Un error imperdonable durante la Feria de Abril que provocó un enfrentamiento inesperado entre dos familias rivales históricas
ACTO 1: LA SANGRE EN EL ALBERO
(Apertura dramática: La animada música flamenca es interrumpida de repente por el agudo sonido de cristales rotos. En la caseta más lujosa de la Feria de Abril en Sevilla, todos los ojos se centran en el medio. Alejandro Montoya se sujeta el brazo sangrante. Frente a él está Javier Vargas, sosteniendo el cuello roto de una botella de jerez, con los ojos inyectados en sangre. Los invitados estadounidenses y la élite española se quedan boquiabiertos de asombro. El ambiente es espeso por el olor a vino, sudor y odio).
JAVIER: (Gritando) ¡Míralo! ¡Míradlo todos! ¡El príncipe de los Montoya!
ALEJANDRO: (Apretando los dientes, sujetando firmemente la herida) Estás loco, Javier. Te van a matar por esto.
CARMEN: (Saliendo de la multitud, con un vestido de flamenca rojo brillante) ¡Javier! ¡Suelta eso! ¡Estás borracho!
JAVIER: (Riendo maniáticamente) ¿Borracho? ¡Nunca he estado más sobrio, hermanita! Dile a todos lo que me diste, Alejandro. ¡Díselo!
DON RICARDO: (Saliendo de la sala VIP, con voz profunda y autoritaria) ¿Qué significa este escándalo en mi caseta?
JAVIER: (Señalando directamente a la cara de Don Ricardo) Significa que su imperio se acabó, viejo. Su hijo nos acaba de regalar el Cortijo.
(Toda la caseta se queda en silencio absoluto. El Cortijo de los Olivos es el corazón, el alma y la fuente de la inmensa riqueza de la familia Montoya durante los últimos 300 años).
DON RICARDO: (Mirando fijamente a Alejandro) ¿De qué está hablando esta rata de los Vargas?
ALEJANDRO: (Sudando frío) Padre, yo… puedo explicarlo.
JAVIER: (Sacando del bolsillo un papel con una firma en rojo) ¡No hay nada que explicar! ¡Firmó! ¡Por amor! ¡Por mi estúpida hermana!
CARMEN: (Conmocionada, mirando a Alejandro) ¿Qué has hecho, Alejandro? ¿Tú me usaste para… ?
ALEJANDRO: (Desesperado) ¡Lo hice por ti, Carmen! ¡Para pagar la deuda de tu hermano con el cártel!
DON RICARDO: (Acercándose a Alejandro, abofeteándole fuertemente la cara) ¡Bastardo! ¡Has vendido nuestra sangre por una Vargas!
JAVIER: (Agitando el papel) ¡Mañana al amanecer, el Cortijo es nuestro! ¡Vámonos, Carmen!
CARMEN: (Retrocediendo, con lágrimas en los ojos) No. No me toques, Javier. Tú sabías esto. Tú lo planeaste.
JAVIER: (Agarrando el brazo de Carmen) ¡Eres una Vargas! ¡Vámonos!
ALEJANDRO: (Abalanzándose) ¡Suéltala!
(Los dos hombres se abalanzan el uno sobre el otro. Las mesas y las sillas vuelcan. La seguridad de la familia Montoya irrumpe, arrastrando a Javier afuera y arrojándolo sobre el albero de la feria. Javier sigue riendo como un loco, agarrando fuertemente el documento de transferencia).
ACTO 2: LAS SOMBRAS DE LA NOCHE
(30 minutos después. Detrás de la caseta de la familia Montoya. Lejos de las luces y el ruido. Alejandro está de pie fumando, con el brazo vendado temporalmente. Carmen se acerca sigilosamente).
CARMEN: ¿Estás loco? ¿Cómo pudiste darle los documentos?
ALEJANDRO: No tenía opción, Carmen.
CARMEN: ¡Siempre hay opción! Mi hermano te engañó.
ALEJANDRO: Él me dijo que los colombianos iban a matarte.
CARMEN: ¿Y te lo creíste? ¿Conoces a Javier y le creíste?
ALEJANDRO: Me envió fotos, Carmen. Fotos tuyas. Saliendo de tu apartamento, en el coche. Tenía una diana en tu cabeza.
CARMEN: (Atónita) ¿Qué…? No. Eso es mentira.
ALEJANDRO: Lo vi con mis propios ojos. No iba a arriesgar tu vida. Ni por el Cortijo, ni por mi padre.
CARMEN: Dios mío. Javier… él cruzó la línea.
ALEJANDRO: Mi padre me va a desheredar. O peor.
CARMEN: Tienes que huir.
ALEJANDRO: No me iré sin ti.
CARMEN: No seas idiota. Tu padre es Don Ricardo. Nos encontrará a los dos.
