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Su Esposa Fallecio y quedo solo con Su Bebé… y Lo Crió Solo En Su viejo Rancho como pudo

Eso fue lo que más le costó de los primeros días, ¿no? El dolor que también estaba y que era hondo y constante como el agua que corre debajo de la tierra, sino esa fracción de segundo al despertar en que uno todavía no sabe dónde está y cree que todo sigue igual. Y después, recuerda, se levantó, fue al cajón donde habían puesto al niño y lo tomó en brazos con la torpeza de quien nunca ha cargado un recién nacido y que de pronto descubre que pesa menos de lo que esperaba y más de lo que puede manejar bien. El niño lloró más fuerte

cuando lo tomó, que era lo opuesto de lo que José esperaba, y él se quedó parado en el centro del cuarto, en la oscuridad previa al amanecer, sosteniéndolo contra el pecho sin saber qué hacer, que era la sensación que iba a acompañarlo durante las próximas semanas de una manera tan constante que al final aprendió a trabajar con ella en lugar de contra ella. Se llamó Celso.

 Fue José quien lo decidió. solo sentado en el corredor de la casa una tarde que el niño dormía y el rancho estaba en silencio, y el nombre de Lucinda le pesaba en el pecho de una manera que no sabía cómo aligerar. Celso había sido el nombre del abuelo de José, un hombre que él no llegó a conocer, pero del que su padre hablaba siempre, como de alguien que sabía trabajar sin quejarse y sin pedir lo que podía conseguir, solo, que era el mayor elogio que su familia conocía.

Lucinda le había dicho en los últimos meses del embarazo, cuando la panza ya era redonda y el bebé pateaba seguido, que si era niño que pusieran el nombre que él quisiera y que si era niña que pusieran remedios, que era el nombre de su abuela. José había pensado que había tiempo de sobra para discutirlo.

 Ahora no había Lucinda con quien discutir nada y la decisión le pertenecía a él solo, como casi todo lo demás desde esa noche. Lucinda le había dicho en los últimos meses, cuando la panza ya era redonda y el bebé pateaba seguido, que si era niño que pusieran el nombre que él quisiera y que si era niña que pusieran remedios, que era el nombre de su abuela.

 José había pensado entonces que había tiempo de sobra para discutirlo. Ahora no había Lucinda con quien discutir nada y la decisión le pertenecía a él solo, como casi todo lo demás desde esa noche. José tenía el pelo castaño oscuro cortado corto, los ojos color café claro, la tes blanca cálida, quemada por el sol de las faenas de campo y las manos grandes de un hombre que había trabajado desde los 13 años.

 No era hombre de muchas palabras ni de muchos gestos, pero tampoco era de los que se quedan quietos cuando algo hay que hacer. Había conocido a Lucinda en el campo de al lado, cuando los dos tenían 16 años, se habían casado a los 20 y los 4 años que vivieron juntos habían sido buenos de esa manera callada en que son buenos los matrimonios del campo, sin grandes declaraciones, pero con la presencia constante del otro que uno aprende a dar por sentada, sin saber que la está dando por sentada hasta que desaparece.

 Su problema en esos primeros días no era la voluntad, sino el conocimiento. Porque criar un niño recién nacido sin mujer y en el campo es una clase de trabajo para la que nadie lo había preparado y para la que no había manual. La que llegó fue doña Oriana. Apareció al segundo día caminando por el sendero que llegaba al rancho desde el camino principal.

 Una mujer de unos 60 años de complexión sólida, la espalda todavía recta, el pelo gris recogido en un chongo apretado y las manos de alguien que ha trabajado toda su vida sin parar. Vivía en el rancho de más arriba, a media hora de camino a pie, y había conocido a Lucinda desde niña. Se presentó sin rodeos.

 Dijo que había venido a ver al niño y a José en ese orden y que si necesitaba ayuda que lo dijera. y sino que también lo dijera para no perder su tiempo ni el de él. José dijo que sí necesitaba ayuda. No le costó decirlo porque era la verdad y porque la alternativa era mentir mientras el niño se moría de hambre.

Doña Oriana entró a la casa, miró al niño, lo revisó con manos expertas que no pedían permiso porque no lo necesitaban y dijo que estaba bien, pero que había que conseguir leche de cabra esa misma tarde, porque un recién nacido no podía esperar. Le explicó a José cómo preparar el biberón de trapo que se usaba en el campo cuando no había madre.

le dijo la cantidad, la temperatura, la frecuencia, con la precisión de alguien que ha hecho lo mismo muchas veces y que sabe que los detalles no son opcionales cuando se trata de un recién nacido. José escuchó y repitió cada instrucción en voz alta para asegurarse de haberla entendido, que era su manera de aprender cualquier cosa desde siempre.

 Doña Oriana volvió cada día durante las primeras dos semanas. No lo hacía con la solemnidad de quien hace un favor grande, sino con la naturalidad de quien hace lo que hay que hacer, que es la manera más honesta de ayudar. Le enseñó a bañar al niño sin ahogarlo, a sostenerle la cabeza con la mano abierta para que no se le fuera hacia atrás, a reconocer cuando el llanto era hambre y cuándo era otra cosa como el cólico que se calmaba con calor en el vientre, a cargar el pequeño cuerpo de manera que el niño sintiera calor sin que José

tuviera que dejar de trabajar del todo. explicó que los recién nacidos no duermen seguidos, sino por ratos, que el truco es aprender a hacer las cosas del rancho en esos ratos y dormir cuando el niño duerme aunque sea de día. que el orgullo de no dormir de día es un lujo que un hombre solo con un bebé no puede permitirse.

 Le dijo que los hombres que crían hijos solos aprenden rápido o no aprenden y que en el campo la segunda opción no existe. José aprendió rápido, no porque le resultara fácil, sino porque no había otra opción y porque tenía la misma disposición para el trabajo duro que para cualquier otra cosa que se le pusiera enfrente. Los primeros meses fueron de una fatiga que no se parecía a ninguna otra que hubiera conocido, una fatiga de cuerpo y de cabeza mezcladas, de levantarse de noche cuando el niño lloraba, y de levantarse temprano cuando el rancho lo pedía, de

hacer dos trabajos al mismo tiempo con la mitad de las manos que habría necesitado para cada uno. aprendió que un hombre solo con un bebé tiene que priorizar las cosas de una manera que nadie le enseña y que cada uno encuentra por su cuenta. Primero el niño, después el rancho, después él y que ese orden, aunque no dejara tiempo para nada que no fuera estrictamente necesario, funcionaba.

 Hubo días en que se equivocó en el orden y pagó el precio. Días en que el niño esperó más de lo que debía o el rancho se descuidó más de lo que podía permitirse. Y esos días José los anotó en algún lugar interior sin dramatismo, aprendiendo lo que le costaba aprender, cada vez sin quejarse, que era la única manera que conocía de aprender.

 Pero el niño fue creciendo y José fue aprendiendo. Y con los meses, la torpeza inicial fue dando paso a algo que no era exactamente soltura, pero que se le parecía. esa competencia callada del que ha repetido algo suficientes veces como para hacerlo sin pensarlo, con las manos libres para el trabajo mientras la mente descansa.

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