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La Mujer que Más Marcó la Vida de JOSE JOSE — La Historia que Nunca Pudo Olvidar

 Hasta que lo escuché a usted. José se quitó los lentes lentamente. “Señorita Vía, señor”, respondió con una cortesía cansada. El honor es mío, pero no diga esas cosas tan bonito, porque uno puede terminar creyéndolas. Ella sonrió apenas. Tal vez debería creerlas más seguido. José señaló la silla frente a él. Está sola.

 Más sola de lo que parece. Eso no parece posible. Laura se sentó sin pedir permiso, como si llevara años conociéndolo. Usted también está solo, dijo ella, solo que todos creen que una ovación es compañía. José bajó la mirada hacia su vaso. Esa frase le dolió porque era cierta. Hablaron durante horas de la música, de los aplausos que no calientan una cama, de los camerinos llenos de gente donde nadie pregunta de verdad cómo estás.

José descubrió que Laura no era solamente una mujer hermosa con buena voz. Era inteligente, orgullosa, herida. Había dejado Madrid persiguiendo una oportunidad y había encontrado en México un país que la abrazaba con una mano y con la otra le cobraba el abrazo. Ella le contó que no soportaba a los hombres que la miraban como inversión.

 Él le confesó que a veces sentía que su garganta ya no le pertenecía, que era propiedad del público, de las isqueras, de los empresarios, de cualquiera menos de él. A las 3 de la mañana, cuando el bar estaba casi vacío y los meseros fingían no reconocerlos, Laura se puso de pie. Me voy antes de que la noche nos haga decir cosas que mañana no sepamos sostener. José sonríó con tristeza.

 A mí la noche ya me ha hecho decir demasiadas cosas. Ella le tendió la mano. Entonces no diga nada. Solo recuerde que por unas horas fue usted, no el príncipe de nadie. José tomó su mano y supo, con ese miedo que llega antes del amor verdadero, que algo había empezado. Lo que José no sabía todavía era que Laura no estaba libre.

 No completamente, no de la forma en que una mujer debe estarlo para elegir a quién amar. Detrás de su carrera, de sus contratos, de sus apariciones en televisión y de sus permisos de trabajo, estaba la sombra de don Ernesto Valladares, un empresario de espectáculos con suficiente poder para levantar artistas o sepultarlos. un hombre que financiaba giras, compraba silencios, controlaba escenarios y trataba a las personas como si fueran propiedades con brillo.

 Y Laura, para él era su descubrimiento, su inversión, su trofeo. José, José, el hombre que le cantaba el amor imposible, acababa de entrar sin saberlo en el más peligroso de todos. Los encuentros comenzaron poco después. Primero fueron casuales, una coincidencia en un pasillo de Televisa, un café rápido después de una grabación, una llamada que empezaba con pretextos profesionales y terminaba en silencios largos, de esos que dicen más que cualquier confesión.

 Después dejaron de fingir. Se veían en restaurantes pequeños de la colonia Roma, en calles tranquilas de San Ángel, en camerinos vacíos cuando la función ya había terminado. A veces caminaban por Chapultepec muy temprano antes de que la ciudad recordara quiénes eran. José se enamoraba con una mezcla de alegría y terror.

 Laura no le pedía contactos, no le pedía duetos, no le pedía que la llevara a programas, no lo miraba como carrera, ni como escalera, ni como leyenda. lo miraba como hombre. Y eso para José era más peligroso que cualquier escándalo. ¿Por qué sigues aquí? Le preguntó una tarde mientras caminaban por un mercado de Coyoacán. ¿Podrías regresar a España, cantar en Europa, alejarte de todos estos lobos? Laura se detuvo frente a un puesto de flores. Tocó una gardenia blanca.

 Porque México me dio algo que no tenía ya. Fama. Ella negó con la cabeza una oportunidad de empezar de nuevo. En España yo era la hija de una familia rota, la muchacha que cantaba en bares para pagar deudas. Aquí, por un momento, creí que podía inventarme otra vida. José la miró con ternura. ¿Y la inventaste? Laura levantó los ojos.

Contigo sí. Contigo no tengo que inventar nada. José compró todas las gardenias del puesto. El vendedor no entendía por aquel hombre de voz famosa pagaba sin preguntar precio, apilando flores en los brazos de una mujer que reía entre lágrimas. ¿Qué haces?, preguntó Laura, corrigiendo una injusticia.

 ¿Cuál? Que una mujer como tú haya pasado por este mercado sin que todas las flores supieran a quién pertenecen. Esa noche se besaron por primera vez dentro del auto de José, estacionado bajo los árboles oscuros de San Ángel. Fue un beso contenido desesperado, como si ambos hubieran esperado demasiado y al mismo tiempo supieran que no debían haber empezado.

 A partir de entonces, el mundo cambió de forma. Las canciones de José empezaron a dolerle de otra manera. Cada letra parecía escrita para ella. Cada escenario se volvió un lugar desde donde cantaba buscando unos ojos escondidos entre el público. Pero no todos los ojos eran de amor. Alguien los estaba mirando.

 El primero en advertirlo fue Manuel Alejandro, su amigo, compositor y confidente. Estaban en un estudio revisando arreglos cuando Manuel notó que José no escuchaba. Tenía la mirada perdida y una sonrisa de muchacho que no correspondía a un hombre rodeado de contratos, presiones y cansancio. ¿Quién es? preguntó Manuel. José fingió no entender.

 ¿Quién es quién? La mujer que te tiene cantando hasta cuando estás callado. José soltó una risa nerviosa. No empieces. Ya empecé y por tu cara terminé de adivinar. Dime el nombre. José dudó. Con Manuel no podía mentir. Laura Villa, Señor. El compositor se quedó inmóvil. La española. Sí, la artista de Valladares. José dejó de sonreír. Ella no es de nadie.

 Manuel cerró la carpeta de partituras con lentitud. Pepito, escúchame bien. Esa mujer tiene detrás a Ernesto Valladares. Tiene un contrato. No tiene una jaula con contrato. José apretó la mandíbula. No sabes de qué hablas. Sé perfectamente de qué hablo. Valladares la trajo a México.

 Le consiguió papeles, programas, prensa, músicos, vestuario, escenarios. Y cuando un hombre así invierte tanto en una mujer, no cree estar ayudando, cree estar comprando. Laura, no se vende. No dije que ella se venda, dije que él cree haberla comprado. José caminó hasta la ventana del estudio. Ella me habría dicho.

 Manuel lo observó con una tristeza severa. Hay cosas que una mujer no dice cuando todavía está tratando de sobrevivir dentro de ellas. José Volteo. ¿Qué estás insinuando? Que Valladares no tolera perder. que ha destruido carreras por menos, que controla empresarios, periodistas, promotores, estaciones de radio.

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