ALEJANDRO: Entonces recuperaremos ese papel. Esta misma noche.
CARMEN: Es imposible. Javier lo habrá llevado a la caja fuerte de mi padre.
ALEJANDRO: Tú tienes la combinación.
CARMEN: (Abriendo mucho los ojos) No. Si mi padre me descubre… me matará él mismo.
ALEJANDRO: Carmen, si el documento llega al registro mañana a las ocho, habrá una guerra. Sangre real. Mi padre quemará la casa de tu familia con vosotros dentro.
CARMEN: (Temblando) Esto es una locura.
ALEJANDRO: Te amo. Y cometí este error por amarte. Ayúdame.
CARMEN: (En silencio por unos segundos, mordiéndose el labio) A las tres de la mañana. En el portón trasero de mi casa. Lleva un arma.
ACTO 3: LA GUARIDA DEL LOBO
(2 de la madrugada. En la mansión de la familia Vargas. El jefe Diego Vargas se sirve una copa de vino, mirando a Javier con ojos inescrutables).
DIEGO: Eres un imprudente.
JAVIER: ¡Gané, papá! ¡Tenemos el Cortijo!
DIEGO: ¡Hiciste un espectáculo en la puta Feria! Frente a los americanos, frente al alcalde.
JAVIER: ¿Qué importa? El papel es legal. La firma de Alejandro es auténtica.
DIEGO: Don Ricardo no nos dejará tomar esa tierra sin disparar.
JAVIER: Tenemos hombres.
DIEGO: Eres un niño jugando a ser narco. Los Montoya tienen a los jueces. Tienen a la policía.
JAVIER: Y nosotros tenemos el documento. Y el secreto.
DIEGO: (Deteniendo su mano al servir el vino) ¿Qué secreto?
JAVIER: Alejandro no solo me dio el Cortijo. Me dio los libros de contabilidad.
DIEGO: (Estupefacto) ¿Tienes las cuentas en negro de los Montoya?
JAVIER: Todo. Cada soborno político de los últimos diez años. Está en un USB. Lo guardé junto con el documento.
DIEGO: Si eso es cierto… los destruiremos. Los borraremos de Sevilla.
JAVIER: Te lo dije, papá. Soy mejor que tú para los negocios.
DIEGO: No cantes victoria. ¿Dónde está tu hermana?
JAVIER: Llorando en su habitación, supongo.
DIEGO: Vigílala. Es una traidora por acostarse con ese Montoya. Mañana la enviaremos a Madrid. No quiero que se interponga.
JAVIER: Entendido.
ACTO 4: EL ROBO EN LA MADRUGADA
(3 de la madrugada. El pasillo oscuro de la mansión Vargas. Carmen abre la puerta trasera para Alejandro. Él viste de negro, cubierto de sudor).
CARMEN: Rápido. No hagas ruido.
ALEJANDRO: ¿Dónde está tu padre?
CARMEN: Durmiendo en el piso de arriba. La oficina está en el sótano.
ALEJANDRO: Vamos.
(Ambos se escabullen al sótano. Carmen introduce el código en el panel electrónico. Bip. Bip. La puerta de la caja fuerte se abre. Dentro hay una carpeta de archivos y una memoria USB).
ALEJANDRO: ¡Aquí está! El contrato de cesión.
CARMEN: ¿Y esto? ¿Qué es este USB?
ALEJANDRO: (Poniéndose pálido) Oh, no…
CARMEN: ¿Qué es, Alejandro?
ALEJANDRO: Es el seguro de mi padre. Las cuentas ocultas. Javier me obligó a dárselo también.
CARMEN: ¡Me mentiste! Dijiste que solo era el Cortijo.
ALEJANDRO: ¡Si no se lo daba, te matarían!
CARMEN: ¡Cállate! Me usaste para justificar tu propia cobardía.
ALEJANDRO: ¡Baja la voz!
(De repente, las luces de la habitación se encienden intensamente. Javier está de pie en la puerta, apuntándoles a ambos con una pistola).
JAVIER: Qué conmovedor. Romeo y Julieta robando en mi casa.
CARMEN: Javier, baja el arma. Estás enfermo.
JAVIER: Aparta, Carmen. Voy a volarle la cabeza a este pijo.
ALEJANDRO: No tienes valor para hacerlo, Javier. Eres un cobarde. Siempre lo fuiste.
JAVIER: ¿Ah, sí?
(Javier amartilla el arma. El frío sonido metálico resuena en el espacio silencioso).
CARMEN: (Poniéndose frente a Alejandro para protegerlo) ¡Dispara entonces! ¡Mátame a mí primero!
JAVIER: ¡Quítate de en medio, ramera! Eres la vergüenza de los Vargas.
