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El Ranchero Quedó Sin Casa Junto A Sus 2 Hijas.. Y Sobrevivieron En Un Rancho sin dueño.

 La casa era de adobe, gruesa en las paredes, pero con el techo parcialmente hundido en la mitad del lado derecho, las tejas caídas hacia adentro, como si alguien las hubiera empujado desde arriba con mucho tiempo y sin prisa. El corredor al frente todavía se sostenía con sus dos pilares de madera que el tiempo había oscurecido, pero no derrotado del todo.

Y en él había una mecedora con el asiento podrido, un gancho de fierro vacío en la pared y un montón de hojas secas que el viento había ido apilando en la esquina como si las guardara para algo. acerca del terreno estaba caída en tres partes, apenas reconocible como cerca, más bien como una sugerencia de límite entre la propiedad y el camino.

El corral a la derecha de la casa tenía los postes en pie, pero sin alambre, las puertas sin bisagras, el piso cubierto de maleza. Más allá, una parcela grande que alguna vez había sido cultivada mostraba los surcos viejos, difuminados por años de abandono, con arbustos y matorrales que la habían ido tomando con la paciencia de lo que sabe que no tiene apuro. Pero había un arroyo.

 Eso fue lo primero que Salvador notó con verdadera atención, ese sonido limpio del agua corriendo sobre piedras que llegó desde atrás de la casa cuando el viento giró un momento y había árboles viejos pero vivos, un par de higueras y lo que parecían ser tres cepas de vida abandonadas a los pies de la ladera del cerro, retorcidas y sin podar desde hace años, pero con las raíces todavía hundidas en la tierra y los brazos leñosos, apuntando al cielo con esa obstinación de lo que no terminó de morir. Salvador dejó a Amanda con

cuidado sobre el suelo, apoyada contra el pilar del corredor. La niña se revolvió un poco, murmuró algo y siguió durmiendo. Agatha se sentó junto a ella sin que nadie se lo pidiera, poniéndole una mano en la espalda, mirando a su padre con esos ojos claros que esperaban. Salvador entró a la casa. El piso era de tierra apisonada.

 dura todavía bajo los años de polvo. Las paredes del lado izquierdo estaban enteras, gruesas, sin grietas que importaran. La cocina al fondo tenía el fogón de piedra intacto, la repisa caída pero reparable y la ventana pequeña desde donde se veía el cerro con los últimos rayos naranjas del sol. El cuarto del fondo olía a tierra húmeda y a tiempo, ese olor de los lugares que llevaban demasiado tiempo sin respiración humana dentro.

 El techo del lado derecho era el problema, pero el izquierdo aguantaba. La mitad de la casa era habitable esa misma noche. Salió al corredor, miró el valle que se iba oscureciendo, miró a sus hijas, miró las cepas de vida al pie del cerro. “Esta noche dormimos aquí”, dijo. Agatha. Lo miró sin sorprenderse.

 “¿Y mañana?”, preguntó. Mañana también”, dijo Salvador. La historia que los había traído hasta ese camino era una historia que comenzaba con un fuego y con una mujer que no estaba. Las dos cosas habían llegado al mismo año, aunque no juntas, aunque no relacionadas, aunque la vida a veces tiene esa manera cruel de acumular los golpes en una misma temporada, como si quisiera probar de qué está hecho alguien.

 La mujer se llamaba Teresa. Tenía 28 años cuando desapareció. Un miércoles ordinario de finales del verano en el pueblo de La Vega, donde habían vivido los últimos 6 años. Salió por la mañana diciendo que iba al mercado. Llevaba una cesta de mimbre y una lista de cosas que comprar. No llegó al mercado, no volvió a la casa.

 Nadie la vio más allá de la esquina de la plaza, donde la había visto por última vez la mujer del tendajón, que después dijo que Teresa había doblado hacia el camino del río y que no había vuelto a aparecer por su campo de visión. Salvador buscó durante días, recorrió el río, los caminos, preguntó en cada casa, en cada rancho de los alrededores.

 El comisario del pueblo hizo lo que los comisarios de los pueblos chicos suelen hacer, que es tomar nota, fruncir el seño y decir que a veces la gente se va y no avisa. Salvador no aceptó esa respuesta, pero la realidad es que la realidad no le preguntó si la aceptaba o no. Teresa no apareció. No hubo rastro, no hubo carta, no hubo nada.

 7 meses después de ese miércoles ordinario, seguía sin haber nada. Lo que Salvador sí tenía eran dos hijas y un oficio que había aprendido de su padre y su padre de su abuelo, viñatero. No el tipo de viñatero de las haciendas grandes, sino el tipo que trabaja su propia parcela, que conoce cada cepa por nombre casi, que sabe leer el color de la hoja para saber qué necesita la planta, que puede hacer vino de mesa, vinagre, arrope y pulque de uva con los mismos racimos, dependiendo de cómo los trate.

 También criaba gallinas, que era el otro pilar del sustento, esa docena de ponedoras que le daban huevo todos los días y que de vez en cuando sacrificaba para el mercado o para algún encargo de la cocina del pueblo. El incendio fue en enero, 7 meses exactos después de la desaparición de Teresa. Empezó en la noche. Nadie supo bien cómo.

 Quizá un tizón mal apagado en la cocina, quizá el viento que esa noche soplaba raro. Salvador despertó con el olor a quemado y con Agatha sacudiéndole el hombro en la oscuridad, su voz baja y seria diciéndole, “Papá, papá, hay fuego.” Tomó a Amanda dormida, tomó a Agatha de la mano, salió. El fuego ya había tomado el techo de la cocina y se extendía hacia el cuarto del fondo.

 Los vecinos vinieron con cubetas de agua, pero el fuego era más rápido y más hambriento que cualquier esfuerzo de cubeta. Para cuando amaneció, la casa era una cáscara negra con las paredes de adobe todavía en pie, pero el interior destruido. La fragua de herramientas, el costal de monedas que guardaba detrás del fogón, las herramientas de la viña, todo. Y las gallinas.

 Las gallinas habían salido solas corriendo en la noche y se habían dispersado por el pueblo. Salvador recuperó tres al día siguiente. Las demás se perdieron. se quedó dos días en casa del vecino Abundio, que era buen hombre, y que le dio espacio sin hacerle preguntas que no quería responder. Pero Salvador sabía que la caridad de los vecinos tiene un límite que no es mala voluntad, sino sentido práctico, y que dos días era lo correcto, no más.

 Al tercer día, temprano, cargó a Amanda en la espalda, tomó a Agatha de la mano, metió lo poco que tenía en un costal y empezó a caminar. No tenía un destino, tenía una dirección, el sur, porque al sur había valles que no conocía y tierra que quizá nadie reclamara y eso era suficiente para empezar.

 Los primeros días en la finca fueron de trabajo puro, sin tiempo para pensarse nada. Salvador reparó el techo del cuarto izquierdo con tejas que encontró enteras entre los escombros del lado derecho y con ramas de mezquite que cortó del cerro para rellenar los huecos. Tapó las grietas de las paredes con adobe que hizo él mismo, mezclando tierra, paja seca del corral y agua del arroyo.

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