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When the United States Occupied Half of Mexico | The Invasion that MUTILATED an Entire Country

Fue también el producto de las divisiones internas mexicanas, de la inestabilidad política crónica que durante las décadas posteriores a la independencia había debilitado al país y de la incapacidad de las élites nacionales para articular una defensa coherente frente a la amenaza externa. Esta es la historia de aquella guerra, de cómo Estados Unidos ocupó la mitad de México, de cómo aquella invasión mutiló territorialmente a un país entero y de cómo las consecuencias de aquellas dos jornadas de febrero de 1848

siguen determinando hasta el día de hoy la geografía política del continente americano. Para entender cómo México perdió la mitad de su territorio nacional entre 1846 y 1848, hay que reconstruir las condiciones estructurales que durante las dos décadas anteriores habían producido la debilidad mexicana frente a una potencia expansionista en pleno ascenso.

que aquella catástrofe territorial no fue producto de un solo acontecimiento, sino la consecuencia acumulada de procesos paralelos, cuyo desenlace los acontecimientos militares de aquellos años precipitaron de manera definitiva. El México que enfrentó la invasión estadounidense en 1846 era una nación que apenas 25 años antes había alcanzado su independencia de España y que durante aquel cuarto de siglo no había logrado construir las instituciones políticas estables que la defensa de su integridad territorial

habría exigido. La independencia consumada en 1821 había sido seguida por un periodo de inestabilidad crónica, caracterizado por la alternancia constante entre proyectos políticos irreconciliables. Federalistas contra centralistas, liberales contra conservadores, monárquicos contra republicanos. Aquellas divisiones que durante las décadas posteriores producirían guerras civiles recurrentes habían impedido la consolidación de un estado nacional capaz de administrar eficazmente el vasto territorio que México había

heredado del virreinato de la Nueva España. La figura central de aquel periodo, el general Antonio López de Santa Ana, había ocupado y abandonado la presidencia en múltiples ocasiones mediante una combinación de carisma militar, oportunismo político y golpes de estado sucesivos que ilustraban perfectamente la fragilidad institucional del país.

 Aquel vasto territorio mexicano que se extendía desde Centroamérica hasta los actuales estados de Oregón y Wyoming incluía vastas regiones del norte que el gobierno central de Ciudad de México apenas controlaba efectivamente. La Alta California, el Nuevo México y la provincia de Texas eran territorios inmensos, escasamente poblados, sometidos a las incursiones constantes de los pueblos indígenas, comanches y apaches, y conectados con el centro del país mediante rutas de comunicación tan deficientes que la Autoridad Federal

Mexicana era allí más nominal que efectiva. aquella debilidad estructural del control mexicano sobre sus propias provincias septentrionales sería precisamente el factor que la expansión estadounidense aprovecharía sistemáticamente durante los años siguientes. El problema de Texas fue el detonante específico del proceso que culminaría en la guerra.

 Durante la década de 1820, el gobierno mexicano había autorizado la colonización de Texas por inmigrantes estadounidenses, bajo la premisa de que aquellos colonos se integrarían a la nación mexicana, adoptando su religión católica, su idioma y su lealtad política. El cálculo resultó catastróficamente erróneo. Los colonos angloamericanos que para mediados de la década de 1830 superaban demográficamente a la población mexicana de la provincia, mantuvieron su idioma, su religión protestante, sus vínculos económicos y culturales con los Estados Unidos y una

creciente resistencia a la autoridad del gobierno central mexicano, particularmente cuando este intentó abolir la esclavitud que los colonos tejanos practicaban en sus plantaciones de algodón. La rebelión tejana estalló en 1835 y culminó en 1836 con la Declaración de Independencia de la República de Texas.

 Santa Ana, que dirigió personalmente la campaña militar para reprimir la rebelión, obtuvo inicialmente la victoria en el sitio de El Áo, pero fue posteriormente derrotado y capturado en la batalla de San Jacinto, donde fue obligado a firmar los tratados de Velasco, que reconocían de facto la independencia tejana. El gobierno mexicano nunca ratificó aquellos tratados, ni reconoció la independencia de Texas, manteniendo durante la década siguiente la pretensión de que la provincia seguía siendo territorio nacional mexicano en

rebelión. Aquella disputa no resuelta sería la chispa que encendería la guerra. La anexión de Texas a los Estados Unidos en 1845 transformó la disputa bilateral en una crisis que conduciría inevitablemente al conflicto armado. Durante casi una década, la República de Texas había existido como estado independiente nominal mientras gestionaba su incorporación a la Unión Americana.

 Cuando el Congreso estadounidense aprobó finalmente la anexión en 1845, México rompió relaciones diplomáticas con Washington, considerando aquel acto una agresión contra su integridad territorial. Y la situación se agravó cuando los Estados Unidos asumieron como propia la pretensión tejana de que la frontera sur del nuevo estado se encontraba en el Río Bravo, mientras México sostenía que el límite histórico de la provincia había sido siempre el río Nueces, considerablemente más al norte.

Aquella disputa fronteriza específica proporcionaría el pretexto militar para la guerra. Detrás de aquellos acontecimientos concretos operaba un proyecto ideológico que durante aquellos años se había articulado políticamente en los Estados Unidos con creciente fuerza. La doctrina del destino manifiesto. Aquella doctrina sostenía que los Estados Unidos tenían el derecho providencial, casi una misión divina de expandirse a través del continente norteamericano, desde el Atlántico hasta el Pacífico, llevando consigo sus

instituciones políticas y su modelo civilizatorio. El presidente James Kapolk, que asumió el cargo en 1845, era un exponente convencido de aquella doctrina expansionista y había llegado a la presidencia con el objetivo explícito de adquirir los territorios mexicanos de California y Nuevo México mediante la compra, si era posible, y mediante la guerra si la compra resultaba inviable.

México se negó sistemáticamente a vender y Polk, durante los meses siguientes encontraría el pretexto que necesitaba para obtener mediante la fuerza lo que la diplomacia no había podido conseguir. A principios de 1846, el presidente James K. Polk tomó la decisión que durante las décadas posteriores los historiadores reconocerían como la provocación deliberada que desencadenó la guerra.

ordenó al general Zachari Taylor que avanzara con el llamado ejército de ocupación desde las posiciones que mantenía en el sur de Texas hacia el río Bravo, rebasando el río Nueces, que México consideraba el límite histórico de la provincia y penetrando en territorio que el gobierno mexicano consideraba inequívocamente parte de Tamaulipas.

Taylor estableció sus fuerzas en la ribera norte del río Bravo, frente a la ciudad mexicana de Matamoros, y comenzó la construcción de un fuerte militar en una posición que cualquier observador imparcial reconocería como una incursión en territorio en disputa. La maniobra de Polk era estratégicamente transparente.

El presidente estadounidense necesitaba un pretexto que le permitiera presentar la guerra ante el Congreso y ante la opinión pública como una respuesta defensiva a una agresión mexicana, no como una invasión expansionista deliberada. Situar tropas estadounidenses en territorio que México reclamaba como propio garantizaba prácticamente que se produciría algún tipo de incidente armado que pudiera ser presentado políticamente como el ataque mexicano que justificaría la declaración de guerra.

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