CARMEN: ¡Nunca serás como nuestro padre! ¡Él te desprecia! ¡Solo eres un matón de poca monta!
(Javier, enfurecido, está a punto de apretar el gatillo. De repente, una voz fría suena desde atrás).
DIEGO: Baja el arma, Javier.
(Diego Vargas entra, vistiendo una bata de dormir, sosteniendo un bastón en su mano).
JAVIER: Papá… los he atrapado. Estaban robando.
DIEGO: Dije que bajes el arma. En mi casa no se mata a nadie.
JAVIER: ¡Pero nos van a robar el futuro!
DIEGO: (Golpeando fuertemente el bastón contra el suelo) ¡Bájala!
(Javier baja el arma a regañadientes. Diego se acerca, mirando a Alejandro).
DIEGO: Eres valiente, muchacho. Estúpido, pero valiente.
ALEJANDRO: Vengo a recuperar lo que es mío.
DIEGO: Lo que era tuyo. Ahora es mío.
CARMEN: Papá, por favor. Si usas ese documento, habrá una masacre en Sevilla.
DIEGO: Tu familia nos ha pisoteado durante generaciones, Alejandro. Los Montoya siempre nos llamaron “basura con dinero”. Mañana, ustedes serán la basura.
ALEJANDRO: Mi padre no se rendirá.
DIEGO: Lo hará. Porque le enviaré el USB a la prensa a las siete de la mañana.
CARMEN: Papá, Javier fingió una amenaza de muerte contra mí. Amenazó con que me matarían los cárteles si Alejandro no firmaba.
DIEGO: (Volteándose hacia Javier) ¿Eso es cierto?
JAVIER: Era una táctica de negociación.
DIEGO: (Dándole a Javier una fuerte bofetada) ¡Involucraste el honor de tu hermana! ¡Jugaste con la vida de mi hija!
JAVIER: ¡Lo hice por la familia!
DIEGO: ¡Lo hiciste por tu ego!
(Mientras Diego y Javier discuten, Alejandro arrebata rápidamente el papel y el USB de la mesa, luego agarra a Carmen y salen corriendo por la puerta).
JAVIER: ¡Se escapan!
(Javier apunta y dispara. ¡BANG! La bala roza el hombro de Alejandro. Se tambalea pero todavía sostiene firmemente la mano de Carmen, desapareciendo en la noche).
ACTO 5: EL AMANECER DE SANGRE
(5 de la mañana. Orillas del río Guadalquivir. La tenue luz del amanecer brilla. Alejandro se sujeta el hombro sangrante. Carmen rasga el dobladillo de su vestido para vendarlo).
CARMEN: Estás sangrando mucho. Tenemos que ir al hospital.
ALEJANDRO: No. Primero tengo que destruir esto.
(Alejandro saca un encendedor Zippo. Prende fuego al documento de transferencia. Las llamas estallan, consumiendo el papel hasta convertirlo en cenizas. Luego, arroja el USB a las profundidades del río).
CARMEN: Lo hiciste. Se acabó.
ALEJANDRO: No, Carmen. Ahora es cuando empieza lo peor.
CARMEN: ¿Por qué?
ALEJANDRO: Javier no se detendrá. Mi padre tampoco. Cuando Don Ricardo sepa que recuperé y destruí las pruebas, irá tras tu familia por el insulto de la Feria.
CARMEN: ¿Y qué hacemos?
ALEJANDRO: Nos vamos. Lejos de Sevilla. Lejos de España.
CARMEN: No podemos huir para siempre.
ALEJANDRO: Te prometo que…
(El sonido chirriante de unos frenos los interrumpe. Tres SUV negros se acercan de golpe, rodeándolos. Las puertas de los autos se abren. Don Ricardo Montoya sale. Detrás de él hay 10 hombres corpulentos).
DON RICARDO: ¿Irte? ¿A dónde, hijo mío?
ALEJANDRO: Padre… lo solucioné. Destruí el documento. Destruí el USB.
DON RICARDO: ¿A qué precio? ¿Humillando el apellido Montoya frente a toda Andalucía?
ALEJANDRO: ¡Lo hice por nosotros! Para evitar la guerra.
DON RICARDO: Eres débil. Como tu madre. Y esa debilidad… (Señalando a Carmen) …es ella.
CARMEN: Señor Montoya, nosotros solo queremos paz.
DON RICARDO: La paz se logra cuando el enemigo no puede respirar, niña. Muchachos, agárrenla.
ALEJANDRO: ¡NO! ¡No la toquéis!
(Dos matones se abalanzan para inmovilizar a Alejandro. Los demás agarran a Carmen. Ella lucha violentamente).
DON RICARDO: Vas a ver lo que pasa cuando alguien desafía a nuestra familia. Tráiganla al coche.
