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José Alfredo Jiménez: Tuvo 100 Mujeres… Pero Murió Pidiendo Perdón a Una Sola.

Es en ese funeral donde se siembra la primera semilla de su miedo más grande. No a la muerte, a la pobreza y al abandono. Pocos meses después la decisión es inevitable. Dolores Hidalgo ya no ofrece nada. Venden lo poco que queda. Cierran la farmacia, empaquetan recuerdos en cajas de cartón y suben a un camión. Rumbo a la Ciudad de México.

Llevan cuatro hijos, un duelo reciente y casi nada de dinero. Llegan a la capital a finales de los años 30, cuando la ciudad crece hacia todos lados, pero no para todos. Terminan en una vecindad de Santa María a la Ribera, con paredes húmedas y patio compartido. Ahí el niño, que era el hijo del boticario, se convierte en otro chamaco más que tiene que trabajar para comer.

A los 12 años ya conoce el sabor de la humillación. Lava platos en fondas donde nadie recuerda su nombre. Carga cajas en mercados. hace demandadero para quien pague unas monedas. Más tarde será portero en un equipo modesto. Recibe balonazos en el rostro mientras los demás se divierten. Cada trabajo mal pagado le repite el mismo mensaje.

Nadie va a salvarte. Si quieres que te quieran, tendrás que ganártelo. Si quieres que te vean, tendrás que hacer ruido. En las noches, mientras su madre se queda dormida de puro cansancio, él empieza a jugar con las palabras. No sabe música, no sabe leer partituras, pero silva melodías que se le ocurren de golpe, como si le nacieran del hígado.

Toma frases que oye en las cantinas, quejas de albañiles, lamentos de chóferes, suspiros de mujeres abandonadas. las junta en su cabeza sin saber que está construyendo un diccionario sentimental de México. Cada verso es una forma de decir no me dejes solo. Cada canción, un intento de ordenar el caos que dejó la muerte de su padre.

A finales de los años 40, cuando por fin empieza a cantar en bares de mala muerte y emisoras pequeñas, el personaje ya está casi completo. Sombrero ancho, traje de charro, botella en la mesa, voz quebrada. No es solo una imagen folkórica, es su armadura. Detrás del charro seguro de sí mismo hay un niño de Dolores Hidalgo que nunca superó el miedo a ser abandonado.

La fama que comienza a rozarlo no lo calma, lo empeora. Mientras más lo aplauden, más pánico siente de volver a la pobreza. más necesita que lo miren, que lo escuchen, que le digan que vale algo. Esa hambre de aprobación no se quedará en el escenario. Pronto se convertirá en hambre de miradas femeninas, de abrazos, de camas ajenas.

El vacío que dejó un padre muerto en 1936 se intentará llenar con alcohol, canciones y mujeres. Muchas mujeres, 100, quizás más. Pero ninguna será suficiente, porque detrás del mito del compositor, que parecía tenerlo todo, seguía vivo ese niño que vio cerrarse la farmacia para siempre y entendió que si el amor no se cuida, se pierde.

Y para entender cómo ese miedo lo llevó a construir tres familias que terminaron odiándose entre sí, hay que entrar al territorio más peligroso de su vida. El de las mujeres a las que amó, traicionó y marcó para siempre. Finales de los años 40, la ciudad de México hierve entre cabarets y cantinas llenas de humo.

José Alfredo tiene poco más de 20 años. Aún no es el rey, pero ya canta en la XW y aprende que una sola voz puede mandar a callar a un salón entero cuando habla de amor y derrota con tono de herida abierta. En una reunión modesta de la colonia Roma, conoce a una mujer que no encaja con las demás. No es vedet ni aspirante a actriz.

Es maestra normalista, seria, de mirada limpia. Se llama Paloma Gálvez y por primera vez él imagina algo parecido a la estabilidad. No hay mariachis esa noche, solo un tocadiscos y vasos de tequila. Él llega tarde, ella llega puntual, él improvisa chistes, ella escucha más de lo que habla. Los dos saben lo que es crecer con miedo a quedarse sin nada.

Él le cuenta de Dolores Hidalgo, de la farmacia que se cerró para siempre cuando su padre murió. Ella habla de sus alumnos que llegan sin desayuno, de su sueldo que apenas alcanza para el alquiler. En esa conversación sencilla se construye una promesa silenciosa. La idea de que ese charro desordenado podría convertirse en un hombre de familia.

En 1952 se casan por lo civil y por la Iglesia. No hay lujos, pero hay convicción. Ese mismo año, en un estudio de grabación, José Alfredo se coloca frente al micrófono y antes de cantar pronuncia en silencio el nombre de su esposa. La canción se llama Paloma querida. Para el público es solo una ranchera hermosa. Para él es un contrato moral.

La declaración de que ha encontrado a la mujer a la que le debe fidelidad. La realidad no tarda en desmentir esa promesa. A mediados de los años 50, su carrera explota. Graba sin parar, viaja de ciudad en ciudad. Duerme más en hoteles que en su casa. En cada plaza hay una cantina y en cada cantina una mujer que se le acerca, le pide una fotografía, una canción, un poco de atención.

Él descubre que el aplauso público tiene una versión privada, los brazos anónimos que lo esperan después del escenario. Cuanto más miedo tiene de volver a la pobreza, más se aferra a cualquier cuerpo que le recuerde que todavía importa. Paloma percibe el quiebre antes de que lleguen los rumores. Primero son llamadas que se cortan, giras que se alargan, trajes que vuelven a casa con olor a perfume ajeno.

Después vienen las ausencias en cumpleaños y Navidades, los lugares vacíos en la mesa, las explicaciones imprecisas. Cada éxito en la radio se paga con una discusión en la cocina. Cada disco de oro deja una grieta más en la confianza de esa mujer que escucha en la radio la misma voz que en casa ya casi no oye.

En medio de ese desgaste aparece otra figura. Se llama Mary Medell. No entra por la puerta principal de los periódicos, entra por la lateral de los camerinos. Es joven, discreta, acostumbrada a moverse en la sombra de los escenarios. Con ella no hay boda ni portada de revista. Hay visitas a escondidas, cenas tardías, promesas murmuradas.

Lo que empieza como escape termina convertido en algo más profundo, una segunda vida. Con Mary nacen hijos que llevan su sangre, pero no su apellido ante el público. Los ve en horarios raros, llega con juguetes caros y culpa en la mirada. Les canta abajito canciones que todavía no son famosas, pero que para ellos significan solo una cosa, papá ya se va otra vez.

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