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El Negro Durazo DESTROZÓ a Luis Miguel

Eso era México en 1981 y eso era el sistema que un solo hombre había construido durante 6 años con la protección absoluta del presidente de la República. Los que jalaron del gatillo aquella noche, entre el 10 y el 13 de enero del 82, los que torturaron a Armando y a los 11 colombianos durante meses, los que arrojaron los 12 cuerpos al drenaje profundo, llevaban placa oficial de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal.

Pertenecían a un grupo de élite conocido en los pasillos del miedo como el grupo Jaguar y respondían a un solo hombre, un hombre que en aquel enero del 82 todavía aparecía en las fotografías oficiales del país sonriendo al lado del presidente. Un hombre con despacho en Tlaxquake, con mansión en Tlalpan, con un palacio griego de 20.

000 m² sobre el Pacífico, con ingresos calculados en 800 millones de pesos al mes y con un apodo de tres letras que toda la República conocía. Arturo Durazo Moreno, el negro. Antes de seguir, querida amiga que llegaste hasta aquí, necesito pedirte un favor. Lo que viene se cuenta una vez. Si este canal te ha hecho compañía alguna tarde, si has llorado con la historia de Pedro Infante, si has visto con dolor lo que la fama le hizo a Marcela Basteri, regálame un me gusta y suscríbete.

Historias contadas con nombres, fechas y direcciones reales son las que YouTube empuja menos. Necesito que tú me ayudes a empujarlas. Y ahora sí, prepárate porque hoy vas a descubrir siete cosas que la mayoría de los videos sobre Durazo no se atreven a juntar. Uno, ¿quién dio la orden exacta de matar a los 12 del río Tula? ¿Y por qué Durazo escapó del cargo más grave? Por un tecnicismo de extradición que a México le costó la dignidad. Dos.

¿Qué pasó con Armando Mogoyán Pérez, el taxista mexicano? y cómo la denuncia de su madre Estela fue la grieta por la que se cayó el imperio entero. Tres. El día exacto de 1976 en que un presidente de México le entregó su capital a un amigo de la primaria y el favor de banca de los 12 años de edad que ese amigo se cobró 40 años después.

Cuatro. ¿Cuánto dinero exactamente exprimió Durazo a la ciudad de México en 6 años? Te adelanto la cifra final en dólares, 1000, millones. Cinco. ¿Quiénes subían a pie por el cerro de Cihuatanejo cargando mármol italiano? Mientras a 800 km policía con la misma placa extorsionaba a una señora en el centro de la capital.

Seis. La verdad sobre las fiestas del Partenón, quién entraba, que se servía. Y sobre todo, querida amiga, ¿qué hacía ahí dentro un niño de 11 años llamado Luis Miguel? ¿Qué vio? ¿Qué escuchó? ¿Y por qué su madre Marcela Basteri terminó entrando una y otra vez? al despacho privado de Durazo. Siete.

¿Por qué el FBI lo encontró bajando de un avión en Puerto Rico cuando él creía que estaba seguro en Brasil? ¿Y qué plan absurdo había trazado para salvarse? Un plan que incluía visturí, una cara nueva y una llamada al presidente que jamás llegó. Siete cosas. Acomódate, esta historia tiene río. Tiene madre buscando un hijo. Tiene una banca de la colonia Roma.

Tiene un partenón griego sobre el Pacífico y tiene un niño cantando en medio de todo. Para entender el tamaño del horror, hay que volver al principio, a una calle de la colonia Roma, a dos niños sentados en una banca de madera, año 1930 y tantos. y al pacto que esos dos niños sellaron sin saber que 40 años después le iba a costar a México lo que le costó.

Cumpas, Sonora, 19 de octubre de 1918. un pueblo árido del norte de México, de los que vivían entonces de la minería y del ganado, con casas de adobe que el sol del desierto cuarteaba en verano y que el frío de la sierra agrietaba en invierno. En una casa modesta de ese pueblo nació un niño moreno de mirada dura, al que la familia bautizó como Arturo Durazo Moreno.

De cumpas, en aquellos años la gente joven se iba en cuanto podía. La minería estaba acabando, el ganado bajaba, las casas se cerraban una a una. El propio nombre del pueblo en lengua ópata, significa lugar de pájaros. Y los pájaros, querida amiga, los pájaros vuelan en cuanto pueden. A los pájaros de cumpas, por su tada por el sol del norte, les llamaban moros en aquella región.

Por eso, durante muchos años, antes de que el país entero lo conociera con tres letras, a Arturo se le conoció en su tierra con un apodo regional, el moro de Cumpas. Ese moro, sin embargo, no se iba a quedar en Sonora. La familia Durazo se trasladó pronto a la capital. Buscaban lo mismo que buscaba medio país en aquellos años 20 y 30.

Una forma de comer todos los días, un techo, una calle con luz eléctrica. La revolución había dejado el campo sangrando y la promesa del progreso se concentraba toda en la ciudad de México. Los durazos se instalaron en la colonia Roma. Hoy cuando uno escucha colonia Roma piensa en cafés con plantas, en murales de buen gusto, en parejas paseando perros con correas de cuero.

En los años 30 la Roma vivía otra cosa. Era un barrio en transición. Casonas elegantes del porfiriato compartían banqueta con vecindades obreras. Vendedores ambulantes pregonaban entre los coches importados de las familias ricas. Y los niños, los niños de la calle, los niños de los obreros, los niños del comercio modesto, jugaban en las mismas plazas que los hijos de los abogados, los médicos y los políticos del régimen.

Ahí, en una banca de una de esas plazas, ocurrió el encuentro que iba a marcar la historia de este país. Arturo Durazo, todavía sin apodo nacional, conoció a un niño de su misma edad, un niño de buena familia, de apellidos de ese tipo de niños que llegaban a la escuela con uniforme limpio, zapatos lustrados y cuaderno forrado con papel de china azul.

Ese niño se llamaba José. José López Portillo y Pacheco. Fíjate qué cosa, amigo mío. Dos niños sentados en una banca de la Roma a mediados de los años 30. Uno hijo de una familia comerciante recién llegada del norte. El otro hijo de un linaje porfiriano con conexiones políticas que se remontaban al siglo XIX, uno con el apellido áspero de la frontera, el otro con apellido compuesto de los que se ponen en placa de despacho de abogado.

Lo que tenían en común eran los puños. Las biografías serias del expresidente lo confirman. En la primaria, José López Portillo era un niño retraído, de lentes, lector, con muy poca habilidad para la pelea callejera. Arturo Durazo, en cambio, era de los duros, de los que sabían tirar el primer golpe, de los que defendían a los más débiles cuando la pandilla del barrio se ponía brabucona a la salida de la escuela.

Y así, querida amiga, se sembró la semilla. Arturo defendía a Pepe en las peleas. Pepe ayudaba a Arturo con la tarea. Pepe le invitaba a su casa los domingos, donde olía a café recién hecho y a libros bien encuadernados. Arturo le enseñaba a Pepe a moverse en los barrios donde Pepe jamás habría entrado solo.

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