ALEJANDRO: ¡Padre, por favor! ¡Te lo suplico! ¡Haré lo que quieras! ¡Tomaré las riendas del negocio! ¡Me casaré con quien tú digas! ¡Pero déjala ir!
DON RICARDO: (Deteniéndose, mirando a su hijo) ¿Cualquier cosa?
ALEJANDRO: ¡Lo juro por Dios!
DON RICARDO: Bien. Suéltenla.
(Los hombres sueltan a Carmen. Ella cae de rodillas al suelo).
DON RICARDO: Tienes un minuto para despedirte. Si la vuelvo a ver cerca de ti, Javier Vargas será el menor de sus problemas.
(Don Ricardo se da la vuelta y sube al auto).
CARMEN: (Llorando) Alejandro… no. No hagas esto.
ALEJANDRO: (Sosteniendo el rostro de Carmen, besando su frente) Es la única manera de mantenerte viva, mi amor.
CARMEN: Prefiero morir contigo a vivir sin ti.
ALEJANDRO: Vete, Carmen. Vete de Sevilla. Y nunca vuelvas a mirar atrás.
CARMEN: Te odio, Alejandro. Te odio por rendirte.
ALEJANDRO: Lo sé. Adiós.
(Alejandro se levanta, se limpia las lágrimas, sube al SUV de su padre. La puerta del auto se cierra de golpe. El convoy se aleja, dejando a Carmen desplomada a orillas del río Guadalquivir, mientras el primer sol del nuevo día comienza a brillar intensa pero fríamente).
EPÍLOGO: LA SEMILLA DE LA VENGANZA
(Un año después. Es la temporada de la Feria de Abril de nuevo. La caseta de la familia Vargas ahora es el doble de grande, lujosa y bulliciosa. Afuera, Carmen Vargas está de pie sosteniendo una copa de rebujito. Tiene el pelo corto, ojos penetrantes, ya no tiene la mirada inocente de la chica del año pasado).
JAVIER: (Acercándose) Te ves bien, hermanita.
CARMEN: Déjame en paz, Javier.
JAVIER: Vamos, no seas así. Hoy es un gran día. Papá acaba de cerrar el trato con los rusos. Somos imparables.
CARMEN: El dinero no borra la basura que eres.
JAVIER: Sigues pensando en él, ¿verdad? En el cobarde de Montoya.
CARMEN: No pronuncies su nombre.
JAVIER: Se casó hace dos meses. Con una aristócrata de Madrid. Te olvidó rápido.
CARMEN: (Sonriendo con ironía) ¿De verdad crees que esto ha terminado, Javier?
JAVIER: ¿De qué hablas?
CARMEN: El USB que Alejandro tiró al río… era falso.
JAVIER: (Estupefacto) ¿Qué?
CARMEN: El verdadero lo tengo yo. Hice una copia cuando hackeaste el sistema. Lo tengo guardado en un lugar seguro.
JAVIER: ¡Estás loca! ¡Dámelo!
CARMEN: No. Este es mi seguro de vida. Contra Don Ricardo. Y contra ti, hermanito.
JAVIER: Eres una serpiente.
CARMEN: Soy una Vargas. Acuérdate de eso. Y cuando llegue el momento adecuado, voy a destruir a los Montoya. Y tú te arrodillarás ante mí.
(Carmen arroja el resto de su vino sobre el albero, luego gira sobre sus talones y camina hacia las brillantes luces de la feria, dejando a Javier temblando en la oscuridad).
ACTO 6: LA JAULA DE ORO
(Seis meses después de la Feria. Madrid. Un ático de lujo con vistas al Parque del Retiro. El ambiente es frío, moderno, minimalista. Completamente opuesto al calor de Sevilla. Alejandro Montoya está de pie frente al ventanal, con un vaso de whisky en la mano. Lleva un traje a medida impecable, pero su mirada está vacía. Su esposa, Isabel de la Vega, una aristócrata de belleza gélida, entra en el salón).
ISABEL: Sigues bebiendo. Son las once de la mañana, Alejandro.
ALEJANDRO: (Sin mirarla) Es mi día libre, Isabel.
ISABEL: Mi padre organiza una cena benéfica esta noche. Vendrá el Ministro de Justicia. Tienes que estar presentable.
ALEJANDRO: Estaré allí. Sonriendo y firmando cheques. Como siempre.
ISABEL: (Se acerca, le quita el vaso) Odio cuando te pones así. Ausente. Melancólico. Como si estuvieras en otro mundo.
ALEJANDRO: Estoy aquí. En Madrid. Contigo.
ISABEL: Físicamente, sí. Pero tu cabeza sigue en el sur. Sigue en ese maldito río.
ALEJANDRO: (Se gira, de repente tenso) No hables de lo que no entiendes.
ISABEL: Entiendo más de lo que crees. Tu padre me contó lo de la chica Vargas.
