Posted in

El ESCÁNDALO que Cuba ocultó 52 años | El sucio PACTO de FIDEL y el guardaespaldas del CHE

Parte 1

El Che Guevara le ordenó a Pombo que escapara mientras él se quedaba a esperar la muerte, y en ese instante Harry Villegas entendió que el hombre al que había obedecido como a un padre lo estaba enviando a vivir con una verdad imposible de cargar.

La tarde del 8 de octubre de 1967, la quebrada del Yuro olía a pólvora mojada, sangre seca y hojas aplastadas. Arriba, en las lomas, los soldados bolivianos se movían como sombras multiplicadas. Eran demasiados. Los helicópteros habían mordido el cielo desde temprano, los disparos rebotaban contra las piedras y los 17 guerrilleros que quedaban parecían más fantasmas que hombres.

Pombo tenía la pierna herida. Cada paso le arrancaba un pedazo de respiración. Aun así, no apartaba los ojos del Che. Lo había seguido desde Cuba hasta el Congo, desde la selva africana hasta Bolivia, desde los discursos de triunfo hasta las madrugadas sin comida. Había sido su escolta, su sombra, su muchacho negro de Yara convertido en soldado de acero.

El Che lo miró con una calma que daba miedo.

—Rompe el cerco y sal.

Pombo creyó haber oído mal. A su alrededor, Urbano y Benigno apretaban los fusiles con las manos sucias. Tuma ya no estaba. Papi ya no estaba. La columna se había ido vaciando de amigos, de risas, de nombres. Quedaba el deber, y el deber estaba desangrándose frente a ellos.

—Comandante, yo no lo dejo.

El Che no levantó la voz. Eso fue peor.

—No te estoy preguntando, Pombo. Es una orden.

En aquel segundo, Harry Villegas volvió a ser el adolescente que había subido a la Sierra Maestra con un rifle inútil y una fe enorme. Volvió a ver a su hermano Teógenes empujándolo hacia la lucha contra Batista, a su madre rezando sin admitir que rezaba, a su padre carpintero tallando madera como si cada golpe pudiera proteger a sus hijos. Recordó cuando el Che lo castigó con 3 días sin comer por protestar en una huelga de hambre. Recordó el mes de trabajo forzado por faltar a clases. Recordó que, para el Che, amar la revolución significaba obedecer incluso cuando dolía.

Y ahora la obediencia le exigía abandonar al único hombre que jamás le había entregado una misión pequeña.

Pombo bajó la mirada. No porque tuviera miedo del enemigo, sino porque temía que el Che viera la duda en sus ojos. Desde hacía meses, algo podrido caminaba con ellos por la selva boliviana. Las radios fallaban cuando más se necesitaban. Las rutas prometidas no existían. La ayuda urbana se había disuelto como humo. Mario Monje había dejado el campamento llevándose consigo la red que debía salvarlos. Y desde La Habana, donde alguna vez todo parecía controlado, llegaban silencios más pesados que las balas.

Pombo sabía demasiado. Había estado en el Congo cuando Fidel leyó la carta de despedida del Che sin avisarle, dejándolo sin país, sin cargo y sin regreso. Había visto al comandante patear la radio con rabia. Había aprendido que en la revolución los homenajes también podían ser cuchillos.

—Harry —dijo el Che, usando su nombre verdadero, y eso le abrió una herida más honda que la bala—. Si alguno tiene que contar lo que pasó, eres tú.

Pombo tragó saliva.

—¿Contar qué, comandante?

El Che sostuvo su mirada. No respondió. No hacía falta. Entre ellos quedó flotando una palabra que ninguno se atrevió a pronunciar: traición.

Read More