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Zague: El colapso de un imperio del cristal en medio de vídeos filtrados, hijos ilegítimos y la sombra de la venganza mediática.

Escuchaba a la misma afición. Y la afición cuando lo vio jugar se quedó callada. Porque el muchacho no era solo el hijo de Sague, era mejor que el padre. Tenía velocidad, tenía gol, tenía gambeta, tenía cabeza fría dentro del área y tenía algo que el padre nunca había tenido. Tenía sonrisa. Celebraba los goles abriendo los brazos, saludaba a la afición, daba entrevistas con simpatía, vendía camisetas, vendía publicidad, vendía sueños.

En los siguientes 10 años, Luis Roberto Alvez Sague se convirtió en el máximo goleador histórico del club América. 195 goles vistiendo esa camiseta más que cualquier otro delantero en la historia del club, más que su propio padre, más que cualquier ídolo americanista que hubiera pasado por el Estadio Azteca. Lo llamaron a la selección mexicana, jugó la Copa América.

Jugó el Mundial de Estados Unidos en 1994. Vistió la camiseta verde con el orgullo de un mexicano que había nacido para hacer goles. En su mejor momento, Sage era figura nacional. Aparecía en publicidad, daba entrevistas, tenía contratos con grandes marcas. La gente lo paraba por la calle, las mujeres lo perseguían.

Y aquí, en esa fama joven, en ese dinero de los 30 años, en esa cima sin techo aparente, fue donde empezaron a sembrarse las semillas de lo que 22 años después iba a destruirlo. En los años 90, ser figura del fútbol mexicano era una droga. Las puertas se abrían solas. Los hoteles te recibían como rey. Los restaurantes mandaban botellas de cortesía.

Las mujeres se acercaban sin que tú las llamaras. Sage tenía 26 años. Era guapo, era goleador, era hijo de leyenda y empezó a vivir sin que nadie en su familia se diera cuenta, una vida paralela a la del muchacho ejemplar que aparecía en las publicidades. Salía con compañeros del equipo a clubes nocturnos. Conocía mujeres en cada ciudad donde jugaba.

Tenía relaciones cortas, relaciones largas, relaciones complicadas. Aprendió sin querer aprenderlo, lo que su padre había sabido durante toda su vida, que un hombre famoso puede tener varias vidas a la vez si tiene la sangre fría suficiente para mantenerlas separadas. Pero Sage no tenía la sangre fría de su padre.

Sage era impulsivo, era confiado y sobre todo era descuidado. En los círculos del medio futbolístico mexicano, en las redacciones deportivas, en los programas de espectáculos, empezaron a circular rumores, nombres de mujeres con las que se le veía, lugares donde había estado, fiestas a las que había ido. Y aunque ninguno de esos rumores explotó en su momento, todos quedaron archivados en la memoria del medio.

esa memoria, ese archivo silencioso de gente que sabía cosas, iba a ser el material que 22 años después alguien iba a usar para destruirlo. Hubo en 1997 un episodio que muy pocos recuerdan hoy. una concentración de la selección mexicana en Estados Unidos, una habitación de hotel en Houston, un compañero que entró sin avisar y vio algo que no debía ver, una conversación incómoda al día siguiente y un acuerdo de silencio que se sostuvo durante años.

En aquel episodio, según se contó después en círculos cerrados, el compañero le advirtió a Sague que tenía que cuidarse más, que el medio era muy chico, que las cosas se sabían, que un futbolista mexicano no podía dejar evidencia de su vida privada en lugares donde otros podían encontrarla. Zague, según se cuenta, le agradeció el consejo, pero no lo siguió.

Hubo otro episodio en 1999, una entrega de premios en la Ciudad de México, una cámara de seguridad de un hotel que captó algo que después fue borrado a petición de los abogados de un patrocinador y una compensación económica que nunca apareció en ningún registro público. Ese material borrado, según los más viejos del medio, no se borró del todo.

Se guardó en alguna parte. Se conservó por si en algún momento volvía a hacer falta. Y aunque pasaron décadas sin que apareciera, esa cinta vieja es uno de los archivos olvidados que demuestran que el patrón de SAC no fue una excepción del 2018. Fue una constante de toda su vida, pero todavía no era el momento. Todavía Sague era ídolo. Todavía vendía camisetas.

Todavía la afición del Estadio Azteca cantaba su nombre cada vez que entraba al campo. Todavía era el muchacho de Coyoacán que estaba haciendo todo bien. En el año 2006, después de retirarse del fútbol profesional, Sague conoció a una mujer que iba a cambiarle la vida. Se llamaba Paola Rojas.

Era periodista, conductora de noticieros, mujer educada, refinada, culta, sobrina del entonces presidente de México, Felipe Calderón yosa, una de las mujeres más poderosas mediáticamente del país. No era una conquista cualquiera, era una mujer que cuando entraba a un lugar todos se daban cuenta.

Una mujer con apellido, con familia política, con red de contactos en los pasillos del poder. Para Sague, después de años de relaciones cortas, esa mujer representaba algo nuevo. Representaba la posibilidad de tener una familia formal, de cerrar la etapa de las fiestas, las giras, las mujeres anónimas, de convertirse por fin en el hombre que su madre Cleide había soñado para él. Se casaron en 2009.

La boda fue discreta, elegante. Asistieron políticos, periodistas, futbolistas, gente del medio televisivo. Y al año siguiente, en 2010, llegaron al mundo dos hijos al mismo tiempo, gemelos, niños que iban a heredar el apellido y la sombra de tres generaciones de hombres famosos. Por unos años todo pareció funcionar.

Zague se reinventó como comentarista deportivo en TV Azteca. Paola seguía conduciendo noticieros. Los gemelos crecían. La familia Alves Rojas se mostraba en revistas, en alfombras rojas, en eventos sociales. Eran la pareja perfecta del medio mexicano. Pero detrás de las fotos las cosas no eran tan perfectas. Zage no había cerrado en realidad su vida paralela. La había escondido.

Había aprendido finalmente a hacer lo que su padre había hecho durante décadas. Había aprendido a tener dos vidas a la vez, una pública, brillante, con esposa famosa y gemelos hermosos, y otra privada, oculta, donde seguían apareciendo mujeres que nadie tenía que conocer. Una de esas mujeres, sin que él lo supiera todavía, iba a quedar embarazada y otra, años después iba a ser la pieza que faltaba para que toda esa vida construida con años de esfuerzo se viniera abajo en una sola tarde.

En los años posteriores al matrimonio con Paola, Sague viajaba constantemente por trabajo, por publicidad, por eventos del medio futbolístico, Las Vegas, Miami, Bogotá, Madrid. Estaba siempre yendo y viniendo. En uno de esos viajes, según se ha sabido, años después conoció a una mujer colombiana llamada Luz Piedad Roby Martínez, modelo, joven, hermosa, más de 10 años menor que Sague.

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