ALEJANDRO: Mi padre habla demasiado.
ISABEL: Fue un capricho. Lo entiendo. Pero ahora eres un Montoya casado con una De la Vega. Tenemos un imperio que proteger. Nuestro matrimonio es un negocio perfecto. No lo arruines por un fantasma del pasado.
(El teléfono de Alejandro suena. Es una línea encriptada. El identificador dice: “DON RICARDO”).
ALEJANDRO: Tengo que contestar.
ISABEL: (Suspira con desdén) No llegues tarde a la cena.
(Isabel sale. Alejandro contesta el teléfono).
ALEJANDRO: Dime, padre.
DON RICARDO: (Voz ronca y furiosa) Tenemos un problema, Alejandro. Un problema grave.
ALEJANDRO: ¿Qué ocurre?
DON RICARDO: Hacienda acaba de congelar tres de nuestras cuentas en Suiza. Y la prensa de Sevilla ha recibido una filtración anónima sobre los sobornos de la recalificación de terrenos del puerto.
ALEJANDRO: (Se congela) Eso es imposible. Esos documentos… los destruí.
DON RICARDO: ¡Pues parece que no lo hiciste bien, inútil! Alguien tiene copias. Alguien nos está atacando poco a poco. Sangrándonos.
ALEJANDRO: ¿Javier Vargas?
DON RICARDO: Javier es demasiado estúpido para este nivel de estrategia. Esto es clínico. Es preciso.
ALEJANDRO: Averiguaré quién es. Bajaré a Sevilla hoy mismo.
DON RICARDO: No. Tú te quedas en Madrid con tu mujer. Juega a ser el marido perfecto. Yo me encargaré de las ratas en mi ciudad.
(Don Ricardo cuelga. Alejandro mira su teléfono, la comprensión golpeándole como un balde de agua helada. Solo hay una persona en el mundo capaz de hacer esto. Carmen).
ACTO 7: EL ASCENSO DE LA REINA
(Sevilla. Oficina principal del Grupo Vargas. Un despacho ultramoderno, dominado por una enorme mesa de cristal. Carmen Vargas, vestida con un traje sastre negro impecable, está sentada en la silla del director. Su padre, Diego Vargas, la mira con una mezcla de orgullo y temor).
DIEGO: Las acciones de los Montoya han caído un quince por ciento esta mañana.
CARMEN: (Tecleando en su ordenador, sin levantar la vista) Caerán un veinte para el viernes. He soltado otra pista a los auditores del Estado.
DIEGO: Hija… esto es peligroso. Estás acorralando a un animal herido. Don Ricardo no se va a quedar de brazos cruzados.
CARMEN: Quiero que sangre, papá. Quiero que sienta exactamente lo mismo que sentí yo en esa orilla del río. Impotencia absoluta.
DIEGO: ¿De dónde sacaste toda esta información? Javier me juró que el USB se había perdido.
CARMEN: Javier es un idiota que no sabe proteger sus propios robos. Hice una copia de seguridad en la nube antes de que él siquiera supiera qué tenía entre manos.
(La puerta del despacho se abre de golpe. Javier entra, rojo de ira).
JAVIER: ¡Esto es mío! ¡Esa información es mía!
CARMEN: Toca la puerta antes de entrar, Javier. Ahora soy la CEO de esta empresa.
JAVIER: ¡Papá, dile algo! ¡Me está robando mi victoria!
DIEGO: ¡Silencio, Javier! Tu hermana está logrando en seis meses lo que nosotros no pudimos en diez años. Los Montoya están de rodillas.
JAVIER: ¡Nos van a matar a todos! ¡No conocéis a Don Ricardo!
CARMEN: (Se levanta lentamente, acercándose a Javier) El problema contigo, hermanito, es que piensas como un matón callejero. Yo pienso como un fantasma. Don Ricardo no puede dispararle a una cuenta en Suiza bloqueada. No puede amenazar a un servidor encriptado.
JAVIER: Eres una perra arrogante. Lo haces por él, ¿verdad? Por Alejandro. Estás resentida porque te dejó por una ricachona de Madrid.
CARMEN: (Le da una bofetada rápida y seca a Javier) Vuelve a hablarme en ese tono, y te juro que la próxima filtración a la prensa será sobre tus negocios con los colombianos. Te enviaré a prisión yo misma.
(Javier se toca la mejilla, mirándola con odio puro. Retrocede y sale del despacho dando un portazo).
DIEGO: No deberías empujarlo tanto, Carmen. Es tu hermano.
CARMEN: Es un cabo suelto. Y en esta guerra, no podemos permitirnos cabos sueltos. Prepara el jet privado, papá. Nos vamos a Marbella.
DIEGO: ¿A Marbella? ¿Para qué?
