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“Mis Hijos Necesitan Una Madre Que Los Cuide” Dijo El Viudo a La Mujer Del Rancho Solitario

 Los ojos oscuros que el cansancio había hundido en las cuencas como monedas en barro, piel curtida por el sol del campo y las manos grandes y agrietadas de alguien que ha trabajado ganado toda su vida. No era hombre de muchas palabras ni de muchos planes. Era hombre de hacer lo que había que hacer en el momento que había que hacerlo.

 Y en ese momento lo que había que hacer era encontrar un lugar donde sus hijos tuvieran techo y alguien que supiera cuidarlos. Mientras él encontraba la manera de reconstruir lo que había perdido, llevaba tres meses siendo padre y madre al mismo tiempo, que es una expresión que la gente dice con facilidad, pero que cuando le toca vivirla descubre que no es una expresión, sino un trabajo de tiempo completo, que no tiene descanso ni horario, ni nadie que tome el turno de noche.

 Su mujer Catalina no había muerto ni había desaparecido. había hecho algo que en el campo se perdona menos que la muerte, que es elegir irse. Lo hizo un martes de tarde cuando el sol todavía estaba alto y los niños todavía estaban despiertos, que era lo que Genaro no le perdonó nunca del todo. No que se fuera, sino que lo hiciera delante de ellos.

Catalina recogió su ropa en un morral mientras los tres la miraban. Tobías parado en la puerta con los brazos caídos, nieves con la barbilla temblando sin entender. Simón en el petate mirando el techo sin saber que lo que estaba pasando, iba a hacer lo primero que no iba a recordar. Antes de cruzar el portón, se dio vuelta y les dijo a todos, a Genaro y a los niños, que nunca había querido esa vida, que nadie le había preguntado si quería tres hijos y un rancho polvoriento junto un hombre que olía a ganado y que no iba a seguir

viviendo algo que nunca pidió. Lo dijo con una voz pareja, sin llorar, como quien ha ensayado las palabras durante tanto tiempo, que ya no le cuesta pronunciarlas. Después se fue por el camino hacia el norte. y no volvió. Genaro se quedó parado en el patio con Simón en brazos durante un rato que no supo medir.

 Tobías fue el primero en hablar. Le preguntó a su padre si su mamá volvía para la cena. Genaro le dijo que no. Tobías asintió con esa inocencia de 5 años que parece entender más de lo que puede, y se fue a sentarse en el corredor con las manos en las rodillas mirando el camino. Nieves lloró esa noche y las tres siguientes.

 Y Genaro la cargó cada vez sin decirle que todo iba a estar bien, porque no sabía si era verdad, y porque a los niños del campo no se les miente sobre las cosas que ya vieron con sus propios ojos. Lo que sí hizo fue quedarse, quedarse y hacer lo que había que hacer, que era levantarse al día siguiente y al siguiente y al siguiente, encender el fogón, darles de comer, cambiar a Simón, hablarle a Tobías, cargar a Nieves cuando lloraba y repetir ese ciclo sin que nadie le dijera cuando terminaba porque no terminaba. Lo que no supo en ese

momento, o tal vez sí supo, pero no quiso verlo todavía, era que el rancho nunca había sido suyo. Era de los padres de Catalina, que lo habían puesto a nombre de ella desde antes de la boda como quien pone una trampa y la disimula bien, y que cuando Catalina se fue, no se fue sola, sino que se fue con ellos, porque todo estaba planeado desde antes.

El morral ya empacado, el camino ya decidido, la partida coordinada para un martes de tarde, cuando Genaro estaría ocupado en el corral y los papeles de la propiedad ya guardados en otra parte. Dos días después de que se fueran, llegaron los encargados de hacer el trabajo que los dueños no quieren hacer con su propia cara.

 Tres hombres del pueblo a quienes se les pagaba por aparecer donde hacían falta y no decir más de lo necesario. No llegaron gritando ni amenazando. Llegaron tranquilos. ¿Qué es la peor manera de llegar cuando uno sabe para qué vienen? Y le dijeron a Genaro que el rancho había cambiado de situación, que tenía hasta el amanecer para recoger lo suyo y que lo suyo era únicamente lo que pudiera cargar en el caballo.

 Genaron no discutió. No porque fuera cobarde, sino porque entendió en ese momento que no había nada que discutir, que la discusión se había perdido antes de que él supiera que estaba participando en ella. Además, estaba Simón, que tenía un año, y dormía contra su pecho, y estaba Nieves, que tenía tres, y lo miraba desde la puerta esperando que él le dijera qué iba a pasar.

 Y estaba Tobías, que tenía cinco, y ya entendía suficiente del mundo, como para que Genaro no quisiera que entendiera más esa noche. Quedarse en el pueblo tampoco era opción. Los suegros tenían amigos allí y los amigos de los suegros tenían manera de hacer la vida imposible a quien se pusiera en medio. Así que Lenaro juntó lo que pudo, cargó a sus hijos sobre el caballo de la mejor manera que encontró y tomó el camino que se alejaba del pueblo hacia donde hubiera algo distinto, que era lo único que sabía en ese momento con certeza.

Tres días no suena a mucho cuando uno lo dice de corrido, pero cuando uno lo vive a caballo con tres niños encima y sin saber exactamente hacia dónde va, tr días es una cantidad de tiempo que se siente en el cuerpo de maneras que no tienen nombre. El primer día el camino todavía tenía algo de familiar, los cerros que Genaro había visto desde lejos toda su vida y que de cerca eran distintos pero reconocibles.

 Tobías preguntó varias veces a dónde iban y Genaro le dijo que hacia adelante, que era la única respuesta verdadera que tenía. Nieves no preguntó nada. Estaba acostumbrada ya a que las cosas pasaran sin que nadie le explicara por qué. Y esa resignación en una niña de 3 años era lo que más le pesaba a Genaro. Más que el hambre, más que el cansancio, más que la incertidumbre de no saber qué iba a encontrar al final del camino, Simón dormía contra su pecho la mayor parte del tiempo, ajeno a todo con esa inocencia de los bebés que todavía no

saben que el mundo puede estar mal. La primera noche durmieron al pie de un barranco bajo un sabino que Genaro eligió porque era el árbol más grande que encontró antes de que la oscuridad se cerrara del todo. Hizo un fuego chico, lo suficiente para calentarles la tortilla que le quedaba del rancho y para que los niños no sintieran el frío de la sierra.

 Tobías se quedó dormido primero, luego Nieves, y Genaro se quedó solo con Simón despierto en brazos, mirando el fuego apagarse, y pensando que no tenía plan, tenía dirección, que no es lo mismo, y tenía a sus tres hijos, que era todo. El segundo día se les acabó el agua en el bule antes del mediodía. Genaro detuvo el caballo en cada arroyo que encontró, algunos secos, uno con agua turbia que filtró como pudo con el lienzo de la camisa.

 Nieves lloró esa tarde, no por el agua, sino porque estaba cansada de estar sentada, y porque a los 3 años el cuerpo no entiende que a veces el camino no puede detenerse. Genaro la cargó contra su pecho un tramo con Simón en el otro brazo y Tobías solo en la silla mirando el horizonte como si ya supiera que había que aguantar.

 Esa noche encontraron un jacal abandonado junto al camino con el techo medio caído, pero suficiente para tapar el lado donde puso a los niños. durmió sentado contra la pared con Simón en el regazo, porque el frío entró por donde faltaba el techo y ese era el lado donde él podía ponerse. El tercer día, cerca del mediodía, se cruzó con un arriero que venía en sentido contrario, con cuatro mulas cargadas de costales.

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