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Haya de Jordania: la princesa que huyó del poder y destapó un escándalo que sacudió a la realeza

Era el líder de una de las familias gobernantes más herméticas de Oriente Medio, un hombre criado en la cultura del poder absoluto, donde las decisiones se toman sin rendición de cuentas y donde la lealtad se exige antes de que se ofrezca. Tenía ya otras esposas cuando haya llegó a su vida.

Según la ley islámica y la tradición de los Emiratos, un hombre puede tener hasta cuatro esposas. Y Mohamed había ejercido ese derecho con una naturalidad que en otras latitudes habría generado escándalo. Aya sabía todo esto antes de casarse. Lo aceptó, o al menos eso pareció en aquel momento. Los primeros años de matrimonio produjeron dos hijos.

En 2007 nació Jalila, una niña a quien Mohamed dedicó poemas llenos de ternura. En 2012 llegó Sayed, el varón que completaba el círculo familiar visible. Aya se integró en la vida pública de Dubai con una competencia que sorprendió incluso a los más escépticos. Presidió la Federación Ecuestra Internacional.

Trabajó como embajadora de buena voluntad del programa Mundial de Alimentos de la ONU. Viajó a zonas de conflicto, visitó campos de refugiados, habló ante organismos internacionales. Era la cara amable y moderna de los Emiratos, la prueba viviente de que el mundo árabe podía producir mujeres líderes que miraban al futuro sin renunciar a sus raíces.

Sin embargo, dentro de los muros del palacio, la historia tenía una textura completamente diferente. Para entender lo que sucedió después, es necesario conocer al hombre con quien ella compartía su vida, no al personaje público que aparecía en las portadas de las revistas de negocios, sino al hombre real que gobernaba con Mano de Hierro una de las familias más numerosas y complejas del mundo árabe.

Mohamed bin Rashid Almacttum tenía al momento de casarse con Aya más de 20 hijos reconocidos de distintas relaciones. Su familia era un universo en sí mismo, con jerarquías invisibles para el ojo externo, pero absolutamente reales para quienes vivían dentro de ellas. Entre sus hijos había uno que se convertiría en una figura central en la historia que estamos contando.

Rashid bin Mohamed, su primogénito y heredero designado durante muchos años, era un joven que desde temprana edad mostró una complexión emocional que el entorno palaciego no sabía cómo gestionar. No era el tipo de heredero que la corte de Dubai necesitaba. sensible, inquieto, con una relación complicada con las expectativas que su apellido imponía.

Rashid vivió su corta vida bajo una presión que pocos seres humanos habrían podido soportar. Murió en septiembre de 2500 de un ataque al corazón con solo 33 años. Su muerte sacudió a Mohamed de una manera que quienes lo conocían describieron como una fractura invisible pero permanente. Pero antes de esa muerte había otras ausencias, otras huidas.

Y ahí es donde la historia comienza a volverse más oscura y más compleja. Las hijas de Mohamed eran en muchos sentidos prisioneras invisibles, no en el sentido metafórico con que a veces se usa esa expresión para describir la vida de las mujeres en sociedades conservadoras, sino en un sentido inquietantemente literal. Latifa Bint Mohamed, nacida en 1985, había intentado escapar de Dubai en 2002 cuando tenía 16 años.

fue capturada y devuelta al palacio. Nadie habló de ello públicamente. El silencio se instaló sobre ese episodio, como el desierto cubre todo lo que no quiere que se vea. Años después, en febrero de 2018, Latifa lo intentó de nuevo, esta vez con una planificación mucho más elaborada. grabó un video antes de huir en el que miraba directamente a la cámara y decía con una calma que helaba la sangre que si ese video llegaba a hacerse público era porque ella había muerto o porque estaba en una situación de la que no

podría salir. Logró llegar a aguas internacionales frente a las costas de la India a bordo de un velero. Pero las fuerzas especiales emiratíes la interceptaron antes de que pudiera llegar a tierra firme. Fue de vuelta a Dubai. Aya presenció todo esto desde dentro, no como espectadora ajena, sino como parte de la estructura que lo permitía.

Hay un momento en la vida de ciertas personas en que la acumulación de lo que han visto, oído y callado supera la capacidad de seguir fingiendo que todo está bien. Para ese momento llegó en algún punto entre 2017 y 2019, aunque la cronología exacta de su proceso interno es algo que solo ella conoce con precisión.

Lo que sí es posible reconstruir a través de documentos judiciales, testimonios y declaraciones públicas es el clima que rodeó sus últimos años dentro del palacio de Dubai. Shamsa Bint Mohamed era otra de las hijas del jeque. Había logrado escapar al Reino Unido en el año 2000, cuando tenía 19 años, aprovechando una visita oficial de la familia a las propiedades que Mohamed poseía en Cambridge.

Shamsa huyó literalmente por una carretera inglesa, pidió ayuda y durante unas pocas semanas pareció que había logrado lo que su hermana Latifa no conseguiría hasta años después. Pero Mohamed movilizó recursos que ningún ciudadano común podría imaginar. Agentes privados, contactos diplomáticos, presión sobre las autoridades locales.

Shamsa fue encontrada en las afueras de Cambridge, sedada según algunos testimonios y trasladada de regreso a los Emiratos. Nunca volvió a aparecer en público. Estos hechos no eran completamente desconocidos para Haya. Era prácticamente imposible vivir dentro de esa familia y no tener acceso a esa información.

La pregunta que la historia no puede responder con certeza es, ¿cuánto tardó Haya en pasar del conocimiento pasivo a la decisión activa? ¿Cuánto tiempo necesitó para procesar? Que lo que veía no era simplemente la forma en que funcionan las familias reales árabes, sino algo que tenía un nombre mucho más preciso y mucho menos aceptable.

En 2019, una serie de eventos precipitó una crisis que ya no podía contenerse dentro de los muros del palacio. Según documentos presentados posteriormente ante los tribunales británicos, Haya habría descubierto pruebas de que su marido había ordenado el secuestro de sus propias hijas, no como una alegación vaga, sino como una conclusión a la que llegó a través de evidencias concretas que, según sus propios abogados, la llenaron de terror.

un terror tan real y tan inmediato que comenzó a pensar en su propia seguridad y en la de sus hijos de una manera que nunca antes había necesitado considerar. El castillo de naipes llevaba años apoyado en una sola carta y esa carta se estaba moviendo. En junio de 2019, Jaya de Jordania desapareció de Dubai.

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