CARMEN: La gala benéfica de la Fundación De la Vega. Es hora de mirar a los Montoya a los ojos y ver cómo sudan.
ACTO 8: EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
(Gala de verano en Marbella. Una mansión deslumbrante frente al mar. Luces, diamantes, música clásica de fondo. Alejandro y Isabel están recibiendo a los invitados. Alejandro luce exhausto bajo su fachada sonriente. De repente, el murmullo de la sala se apaga).
ISABEL: (En voz baja) ¿Qué está mirando todo el mundo?
(En lo alto de la gran escalera, aparece Carmen Vargas. Lleva un vestido esmeralda ajustado, diamantes en el cuello y una mirada que podría cortar el hielo. Baja los escalones con una elegancia que paraliza la sala. A su lado va su padre, Diego).
ALEJANDRO: (Quedándose sin aliento) Carmen…
ISABEL: (Nota la reacción de Alejandro, sus ojos se entrecierran) ¿Esa es ella? ¿La chica Vargas? Qué atrevimiento. Nadie la invitó.
ALEJANDRO: Isabel, por favor, no hagas una escena.
ISABEL: Yo no hago escenas, cariño. Yo las destruyo.
(Carmen y Diego se acercan directamente a los anfitriones. La tensión en el aire es casi sólida).
CARMEN: Buenas noches, Alejandro. Señora de Montoya. Qué evento tan encantador.
ISABEL: Señorita Vargas. Una sorpresa verla por aquí. Creía que su familia prefería… otro tipo de fiestas. Más… rurales.
CARMEN: (Sonríe con frialdad) El mundo cambia, Isabel. A veces, los que estaban en el barro terminan comprando la mansión. Y los que estaban en la mansión terminan suplicando piedad.
DIEGO: Hemos venido a hacer una generosa donación a su fundación. Cien mil euros. En nombre del Grupo Vargas.
ISABEL: (Sorprendida por la cifra) Vaya. El dinero manchado limpia igual de bien, supongo. Lo aceptaremos con gusto.
CARMEN: Alejandro, ¿te importaría mostrarme los jardines? Dicen que la vista del mar es espectacular desde la terraza sur.
ISABEL: Mi marido está ocupado…
ALEJANDRO: (Interrumpiendo) Estaré encantado. Acompáñame, Carmen.
(Isabel los mira alejarse, apretando su copa de champán hasta que los nudillos se le ponen blancos).
ACTO 9: VERDADES EN LA OSCURIDAD
(La terraza sur. Oscura, iluminada solo por la luna y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas abajo. Alejandro cierra las puertas de cristal detrás de ellos).
ALEJANDRO: ¿Estás loca? ¿Qué haces aquí? Mi padre tiene hombres vigilando este lugar.
CARMEN: Ya no le tengo miedo a tu padre, Alejandro.
ALEJANDRO: Eres tú. Tú eres la que está filtrando la información.
CARMEN: Felicidades. Sigues siendo un poco inteligente.
ALEJANDRO: Carmen, detente. Vas a provocar una masacre. Mi padre está perdiendo el control. Te matará de verdad esta vez.
CARMEN: ¿Y qué vas a hacer tú? ¿Llorar en tu ático de Madrid mientras abrazas a tu esposa de hielo?
ALEJANDRO: (Se acerca a ella, torturado) ¡Lo hice para salvarte! ¡Sacrifiqué mi vida, mi felicidad, para que tú pudieras respirar!
CARMEN: ¡Yo no te pedí que me salvaras! ¡Te pedí que te quedaras conmigo! Me dejaste tirada en la orilla del río como a un perro, Alejandro. Me rompiste en mil pedazos.
ALEJANDRO: Y mírame ahora. Estoy muerto en vida. Te veo en cada mujer de la calle, escucho tu voz en mis sueños. Estoy pagando mi condena cada maldito día.
CARMEN: (Con la voz temblando ligeramente, pero recuperando la compostura) Qué pena. Porque yo no vengo a perdonarte. Vengo a destruirte. A ti, a tu padre y a todo vuestro legado.
ALEJANDRO: Carmen… mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada por mí. Dímelo y juro que me apartaré y dejaré que quemes el imperio de mi familia.
(Carmen lo mira. Por un segundo, la armadura de hielo se agrieta. La química entre ellos es eléctrica, abrumadora. Alejandro levanta la mano y le acaricia la mejilla. Carmen cierra los ojos un instante).
CARMEN: (Susurrando) Te odio tanto…
ALEJANDRO: Lo sé.
(Él se inclina para besarla. Por un momento, ella cede. Es un beso desesperado, lleno de dolor, de tiempo perdido y de rabia. Pero de repente, Carmen lo empuja con fuerza).
