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LUCERO: 30 Años de FARSA ASQUEROSA – El PACTO Sucio entre Tigre Azcárraga y la Madre que La Vendió

Y aquella audición, comadre, aquella audición sería el principio de todo. La niña cantó, los productores se quedaron paralizados. El tigre Azcárraga, que en aquella época todavía no era todopoderoso, pero ya tenía el olfato de los grandes empresarios, oyó la voz y entendió. entendió  que aquella niña no era una cantante más.

Aquella niña era una mina de oro. Una mina de oro a la que con paciencia, con disciplina, con contratos bien diseñados podías exprimir durante décadas. Lo que muchos no recuerdan, comadre, lo que la prensa rosa de aquellos años se cuidó de no contar, es que  el tigre Azcárraga desarrolló desde aquel día una fijación particular con la niña Lucit.

Le decía Escuincla. Era el apodo  cariñoso, pero un apodo que llevaba dentro algo más. Llevaba a una marca. La escuincla era de la casa. La escuincla era patrimonio de Televisa. La escuincla  como las telenovelas, como los foros, como los actores y actrices del catálogo, era de la empresa.

Para entender, comadre,  hasta dónde llegaba el poder del tigre Azcárraga en aquellos años, tienes que saber  quién era este hombre. Emilio Azcárraga Milmo había nacido en San Antonio, Texas, en 1930.  Era hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, el fundador de Televisa. Cuando su padre murió en 1972,  el tigre tomó las riendas del imperio.

Tenía 42 años y durante los siguientes 25 años, comadre, durante los siguientes 25 años, aquel hombre convirtió  a Televisa en el monopolio del entretenimiento más poderoso del mundo de habla hispana.  telenovelas, series, noticios, deportes, música, películas  editoriales, estaciones de radio, canales de cable, distribución internacional.

El tigre tenía control absoluto sobre lo que llegaba a las pantallas mexicanas  y a través  de Televisa Internacional tenía control sobre lo que llegaba a las pantallas de  toda Latinoamérica y de Estados Unidos. Las altas esferas de  la política mexicana le rendían cuentas. Los presidentes de la República le hablaban con respeto.

El propio Carlos Salinas de Gortari, cuando llegó  a Los Pinos en 1988, una de sus primeras visitas privadas fue al despacho del tigre, porque sin Televisa, comadre, sin la bendición del tigre, ningún presidente mexicano podía llegar al poder en aquella época. Las elecciones se ganaban en las pantallas. Las pantallas las controlaba el tigre.

Y el tigre, mi gente, el tigre cobraba ese control con privilegios que iban más allá del dinero. Cobraba con favores,  cobraba con influencia, cobraba con artistas a su servicio. Y entre todos los artistas que aquel hombre construyó pieza por pieza en su mente, la pieza más valiosa, la pieza más larga, la pieza que llevaba más tiempo en el catálogo, era una mujer.

Esta mujer  se llamaba Lucero. Las altas esferas de San Ángel sabían que tocar a Lucerito sin permiso del tigre era jugar con fuego.  Otros productores podían admirarla, sí. Otras disqueras podían  intentar contratarla, sí. Pero al final del  día la última palabra siempre la tenía Azcárraga, porque Azcárraga, comadre,  Azcárraga la había convertido en la escuincla.

Y aquí entra la figura de Luz María León, la madre, una mujer que en 1979  no tenía ni un solo contacto en el medio del espectáculo. Una mujer de clase media alta de la ciudad de México,  casada con Antonio Gaza. hombre de negocios discreto,  una mujer que, según contó la propia Lucero en una entrevista que  dio para el periódico El Universal en el año 2023, ni siquiera tenía palancas  en el medio cuando empezó.

Pero Luz María León tenía algo más valioso que las palancas. tenía un instinto, un instinto que le decía exactamente cómo moverse  en aquel mundo, cómo halagar al hombre indicado en el momento indicado, cómo aceptar  lo que tenía que aceptar, cómo guardar silencio en los momentos correctos  y cómo decir que sí que pareciera que estaba diciendo que sí.

Luz María León y el  Tigre Azcárraga construyeron durante los años 80 una de las sociedades más sofisticadas  del entretenimiento mexicano. Ella aceptaba los proyectos  que él proponía. Él respetaba los límites que ella imponía. Ella sacaba a Lucero de las situaciones peligrosas. Comadre,  en aquel mundo de los 80 y los 90 había una palabra que en Televisa daba escalofríos a todos los que la escuchaban.

La palabra era veto,  el veto televisivo, aquel temido mecanismo que hacía que un artista que había caído en desgracia  con el tigre Azcárraga desapareciera del aire, desapareciera de las telenovelas, desapareciera de las giras nacionales, desapareciera prácticamente de la memoria del público mexicano.  El veto no se anunciaba en una rueda de prensa.

El veto era una conversación a media voz entre productores, un memo interno, una llamada de un ejecutivo a otro, una orden discreta de no contratar a tal persona durante uno, dos, tres años o para siempre. Hubo artistas brillantísimos a los que el veto  les destruyó la carrera. cantantes que pasaron del estrellato  al olvido absoluto en cuestión de meses.

Actrices que un día llenaban portadas y al día siguiente  ya nadie las llamaba. Y el veto, comadre, el veto no necesitaba justificación. El  veto era simplemente la voluntad  del tigre, la voluntad del emperador. Aquel sistema, mi gente, aquel sistema explicaba por qué Luz María León nunca le dijo que no a Emilio Azcárraga.

Decirle que no al tigre era condenar a su hija al bet, era cortarle a Lucero todas las posibilidades de  futuro en la industria. era convertir a la cantante más amada de México en una mujer cuya carrera se acabaría en cuestión de semanas si la madre se atrevía a contradecir al hombre de la oficina del piso 20 y luz María León comadre,  una mujer brillante, una mujer pragmática, una mujer que entendía las reglas del juego mejor que nadie.

Sabía perfectamente  que la única forma de proteger a su hija era jugar con el tigre. aceptar lo que el tigre quisiera y aprovechar en cada negociación el espacio limitado que aquel hombre dejaba para que la madre maniobrara. Por eso, comadre. Por eso, cuando el tigre  Azcárraga llamó a Luz María León a su oficina del piso 20 aquella tarde de 1995 o 96, ella supo desde el primer momento que aquella reunión no era una conversación, era una orden.

Una orden envuelta en gentilezas y una orden firmada con sonrisas y con café, pero una orden. Y la orden comadre era casar a Lucero, televisarla.  convertirla en el evento del año y elegir al novio que más conviniera al negocio. Y ahí,  comadre, ahí hay un episodio que tienes que conocer porque es la prueba de hasta dónde llegaba el poder del tigre cuando se trataba de proteger a sus inversiones.

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