. Hay denuncias formales por incitación, venta irregular de remedios, uso de lenguaje ofensivo y portación de arma durante actos religiosos.

El padre Pistolas se inclinó junto a doña Mercedes. La mujer temblaba, no de muerte, sino de rabia y vergüenza. Llevaba años peleando contra una artritis que la había encadenado a una silla de ruedas, y ese domingo había insistido en caminar 3 pasos para darle gracias a la Virgen.

—¿También viene a clausurarle las piernas a esta mujer, licenciada? —preguntó el sacerdote sin levantar la voz.

Mariana apretó los labios.

—No tergiverse. Yo cumplo una orden.

—Y yo cumplo 40 años levantando a gente que las órdenes dejaron tirada.

Doña Lupita, pequeña, encorvada y con olor a hierbas frescas en las manos, ayudó a sentar a Mercedes. Martín, el campanero, apareció pálido en la puerta.

—Padre, afuera hay camionetas. El director Ricardo Reyes viene con agentes. Dicen que si abre la misa, clausuran el templo hoy mismo.

La noticia cayó sobre la sacristía como una piedra. Afuera, la iglesia estaba repleta. Chucándiro no era un pueblo acostumbrado a cámaras ni funcionarios, pero sí a entierros sin ambulancia, cosechas perdidas por caminos rotos y muchachos tragados por la violencia. Por eso defendían a aquel sacerdote de sotana polvorienta y carácter imposible, aunque llevara un revólver viejo bajo la ropa.

Mariana observó el bulto en la cintura del padre.

—Ese arma es precisamente parte del problema.

El padre Pistolas apartó apenas la sotana.

—Smith and Wesson calibre 38, registrado. Me lo regaló doña Teresa cuando los caminos eran de polvo y los criminales entraban hasta el confesionario. No lo cargo para presumir. Lo cargo porque a veces hasta la casa de Dios necesita que alguien no tiemble.

—Una iglesia no puede parecer cuartel.

—Y un gobierno no puede parecer verdugo.

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