CARMEN: No. Ya no soy esa niña estúpida de la Feria. Disfruta de la gala, Alejandro. Porque es la última que tu familia va a poder pagar.
(Carmen se da la vuelta y desaparece en la oscuridad del jardín, dejando a Alejandro con la respiración entrecortada).
ACTO 10: LA TRAICIÓN DE LA SANGRE
(Días después. En las afueras de Sevilla. Un polígono industrial abandonado. Llueve a cántaros. Un coche negro de alta gama está aparcado en las sombras. Javier Vargas camina hacia el coche, empapado y nervioso. La ventanilla trasera baja. Es Don Ricardo Montoya).
DON RICARDO: Llegas tarde, muchacho.
JAVIER: Tuve que despistar a los matones de mi padre.
DON RICARDO: Tienes agallas para citarme aquí. Después de la humillación que me hiciste pasar el año pasado.
JAVIER: Lo de la Feria fue un error de cálculo, Don Ricardo. Fui joven e impulsivo. Pero ahora tenemos un enemigo en común.
DON RICARDO: ¿Tu propia hermana?
JAVIER: Está fuera de control. Le ha robado el poder a mi padre. Me ha marginado de la familia. Y ella es la que tiene el USB con sus cuentas. Ella es la que está filtrando todo a la prensa y a Hacienda.
DON RICARDO: Lo sospechaba. ¿Por qué me cuentas esto?
JAVIER: Porque quiero hacer un trato. Yo le entrego a Carmen. Usted me da a mí la paz. Deje que el Grupo Vargas opere en el sur sin interferencias de los Montoya, bajo mi mando absoluto.
DON RICARDO: (Ríe secamente) Estás vendiendo a tu propia sangre por un pedazo del pastel. Eres incluso peor escoria que tu padre, Javier.
JAVIER: Es negocios. ¿Acepta o no?
DON RICARDO: Tráeme el USB original. Y a ella. Viva. Quiero que confiese ante mí antes de hacerla desaparecer.
JAVIER: Esta noche. En el viejo almacén del puerto. Ella va a ir allí para reunirse con un periodista alemán. Les daré el aviso a sus hombres.
DON RICARDO: Si esto es una trampa, muchacho… despídete de tu cabeza.
(La ventanilla sube. El coche acelera y desaparece en la lluvia. Javier sonríe de forma macabra).
ACTO 11: LA EMBOSCADA EN EL PUERTO
(Medianoche. El viejo almacén del puerto de Sevilla. Oscuro, húmedo, lleno de contenedores oxidados. Carmen llega sola. Lleva un maletín de metal. Revisa su reloj. Escucha un ruido).
CARMEN: ¿Herr Müller? ¿Es usted? Traigo los documentos sobre el blanqueo de capitales.
(Un foco industrial se enciende cegándola de repente. No es el periodista. Son cinco hombres armados de la familia Montoya. De entre las sombras emerge Javier).
CARMEN: (Cubriéndose los ojos) ¡Javier! ¿Qué significa esto?
JAVIER: Significa que se acabó tu reinado, hermanita. Has cruzado demasiadas líneas.
CARMEN: ¡Me has vendido a los Montoya! ¡Eres un traidor asqueroso!
JAVIER: ¡Yo soy el legítimo heredero de esta familia! ¡Tú solo eres una puta que se acostó con el enemigo! Dame el maletín.
(Uno de los hombres de Montoya le arrebata el maletín a Carmen. Ella forcejea, pero otro matón la golpea en el estómago, haciéndola caer de rodillas al suelo).
MATÓN: Don Ricardo la quiere en el maletero. Vamos.
JAVIER: Espera. (Saca una pistola) Primero quiero disfrutar este momento. Mírate. La gran reina del hielo, en el suelo como basura.
CARMEN: (Escupiendo sangre, riendo) Eres tan tonto, Javier. Tan jodidamente predecible.
JAVIER: ¿De qué te ríes?
CARMEN: ¿De verdad crees que vendría a encontrarme con un periodista internacional sin un seguro de vida? ¿Crees que no sabía que llevabas semanas reuniéndote con la gente de Don Ricardo?
(Javier palidece ligeramente).
JAVIER: Estás faroleando.
CARMEN: Mira hacia arriba, idiota.
(Javier y los matones miran hacia las pasarelas metálicas del techo del almacén. De repente, las luces de emergencia se encienden. Decenas de hombres fuertemente armados con rifles automáticos están apuntándoles desde arriba. Son los hombres de Diego Vargas y mercenarios de seguridad privada).
DIEGO: (Hablando a través de un megáfono desde una pasarela) ¡Tira el arma, Javier! ¡Ahora mismo!
JAVIER: (Aterrorizado) ¡Papá! ¡Ellos me obligaron!
DIEGO: ¡He escuchado la grabación de tu reunión con Don Ricardo! ¡La propia Carmen puso un micrófono en tu coche! Eres una deshonra para nuestro apellido.
(Los matones de Montoya, viéndose superados en número cien a uno, tiran sus armas al suelo y levantan las manos).
CARMEN: (Se levanta lentamente, limpiándose la sangre del labio) Te lo dije, Javier. Yo pienso como un fantasma. Tú eres un matón de callejón.
(De repente, el sonido ensordecedor de un motor irrumpe en el almacén. Un coche irrumpe rompiendo la puerta de metal principal. Derrapa y frena en seco en el centro de la nave. Es Alejandro. Sale del coche con una pistola en la mano, respirando agitadamente).
ALEJANDRO: ¡Carmen!
CARMEN: (Sorprendida) ¿Alejandro? ¿Qué haces aquí?
ALEJANDRO: Mi padre me llamó. Me dijo que te tenía. Volé desde Madrid, conduje a doscientos por hora… creí que ibas a morir.
JAVIER: (Aprovechando la confusión, agarra rápidamente su arma del suelo y agarra a Carmen por el cuello, apuntándole a la sien) ¡Atrás todos! ¡Atrás o le vuelo la cabeza!
DIEGO: ¡Javier, no lo hagas! ¡Te matarán a tiros!
JAVIER: ¡Me da igual! ¡Si yo caigo, ella cae conmigo! ¡Dame las llaves del coche, Alejandro!
ALEJANDRO: (Apuntando a Javier con las manos temblorosas) Suéltala, Javier. Esto es entre tú y yo.
JAVIER: ¡Tú arruinaste mi vida! ¡Nos humillaste a todos! ¡Tira el arma!
(Carmen, con el cañón frío en su sien, mira a Alejandro a los ojos. En ese momento, ya no hay odio en su mirada. Solo un entendimiento profundo, trágico).
CARMEN: (Susurrando) Dispara, Alejandro.
ALEJANDRO: ¡No puedo! Podría darte.
CARMEN: ¡Dispara! ¡Confío en ti!
JAVIER: ¡Cállate!
(Javier quita el seguro del arma. Está a punto de apretar el gatillo contra Carmen. Alejandro toma aire, estabiliza su mano, cierra un ojo y aprieta el gatillo).
(¡BANG!)
(El sonido del disparo resuena en las paredes de metal del almacén. Javier abre los ojos de par en par. Una mancha roja florece en el centro de su pecho. Suelta a Carmen y cae lentamente de espaldas contra el frío suelo de cemento, muerto al instante).
(Carmen cae de rodillas, temblando en estado de shock. Alejandro tira el arma, corre hacia ella y cae a su lado, abrazándola desesperadamente. Diego baja corriendo de la pasarela).
ALEJANDRO: (Abrasándola fuerte, llorando) Ya está… ya está… estás a salvo.
CARMEN: (Aferrándose a su chaqueta) Le has disparado… has matado al hijo de mi padre…
ALEJANDRO: Elegí. Esta vez, te elegí a ti.
DIEGO: (Llega junto al cuerpo de Javier. Se arrodilla, cierra los ojos de su hijo muerto, con lágrimas silenciosas cayendo por su rostro duro de mafioso) Que Dios me perdone.
(Diego se levanta y mira a Alejandro, que sigue abrazando a su hija).
DIEGO: Te has manchado las manos de sangre, Montoya. Has matado a un Vargas.
ALEJANDRO: Lo hice para salvar a la única Vargas que me importa. Haced lo que tengáis que hacer conmigo. Llamad a la policía. O disparadme ahora mismo.
DIEGO: (Mira a Carmen, luego a Alejandro. Respira hondo) La policía no entrará aquí. Limpiaremos este desastre. Javier intentó traicionar a la familia. Su castigo fue la muerte. Ese es nuestro código.
CARMEN: Papá…
DIEGO: Pero escúchame bien, Alejandro Montoya. No puedes volver a tu vida de cristal en Madrid después de esto. Si caminas por esa puerta con mi hija, estás declarando la guerra total a tu propio padre.
ALEJANDRO: Mi padre murió para mí el día que me obligó a dejarla en el río.
CARMEN: (Lo mira a los ojos, con lágrimas, pero con una nueva fuerza feroz) Si te quedas conmigo ahora, Alejandro… vamos a quemar Sevilla entera. No nos detendremos hasta que Don Ricardo lo pierda todo. Hasta el último centavo. Hasta la última gota de respeto.
ALEJANDRO: Que arda.
(Ambos se levantan, tomados de la mano, manchados de sangre y suciedad, pero más unidos y peligrosos que nunca. Atrás dejan el cuerpo de Javier y el peso del pasado. Caminan hacia el coche de Alejandro, listos para iniciar la guerra final que cambiará la historia de Andalucía para siempre).